lunes, 21 de agosto de 2023

La silla.

Estimad@s lectores.

En estos tiempos de clima cambiante, de incendios y desgracias, en los que la opinión de cualquiera debe ser sostenida por un título para que aspire a ser tenida en cuenta, donde escuchar es un reto y ser escuchado un milagro debemos levantar el ánimo pensando que el tiempo corre para todos y que en algún momento los que creen poseer la pausa en el segundero se darán finalmente cuenta de que han llegado un segundo más tarde a las vidas de los demás y, tal vez, por desgracia, muchos años antes al final de la suya.
No he estudiado ingeniería de montes, ni cualquiera otra ingeniería y tengo una opinión en forma de cuento que me gustaría compartir con ustedes.
Érase una vez un sabio. Don Cualquiera se llamaba y vivía en algún sitio que no es necesario recordar. No tenía estudios pues tuvo que cambiar el lápiz por la azada desde que tenía recuerdos. En su casa, un pequeño pajero que había ido arreglando poquito a poco, después de cada andanza, faltaba ese último detalle que nuestro amigo había soñado siempre en su ganado retiro y que no era otro que una cómoda silla. Como todo lo demás en su vida, pacientemente, de una manera esmerada, cuidada y justo en el momento que sólo él consideró adecuado, se puso manos a la obra comenzando a construir de la nada su silla. Eligió la madera, la cola y hasta el lugar que ocuparía, para que le permitiera no sólo estar cómodo sino también optimizar el reducido espacio que debería ocupar en su vida, pues han de caber otras cosas en ella y no únicamente la comodidad. Moldeó cada parte y ensambló finamente el asiento. ¿El resultado final? pues una robusta silla de la mejor madera y con un aspecto que rezumaba confortabilidad. Luego, se tomó su tiempo para buscar ese lugar ideal que ocuparía de manera definitiva, pues no le gustaban los cambios, y si acaso y sin remedio se adaptaba a aquellos que obligaban el tiempo y las circunstancias, muchos al cabo de una vida. Finalmente se regocijó en su obra, otro poquito de su vida estaba en ella y extasiado se dijo: ¡pero qué cómoda es mi silla y qué bien se está aquí sentado, en este mi rincón de espera, de reflexión, de tardes de conversación con mis vecinos!
A nuestro amigo le visitaban bastante, eso sí, siempre cuando se ponía el sol. Por aquella silla fueron pasando muchas almas que compartían, aprendían, enseñaban, rezaban, leían...por la silla de la sabiduría, le decían a Don Cualquiera, pasaron muchas vidas y él siempre apostilló: "es la silla del pueblo, de los demás y sus cosas". Todo el que se sentaba llevaba algo pero también traía mucho, seguro y además cuidaba el asiento. Alguien como Don Cualquiera, con tantos años y tanto saber acumulado, con ese conocimiento permeable y fruto de las tantas peripecias vividas, era incluso más apreciado por saber escuchar que por hablar.
Una tarde llegó un conocido de Don Cualquiera, un petimetre egresado en varias titulaciones, culto decían todos de él. El recién llegado se fijó inmediatamente en aquel asiento tan mullido y confortable. No se recuerda un saludo aunque sí la mano en los hombros del anfitrión, amén de la lista de: soy esto..., y también soy aquello..., y sabe usted que..., no olvide también que..., es inaudito..., cómo es posible... Don Cualquiera oía sin querer escuchar pero, era tanta la perorata que hasta su perro, Yaestabueno, desaparecía malhumorado. El caso es que la visita comenzó a repetirse, y claro, tanto sentarse que Don Medalo Mismo se encaprichó de la silla. Mientras, Don Cualquiera se sentaba en otra butaca resignado, mientras veía que algún que otro visitante asiduo observaba de lejos la silla ocupada. Ya no había lugar en aquel rincón para otra voz más que para la del juicio autorizado, con el sello oficial estampado y el aprendizaje huyó de allí despavorido.
Poco a poco dejaron de venir esas visitas necesitadas de un oído, o de un consejo, o de un silencio y, las enseñanzas de éstos se quedaron en las almas de sus dueños. La gente que otrora disfrutaba de la calma y de las dudas no requería ni les apetecía la charla especializada, docta, oficial de nuestro titulado amigo, en la que todo eran certezas y sentencias firmes. No es necesario recalcar lo triste y lúgubre que se volvió el lugar de Don Cualquiera, su tranquilo retiro. Yaestabueno, cada tarde, se iba más y más lejos, al menos hasta donde no llegara el eco de las palabras rimbombantes y vacías de su porche. Esos cuidados que los necesitados, los parroquianos de Don Cualquiera, daban a la silla se dejaron de dar porque, huelga decirlo, al señor Medalo Mismo le daba igual lo que necesitara la silla en tanto en canto siguiera siendo cómoda.
No habiendo pasado mucho tiempo, la silla dejó de ser cómoda porque simplemente dejó de ser de todos y para todos y pasó a ser sólo el capricho de uno.

viernes, 14 de enero de 2022

De un día a otro.



Ella, con el pelo revuelto y un pijama de lunares verdes se asoma al mundo como cada día a eso de las 7.30h, por esa moderna ventana led y panorámica. Observa cómo eso negro devora lo que quedaba de su primera esperanza. Mientras, la tranquila y deprimente cháchara, la contemplación de esa nada maloliente le impiden comprender el “milagro” anunciado por esos que deben ver el futuro en los posos del café, en las cartas de cualquier manoseada baraja o en la tristeza de un lápiz que firma sentencias condenadas y subvencionadas para el obligado beneficio de unos pocos. Esos “inventos”, que son siempre solución para algunos, saben a hiel, hieden a despotismo: llegan así, de esta irreverente manera, las primeras arcadas del día.

Reflexiona porque es temprano para reír y porque hay fotos que suenan a anuncio de futuras navidades, de jamones y décimos, undécimos o billonésimos no premiados. Y contiene las lágrimas, esas que todos debimos haber enjugado durante cinco vidas y que acabamos derrochando en sólo 3 meses. Porque ella lo sabe: sabe que hace ya tiempo esa puerta no es la de su casa, porque lo que ahora ve al otro lado es un feo edificio y no una casa de tejas, donde no hay una palmera en lontananza, recortada en un paisaje verde y limpio; y porque en lugar de su huerta de papas ahora, abajo, sólo ve asfalto, montones de ceniza, adoquines llenos de cáscaras de pipas y colillas de cigarros a medio fumar. Los urbanitas se comen el cemento, ya se sabe, como también se asume eso otro que es peor,  esa otra cara de la luna que nos alumbra: escupen la alegría en el bar más próximo, con risas prestadas o compradas a precio de cervezas frías, o güiski con hielo y poca agua.

