Se van cayendo de las horas y
minutos del día, de nuestras semanas de trajín, de nuestros años de vida. Se
van yendo a la parte oscura de nuestros recuerdos, esa que es sólo iluminada por ciertas
fechas, o que se dejan rescatar en "deja vu" por momentos de alegría efímera. Se miran
lejos, entre ellos, conspiradores de nuestra propia fe que nos arrastra en redes
de ayudas venidas del azul infinito. Se dejan ir porque se saben necesarios
allá donde vayan, porque si aquí eran tan importantes, allí, donde lo que preocupa ya es lo único con vida, se convierten en depredadores de la necesidad y su
satisfacción. Y así, cumplidores, se dejan llevar por el destino que los hizo siempre diferentes,
únicos entre la maraña de igualdades y desequilibrios. Ellos, que por sí solos se
fueron yendo poco a poco unos y repentinamente otros, queriéndolo con muchas
ganas aquellos o sin desearlo los demás, obligados por la trémula carne que nos empuja a dejar de
ser y sobre todo padecer los menos o prestos para bailarle el agua al sonido inexistente los más. ELLOS, ESOS tan queridos ya se han ido.
No están ya y eso duele porque en cada segundo
falta siempre el mismo instante, ese en el que se escuche rotundamente un nuevo latido de su corazón cansado, de su mal irreparable, de su fallo vital y último. Así
es, no queda de otra, es ley de vida, allá estarán mejor, aquí sufrían, lo
siento, te acompaño en el sentimiento… Y así siguen los miedos apalabrados en voces del mundo, mientras se van perdiendo en los ecos que silencia el tiempo, entre las retahílas sentidas a lo mejor
o manoseadas por algunos tal vez, quizás y a lo peor fuera o sea así. Lo evidente es que cada "perdón" y "lo siento" es tan amargo como la hiel porque nos recuerda su ausencia. Se fueron sin
poder dejarnos otro "ratito" de compañía, otro silbido hondo y ansioso de nuestra alma que
se entretenía teniéndolos cerca. Otra palpitación vaga y desconocedora del
pesar que la abraza nos olvida…y ésta podría ser la última vez. Por desgracia sí que lo fue.
Se marchó mi amigo Pepe, y no me lo dijo la semana anterior cuando planeábamos la visita a Abel en su bar por Navidad, en ese Caribe de nuestras playas de palabras y miradas sospechosas, de cada vez menos cubos de hielo en vasos de tubo amarilleados por el güisky Haig con el agua hasta el cuello, alargado por los años y los milagros. Él, Abel y sus pocas palabra de costumbre, lo echará de menos mucho más a menudo, detrás de una barra más amena y soportable con el maestro sentado en un taburete y dando motivos para seguir un día más sirviendo lo que pidan. Lo echará más en falta porque acostumbraba verle con frecuencia esperanzadora, y su mujer Doña Hortensia y sus hijos e hijas, su sobrina que me ahogó la pregunta que nunca quise hacer con su silencio lleno de lágrimas, hipado de tristeza. Su amor es otro, soy consciente. Tiene otro color, destila otra amargura en su versión resiliente aunque necesaria ¿Quién soy yo para quererle o sentirme tan mal? Lo sé y lo asumo. Pero el cariño y el amor no se gastan por el roce, ni se suplen por billetes de ida y vuelta a lugares acostumbrados por mil lazos de sangre o los tantos saludos diarios, ni se ganan o cultivan solamente, no sólo así me conformo.
A veces, en casos extraordinarios, y soy consciente, nacen silvestres esos cariños insospechados. En la jungla de coincidencias que es la vida. Y Pepe me nació en el pecho sin darme cuenta, lo juro; aunque no recuerdo cuándo porque me parece haber compartido servicio militar a su lado o haber acompañado sus jornadas al volante de algún otro Commer cargado de tierra en Fuencaliente. Quizás nos amigamos en algún rato después de los ensayos o con el primer apretón de manos no muy fuerte pero sólido, firme y constante como su amistad desde entonces y hasta hoy. Entre palabras y siempre con hechos, como se confirman las intenciones entre gente que peina certezas y canas a la vez, con la rectitud de una voluntad férrea, Pepe hacía galletas con la manteca que engorda tanto el estómago como el cariño, removía garbanzos buscando empatía en el fondo del caldero o simplemente te miraba con esos ojos abiertos cual ventanas al paraíso de una tierra llamada Bondad.
Se marchó mi amigo Pepe, y no me lo dijo la semana anterior cuando planeábamos la visita a Abel en su bar por Navidad, en ese Caribe de nuestras playas de palabras y miradas sospechosas, de cada vez menos cubos de hielo en vasos de tubo amarilleados por el güisky Haig con el agua hasta el cuello, alargado por los años y los milagros. Él, Abel y sus pocas palabra de costumbre, lo echará de menos mucho más a menudo, detrás de una barra más amena y soportable con el maestro sentado en un taburete y dando motivos para seguir un día más sirviendo lo que pidan. Lo echará más en falta porque acostumbraba verle con frecuencia esperanzadora, y su mujer Doña Hortensia y sus hijos e hijas, su sobrina que me ahogó la pregunta que nunca quise hacer con su silencio lleno de lágrimas, hipado de tristeza. Su amor es otro, soy consciente. Tiene otro color, destila otra amargura en su versión resiliente aunque necesaria ¿Quién soy yo para quererle o sentirme tan mal? Lo sé y lo asumo. Pero el cariño y el amor no se gastan por el roce, ni se suplen por billetes de ida y vuelta a lugares acostumbrados por mil lazos de sangre o los tantos saludos diarios, ni se ganan o cultivan solamente, no sólo así me conformo.
A veces, en casos extraordinarios, y soy consciente, nacen silvestres esos cariños insospechados. En la jungla de coincidencias que es la vida. Y Pepe me nació en el pecho sin darme cuenta, lo juro; aunque no recuerdo cuándo porque me parece haber compartido servicio militar a su lado o haber acompañado sus jornadas al volante de algún otro Commer cargado de tierra en Fuencaliente. Quizás nos amigamos en algún rato después de los ensayos o con el primer apretón de manos no muy fuerte pero sólido, firme y constante como su amistad desde entonces y hasta hoy. Entre palabras y siempre con hechos, como se confirman las intenciones entre gente que peina certezas y canas a la vez, con la rectitud de una voluntad férrea, Pepe hacía galletas con la manteca que engorda tanto el estómago como el cariño, removía garbanzos buscando empatía en el fondo del caldero o simplemente te miraba con esos ojos abiertos cual ventanas al paraíso de una tierra llamada Bondad.
Pepe el Ruso, el moscovita como
le decía José Luís, es único, no diré que lo era, porque me niego y porque para mi lo sigue siendo. Sigue resultando ser el mismo inquieto espíritu que quería aprender a tocar el saxofón para acompañar cualquier canción y dejar un momento su balde a un lado, descansando los dedos heridos por el amor a los demás. Disfrutad ángeles del cielo de otro como ustedes y dejadle acercarse a los que seguimos aquí porque aún le necesitamos y mucho. Un hombre pequeño con un corazón así, tan grande, tan lleno de
amabilidad, lleno de música de su Orquesta Bolero o de cualquier otra, porque lo
suyo era ayudar a que todo sonara mejor lo vamos a necesitar; eso será único en cualquier sitio de éste u otro mundo y agonizaremos sin su ayuda.
Es Pepe una ligadura, una apoyatura, un puntillo, un compás de espera o una corchea, siempre en su sitio, logrando que la armonía jamás se pierda a través de la risa y la mirada de compadre. Una disputa, una azada en la huerta, un cucharón en el caldero y es así donde Pepe es maestro graduado en la música de la cordialidad y el desvivirse por los demás. Ayudaba porque sabía muchos secretos, unos pocos porque los años enseñan trucos que algunos obvian y otros atesoran, y los demás, el resto, en forma de poderes mágicos que regala el Señor a los que le pueden sentir cerca y se dejan llevar para de igual manera dejar con la sal justa unas papas arrugadas, que conseguir una Orquesta en Fin de Año un par de horas antes de las 00.00h. Le podías encontrar por las mañanas recorriendo el mismo trecho, entrenando un corazón de susto que le dejó en doble fila. O quizás, más tarde, preparando unas garbanzas para mí o para muchos otros, o unas castañas el día de San Martín de hace un año, o la comida de la Banda Municipal hace un par de inviernos, o en la bodega de Paquín que le echará tanto de menos como cualquier otro hermano que tenga o haya podido tener. La lotería de Pepe no la vendía sólo en Navidades, él la repartía todo el año y casi cualquiera podía tener un número, me di cuenta tarde ahora que se me fue el gran premio. Yo compré un día sin saberlo, por una de esas casualidades que no son casuales, un décimo y me tocó un tipo impresionante, fiel a la amistad que nunca dejó de cultivar y al que no podía dejar de recordar porque Pepe es mucho Pepe. “Hoooooombre, el desaparecidooooo, ya pensaba yo que te habías olvidado de mi…” No Pepe, nunca me olvidé de ti, el estrés de esta vida que creemos eterna nos mantiene lejos de las cosas que nos importan. ¿Qué te voy a confesar ahora que lo escuchas y ves todo, que no sepas de mi propia boca?
