viernes, 24 de agosto de 2018

Vivir eternamente.

Fuera por lo que fuese allí quedan siempre los recuerdos, en esa apartada esquina florida de la memoria por la que es imposible no transitar desnudo de vergüenzas, para atender las ofrendas que merecen los que no están ya respirando nuestro mismo aire. Siguen las fiestas, los ensayos, las bromas, las copas, las charlas, los comentarios que eluden sin éxito los “dejavu” recurrentes, constantes y tristes. Nadie muere para siempre si para alguien es al menos un recuerdo. Y tú sigues viviendo en mí.

                Andas por aquí Pepe, lo sé porque lo que tú plantas hoy ya no son sólo papas en las huertas, ni risas con amigos o boniatos y azafrán; cambiaste la huerta por una infinita pradera de atenciones desde alguna dimensión paralela. Alguien alimenta esa ansia de proteger tu banda, con cursos, actividades, sin miedos ni desidias, sin desánimo y con la promesa de un futuro mejor por bandera; alguien vela por lo salubre, por la sanidad de esa ilusión renovada por sonar algún día. Digamos que, juntos, algunos somos la constante pausa que preludia esa ingenua sonrisa cargada de conocimiento sin malicia que se te caía sin querer como gotas de un manantial inmenso. Quien sabe conoce y recela; tú no. Ser bueno iba en ti, no te salía de tus benditas entrañas hacer el papel de malo porque lo que no nace no crece; y en ti esa mala yerba nunca pegó. Estás aquí y cuando lo olvido momentáneamente apareces convertido en atractiva propuesta, en repentinas ganas por coger el trombón otra vez, en forma de palabras que me susurraste al oído y que me enseñaron tantas lecciones que aún hoy, me parece eterno el tiempo que tardé en comprender. ¿Echarte de menos? Tanto como lo segundos en que acudes en mi ayuda para salvarme de la tristeza por no escucharte; pero te hablo, eso sí, eso nadie, ni la parca, me lo ha podido quitar.

Ayer te volví a disfrutar, cuando tocábamos juntos, en un grupito de “perturbados” musicales que me consuela las ganas de “musiquear”, y  no dejabas la cuerda del balde descansar. Acompasando el ritmo de la alegría con las marcas dolorosas en tus dedos “entiritados” - unas por otras, ¿no? Estabas, lo sé porque aquello nunca sonó mejor y porque un par de días antes  –me consta-, tuviste que socorrer a algún otro amigo en apuros –entre tú y yo, se notó demasiado-. Nada es igual si no hay alegría, nada puede parecer mejor si no hay disfrute, complicidad. Música entre amigos, sin la floritura del virtuoso pero con la paciencia y el cuidado del apasionado, del que se divierte tocando, siendo feliz con la nota en el oído; es la única que merece la pena, la que suena a verdad. Ese tipo de armonías no las compone un sabio sino un artista, un profesional de la contentura, del noble arte de complacer a los demás. ¿Unas papas arrugadas? Un caldero, agua, sal y papas pero sin música, sin la nota en el oído atento al hervor y la cantidad de agua; y ya no son las mismas papas. Salen saladas, salen siendo papas y pretenden ser arrugadas pero no son las de nuestro Pepe el Ruso. Y es eso música. La música del que igual vale para freír un huevo que para tocar un pasodoble; del que agita la bombona de gas o pica la cebolla de una fritura compaseando las tristezas del día a día con un buche de vino y las promesas de un güisqui “de contrabando” con un amigo de los de verdad. Estás y se te nota aunque no se te vea. Para hacerme el nudo de la corbata, ese que nunca aprendí y ahora me niego en rotundo a intentar siquiera; vuelve y si me enseñas aprenderé.

           En fin mi amigo, no me dejes. Yo te prometo un recuerdo por cada lenteja, cada garbanzo, cada gota de vino, cada cubo de hielo, cada nota, cada silencio, cada suspiro, cada abrazo, cada sonrisa, cada momento en que sueñe estar sentado en la misma butaca mientras Abel nos guiña al servirnos una tapa de lengua recién preparada. Eres mi amigo del alma y eso es para siempre. Seguimos en tiempo “Lento” pero pronto será “Andante” o podría llegar a ser un merengue sentado de tu querida Bolero. Va por ti.

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