domingo, 25 de febrero de 2018

En lo profundo.

Era un hotelito pequeño, coqueto y apartado de las miradas perversas que se había granjeado L. por su carácter limpio de caretas e hipocresías -a mucha gente no le gusta que le digan que no-. Sin señas de ostentación por parte alguna, como a él le gustaba, pues se sentía mejor en los lugares sencillos. Las sábanas eran vastas y aunque olían a limpio, dejaban entrever marcas del uso y los tantos lavados. Se puso cómodo y se dejó llevar por el sueño presa del cansancio acumulado en toda la semana.

Necesitaba sentirse a salvo de las inquietantes propuestas que últimamente le habían realizado esa camarilla de pretenciosos delincuentes aduladores y aquel lugar discreto le posibilitaba olvidar su mundo de pesadillas, a plena luz, por unas horas y recargar energías. Los últimos acontecimientos le resultaban aún increíbles. ¿Cómo osaban pretender que su tienda pudiera ser tapadera de aquellas propuestas de negocios turbios? Le insultaban con su sola presencia en el hogar de sus logros; era una profanación en toda regla. La tienda de antigüedades era para él un templo de salvaguarda de aquellos valores en extinción que la sociedad había pasado a considerar vanos y pasados de moda; la verdad y la sinceridad nunca dejarían de ser su referente en la vida. Sin embargo, la situación era compleja. Su negocio sobrevivía en los últimos tiempos gracias a la red oscura; conseguir género barato conllevaba tener que pasar por alto las especiales características de unos proveedores nada confiables. Los peligros estaban demostrando ser reales y su presencia, impensable en aquellos acuerdos primeros, una espada de Damocles con el filo muy cortante.

Las pasadas reuniones del grupo le habían empujado a lanzarse denodadamente en pos de sus planes asumiendo los riesgos que por otra parte, tenía claros desde el mismo momento en que los concibió. Necesitaba encontrar un socio, necesariamente hombre, discreto, callado y un tanto sumiso pero sobre todo un consagrado experto informático. La última campaña que se le había encargado en la asociación era la tapadera perfecta para iniciar su plan. Una organización sin ánimo de lucro destinada a cooperar con grupos de inmigrantes en la reinserción de éstos dentro de la sociedad una vez gestionados los visados, permisos de trabajo y demás papeleos de índole burocrática. Era la oportunidad que había estado esperando tanto tiempo para pasar a la acción. Destinarían muchos recursos para blanquear dinero de sus oscuros negocios y la mayor parte de los huidos en pateras acabarían en clubes de alterne, lo sabía; era algo que le repugnaba y que aunque no había tenido que palpar, ni siquiera ver, le provocaba arcadas con tan sólo planteárselo.

Le habían aconsejado la tienda de antigüedades en el grupo, ¡qué poco le había gustado aquella invitación, por otro lado tan parecida a otras! Ellas mismas proponían el lugar y hasta el regalo cuando se aproximaban sus efemérides; que si aquella tenía una tía instigadora de las revueltas en la primavera verde que murió tal día como aquel del año cual a la que le gustaba aquello, que si la otra tenía un tío acaudalado prócer de la causa anti-esclavismo muerto en una manifestación que disfrutaba con lo otro, y así casi cualquier semana del año. Todo muy falseado y floreado con alusiones gráficas en prensa y en daguerrotipos en los que no se veían más que sombras de mentiras groseras. Los regalos se amontonaban en forma de recordatorios en la agenda porque no cabía peor error que olvidar ser generosa en estas citas del calendario, y con ellos, las tiendas para tales compras se iban agotando fecha a fecha. La floristería dejaba de tener flores tan raras cada vez, la joyería no siempre era una mejor opción cuando el agasajado tenía taller orfebre particular y así, sin parar de contar, un sinfín de tabús y descartes que convertían en oficio el arte de las compras para quedar bien.
Al frente de un alto reloj de pared, limpiando el polvo y dando cuerda al engranaje, un hombre enjuto pero atractivo, eso sí, más que atractivo atrayente. El rostro oculto bajo una barba cuidada y sobre la cabeza bien proporcionada un pelo largo un tanto más salvaje que el acuerdo de sobriedad reinante en el resto de su presencia. Pasos firmes pero modos muy esquivos. La mano recia en el ofrecimiento pero blanda en el momento del apretón. Las palabras caían sin peso mientras su boca, con los labios justamente entreabiertos,  apenas gesticulaba la cuidada vocalización para hacer audible el mensaje diáfano a fuerza de un eficaz convencimiento impuesto por la expresividad de una mirada limpia. Los ojos oscuros y vibrantes denotaban el arrojo mientras que los dedos temblaban al tocar el mostrador.