Es Pepe una ligadura, una apoyatura, un puntillo, un compás de espera o una corchea, siempre en su sitio, logrando que la armonía jamás se pierda a través de la risa y la mirada de compadre. Una disputa, una azada en la huerta, un cucharón en el caldero y es así donde Pepe es maestro graduado en la música de la cordialidad y el desvivirse por los demás. Ayudaba porque sabía muchos secretos, unos pocos porque los años enseñan trucos que algunos obvian y otros atesoran, y los demás, el resto, en forma de poderes mágicos que regala el Señor a los que le pueden sentir cerca y se dejan llevar para de igual manera dejar con la sal justa unas papas arrugadas, que conseguir una Orquesta en Fin de Año un par de horas antes de las 00.00h. Le podías encontrar por las mañanas recorriendo el mismo trecho, entrenando un corazón de susto que le dejó en doble fila. O quizás, más tarde, preparando unas garbanzas para mí o para muchos otros, o unas castañas el día de San Martín de hace un año, o la comida de la Banda Municipal hace un par de inviernos, o en la bodega de Paquín que le echará tanto de menos como cualquier otro hermano que tenga o haya podido tener. La lotería de Pepe no la vendía sólo en Navidades, él la repartía todo el año y casi cualquiera podía tener un número, me di cuenta tarde ahora que se me fue el gran premio. Yo compré un día sin saberlo, por una de esas casualidades que no son casuales, un décimo y me tocó un tipo impresionante, fiel a la amistad que nunca dejó de cultivar y al que no podía dejar de recordar porque Pepe es mucho Pepe. “Hoooooombre, el desaparecidooooo, ya pensaba yo que te habías olvidado de mi…” No Pepe, nunca me olvidé de ti, el estrés de esta vida que creemos eterna nos mantiene lejos de las cosas que nos importan. ¿Qué te voy a confesar ahora que lo escuchas y ves todo, que no sepas de mi propia boca?
No es un homenaje, eso lo haré
cada día con cada recuerdo porque en mi sigues "vivito" y coleando. Cuando tenga
que buscar quien me ate el nudo de la corbata después de verte venir por sobre
todo y todas las cosas a dármela en mano; te homenajearé. Cuando vuelva a
saludar a Abel y se me atragante la lengua que probé aconsejado por ti, o la
ensaladilla y la pata asada; espero poder aguantar el tipo y no echarme a los
lloros en aquella barra que tantas veces nos vio reír. Espero no hacerlo pero
si lo hago conste que es por mi culpa, porque tenía que haber disfrutado un
poco más de nuestras butacas juntas para echarlas un poquito más de menos ahora
y hacerlo todo más insoportable si cabe. Yo sé que estás bien, Dios no
permitiría lo contrario, pero aquí dejas mucho hueco que rellenar y cuesta
encontrar motivos para hacerlo cerca de tu querido pueblo o lejos, incluso más. Las colas
para el pésame darán la vuelta a la isla porque Pepe el Ruso es conocido en el
mundo entero, al menos en el mundo palmero aunque en parte del otro también, me consta; no creo que te
enorgullezca tanto a ti como a mi, porque además eres una persona humilde pero
así fue, así eres ahora que no estás. Y nada más y nada menos que todo eso.
La Asociación musical Los
Nacientes debería encargar un busto que posiblemente no quepa en la Plaza del
pueblo, y la música en el municipio también, porque cada procesión, cada tocata, cada
ensayo, cada mínimo atisbo de que Los Sauces sonara a algo, tuvo en algún
momento un tiempo Pepe el Ruso detrás, escondido en la sombra en que se mueven
los hilos que hacen posibles los milagros. Yo puedo dar fe de ellos en muchas, tal vez
demasiadas, ocasiones pero, amigo, las cosas serán como deban ser. No se puede
calmar al corazón con virutas de metal como tú bien me enseñaste.
Tranquilo Pepe. Ahora estás en la
Gloria de los que han hecho en su tiempo en la Tierra más de lo que otros como
yo, podremos soñar hacer en un par de ellas. Volveré a verte en cuanto
pueda, te saludaré como siempre y te daré las gracias una vez más como cada vez
que hablábamos, para que concluyas: “…y daaaale…pero…”. A los demás me costará
más decirles todo esto, por eso lo escribo, no es cuestión de ir llenando charcos
por las esquinas.
Descansa en paz mi amigo, ahora
nos toca a otros no olvidarte jamás.
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