Él la mira, cual animal herido, apaga la televisión y cierra el portátil, con su última firma digital aún fresca en el fondo de pantalla. La vuelta al interior del edredón caliente; ese se intuye como el único refugio, la vía de escape para los minutos que restan al día antes de convertirse, de nuevo, en su peor sueño. Una vida prestada con el único estímulo posible: olvidar y seguir. Él, que lo sabe, que casi la conoce, y que comparte con su perro los paseos y los lloros a deshora, otra madrugada más, ha decidido no dejar de roncar esos otros nuevos mejores sueños por si mañana empeoran aún sus realidades.

Un beso, abrigados en la misma cornisa del colchón, esa que recorta 2 cholas razonablemente juntas, donde dos ojos fijos, marrones, miran al infinito, a la distancia que separa los milagros oníricos de las verdades imaginadas. Algo la empuja al centro de la cama y se sumerge en su pelo: es él que hace apnea y fotografía de sus pesadillas para robárselas y triturarlas con sus dedos. Ambos se merecen un café caliente, una sonrisa cómplice y un par de besos castos, de esos de andar por casa prestada, no vaya a ser que al abrirla puerta asomen los cuerpecitos sobre pies descalzos de sus sobrinos.

Una vida nueva les espera, o eso les dicen; en fin, juntos será siempre todo y más. Lástima que sólo son las 8.00h.

viernes, 24 de agosto de 2018

Vivir eternamente.

Fuera por lo que fuese allí quedan siempre los recuerdos, en esa apartada esquina florida de la memoria por la que es imposible no transitar desnudo de vergüenzas, para atender las ofrendas que merecen los que no están ya respirando nuestro mismo aire. Siguen las fiestas, los ensayos, las bromas, las copas, las charlas, los comentarios que eluden sin éxito los “dejavu” recurrentes, constantes y tristes. Nadie muere para siempre si para alguien es al menos un recuerdo. Y tú sigues viviendo en mí.

                Andas por aquí Pepe, lo sé porque lo que tú plantas hoy ya no son sólo papas en las huertas, ni risas con amigos o boniatos y azafrán; cambiaste la huerta por una infinita pradera de atenciones desde alguna dimensión paralela. Alguien alimenta esa ansia de proteger tu banda, con cursos, actividades, sin miedos ni desidias, sin desánimo y con la promesa de un futuro mejor por bandera; alguien vela por lo salubre, por la sanidad de esa ilusión renovada por sonar algún día. Digamos que, juntos, algunos somos la constante pausa que preludia esa ingenua sonrisa cargada de conocimiento sin malicia que se te caía sin querer como gotas de un manantial inmenso. Quien sabe conoce y recela; tú no. Ser bueno iba en ti, no te salía de tus benditas entrañas hacer el papel de malo porque lo que no nace no crece; y en ti esa mala yerba nunca pegó. Estás aquí y cuando lo olvido momentáneamente apareces convertido en atractiva propuesta, en repentinas ganas por coger el trombón otra vez, en forma de palabras que me susurraste al oído y que me enseñaron tantas lecciones que aún hoy, me parece eterno el tiempo que tardé en comprender. ¿Echarte de menos? Tanto como lo segundos en que acudes en mi ayuda para salvarme de la tristeza por no escucharte; pero te hablo, eso sí, eso nadie, ni la parca, me lo ha podido quitar.

Ayer te volví a disfrutar, cuando tocábamos juntos, en un grupito de “perturbados” musicales que me consuela las ganas de “musiquear”, y  no dejabas la cuerda del balde descansar. Acompasando el ritmo de la alegría con las marcas dolorosas en tus dedos “entiritados” - unas por otras, ¿no? Estabas, lo sé porque aquello nunca sonó mejor y porque un par de días antes  –me consta-, tuviste que socorrer a algún otro amigo en apuros –entre tú y yo, se notó demasiado-. Nada es igual si no hay alegría, nada puede parecer mejor si no hay disfrute, complicidad. Música entre amigos, sin la floritura del virtuoso pero con la paciencia y el cuidado del apasionado, del que se divierte tocando, siendo feliz con la nota en el oído; es la única que merece la pena, la que suena a verdad. Ese tipo de armonías no las compone un sabio sino un artista, un profesional de la contentura, del noble arte de complacer a los demás. ¿Unas papas arrugadas? Un caldero, agua, sal y papas pero sin música, sin la nota en el oído atento al hervor y la cantidad de agua; y ya no son las mismas papas. Salen saladas, salen siendo papas y pretenden ser arrugadas pero no son las de nuestro Pepe el Ruso. Y es eso música. La música del que igual vale para freír un huevo que para tocar un pasodoble; del que agita la bombona de gas o pica la cebolla de una fritura compaseando las tristezas del día a día con un buche de vino y las promesas de un güisqui “de contrabando” con un amigo de los de verdad. Estás y se te nota aunque no se te vea. Para hacerme el nudo de la corbata, ese que nunca aprendí y ahora me niego en rotundo a intentar siquiera; vuelve y si me enseñas aprenderé.

           En fin mi amigo, no me dejes. Yo te prometo un recuerdo por cada lenteja, cada garbanzo, cada gota de vino, cada cubo de hielo, cada nota, cada silencio, cada suspiro, cada abrazo, cada sonrisa, cada momento en que sueñe estar sentado en la misma butaca mientras Abel nos guiña al servirnos una tapa de lengua recién preparada. Eres mi amigo del alma y eso es para siempre. Seguimos en tiempo “Lento” pero pronto será “Andante” o podría llegar a ser un merengue sentado de tu querida Bolero. Va por ti.

domingo, 25 de febrero de 2018

En lo profundo.

