domingo, 13 de agosto de 2017

Cuando sólo queda el ayer.

                     No es fácil hablar de ciertos temas. En ocasiones hasta duele pensar en ellos y si, como es el caso que me ocupa, se trata de volver por campos más que trillados pues produce úlceras mentales que incluso desangran el ánimo. ¿Os habéis preguntado el por qué se convierte en tendencia algo zafio y pernicioso? Un conjunto textil, un tipo de pintura, un estilo de música… una actitud ante la vida irredenta. Voy a aprovechar este texto para exponer cuál es mi punto de vista sobre es modismo acomodado que nos impulsa a escoger una y otra vez el camino cómodo.

                Hablando con unos conocidos hace relativamente poco tiempo se despertó en mí esta curiosidad sobre la que he decidido escribir, entre otras razones, porque me solivianta, porque me escuece. El caso es que dialogábamos entretenidamente sobre música, sobre lo complejo y sacrificado que resulta tratar de hacer las cosas bien o simplemente, de no hacerlas mal. Pasábamos de una situación a otra analizando el por qué resulta tan difícil encontrar personas que quieran trabajar un poco para intentar no hacer algo sin más,  sin gusto ni pasión,  o para pasar del fatal al “un poquito mejor”. Resulta paradójico porque ¿a quién no le gusta que aquello a lo que dedique tiempo resulte algo digno de ser escuchado, admirado, reconocido y a la vez, le provea cierta dosis de orgullo que aumente la autoestima? Contestarán que a todos y yo apostillaré que a “casi” todos, siendo este “casi” un fenómeno virulento en exponencial progresión desde mi punto de vista, de un tiempo demasiado alejado a  esta parte.

Las personas con las que hablaba tienen una larga y dilatada experiencia en música y en las dinámicas de grupos musicales y coinciden conmigo al afirmar que algo se estropeó en cierto recodo del camino y a partir de ese momento se ha instaurado una cultura de lo “pasable”, del entretenimiento fatuo, cobrando importancia el fenómeno que en adelante llamaré vagancia cultural crónica.

Resulta triste, cuando menos, vivir enamorado del recuerdo, del pasado, de la historia sepultada por el tiempo. Mirar atrás porque los ojos se cansan ya de mirar los pasos instantáneos que nos mueven hoy, ahora. Se me antoja melancólicamente dañino. No es sano, no es ético siquiera. Deberíamos vivir para intentar mejorar cada día el anterior. Mirar de soslayo el día de ayer para referenciar los errores que puedan enseñarnos a volver con distintos andares a los que provocaron ya algunos tropiezos parece plausible pero masacrar nuestra existencia con el sonido de los logros olvidados no es saludable. Ya le ocurrió a Don Quijote y terminó cabalgando entre molinos que eran gigantes.
Hablo de este fenómeno porque lo noto en el andar de la gente. Quizás sea yo el que baje la mirada a los pies de esos caballos que hace demasiado tiempo trotaron alegres por las calles que hoy se frecuentan cada vez menos o cada vez más estacionalmente. Quizás sea el amargado espíritu del que adivina otras virtudes escondidas en pozos muy hondos, llenos de escombros de soberbia y laxitud. Quizás no  haya motivo para el alucinado debate que me desconcierta cuando una parte de mi me hace silenciar los miedos y la otra estimula los alegatos optimistas. Quizás son sólo imaginaciones mías y no noto los bares llenos de críticas fáciles sin atisbo del afán, tan necesario en cualquier faceta vital por otra parte, por querer mejorar lo mejorable. Quizás cuando veo el vaso lleno no miro los hielos sin derretir después de haber sido llenado demasiadas veces y quizás sólo sea que el tiempo es menos caluroso hoy que ayer. Quizás no noto las calles vacías de gentes propias y sí estimuladas por los espíritus inquietos del extraño, del de afuera. Quizás sólo sean pesadillas llenas de cervezas vacías, apiladas en barras que otrora brillaban límpidas en la soledad del barman desconsolado por el tiempo y las moscas; quizás son las horas que han cambiado y ahora las doce del mediodía eran antes las ocho de la tarde. Quizás es el verano o el aire del mar que entibiece los ánimos y se muestran menos soliviantados por el lloro que pide cerca de la cuna o dentro de ella. Quizás sea que ya no hay lloros, ni lágrimas, ni la vergüenza por tener que extender la mano, quizás. La moda, esa tendencia decreciente de vítores por el céntimo que cae en la cartera después del sudor en la frente y la espalda encorvada, exige y todo influye, claro. Pero ¿por qué? Quizás no haya respuesta pero existe la pregunta y eso nos debería valer para asumir el reto de entender que puede ser una gran entelequia. Quizás sea éste el primer paso para desentrañar el misterio.

Cuando digo que algo se rompió hago referencia a lo acontecido. Aquí, no hay que ir más lejos, se vislumbra el espíritu sosegado pero cerril por hacer notar lo que no se tiene y ocultar muy denodadamente lo valioso. Y evidentemente, mirando al lado siempre encuentras una razón para decantarte por esa opción menos ardua. No es que sea ni siquiera más sencilla sino que permite vivir más liviano, acomodar los pasos sin dolores ni achaques. Si nos falta dinero habrá alguien que lo preste, lo regale o a quien quitárselo; si nos falta comida habrá alguien que tenga ese dinero para comprarla; si nos falta trabajo habrá alguien que nos provea la comida a partir del dinero que se consigue tocando o echando abajo la puerta adecuada. El gasto social, la indigencia, la beneficencia, las ayudas… el nombre no importa, lo que preocupa es conseguir lo requerido. El cómo es una excusa para no pensar en ello y así de paso, se practica el noble arte de exigir.

¿Y qué importa aquí la cultura? Pues los virus se propagan y cuanto más dañinos y mortíferos, más rápido se extienden y por más medios lo consiguen. Llegan a la cultura y la arrasan. A la misma cultura de un pueblo, que es el ente social más significante dentro del cuerpo de baile en el que danzan esos grupúsculos asociativos del ser humano, y le suponen el fin de sus días ni más ni menos. El fin de los tiempos felices y pasados y el ocaso de ese amanecer de los despertares que se recuerdan. Ya no hay excusas para seguir hablando del ayer y poder encontrar así, fenómenos culturales dignos del aplauso y el reconocimiento común. Se acabó la promesa eterna de la esperada recuperación. Con este nuevo virus instalado ya no hay salvación. La única solución, como ocurrió con la filoxera en las vides españolas y francesas en algún siglo pasado, es quemar en la hoguera las ruinas de los recuerdos valiosos y el libro de cabecera en el que se encuentran los principios activos de la enfermedad, de esa vagancia cultural crónica. Toca ponerse la ropa de faena y sulfatar con esmero, cuidado, sudor, espíritu de sacrificio, humildad y algunos elementos éticos más de la tabla periódica de las mejores intenciones, todos los cuerpos decentes que deban auspiciar un cambio. ¿El resto? El resto es olvido.

No hay comentarios: