Ella, con el pelo revuelto y un pijama de lunares verdes se asoma al mundo como cada día a eso de las 7.30h, por esa moderna ventana led y panorámica. Observa cómo eso negro devora lo que quedaba de su primera esperanza. Mientras, la tranquila y deprimente cháchara, la contemplación de esa nada maloliente le impiden comprender el “milagro” anunciado por esos que deben ver el futuro en los posos del café, en las cartas de cualquier manoseada baraja o en la tristeza de un lápiz que firma sentencias condenadas y subvencionadas para el obligado beneficio de unos pocos. Esos “inventos”, que son siempre solución para algunos, saben a hiel, hieden a despotismo: llegan así, de esta irreverente manera, las primeras arcadas del día.
Reflexiona porque es temprano para reír y porque hay fotos que suenan a anuncio de futuras navidades, de jamones y décimos, undécimos o billonésimos no premiados. Y contiene las lágrimas, esas que todos debimos haber enjugado durante cinco vidas y que acabamos derrochando en sólo 3 meses. Porque ella lo sabe: sabe que hace ya tiempo esa puerta no es la de su casa, porque lo que ahora ve al otro lado es un feo edificio y no una casa de tejas, donde no hay una palmera en lontananza, recortada en un paisaje verde y limpio; y porque en lugar de su huerta de papas ahora, abajo, sólo ve asfalto, montones de ceniza, adoquines llenos de cáscaras de pipas y colillas de cigarros a medio fumar. Los urbanitas se comen el cemento, ya se sabe, como también se asume eso otro que es peor, esa otra cara de la luna que nos alumbra: escupen la alegría en el bar más próximo, con risas prestadas o compradas a precio de cervezas frías, o güiski con hielo y poca agua.
Él la mira, cual animal herido, apaga la televisión y cierra el portátil, con su última firma digital aún fresca en el fondo de pantalla. La vuelta al interior del edredón caliente; ese se intuye como el único refugio, la vía de escape para los minutos que restan al día antes de convertirse, de nuevo, en su peor sueño. Una vida prestada con el único estímulo posible: olvidar y seguir. Él, que lo sabe, que casi la conoce, y que comparte con su perro los paseos y los lloros a deshora, otra madrugada más, ha decidido no dejar de roncar esos otros nuevos mejores sueños por si mañana empeoran aún sus realidades.
Un beso, abrigados en la misma cornisa del colchón, esa que recorta 2 cholas razonablemente juntas, donde dos ojos fijos, marrones, miran al infinito, a la distancia que separa los milagros oníricos de las verdades imaginadas. Algo la empuja al centro de la cama y se sumerge en su pelo: es él que hace apnea y fotografía de sus pesadillas para robárselas y triturarlas con sus dedos. Ambos se merecen un café caliente, una sonrisa cómplice y un par de besos castos, de esos de andar por casa prestada, no vaya a ser que al abrirla puerta asomen los cuerpecitos sobre pies descalzos de sus sobrinos.
Una vida nueva les espera, o eso les dicen; en fin, juntos será siempre todo
y más. Lástima que sólo son las 8.00h.

No hay comentarios:
Publicar un comentario