Era un hotelito pequeño, coqueto y apartado de las miradas perversas que se había granjeado L. por su carácter limpio de caretas e hipocresías -a mucha gente no le gusta que le digan que no-. Sin señas de ostentación por parte alguna, como a él le gustaba, pues se sentía mejor en los lugares sencillos. Las sábanas eran vastas y aunque olían a limpio, dejaban entrever marcas del uso y los tantos lavados. Se puso cómodo y se dejó llevar por el sueño presa del cansancio acumulado en toda la semana.

Necesitaba sentirse a salvo de las inquietantes propuestas que últimamente le habían realizado esa camarilla de pretenciosos delincuentes aduladores y aquel lugar discreto le posibilitaba olvidar su mundo de pesadillas, a plena luz, por unas horas y recargar energías. Los últimos acontecimientos le resultaban aún increíbles. ¿Cómo osaban pretender que su tienda pudiera ser tapadera de aquellas propuestas de negocios turbios? Le insultaban con su sola presencia en el hogar de sus logros; era una profanación en toda regla. La tienda de antigüedades era para él un templo de salvaguarda de aquellos valores en extinción que la sociedad había pasado a considerar vanos y pasados de moda; la verdad y la sinceridad nunca dejarían de ser su referente en la vida. Sin embargo, la situación era compleja. Su negocio sobrevivía en los últimos tiempos gracias a la red oscura; conseguir género barato conllevaba tener que pasar por alto las especiales características de unos proveedores nada confiables. Los peligros estaban demostrando ser reales y su presencia, impensable en aquellos acuerdos primeros, una espada de Damocles con el filo muy cortante.

Las pasadas reuniones del grupo le habían empujado a lanzarse denodadamente en pos de sus planes asumiendo los riesgos que por otra parte, tenía claros desde el mismo momento en que los concibió. Necesitaba encontrar un socio, necesariamente hombre, discreto, callado y un tanto sumiso pero sobre todo un consagrado experto informático. La última campaña que se le había encargado en la asociación era la tapadera perfecta para iniciar su plan. Una organización sin ánimo de lucro destinada a cooperar con grupos de inmigrantes en la reinserción de éstos dentro de la sociedad una vez gestionados los visados, permisos de trabajo y demás papeleos de índole burocrática. Era la oportunidad que había estado esperando tanto tiempo para pasar a la acción. Destinarían muchos recursos para blanquear dinero de sus oscuros negocios y la mayor parte de los huidos en pateras acabarían en clubes de alterne, lo sabía; era algo que le repugnaba y que aunque no había tenido que palpar, ni siquiera ver, le provocaba arcadas con tan sólo planteárselo.

Le habían aconsejado la tienda de antigüedades en el grupo, ¡qué poco le había gustado aquella invitación, por otro lado tan parecida a otras! Ellas mismas proponían el lugar y hasta el regalo cuando se aproximaban sus efemérides; que si aquella tenía una tía instigadora de las revueltas en la primavera verde que murió tal día como aquel del año cual a la que le gustaba aquello, que si la otra tenía un tío acaudalado prócer de la causa anti-esclavismo muerto en una manifestación que disfrutaba con lo otro, y así casi cualquier semana del año. Todo muy falseado y floreado con alusiones gráficas en prensa y en daguerrotipos en los que no se veían más que sombras de mentiras groseras. Los regalos se amontonaban en forma de recordatorios en la agenda porque no cabía peor error que olvidar ser generosa en estas citas del calendario, y con ellos, las tiendas para tales compras se iban agotando fecha a fecha. La floristería dejaba de tener flores tan raras cada vez, la joyería no siempre era una mejor opción cuando el agasajado tenía taller orfebre particular y así, sin parar de contar, un sinfín de tabús y descartes que convertían en oficio el arte de las compras para quedar bien.
Al frente de un alto reloj de pared, limpiando el polvo y dando cuerda al engranaje, un hombre enjuto pero atractivo, eso sí, más que atractivo atrayente. El rostro oculto bajo una barba cuidada y sobre la cabeza bien proporcionada un pelo largo un tanto más salvaje que el acuerdo de sobriedad reinante en el resto de su presencia. Pasos firmes pero modos muy esquivos. La mano recia en el ofrecimiento pero blanda en el momento del apretón. Las palabras caían sin peso mientras su boca, con los labios justamente entreabiertos,  apenas gesticulaba la cuidada vocalización para hacer audible el mensaje diáfano a fuerza de un eficaz convencimiento impuesto por la expresividad de una mirada limpia. Los ojos oscuros y vibrantes denotaban el arrojo mientras que los dedos temblaban al tocar el mostrador.

-          - Buenas tardes señora. Usted dirá qué le trae por esta humilde tienda. –se deleitaba mirando los pantalones caros de ella y la sobriedad de sus ojos claros mientras las palabras lucían mensajes repetidos y sin vida. No estaba contento con el cómo afrontaba aquellas visitas ilusionantes-.

Ella no encajó bien el cliché de un tendero cualquiera atendiendo a un cliente de entre tantos. Era una estampa que no hacía justicia al pensamiento que alumbraba para aquel singular hombre que no dejaba de mirarla mientras pasaban los segundos en silencio en pos de una respuesta.
-          Un regalo. Ehmm, necesito un regalo. –atropellada y sin control sobre sus brazos que buscaban otro lugar en que descansar que no fuera el cristal rayado del mostrador, repasaba la tienda reparando en algún objeto de entre tantos en el que posar la mirada evitando los ojos preguntones de aquel anticuario. Depositó el bolso y bajó la mirada un segundo para descansar de la prueba del polígrafo en la que creía estar siendo analizada desde que pisó el suelo de madera pulida de aquel lugar para encontrarse la barba cuidada y la nariz inquisidora frente al millón de preguntas que quería hacerle-.
Se marchó sin decir nada. Dejando un suave olor a vainilla, como una barrita de incienso que se consume olvidándose en un rastro de humo sospechoso. La cortina de cuentas, testigo del paso de su fibrosa figura, se estremeció temblando un minuto al menos y dio paso a una espera calculada. De fondo se escuchaba el rítmico teclear y la tonada en silbo que evocaba la precariedad del tiempo y una conocida canción de amor. Un viejo blues tal vez. Le parecieron segundos porque ya más confiada deambuló de aquí para allá observando el género: vasijas que parecían muy antiguas, jarrones de porcelana, algún reloj de pared de lustrada madera y ruidosos mecanismos, cuadros con más polvo del que merecían sus pintores y acaso con más precio que posibilidades de ser una buena compra. En fin, ¿qué sabía ella de arte? Le gustaba el cuadro, conocía algunos pintores clásicos pero hacer elucubraciones sobre precios pues no era justo con el anticuario y más sin saber en realidad qué pedía por dejar de ser su dueño. Al cabo de un rato apareció en el mostrador, callado y pensativo.