-          - Buenas tardes señora. Usted dirá qué le trae por esta humilde tienda. –se deleitaba mirando los pantalones caros de ella y la sobriedad de sus ojos claros mientras las palabras lucían mensajes repetidos y sin vida. No estaba contento con el cómo afrontaba aquellas visitas ilusionantes-.

Ella no encajó bien el cliché de un tendero cualquiera atendiendo a un cliente de entre tantos. Era una estampa que no hacía justicia al pensamiento que alumbraba para aquel singular hombre que no dejaba de mirarla mientras pasaban los segundos en silencio en pos de una respuesta.
-          Un regalo. Ehmm, necesito un regalo. –atropellada y sin control sobre sus brazos que buscaban otro lugar en que descansar que no fuera el cristal rayado del mostrador, repasaba la tienda reparando en algún objeto de entre tantos en el que posar la mirada evitando los ojos preguntones de aquel anticuario. Depositó el bolso y bajó la mirada un segundo para descansar de la prueba del polígrafo en la que creía estar siendo analizada desde que pisó el suelo de madera pulida de aquel lugar para encontrarse la barba cuidada y la nariz inquisidora frente al millón de preguntas que quería hacerle-.
Se marchó sin decir nada. Dejando un suave olor a vainilla, como una barrita de incienso que se consume olvidándose en un rastro de humo sospechoso. La cortina de cuentas, testigo del paso de su fibrosa figura, se estremeció temblando un minuto al menos y dio paso a una espera calculada. De fondo se escuchaba el rítmico teclear y la tonada en silbo que evocaba la precariedad del tiempo y una conocida canción de amor. Un viejo blues tal vez. Le parecieron segundos porque ya más confiada deambuló de aquí para allá observando el género: vasijas que parecían muy antiguas, jarrones de porcelana, algún reloj de pared de lustrada madera y ruidosos mecanismos, cuadros con más polvo del que merecían sus pintores y acaso con más precio que posibilidades de ser una buena compra. En fin, ¿qué sabía ella de arte? Le gustaba el cuadro, conocía algunos pintores clásicos pero hacer elucubraciones sobre precios pues no era justo con el anticuario y más sin saber en realidad qué pedía por dejar de ser su dueño. Al cabo de un rato apareció en el mostrador, callado y pensativo.

-          - Tengo algo que le puede interesar. –directo, claro y esta vez sin ningún asomo de duda en gesto o postura. Todo era decisión, seguridad. Un poso que convencía y acordaba un mejor maridaje con el ánimo del propietario de tal estampa.

