No es fácil hablar de ciertos
temas. En ocasiones hasta duele pensar en ellos y si, como es el caso que me
ocupa, se trata de volver por campos más que trillados pues produce úlceras
mentales que incluso desangran el ánimo. ¿Os habéis preguntado el por qué se
convierte en tendencia algo zafio y pernicioso? Un conjunto textil, un tipo de
pintura, un estilo de música… una actitud ante la vida irredenta. Voy a
aprovechar este texto para exponer cuál es mi punto de vista sobre es modismo acomodado
que nos impulsa a escoger una y otra vez el camino cómodo.
Hablando
con unos conocidos hace relativamente poco tiempo se despertó en mí esta
curiosidad sobre la que he decidido escribir, entre otras razones, porque me
solivianta, porque me escuece. El caso es que dialogábamos entretenidamente
sobre música, sobre lo complejo y sacrificado que resulta tratar de hacer las
cosas bien o simplemente, de no hacerlas mal. Pasábamos de una situación a otra
analizando el por qué resulta tan difícil encontrar personas que quieran
trabajar un poco para intentar no hacer algo sin más, sin gusto ni pasión, o para pasar del fatal al “un poquito mejor”.
Resulta paradójico porque ¿a quién no le gusta que aquello a lo que dedique
tiempo resulte algo digno de ser escuchado, admirado, reconocido y a la vez, le
provea cierta dosis de orgullo que aumente la autoestima? Contestarán que a
todos y yo apostillaré que a “casi” todos, siendo este “casi” un fenómeno
virulento en exponencial progresión desde mi punto de vista, de un tiempo
demasiado alejado a esta parte.
Las personas con las que hablaba
tienen una larga y dilatada experiencia en música y en las dinámicas de grupos
musicales y coinciden conmigo al afirmar que algo se estropeó en cierto recodo
del camino y a partir de ese momento se ha instaurado una cultura de lo “pasable”,
del entretenimiento fatuo, cobrando importancia el fenómeno que en adelante
llamaré vagancia cultural crónica.
Resulta triste, cuando menos,
vivir enamorado del recuerdo, del pasado, de la historia sepultada por el
tiempo. Mirar atrás porque los ojos se cansan ya de mirar los pasos instantáneos
que nos mueven hoy, ahora. Se me antoja melancólicamente dañino. No es sano, no
es ético siquiera. Deberíamos vivir para intentar mejorar cada día el anterior.
Mirar de soslayo el día de ayer para referenciar los errores que puedan
enseñarnos a volver con distintos andares a los que provocaron ya algunos
tropiezos parece plausible pero masacrar nuestra existencia con el sonido de
los logros olvidados no es saludable. Ya le ocurrió a Don Quijote y terminó
cabalgando entre molinos que eran gigantes.
Hablo de este fenómeno porque lo
noto en el andar de la gente. Quizás sea yo el que baje la mirada a los pies de
esos caballos que hace demasiado tiempo trotaron alegres por las calles que hoy
se frecuentan cada vez menos o cada vez más estacionalmente. Quizás sea el
amargado espíritu del que adivina otras virtudes escondidas en pozos muy hondos,
llenos de escombros de soberbia y laxitud. Quizás no haya motivo para el alucinado debate que me
desconcierta cuando una parte de mi me hace silenciar los miedos y la otra
estimula los alegatos optimistas. Quizás son sólo imaginaciones mías y no noto
los bares llenos de críticas fáciles sin atisbo del afán, tan necesario en
cualquier faceta vital por otra parte, por querer mejorar lo mejorable. Quizás
cuando veo el vaso lleno no miro los hielos sin derretir después de haber sido llenado
demasiadas veces y quizás sólo sea que el tiempo es menos caluroso hoy que
ayer. Quizás no noto las calles vacías de gentes propias y sí estimuladas por
los espíritus inquietos del extraño, del de afuera. Quizás sólo sean pesadillas
llenas de cervezas vacías, apiladas en barras que otrora brillaban límpidas en
la soledad del barman desconsolado por el tiempo y las moscas; quizás son las
horas que han cambiado y ahora las doce del mediodía eran antes las ocho de la
tarde. Quizás es el verano o el aire del mar que entibiece los ánimos y se
muestran menos soliviantados por el lloro que pide cerca de la cuna o dentro de
ella. Quizás sea que ya no hay lloros, ni lágrimas, ni la vergüenza por tener
que extender la mano, quizás. La moda, esa tendencia decreciente de vítores por
el céntimo que cae en la cartera después del sudor en la frente y la espalda
encorvada, exige y todo influye, claro. Pero ¿por qué? Quizás no haya respuesta
pero existe la pregunta y eso nos debería valer para asumir el reto de entender
que puede ser una gran entelequia. Quizás sea éste el primer paso para
desentrañar el misterio.
Cuando digo que algo se rompió
hago referencia a lo acontecido. Aquí, no hay que ir más lejos, se vislumbra el
espíritu sosegado pero cerril por hacer notar lo que no se tiene y ocultar muy
denodadamente lo valioso. Y evidentemente, mirando al lado siempre encuentras
una razón para decantarte por esa opción menos ardua. No es que sea ni siquiera
más sencilla sino que permite vivir más liviano, acomodar los pasos sin dolores
ni achaques. Si nos falta dinero habrá alguien que lo preste, lo regale o a
quien quitárselo; si nos falta comida habrá alguien que tenga ese dinero para
comprarla; si nos falta trabajo habrá alguien que nos provea la comida a partir
del dinero que se consigue tocando o echando abajo la puerta adecuada. El gasto
social, la indigencia, la beneficencia, las ayudas… el nombre no importa, lo
que preocupa es conseguir lo requerido. El cómo es una excusa para no pensar en
ello y así de paso, se practica el noble arte de exigir.
¿Y qué importa aquí la cultura?
Pues los virus se propagan y cuanto más dañinos y mortíferos, más rápido se
extienden y por más medios lo consiguen. Llegan a la cultura y la arrasan. A la
misma cultura de un pueblo, que es el ente social más significante dentro del
cuerpo de baile en el que danzan esos grupúsculos asociativos del ser humano, y
le suponen el fin de sus días ni más ni menos. El fin de los tiempos felices y
pasados y el ocaso de ese amanecer de los despertares que se recuerdan. Ya no
hay excusas para seguir hablando del ayer y poder encontrar así, fenómenos
culturales dignos del aplauso y el reconocimiento común. Se acabó la promesa
eterna de la esperada recuperación. Con este nuevo virus instalado ya no hay
salvación. La única solución, como ocurrió con la filoxera en las vides
españolas y francesas en algún siglo pasado, es quemar en la hoguera las ruinas
de los recuerdos valiosos y el libro de cabecera en el que se encuentran los principios
activos de la enfermedad, de esa vagancia
cultural crónica. Toca ponerse la ropa de faena y sulfatar con esmero,
cuidado, sudor, espíritu de sacrificio, humildad y algunos elementos éticos más
de la tabla periódica de las mejores intenciones, todos los cuerpos decentes
que deban auspiciar un cambio. ¿El resto? El resto es olvido.
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