-          - Tengo algo que le puede interesar. –directo, claro y esta vez sin ningún asomo de duda en gesto o postura. Todo era decisión, seguridad. Un poso que convencía y acordaba un mejor maridaje con el ánimo del propietario de tal estampa.

-          - Ehmmm, bueno pues usted dirá. Me sorprende que pueda saber lo que necesito sin apenas haber escuchado lo que me interesa. –como una batería después de recargarse con corriente fresca de una toma cualquiera, había necesitado menos desparpajo del que solía tener para expresar sus reparos y hasta el momento esa fluidez había huido al entrar en aquel templo de lo arcaico-.
La miró de nuevo a los ojos, no podía dejar de acechar entre parpadeo y parpadeo para vislumbrar un nuevo tono de claridad y limpieza en aquellas pupilas tan cambiantes como dignas de toda confianza. Alguien podría decir que aquello era un flechazo; él no podía permitirse tales lujos.
-          Un texto de finales del siglo XIX, obra de un linotipista reputado, quién por otro lado fue el inventor de este método de impresión y cuyo nombre es Ottmar Mergenthaler. Se trata de uno de sus primeros textos impresos. Todo ello acompañado de los certificados de autenticidad otorgados por una reputada casa de subastas. Es un regalo caro pero creo que puede estar al nivel de sus exigencias, como mujer culta y preparada que presumo que sea tan sólo por sus modos. –las palabras ametrallaban su conciencia porque nacían seguras pero se perdían en la fijeza del contacto directo entre sus miradas y eso llegaba incluso a ruborizarla-.
-          De acuerdo. Déjeme ver de qué se trata y pasaremos a hablar de precio. –La conversación con monosílabos era un episodio pasado y olvidado. Las palabras fluían  y se dejaban llevar por la confianza en los modos de ambos. Los brazos ya no se preocupaban por aparentar tensión y se vislumbraban asombros de risa en las comisuras de los labios-.
No recuerda cuánto estuvo allí. No sabe si fueron horas o minutos. Lo que si tiene muy claro es que el regalo no era para nadie más que para ella. De hecho volvió a la misma floristería cara de un par de semanas antes y compró otra orquídea rara. Aquel texto era suyo y de nadie más.

Debía afrontar el cómo rechazar la última propuesta. Un envío de jarrones de porcelana china de una dinastía muy antigua pagados por adelantado y que acabarían en las dependencias de un hotel emblemático en Honduras, atestiguaban aquellos hampones de traje caro. ¿Pero qué se habían creído? El mismo proveedor del negocio del Rembrandt les había puesto sobre la pista. Ahora su tienda había pasado a ser el perfecto escaparate para mil y una estafas. Un paraíso para los delincuentes de altos vuelos. Por otro lado, decir no era exponerse a ser obligado a aceptar por unos métodos más expeditivos y  violentos incluso. No era un completo iluso y sabía que esas mafias no se andaban con chiquitas. Conocía al menos un par de anticuarios que habían tenido que transigir y acabar vendiendo sus tiendas para que alguna sociedad encubierta por otras y al amparo de paraísos fiscales y fondos de inversión cuya pista era imposible o casi seguir, limpiase el dinero de cárteles de droga, contrabandos de armas, etc. El no, él no lo permitiría, ya no era una opción; se trataba de no decir que sí y ganar tiempo. ¿Tiempo para qué? Es lo que tenía que responderse pronto.

Revelarle su identidad a un completo desconocido. Revelarle la naturaleza y detalles de un plan maestro, ideado por un espíritu maltratado por la falta de escrúpulos de un grupo de esnobs preocupadas por aparentar y por ser cada día más cínicas y egoístas. No tenía otra opción, ella sola no podía hacerlo y contar con empleados a sueldo sumaba al problema en sí, el agravante de que aquéllos contra los que se proponía luchar si algo no les faltaba era dinero. No, debía encontrar la manera de sumar a la causa aquel hombre por el que desde el primer vistazo sintió esa corriente electroestática que hasta el momento en su vida nunca le había hecho equivocarse; cuántos buenos negocios, cuántas buenas decisiones, cuántas casualidades le había posibilitado ese sexto sentido. Tenía que volver a confiar en su instinto, el que le decía que aquel era su elegido.

Le había espiado y estaba al tanto de las presiones del grupo por hacerse con su negocio y convertirlo en una nueva tapadera de sus corruptos entramados. El arte era de por sí un gran negocio que manejaba enormes cantidades de dinero y si bien aquel anticuario no destacaba por las grandes ventas sí que había hecho a lo largo de su vida más de un buen trato desde el punto de vista económico; un atractivo que no pasaba desapercibido para estos príncipes del delito. Estaban al tanto de los huecos que iba tapando con sus renovados métodos, aquellos que ahora le tenían entre la espada y la pared. Los sanguinarios soldados a sueldo del grupo con sus cabecillas al frente habían ido acorralando al firme anticuario hasta no dejarle más posibilidades que estas últimas y frecuentes transacciones oscuras amparadas en la supuesta intimidad de esa bien bautizada “red oscura”. En la oportunidad de aquel atrapado hombre de bien consiguieron la excusa para pervertir su negocio sin que hiciera falta recurrir por el momento a sugestiones más explícitas. El último golpe se lo asestaría él mismo con un pedido que casualmente sería el más rentable y a la vez el más arriesgado, ¡qué suerte la suya! Le daba mucha pena lo que estaban haciendo y no le fue fácil enterarse.

