miércoles, 7 de febrero de 2018

Un par de citas.

Un par de citas, de esas que llegan a ser tan sugerentes como para pensar en repetir y a la vez tan extrañas que obligan a olvidar la propia intención de insistir. Así se conocieron.

L. cantaba viejos “blues” bajo la ducha cada mañana hasta que la conoció. Al tiempo, dejaron de caerse cosas de sus manos, olvidó colocar el papel higiénico en el dispensador, no limpiaba el suelo dos veces al día, se distraía mirando las sombras que producía el único rayo de luz que osaba inmiscuirse en la soledad de su habitación, rutinas sacrificadas al fin. En suma, se había convertido en un hombre casi normal. Caminaba erguido, mirando hacia adelante y  no reparaba en el calzado de los viandantes, ni se asqueaba con la cantidad de chicles pegados en las aceras del casco histórico de su pequeña ciudad. Un conservador de su talla, un experto en antigüedades tan reputado, que además se preciaba de serlo, necesitaba responsabilizarse del mal de otros, ese que destrozaba la historia con pequeñas y trágicas contribuciones destruccionistas, devoradoras. Era condición ineludible. No había día en que dejara de maldecir el abandono moral de sus congéneres humanos; al menos el de aquellos que le tocaban más de cerca sus educados modales y su infinita paciencia. Cual vagabundo errante dirimía entre aspavientos y silenciosos escándalos internos, los ominosos estropicios que perpetraba la ignorancia borreguil en fachadas y emplazamientos históricos del acervo cultural de todos que, sin embargo importaba cada vez a menos. En la pequeña tienda de la calle Mercaderes se podía apreciar el Barroco, deleitarse con música del Medievo o congraciarse con el pretencioso estilo en ladrillos de barro cocido de la obra póstuma de algún conocido “grafitero” (no quiso deshacerse de aquel elogio a locura que le regaló un desaparecido personaje artístico en la fachada de su tienda hacía ya media década de puestas de sol). Sin embargo, su gusto por lo extrañamente antiguo no conjugaba del todo con las tendencias económicas que aconsejaban vender barato lo que él consideraba muy caro y viceversa. Malvivía tratando de quedarse con tesoros que, a la vista del interés que despertaban en otros, sólo se lo parecían a él.

Un día, posiblemente el primero del resto de su vida, tuvo la arriesgada idea de dedicar parte de su tiempo libre a aprender a usar un ordenador portátil, un bichejo de esos electrónicos, llenos de mentiras en circuitos infinitamente pequeños que agrandan el mundo de verdad de cualquiera. Un compañero del gremio le había comentado la posibilidad, algo cada vez más esencial según decía, de usar las redes sociales, y otras herramientas del “internauta” displicente ciudadano moderno, para vender sus productos y pujar por algunos otros que pudieran parecerle interesantes. Se llevó el cachivache a la tienda y se puso manos a la obra. Horas delante de la pantalla le convirtieron en un experto en navegación por las autopistas de la información de todos para muchos o aquella al alcance sólo de unos pocos. Compró y hasta vendió a buen precio algunas piezas que llevaban mucho tiempo en rincones ignotos de su trastienda o del almacén, pero el hallazgo mayor que hizo no tenía valor económico, no de inicio al menos.

Ella era descuidada. Siempre lo había sido. No pasaba con calma las hojas de los libros, ni los forraba para que no se estropearan sus tapas, era absurdo cuidar el saber una vez ya se poseía; los leía, los usaba y los devolvía de aquella manera a la biblioteca, manchados, manoseados, hartos de menosprecios. No caminaba sobre las puntas de los pies, como le habían enseñado en el internado que debían hacer las señoritas; ni siquiera se maquillaba al salir de casa como hacían su tía o sus amigas del té con profusión y denuedo. Aquel clan que continuaba haciendo méritos por parecer señoras de otro tiempo, cumpliendo con costumbres que casi podían entenderse como ritos ancestrales pero convirtiendo su día a día en una oda a la modernidad, se convertía en una cárcel sin rejas para su alma sedienta de estímulos menos mundanales. Todas ellas le obligaban a acercarse al salón del té de la sociedad “Ministry” cada tarde para, paraguas en mano y fular al cuello, divagar por entre los amasijos de destrozos ocasionados por mil bombas anticulturales que empecinaban en proporcionales mucho trabajo y mil reconocimientos. Una sociedad femenina bajo el amparo de una poderosa organización dedicada, “altruistamente” se decía,  a dispensar ayuda a las clases desfavorecidas: ¡con qué regodeo llegaban a usar ciertas palabras sus correligionarias¡ En cada nueva reunión dedicaban la mitad del tiempo a contrastar los progresos centrados en alguno de los elegidos focos de su  beneficencia infinita, mientras que en el resto de la reunión se curaban las pieles cada vez más envejecidas por el efecto de la desbordante maldad de sus intenciones últimas. Protocolos de inicio de la senilidad incipiente entre canas coloreadas y labios botulínicos.

Ella no podía soportarlas más, las odiaba como se odian los ladridos del perro del vecino de madrugada, pero continuaba asistiendo porque un socio no lo deja de ser de hoy para mañana; los abandonos son para siempre y significan tanto, que pocos son los que se aventuran a pretender llevar a cabo tamaña afrenta versionada en gesta por algún cantautor muerto de hambre. No se deja de ser generosa así como así; ellos son los que te echan por descuidado, por tonto, arruinado o ingenuo e insistente pecador de voluntad. En las iglesias le reservan los bancos, en las plazas le muestran los lugares adecuados en los que el alimento es considerado sagrado, en las tiendas existen trastiendas para sus requerimientos; perder todo eso por una mala conducta no es del todo sencillo y la única manera de dejar de ser único es olvidar groseramente el don que te convierte en “elegido”, el más poderoso de todos los caballeros, el dinero.

Sin estudios, contenta con el interés por muchas cosas y la especialización necesaria en casi ninguna, ella sentía que su lugar no era aquel, que su mundo no venía siendo el que la hacía más feliz...

¿Qué creen, merece la pena continuar?

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