Un par de citas, de esas que
llegan a ser tan sugerentes como para pensar en repetir y a la vez tan extrañas
que obligan a olvidar la propia intención de insistir. Así se conocieron.
L. cantaba viejos “blues” bajo la
ducha cada mañana hasta que la conoció. Al tiempo, dejaron de caerse cosas de
sus manos, olvidó colocar el papel higiénico en el dispensador, no limpiaba el
suelo dos veces al día, se distraía mirando las sombras que producía el único
rayo de luz que osaba inmiscuirse en la soledad de su habitación, rutinas
sacrificadas al fin. En suma, se había convertido en un hombre casi normal.
Caminaba erguido, mirando hacia adelante y
no reparaba en el calzado de los viandantes, ni se asqueaba con la
cantidad de chicles pegados en las aceras del casco histórico de su pequeña
ciudad. Un conservador de su talla, un experto en antigüedades tan reputado,
que además se preciaba de serlo, necesitaba responsabilizarse del mal de otros,
ese que destrozaba la historia con pequeñas y trágicas contribuciones
destruccionistas, devoradoras. Era condición ineludible. No había día en que dejara
de maldecir el abandono moral de sus congéneres humanos; al menos el de
aquellos que le tocaban más de cerca sus educados modales y su infinita
paciencia. Cual vagabundo errante dirimía entre aspavientos y silenciosos
escándalos internos, los ominosos estropicios que perpetraba la ignorancia
borreguil en fachadas y emplazamientos históricos del acervo cultural de todos
que, sin embargo importaba cada vez a menos. En la pequeña tienda de la calle
Mercaderes se podía apreciar el Barroco, deleitarse con música del Medievo o
congraciarse con el pretencioso estilo en ladrillos de barro cocido de la obra
póstuma de algún conocido “grafitero” (no quiso deshacerse de aquel elogio a
locura que le regaló un desaparecido personaje artístico en la fachada de su
tienda hacía ya media década de puestas de sol). Sin embargo, su gusto por lo
extrañamente antiguo no conjugaba del todo con las tendencias económicas que
aconsejaban vender barato lo que él consideraba muy caro y viceversa. Malvivía
tratando de quedarse con tesoros que, a la vista del interés que despertaban en
otros, sólo se lo parecían a él.
Un día, posiblemente el primero
del resto de su vida, tuvo la arriesgada idea de dedicar parte de su tiempo
libre a aprender a usar un ordenador portátil, un bichejo de esos electrónicos,
llenos de mentiras en circuitos infinitamente pequeños que agrandan el mundo de
verdad de cualquiera. Un compañero del gremio le había comentado la
posibilidad, algo cada vez más esencial según decía, de usar las redes
sociales, y otras herramientas del “internauta” displicente ciudadano moderno, para
vender sus productos y pujar por algunos otros que pudieran parecerle interesantes.
Se llevó el cachivache a la tienda y se puso manos a la obra. Horas delante de
la pantalla le convirtieron en un experto en navegación por las autopistas de
la información de todos para muchos o aquella al alcance sólo de unos pocos.
Compró y hasta vendió a buen precio algunas piezas que llevaban mucho tiempo en
rincones ignotos de su trastienda o del almacén, pero el hallazgo mayor que
hizo no tenía valor económico, no de inicio al menos.
Ella era descuidada. Siempre lo
había sido. No pasaba con calma las hojas de los libros, ni los forraba para que
no se estropearan sus tapas, era absurdo cuidar el saber una vez ya se poseía;
los leía, los usaba y los devolvía de aquella manera a la biblioteca,
manchados, manoseados, hartos de menosprecios. No caminaba sobre las puntas de
los pies, como le habían enseñado en el internado que debían hacer las
señoritas; ni siquiera se maquillaba al salir de casa como hacían su tía o sus
amigas del té con profusión y denuedo. Aquel clan que continuaba haciendo méritos
por parecer señoras de otro tiempo, cumpliendo con costumbres que casi podían
entenderse como ritos ancestrales pero convirtiendo su día a día en una oda a
la modernidad, se convertía en una cárcel sin rejas para su alma sedienta de
estímulos menos mundanales. Todas ellas le obligaban a acercarse al salón del
té de la sociedad “Ministry” cada tarde para, paraguas en mano y fular al
cuello, divagar por entre los amasijos de destrozos ocasionados por mil bombas
anticulturales que empecinaban en proporcionales mucho trabajo y mil
reconocimientos. Una sociedad femenina bajo el amparo de una poderosa
organización dedicada, “altruistamente” se decía, a dispensar ayuda a las clases desfavorecidas:
¡con qué regodeo llegaban a usar ciertas palabras sus correligionarias¡ En cada
nueva reunión dedicaban la mitad del tiempo a contrastar los progresos centrados
en alguno de los elegidos focos de su
beneficencia infinita, mientras que en el resto de la reunión se curaban
las pieles cada vez más envejecidas por el efecto de la desbordante maldad de
sus intenciones últimas. Protocolos de inicio de la senilidad incipiente entre
canas coloreadas y labios botulínicos.
Ella no podía soportarlas más,
las odiaba como se odian los ladridos del perro del vecino de madrugada, pero
continuaba asistiendo porque un socio no lo deja de ser de hoy para mañana; los
abandonos son para siempre y significan tanto, que pocos son los que se
aventuran a pretender llevar a cabo tamaña afrenta versionada en gesta por
algún cantautor muerto de hambre. No se deja de ser generosa así como así; ellos
son los que te echan por descuidado, por tonto, arruinado o ingenuo e
insistente pecador de voluntad. En las iglesias le reservan los bancos, en las
plazas le muestran los lugares adecuados en los que el alimento es considerado
sagrado, en las tiendas existen trastiendas para sus requerimientos; perder
todo eso por una mala conducta no es del todo sencillo y la única manera de
dejar de ser único es olvidar groseramente el don que te convierte en “elegido”,
el más poderoso de todos los caballeros, el dinero.
Sin estudios, contenta con el
interés por muchas cosas y la especialización necesaria en casi ninguna, ella
sentía que su lugar no era aquel, que su mundo no venía siendo el que la hacía
más feliz...
¿Qué creen, merece la pena continuar?
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