Si de algo presumían en el grupo era de que cada misión contaba con sus colaboradores y encargados que no intercambiaban nunca detalles con el resto de asociados. Un dragón de mil cabezas, como le gustaba cacarear entre sus más allegados, decía la sacerdotisa. Amante de las víboras, una experta herpetóloga, cuidaba en un enorme criadero con las más modernas instalaciones, de una cantidad impresionante de especímenes de las más peligrosas del planeta. Les extraía el veneno y las estudiaba, llegando a amarlas mucho más que a sus congéneres humanos a los que trataba con mucha menos empatía y afabilidad. Una víbora de mil cabezas, propia de algún mito griego como el de Hidra de Lerma; mortal y calculadora. No se caían bien y fue consciente de ello desde el último conciliábulo en el que resultó elegida con algunos pocos votos en contra, entre ellos el suyo, como “sacerdotisa” del grupo. De apariencia elegante, con el porte de una reina y la piel química de las tantas operaciones, nunca dormía más de cinco horas y jamás tocaba a nadie que no estuviera previamente admitido en su legión de correligionarios. Ella era la mantis encarnada en el cuerpo de una mujer; su quinto marido la conoció dos días antes de tener que casarse con ellas y era muy probable que fuera la última vez que la viera. El resto eran leyenda; aquel muerto de un infarto, el otro encontrado en el fondo de un acantilado… Circulaban los rumores sobre pócimas sabiamente diluidas en el licor o en el café por una mano que estaba tan acostumbrada a las caricias como una de cascabel a zumbar su cola. Si la serpiente se escuchaba la muerte estaba cerca. El último de los ricos advenedizos se mantenía lejos de su círculo de poder y acordaba los desacuerdos desde algún remoto lugar que sólo él conocía; quizás eso le mantenía a salvo de algún desafortunado accidente. Él tenía claro que era un cabo por atar.

Salió mal, el negocio había salido mal y ya, no había vuelta atrás. El pedido se había retrasado en primera instancia y posteriormente no había quedado rastro de que se hubiera tramitado en ninguna de las tantas agencias de transporte consultadas. De nada valía reclamar al contacto. Sabía a lo que se arriesgaba cuando pujaba en esos oscuros territorios de la red de redes. Si salía bien todo, ganaba mucho pero si no, era probable que perdiera demasiado. Había salido cruz y estaba más arruinado ahora que al principio de la ocurrencia, no  había más.

Abrió la tienda el lunes, temprano, se puso su mejor traje y limpió el polvo de todos y cada uno de los artículos; desde la colección de relojes de pared a los jarrones de porcelana china. A las diez de la mañana ya no sabía qué más podía hacer para sacarse aquella congoja que le atenazaba la garganta. Su tienda y su vida se estaban yendo por el sumidero de las tendencias y argucias de una sociedad cada vez más llena de delincuentes y canallas. Podía mal vender alguno de los cuadros valiosos que aún tenía en el almacén pero eso no le sacaría de aquel aprieto. Necesitaba dinero, mucho dinero y no simples parches.

...

miércoles, 7 de febrero de 2018

Un par de citas.

Un par de citas, de esas que llegan a ser tan sugerentes como para pensar en repetir y a la vez tan extrañas que obligan a olvidar la propia intención de insistir. Así se conocieron.

L. cantaba viejos “blues” bajo la ducha cada mañana hasta que la conoció. Al tiempo, dejaron de caerse cosas de sus manos, olvidó colocar el papel higiénico en el dispensador, no limpiaba el suelo dos veces al día, se distraía mirando las sombras que producía el único rayo de luz que osaba inmiscuirse en la soledad de su habitación, rutinas sacrificadas al fin. En suma, se había convertido en un hombre casi normal. Caminaba erguido, mirando hacia adelante y  no reparaba en el calzado de los viandantes, ni se asqueaba con la cantidad de chicles pegados en las aceras del casco histórico de su pequeña ciudad. Un conservador de su talla, un experto en antigüedades tan reputado, que además se preciaba de serlo, necesitaba responsabilizarse del mal de otros, ese que destrozaba la historia con pequeñas y trágicas contribuciones destruccionistas, devoradoras. Era condición ineludible. No había día en que dejara de maldecir el abandono moral de sus congéneres humanos; al menos el de aquellos que le tocaban más de cerca sus educados modales y su infinita paciencia. Cual vagabundo errante dirimía entre aspavientos y silenciosos escándalos internos, los ominosos estropicios que perpetraba la ignorancia borreguil en fachadas y emplazamientos históricos del acervo cultural de todos que, sin embargo importaba cada vez a menos. En la pequeña tienda de la calle Mercaderes se podía apreciar el Barroco, deleitarse con música del Medievo o congraciarse con el pretencioso estilo en ladrillos de barro cocido de la obra póstuma de algún conocido “grafitero” (no quiso deshacerse de aquel elogio a locura que le regaló un desaparecido personaje artístico en la fachada de su tienda hacía ya media década de puestas de sol). Sin embargo, su gusto por lo extrañamente antiguo no conjugaba del todo con las tendencias económicas que aconsejaban vender barato lo que él consideraba muy caro y viceversa. Malvivía tratando de quedarse con tesoros que, a la vista del interés que despertaban en otros, sólo se lo parecían a él.

Un día, posiblemente el primero del resto de su vida, tuvo la arriesgada idea de dedicar parte de su tiempo libre a aprender a usar un ordenador portátil, un bichejo de esos electrónicos, llenos de mentiras en circuitos infinitamente pequeños que agrandan el mundo de verdad de cualquiera. Un compañero del gremio le había comentado la posibilidad, algo cada vez más esencial según decía, de usar las redes sociales, y otras herramientas del “internauta” displicente ciudadano moderno, para vender sus productos y pujar por algunos otros que pudieran parecerle interesantes. Se llevó el cachivache a la tienda y se puso manos a la obra. Horas delante de la pantalla le convirtieron en un experto en navegación por las autopistas de la información de todos para muchos o aquella al alcance sólo de unos pocos. Compró y hasta vendió a buen precio algunas piezas que llevaban mucho tiempo en rincones ignotos de su trastienda o del almacén, pero el hallazgo mayor que hizo no tenía valor económico, no de inicio al menos.

