Fuera por lo que fuese allí
quedan siempre los recuerdos, en esa apartada esquina florida de la memoria por
la que es imposible no transitar desnudo de vergüenzas, para atender las
ofrendas que merecen los que no están ya respirando nuestro mismo aire. Siguen
las fiestas, los ensayos, las bromas, las copas, las charlas, los comentarios
que eluden sin éxito los “dejavu” recurrentes, constantes y tristes. Nadie
muere para siempre si para alguien es al menos un recuerdo. Y tú sigues
viviendo en mí.
Andas
por aquí Pepe, lo sé porque lo que tú plantas hoy ya no son sólo papas en las
huertas, ni risas con amigos o boniatos y azafrán; cambiaste la huerta por una
infinita pradera de atenciones desde alguna dimensión paralela. Alguien
alimenta esa ansia de proteger tu banda, con cursos, actividades, sin miedos ni
desidias, sin desánimo y con la promesa de un futuro mejor por bandera; alguien
vela por lo salubre, por la sanidad de esa ilusión renovada por sonar algún día.
Digamos que, juntos, algunos somos la constante pausa que preludia esa ingenua
sonrisa cargada de conocimiento sin malicia que se te caía sin querer como
gotas de un manantial inmenso. Quien sabe conoce y recela; tú no. Ser bueno iba
en ti, no te salía de tus benditas entrañas hacer el papel de malo porque lo
que no nace no crece; y en ti esa mala yerba nunca pegó. Estás aquí y cuando lo
olvido momentáneamente apareces convertido en atractiva propuesta, en
repentinas ganas por coger el trombón otra vez, en forma de palabras que me
susurraste al oído y que me enseñaron tantas lecciones que aún hoy, me parece
eterno el tiempo que tardé en comprender. ¿Echarte de menos? Tanto como lo
segundos en que acudes en mi ayuda para salvarme de la tristeza por no
escucharte; pero te hablo, eso sí, eso nadie, ni la parca, me lo ha podido
quitar.
Ayer te volví
a disfrutar, cuando tocábamos juntos, en un grupito de “perturbados” musicales
que me consuela las ganas de “musiquear”, y no dejabas la cuerda del balde descansar.
Acompasando el ritmo de la alegría con las marcas dolorosas en tus dedos “entiritados”
- unas por otras, ¿no? Estabas, lo sé porque aquello nunca sonó mejor y porque
un par de días antes –me consta-, tuviste
que socorrer a algún otro amigo en apuros –entre tú y yo, se notó demasiado-.
Nada es igual si no hay alegría, nada puede parecer mejor si no hay disfrute,
complicidad. Música entre amigos, sin la floritura del virtuoso pero con la
paciencia y el cuidado del apasionado, del que se divierte tocando, siendo
feliz con la nota en el oído; es la única que merece la pena, la que suena a
verdad. Ese tipo de armonías no las compone un sabio sino un artista, un
profesional de la contentura, del noble arte de complacer a los demás. ¿Unas
papas arrugadas? Un caldero, agua, sal y papas pero sin música, sin la nota en
el oído atento al hervor y la cantidad de agua; y ya no son las mismas papas.
Salen saladas, salen siendo papas y pretenden ser arrugadas pero no son las de nuestro
Pepe el Ruso. Y es eso música. La música del que igual vale para freír un huevo
que para tocar un pasodoble; del que agita la bombona de gas o pica la cebolla
de una fritura compaseando las tristezas del día a día con un buche de vino y
las promesas de un güisqui “de contrabando” con un amigo de los de verdad. Estás
y se te nota aunque no se te vea. Para hacerme el nudo de la corbata, ese que
nunca aprendí y ahora me niego en rotundo a intentar siquiera; vuelve y si me
enseñas aprenderé.
En fin mi amigo, no me dejes. Yo
te prometo un recuerdo por cada lenteja, cada garbanzo, cada gota de vino, cada
cubo de hielo, cada nota, cada silencio, cada suspiro, cada abrazo, cada sonrisa,
cada momento en que sueñe estar sentado en la misma butaca mientras Abel nos
guiña al servirnos una tapa de lengua recién preparada. Eres mi amigo del alma
y eso es para siempre. Seguimos en tiempo “Lento” pero pronto será “Andante” o
podría llegar a ser un merengue sentado de tu querida Bolero. Va por ti.
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