Estimad@s lectores.
En estos tiempos de clima cambiante, de incendios y desgracias, en los que la opinión de cualquiera debe ser sostenida por un título para que aspire a ser tenida en cuenta, donde escuchar es un reto y ser escuchado un milagro debemos levantar el ánimo pensando que el tiempo corre para todos y que en algún momento los que creen poseer la pausa en el segundero se darán finalmente cuenta de que han llegado un segundo más tarde a las vidas de los demás y, tal vez, por desgracia, muchos años antes al final de la suya.
No he estudiado ingeniería de montes, ni cualquiera otra ingeniería y tengo una opinión en forma de cuento que me gustaría compartir con ustedes.
Érase una vez un sabio. Don Cualquiera se llamaba y vivía en algún sitio que no es necesario recordar. No tenía estudios pues tuvo que cambiar el lápiz por la azada desde que tenía recuerdos. En su casa, un pequeño pajero que había ido arreglando poquito a poco, después de cada andanza, faltaba ese último detalle que nuestro amigo había soñado siempre en su ganado retiro y que no era otro que una cómoda silla. Como todo lo demás en su vida, pacientemente, de una manera esmerada, cuidada y justo en el momento que sólo él consideró adecuado, se puso manos a la obra comenzando a construir de la nada su silla. Eligió la madera, la cola y hasta el lugar que ocuparía, para que le permitiera no sólo estar cómodo sino también optimizar el reducido espacio que debería ocupar en su vida, pues han de caber otras cosas en ella y no únicamente la comodidad. Moldeó cada parte y ensambló finamente el asiento. ¿El resultado final? pues una robusta silla de la mejor madera y con un aspecto que rezumaba confortabilidad. Luego, se tomó su tiempo para buscar ese lugar ideal que ocuparía de manera definitiva, pues no le gustaban los cambios, y si acaso y sin remedio se adaptaba a aquellos que obligaban el tiempo y las circunstancias, muchos al cabo de una vida. Finalmente se regocijó en su obra, otro poquito de su vida estaba en ella y extasiado se dijo: ¡pero qué cómoda es mi silla y qué bien se está aquí sentado, en este mi rincón de espera, de reflexión, de tardes de conversación con mis vecinos!
A nuestro amigo le visitaban bastante, eso sí, siempre cuando se ponía el sol. Por aquella silla fueron pasando muchas almas que compartían, aprendían, enseñaban, rezaban, leían...por la silla de la sabiduría, le decían a Don Cualquiera, pasaron muchas vidas y él siempre apostilló: "es la silla del pueblo, de los demás y sus cosas". Todo el que se sentaba llevaba algo pero también traía mucho, seguro y además cuidaba el asiento. Alguien como Don Cualquiera, con tantos años y tanto saber acumulado, con ese conocimiento permeable y fruto de las tantas peripecias vividas, era incluso más apreciado por saber escuchar que por hablar.
Una tarde llegó un conocido de Don Cualquiera, un petimetre egresado en varias titulaciones, culto decían todos de él. El recién llegado se fijó inmediatamente en aquel asiento tan mullido y confortable. No se recuerda un saludo aunque sí la mano en los hombros del anfitrión, amén de la lista de: soy esto..., y también soy aquello..., y sabe usted que..., no olvide también que..., es inaudito..., cómo es posible... Don Cualquiera oía sin querer escuchar pero, era tanta la perorata que hasta su perro, Yaestabueno, desaparecía malhumorado. El caso es que la visita comenzó a repetirse, y claro, tanto sentarse que Don Medalo Mismo se encaprichó de la silla. Mientras, Don Cualquiera se sentaba en otra butaca resignado, mientras veía que algún que otro visitante asiduo observaba de lejos la silla ocupada. Ya no había lugar en aquel rincón para otra voz más que para la del juicio autorizado, con el sello oficial estampado y el aprendizaje huyó de allí despavorido.
Poco a poco dejaron de venir esas visitas necesitadas de un oído, o de un consejo, o de un silencio y, las enseñanzas de éstos se quedaron en las almas de sus dueños. La gente que otrora disfrutaba de la calma y de las dudas no requería ni les apetecía la charla especializada, docta, oficial de nuestro titulado amigo, en la que todo eran certezas y sentencias firmes. No es necesario recalcar lo triste y lúgubre que se volvió el lugar de Don Cualquiera, su tranquilo retiro. Yaestabueno, cada tarde, se iba más y más lejos, al menos hasta donde no llegara el eco de las palabras rimbombantes y vacías de su porche. Esos cuidados que los necesitados, los parroquianos de Don Cualquiera, daban a la silla se dejaron de dar porque, huelga decirlo, al señor Medalo Mismo le daba igual lo que necesitara la silla en tanto en canto siguiera siendo cómoda.
No habiendo pasado mucho tiempo, la silla dejó de ser cómoda porque simplemente dejó de ser de todos y para todos y pasó a ser sólo el capricho de uno.
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