Ella era descuidada. Siempre lo había sido. No pasaba con calma las hojas de los libros, ni los forraba para que no se estropearan sus tapas, era absurdo cuidar el saber una vez ya se poseía; los leía, los usaba y los devolvía de aquella manera a la biblioteca, manchados, manoseados, hartos de menosprecios. No caminaba sobre las puntas de los pies, como le habían enseñado en el internado que debían hacer las señoritas; ni siquiera se maquillaba al salir de casa como hacían su tía o sus amigas del té con profusión y denuedo. Aquel clan que continuaba haciendo méritos por parecer señoras de otro tiempo, cumpliendo con costumbres que casi podían entenderse como ritos ancestrales pero convirtiendo su día a día en una oda a la modernidad, se convertía en una cárcel sin rejas para su alma sedienta de estímulos menos mundanales. Todas ellas le obligaban a acercarse al salón del té de la sociedad “Ministry” cada tarde para, paraguas en mano y fular al cuello, divagar por entre los amasijos de destrozos ocasionados por mil bombas anticulturales que empecinaban en proporcionales mucho trabajo y mil reconocimientos. Una sociedad femenina bajo el amparo de una poderosa organización dedicada, “altruistamente” se decía,  a dispensar ayuda a las clases desfavorecidas: ¡con qué regodeo llegaban a usar ciertas palabras sus correligionarias¡ En cada nueva reunión dedicaban la mitad del tiempo a contrastar los progresos centrados en alguno de los elegidos focos de su  beneficencia infinita, mientras que en el resto de la reunión se curaban las pieles cada vez más envejecidas por el efecto de la desbordante maldad de sus intenciones últimas. Protocolos de inicio de la senilidad incipiente entre canas coloreadas y labios botulínicos.

Ella no podía soportarlas más, las odiaba como se odian los ladridos del perro del vecino de madrugada, pero continuaba asistiendo porque un socio no lo deja de ser de hoy para mañana; los abandonos son para siempre y significan tanto, que pocos son los que se aventuran a pretender llevar a cabo tamaña afrenta versionada en gesta por algún cantautor muerto de hambre. No se deja de ser generosa así como así; ellos son los que te echan por descuidado, por tonto, arruinado o ingenuo e insistente pecador de voluntad. En las iglesias le reservan los bancos, en las plazas le muestran los lugares adecuados en los que el alimento es considerado sagrado, en las tiendas existen trastiendas para sus requerimientos; perder todo eso por una mala conducta no es del todo sencillo y la única manera de dejar de ser único es olvidar groseramente el don que te convierte en “elegido”, el más poderoso de todos los caballeros, el dinero.

Sin estudios, contenta con el interés por muchas cosas y la especialización necesaria en casi ninguna, ella sentía que su lugar no era aquel, que su mundo no venía siendo el que la hacía más feliz...

¿Qué creen, merece la pena continuar?

sábado, 4 de noviembre de 2017

Mi amigo Pepe "el ruso"

        Se van cayendo de las horas y minutos del día, de nuestras semanas de trajín, de nuestros años de vida. Se van yendo a la parte oscura de nuestros recuerdos, esa que es sólo iluminada por ciertas fechas, o que se dejan rescatar en "deja vu" por momentos de alegría efímera. Se miran lejos, entre ellos, conspiradores de nuestra propia fe que nos arrastra en redes de ayudas venidas del azul infinito. Se dejan ir porque se saben necesarios allá donde vayan, porque si aquí eran tan importantes, allí, donde lo que preocupa ya es lo único con vida, se convierten en depredadores de la necesidad y su satisfacción. Y así, cumplidores, se dejan llevar por el destino que los hizo siempre diferentes, únicos entre la maraña de igualdades y desequilibrios. Ellos, que por sí solos se fueron yendo poco a poco unos y repentinamente otros, queriéndolo con muchas ganas aquellos o sin desearlo los demás, obligados por la trémula carne que nos empuja a dejar de ser y sobre todo padecer los menos o prestos para bailarle el agua al sonido inexistente los más. ELLOS, ESOS tan queridos ya se han ido.

      No están ya y eso duele porque en cada segundo falta siempre el mismo instante, ese en el que se escuche rotundamente un nuevo latido de su corazón cansado, de su mal irreparable, de su fallo vital y último. Así es, no queda de otra, es ley de vida, allá estarán mejor, aquí sufrían, lo siento, te acompaño en el sentimiento… Y así siguen los miedos apalabrados en voces del mundo, mientras se van perdiendo en los ecos que silencia el tiempo, entre las retahílas sentidas a lo mejor o manoseadas por algunos tal vez, quizás y a lo peor fuera o sea así. Lo evidente es que cada "perdón" y "lo siento" es tan amargo como la hiel porque nos recuerda su ausencia. Se fueron sin poder dejarnos otro "ratito" de compañía, otro silbido hondo y ansioso de nuestra alma que se entretenía teniéndolos cerca. Otra palpitación vaga y desconocedora del pesar que la abraza nos olvida…y ésta podría ser la última vez. Por desgracia sí que lo fue.

Se marchó mi amigo Pepe, y no me lo dijo la semana anterior cuando planeábamos la visita a Abel en su bar por Navidad, en ese Caribe de nuestras playas de palabras y miradas sospechosas, de cada vez menos cubos de hielo en vasos de tubo amarilleados por el güisky Haig con el agua hasta el cuello, alargado por los años y los milagros. Él, Abel y sus pocas palabra de costumbre, lo echará de menos mucho más a menudo, detrás de una barra más amena y soportable con el maestro sentado en un taburete y dando motivos para seguir un día más sirviendo lo que pidan. Lo echará más en falta porque acostumbraba verle con frecuencia esperanzadora, y su mujer Doña Hortensia y sus hijos e hijas, su sobrina que me ahogó la pregunta que nunca quise hacer con su silencio lleno de lágrimas, hipado de tristeza. Su amor es otro, soy consciente. Tiene otro color, destila otra amargura en su versión resiliente aunque necesaria ¿Quién soy yo para quererle o sentirme tan mal? Lo sé y lo asumo. Pero el cariño y el amor no se gastan por el roce, ni se suplen por billetes de ida y vuelta a lugares acostumbrados por mil lazos de sangre o los tantos saludos diarios, ni se ganan o cultivan solamente, no sólo así me conformo.
A veces, en casos extraordinarios, y soy consciente,  nacen silvestres esos cariños insospechados. En la jungla de coincidencias que es la vida. Y Pepe me nació en el pecho sin darme cuenta, lo juro; aunque no recuerdo cuándo porque me parece haber compartido servicio militar a su lado o haber acompañado sus jornadas al volante de algún otro Commer cargado de tierra en Fuencaliente. Quizás nos amigamos en algún rato después de los ensayos o con el primer apretón de manos no muy fuerte pero sólido, firme y constante como su amistad desde entonces y hasta hoy. Entre palabras y siempre con hechos, como se confirman las intenciones entre gente que peina certezas y canas a la vez, con la rectitud de una voluntad férrea, Pepe hacía galletas con la manteca que engorda tanto el estómago como el cariño, removía garbanzos buscando empatía en el fondo del caldero o simplemente te miraba con esos ojos abiertos cual ventanas al paraíso de una tierra llamada Bondad. 