-          - Ehmmm, bueno pues usted dirá. Me sorprende que pueda saber lo que necesito sin apenas haber escuchado lo que me interesa. –como una batería después de recargarse con corriente fresca de una toma cualquiera, había necesitado menos desparpajo del que solía tener para expresar sus reparos y hasta el momento esa fluidez había huido al entrar en aquel templo de lo arcaico-.
La miró de nuevo a los ojos, no podía dejar de acechar entre parpadeo y parpadeo para vislumbrar un nuevo tono de claridad y limpieza en aquellas pupilas tan cambiantes como dignas de toda confianza. Alguien podría decir que aquello era un flechazo; él no podía permitirse tales lujos.
-          Un texto de finales del siglo XIX, obra de un linotipista reputado, quién por otro lado fue el inventor de este método de impresión y cuyo nombre es Ottmar Mergenthaler. Se trata de uno de sus primeros textos impresos. Todo ello acompañado de los certificados de autenticidad otorgados por una reputada casa de subastas. Es un regalo caro pero creo que puede estar al nivel de sus exigencias, como mujer culta y preparada que presumo que sea tan sólo por sus modos. –las palabras ametrallaban su conciencia porque nacían seguras pero se perdían en la fijeza del contacto directo entre sus miradas y eso llegaba incluso a ruborizarla-.
-          De acuerdo. Déjeme ver de qué se trata y pasaremos a hablar de precio. –La conversación con monosílabos era un episodio pasado y olvidado. Las palabras fluían  y se dejaban llevar por la confianza en los modos de ambos. Los brazos ya no se preocupaban por aparentar tensión y se vislumbraban asombros de risa en las comisuras de los labios-.
No recuerda cuánto estuvo allí. No sabe si fueron horas o minutos. Lo que si tiene muy claro es que el regalo no era para nadie más que para ella. De hecho volvió a la misma floristería cara de un par de semanas antes y compró otra orquídea rara. Aquel texto era suyo y de nadie más.

Debía afrontar el cómo rechazar la última propuesta. Un envío de jarrones de porcelana china de una dinastía muy antigua pagados por adelantado y que acabarían en las dependencias de un hotel emblemático en Honduras, atestiguaban aquellos hampones de traje caro. ¿Pero qué se habían creído? El mismo proveedor del negocio del Rembrandt les había puesto sobre la pista. Ahora su tienda había pasado a ser el perfecto escaparate para mil y una estafas. Un paraíso para los delincuentes de altos vuelos. Por otro lado, decir no era exponerse a ser obligado a aceptar por unos métodos más expeditivos y  violentos incluso. No era un completo iluso y sabía que esas mafias no se andaban con chiquitas. Conocía al menos un par de anticuarios que habían tenido que transigir y acabar vendiendo sus tiendas para que alguna sociedad encubierta por otras y al amparo de paraísos fiscales y fondos de inversión cuya pista era imposible o casi seguir, limpiase el dinero de cárteles de droga, contrabandos de armas, etc. El no, él no lo permitiría, ya no era una opción; se trataba de no decir que sí y ganar tiempo. ¿Tiempo para qué? Es lo que tenía que responderse pronto.

Revelarle su identidad a un completo desconocido. Revelarle la naturaleza y detalles de un plan maestro, ideado por un espíritu maltratado por la falta de escrúpulos de un grupo de esnobs preocupadas por aparentar y por ser cada día más cínicas y egoístas. No tenía otra opción, ella sola no podía hacerlo y contar con empleados a sueldo sumaba al problema en sí, el agravante de que aquéllos contra los que se proponía luchar si algo no les faltaba era dinero. No, debía encontrar la manera de sumar a la causa aquel hombre por el que desde el primer vistazo sintió esa corriente electroestática que hasta el momento en su vida nunca le había hecho equivocarse; cuántos buenos negocios, cuántas buenas decisiones, cuántas casualidades le había posibilitado ese sexto sentido. Tenía que volver a confiar en su instinto, el que le decía que aquel era su elegido.

Le había espiado y estaba al tanto de las presiones del grupo por hacerse con su negocio y convertirlo en una nueva tapadera de sus corruptos entramados. El arte era de por sí un gran negocio que manejaba enormes cantidades de dinero y si bien aquel anticuario no destacaba por las grandes ventas sí que había hecho a lo largo de su vida más de un buen trato desde el punto de vista económico; un atractivo que no pasaba desapercibido para estos príncipes del delito. Estaban al tanto de los huecos que iba tapando con sus renovados métodos, aquellos que ahora le tenían entre la espada y la pared. Los sanguinarios soldados a sueldo del grupo con sus cabecillas al frente habían ido acorralando al firme anticuario hasta no dejarle más posibilidades que estas últimas y frecuentes transacciones oscuras amparadas en la supuesta intimidad de esa bien bautizada “red oscura”. En la oportunidad de aquel atrapado hombre de bien consiguieron la excusa para pervertir su negocio sin que hiciera falta recurrir por el momento a sugestiones más explícitas. El último golpe se lo asestaría él mismo con un pedido que casualmente sería el más rentable y a la vez el más arriesgado, ¡qué suerte la suya! Le daba mucha pena lo que estaban haciendo y no le fue fácil enterarse.

Si de algo presumían en el grupo era de que cada misión contaba con sus colaboradores y encargados que no intercambiaban nunca detalles con el resto de asociados. Un dragón de mil cabezas, como le gustaba cacarear entre sus más allegados, decía la sacerdotisa. Amante de las víboras, una experta herpetóloga, cuidaba en un enorme criadero con las más modernas instalaciones, de una cantidad impresionante de especímenes de las más peligrosas del planeta. Les extraía el veneno y las estudiaba, llegando a amarlas mucho más que a sus congéneres humanos a los que trataba con mucha menos empatía y afabilidad. Una víbora de mil cabezas, propia de algún mito griego como el de Hidra de Lerma; mortal y calculadora. No se caían bien y fue consciente de ello desde el último conciliábulo en el que resultó elegida con algunos pocos votos en contra, entre ellos el suyo, como “sacerdotisa” del grupo. De apariencia elegante, con el porte de una reina y la piel química de las tantas operaciones, nunca dormía más de cinco horas y jamás tocaba a nadie que no estuviera previamente admitido en su legión de correligionarios. Ella era la mantis encarnada en el cuerpo de una mujer; su quinto marido la conoció dos días antes de tener que casarse con ellas y era muy probable que fuera la última vez que la viera. El resto eran leyenda; aquel muerto de un infarto, el otro encontrado en el fondo de un acantilado… Circulaban los rumores sobre pócimas sabiamente diluidas en el licor o en el café por una mano que estaba tan acostumbrada a las caricias como una de cascabel a zumbar su cola. Si la serpiente se escuchaba la muerte estaba cerca. El último de los ricos advenedizos se mantenía lejos de su círculo de poder y acordaba los desacuerdos desde algún remoto lugar que sólo él conocía; quizás eso le mantenía a salvo de algún desafortunado accidente. Él tenía claro que era un cabo por atar.

Salió mal, el negocio había salido mal y ya, no había vuelta atrás. El pedido se había retrasado en primera instancia y posteriormente no había quedado rastro de que se hubiera tramitado en ninguna de las tantas agencias de transporte consultadas. De nada valía reclamar al contacto. Sabía a lo que se arriesgaba cuando pujaba en esos oscuros territorios de la red de redes. Si salía bien todo, ganaba mucho pero si no, era probable que perdiera demasiado. Había salido cruz y estaba más arruinado ahora que al principio de la ocurrencia, no  había más.

Abrió la tienda el lunes, temprano, se puso su mejor traje y limpió el polvo de todos y cada uno de los artículos; desde la colección de relojes de pared a los jarrones de porcelana china. A las diez de la mañana ya no sabía qué más podía hacer para sacarse aquella congoja que le atenazaba la garganta. Su tienda y su vida se estaban yendo por el sumidero de las tendencias y argucias de una sociedad cada vez más llena de delincuentes y canallas. Podía mal vender alguno de los cuadros valiosos que aún tenía en el almacén pero eso no le sacaría de aquel aprieto. Necesitaba dinero, mucho dinero y no simples parches.

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