Pepe el Ruso, el moscovita como le decía José Luís, es único, no diré que lo era, porque me niego y  porque para mi lo sigue siendo. Sigue resultando ser el mismo inquieto espíritu que quería aprender a tocar el saxofón para acompañar cualquier canción y dejar un momento su balde a un lado, descansando los dedos heridos por el amor a los demás. Disfrutad ángeles del cielo de otro como ustedes y dejadle acercarse a los que seguimos aquí porque aún le necesitamos y  mucho. Un hombre pequeño con un corazón así, tan grande, tan lleno de amabilidad, lleno de música de su Orquesta Bolero o de cualquier otra, porque lo suyo era ayudar a que todo sonara mejor lo vamos a necesitar; eso será único en cualquier sitio de éste u otro mundo y agonizaremos sin su ayuda.
Es Pepe una ligadura, una apoyatura, un puntillo, un compás de espera o una corchea, siempre en su sitio, logrando que la armonía jamás se pierda a través de la risa y la mirada de compadre. Una disputa, una azada en la huerta, un cucharón en el caldero y es así donde Pepe es maestro graduado en la música de la cordialidad y el desvivirse por los demás. Ayudaba porque sabía muchos secretos, unos pocos porque los años enseñan trucos que algunos obvian y otros atesoran, y los demás, el resto, en forma de poderes mágicos que regala el Señor a los que le pueden sentir cerca y se dejan llevar para de igual manera dejar con la sal justa unas papas arrugadas, que conseguir una Orquesta en Fin de Año un par de horas antes de las 00.00h. Le podías encontrar por las mañanas recorriendo el mismo trecho, entrenando un corazón de susto que le dejó en doble fila. O quizás, más tarde, preparando unas garbanzas para mí o para muchos otros, o unas castañas el día de San Martín de hace un año, o la comida de la Banda Municipal hace un par de inviernos, o en la bodega de Paquín que le echará tanto de menos como cualquier otro hermano que tenga o haya podido tener. La lotería de Pepe no la vendía sólo en Navidades, él la repartía todo el año y casi cualquiera podía tener un número, me di cuenta tarde ahora que se me fue el gran premio. Yo compré un día sin saberlo, por una de esas casualidades que no son casuales,  un décimo y me tocó un tipo impresionante, fiel a la amistad que nunca dejó de cultivar y al que no podía dejar de recordar porque Pepe es mucho Pepe. “Hoooooombre, el desaparecidooooo, ya pensaba yo que te habías olvidado de mi…” No Pepe, nunca me olvidé de ti, el estrés de esta vida que creemos eterna nos mantiene lejos de las cosas que nos importan. ¿Qué te voy a confesar ahora que lo escuchas y ves todo, que no sepas de mi propia boca?

No es un homenaje, eso lo haré cada día con cada recuerdo porque en mi sigues "vivito" y coleando. Cuando tenga que buscar quien me ate el nudo de la corbata después de verte venir por sobre todo y todas las cosas a dármela en mano; te homenajearé. Cuando vuelva a saludar a Abel y se me atragante la lengua que probé aconsejado por ti, o la ensaladilla y la pata asada; espero poder aguantar el tipo y no echarme a los lloros en aquella barra que tantas veces nos vio reír. Espero no hacerlo pero si lo hago conste que es por mi culpa, porque tenía que haber disfrutado un poco más de nuestras butacas juntas para echarlas un poquito más de menos ahora y hacerlo todo más insoportable si cabe. Yo sé que estás bien, Dios no permitiría lo contrario, pero aquí dejas mucho hueco que rellenar y cuesta encontrar motivos para hacerlo cerca de tu querido pueblo o lejos, incluso más. Las colas para el pésame darán la vuelta a la isla porque Pepe el Ruso es conocido en el mundo entero, al menos en el mundo palmero aunque en parte del otro también, me consta; no creo que te enorgullezca tanto a ti como a mi, porque además eres una persona humilde pero así fue, así eres ahora que no estás. Y nada más y nada menos que todo eso.

La Asociación musical Los Nacientes debería encargar un busto que posiblemente no quepa en la Plaza del pueblo, y la música en el municipio también,  porque cada procesión, cada tocata, cada ensayo, cada mínimo atisbo de que Los Sauces sonara a algo, tuvo en algún momento un tiempo Pepe el Ruso detrás, escondido en la sombra en que se mueven los hilos que hacen posibles los milagros. Yo puedo dar fe de ellos en muchas, tal vez demasiadas, ocasiones pero, amigo, las cosas serán como deban ser. No se puede calmar al corazón con virutas de metal como tú bien me enseñaste.

Tranquilo Pepe. Ahora estás en la Gloria de los que han hecho en su tiempo en la Tierra más de lo que otros como yo, podremos soñar hacer en un par de ellas. Volveré a verte en cuanto pueda, te saludaré como siempre y te daré las gracias una vez más como cada vez que hablábamos, para que concluyas: “…y daaaale…pero…”. A los demás me costará más decirles todo esto, por eso lo escribo, no es cuestión de ir llenando charcos por las esquinas.

Descansa en paz mi amigo, ahora nos toca a otros no olvidarte jamás.

domingo, 13 de agosto de 2017

Cuando sólo queda el ayer.

                     No es fácil hablar de ciertos temas. En ocasiones hasta duele pensar en ellos y si, como es el caso que me ocupa, se trata de volver por campos más que trillados pues produce úlceras mentales que incluso desangran el ánimo. ¿Os habéis preguntado el por qué se convierte en tendencia algo zafio y pernicioso? Un conjunto textil, un tipo de pintura, un estilo de música… una actitud ante la vida irredenta. Voy a aprovechar este texto para exponer cuál es mi punto de vista sobre es modismo acomodado que nos impulsa a escoger una y otra vez el camino cómodo.

                Hablando con unos conocidos hace relativamente poco tiempo se despertó en mí esta curiosidad sobre la que he decidido escribir, entre otras razones, porque me solivianta, porque me escuece. El caso es que dialogábamos entretenidamente sobre música, sobre lo complejo y sacrificado que resulta tratar de hacer las cosas bien o simplemente, de no hacerlas mal. Pasábamos de una situación a otra analizando el por qué resulta tan difícil encontrar personas que quieran trabajar un poco para intentar no hacer algo sin más,  sin gusto ni pasión,  o para pasar del fatal al “un poquito mejor”. Resulta paradójico porque ¿a quién no le gusta que aquello a lo que dedique tiempo resulte algo digno de ser escuchado, admirado, reconocido y a la vez, le provea cierta dosis de orgullo que aumente la autoestima? Contestarán que a todos y yo apostillaré que a “casi” todos, siendo este “casi” un fenómeno virulento en exponencial progresión desde mi punto de vista, de un tiempo demasiado alejado a  esta parte.

Las personas con las que hablaba tienen una larga y dilatada experiencia en música y en las dinámicas de grupos musicales y coinciden conmigo al afirmar que algo se estropeó en cierto recodo del camino y a partir de ese momento se ha instaurado una cultura de lo “pasable”, del entretenimiento fatuo, cobrando importancia el fenómeno que en adelante llamaré vagancia cultural crónica.

Resulta triste, cuando menos, vivir enamorado del recuerdo, del pasado, de la historia sepultada por el tiempo. Mirar atrás porque los ojos se cansan ya de mirar los pasos instantáneos que nos mueven hoy, ahora. Se me antoja melancólicamente dañino. No es sano, no es ético siquiera. Deberíamos vivir para intentar mejorar cada día el anterior. Mirar de soslayo el día de ayer para referenciar los errores que puedan enseñarnos a volver con distintos andares a los que provocaron ya algunos tropiezos parece plausible pero masacrar nuestra existencia con el sonido de los logros olvidados no es saludable. Ya le ocurrió a Don Quijote y terminó cabalgando entre molinos que eran gigantes.
Hablo de este fenómeno porque lo noto en el andar de la gente. Quizás sea yo el que baje la mirada a los pies de esos caballos que hace demasiado tiempo trotaron alegres por las calles que hoy se frecuentan cada vez menos o cada vez más estacionalmente. Quizás sea el amargado espíritu del que adivina otras virtudes escondidas en pozos muy hondos, llenos de escombros de soberbia y laxitud. Quizás no  haya motivo para el alucinado debate que me desconcierta cuando una parte de mi me hace silenciar los miedos y la otra estimula los alegatos optimistas. Quizás son sólo imaginaciones mías y no noto los bares llenos de críticas fáciles sin atisbo del afán, tan necesario en cualquier faceta vital por otra parte, por querer mejorar lo mejorable. Quizás cuando veo el vaso lleno no miro los hielos sin derretir después de haber sido llenado demasiadas veces y quizás sólo sea que el tiempo es menos caluroso hoy que ayer. Quizás no noto las calles vacías de gentes propias y sí estimuladas por los espíritus inquietos del extraño, del de afuera. Quizás sólo sean pesadillas llenas de cervezas vacías, apiladas en barras que otrora brillaban límpidas en la soledad del barman desconsolado por el tiempo y las moscas; quizás son las horas que han cambiado y ahora las doce del mediodía eran antes las ocho de la tarde. Quizás es el verano o el aire del mar que entibiece los ánimos y se muestran menos soliviantados por el lloro que pide cerca de la cuna o dentro de ella. Quizás sea que ya no hay lloros, ni lágrimas, ni la vergüenza por tener que extender la mano, quizás. La moda, esa tendencia decreciente de vítores por el céntimo que cae en la cartera después del sudor en la frente y la espalda encorvada, exige y todo influye, claro. Pero ¿por qué? Quizás no haya respuesta pero existe la pregunta y eso nos debería valer para asumir el reto de entender que puede ser una gran entelequia. Quizás sea éste el primer paso para desentrañar el misterio.

Cuando digo que algo se rompió hago referencia a lo acontecido. Aquí, no hay que ir más lejos, se vislumbra el espíritu sosegado pero cerril por hacer notar lo que no se tiene y ocultar muy denodadamente lo valioso. Y evidentemente, mirando al lado siempre encuentras una razón para decantarte por esa opción menos ardua. No es que sea ni siquiera más sencilla sino que permite vivir más liviano, acomodar los pasos sin dolores ni achaques. Si nos falta dinero habrá alguien que lo preste, lo regale o a quien quitárselo; si nos falta comida habrá alguien que tenga ese dinero para comprarla; si nos falta trabajo habrá alguien que nos provea la comida a partir del dinero que se consigue tocando o echando abajo la puerta adecuada. El gasto social, la indigencia, la beneficencia, las ayudas… el nombre no importa, lo que preocupa es conseguir lo requerido. El cómo es una excusa para no pensar en ello y así de paso, se practica el noble arte de exigir.

¿Y qué importa aquí la cultura? Pues los virus se propagan y cuanto más dañinos y mortíferos, más rápido se extienden y por más medios lo consiguen. Llegan a la cultura y la arrasan. A la misma cultura de un pueblo, que es el ente social más significante dentro del cuerpo de baile en el que danzan esos grupúsculos asociativos del ser humano, y le suponen el fin de sus días ni más ni menos. El fin de los tiempos felices y pasados y el ocaso de ese amanecer de los despertares que se recuerdan. Ya no hay excusas para seguir hablando del ayer y poder encontrar así, fenómenos culturales dignos del aplauso y el reconocimiento común. Se acabó la promesa eterna de la esperada recuperación. Con este nuevo virus instalado ya no hay salvación. La única solución, como ocurrió con la filoxera en las vides españolas y francesas en algún siglo pasado, es quemar en la hoguera las ruinas de los recuerdos valiosos y el libro de cabecera en el que se encuentran los principios activos de la enfermedad, de esa vagancia cultural crónica. Toca ponerse la ropa de faena y sulfatar con esmero, cuidado, sudor, espíritu de sacrificio, humildad y algunos elementos éticos más de la tabla periódica de las mejores intenciones, todos los cuerpos decentes que deban auspiciar un cambio. ¿El resto? El resto es olvido.