domingo, 6 de septiembre de 2015

La moneda de cara




Joven, apasionado, vehemente, iluso, inocente, inexperto, simpático, extrovertido, valiente, enamorado, soñador…

                Hola queridos lectores. Algunos me habéis pedido que escriba sobre esto o aquello, otros que calle lo que ha podido ser el argumento de más de un escrito como el que ahora inicio. Este blog lo entiendo como un cajón de sastre de esos pensamientos que deben vaciarse de mi mente para poder dejar lugar a tantas otras cosas que ocupan mi vida de diario, mi rutina vital. Hoy os hablaré del postrer viaje final, de la muerte. Esa enumeración de adjetivos con que comencé este escrito bien podría ajustarse a las características de un par de millones de jóvenes de entre los que pueblan este nuestro mundo pero pretende, sin embargo,  ser un alegato en contra del infortunio. ¿Y si os hago para empezar un par de preguntas y luego analizamos sus posibles respuestas?

                ¿Esa moneda que cae de un lado provoca siempre la misma reacción?, ¿el final de un cuento debe ser triste o alegre?, ¿pasará lo mismo estés donde estés y hagas lo que hagas?, ¿el batir de las alas de esa mariposa revoloteando entre plantas y flores provoca siempre tormentas y huracanes en otros lugares o incluso otros mundos?, ¿podemos vivir sin pensar en el segundo de después? Veamos.

Tal vez la juventud, la pasión, la vehemencia, las ilusiones, la inocencia, la falta de experiencia, la afabilidad en el carácter, el don de gentes, la valentía, el amor y los sueños sean poderosos ocupas de mil cuerpos pero ocurre en ocasiones que se personan en espíritus humanos con fecha de caducidad definida por hados malvados y egoístas, es entonces cuando duele descubrir que este mundo es tan efímero como el vaho que desprende nuestro cuerpo en cualquier fría mañana de un mes de invierno cualquiera.  Nos vamos, en ciertas y desgraciadas ocasiones, con los gritos del dolor o con el silencio de mil injusticias encubiertas, propiciadas, ilegítimas. Nos despedimos de una fugaz existencia con las excusas adecuadas o las palabras calladas, no sé qué será peor. Viajamos al destino definitivo sin billete de regreso, casi sin poder comentar los miedos que nos obligan a mentir diciendo siempre que es ley de vida y olvidando argumentar concienzudamente que lo que nos pasa en verdad es que hemos sido declaradas culpables y sentenciados a pena de muerte, siendo empujados al abismo de la nada. Y nos vamos, no queda de otra. Son tantos los que se han marchado que resulta estúpido pensar que nuestro fin pueda ser otro, por muy distintos que pretendamos ser o seamos. Se nos venden milagros, pócimas, elixires, conjuros de ilusión para aquel que vive de espalda a ese sueño imposible de vivir mañana, pasado y el otro, y el otro... ¿Cuándo nos paramos a valorar nuestras arrugas,  las patas de gallo, las manchas de la piel y ese pergamino de los años en unos ojos cansados de llorar o hartos de reír?
En las  matemáticas, en algún rincón de sus milagros, existe un escondrijo en el que los números se alían con las cosas que pasan o no cada día para legalizar el capricho de la naturaleza que nos determina como lo que somos: animales e hijos de un Dios, del nuestro, y por ende tan volátiles como volutas de humo salientes de la pipa de un anciano calmoso. Lo estudió Bernouilli hace mucho tiempo porque, supongo o necesito pensar, a las cosas que importan hay que ponerles nombre o eso nos dicen los que saben de humanas entrañas. Lo que ocurre o lo que no, tiene una medida que justifica lo acaecido y vislumbra posibilidades de predecir el futuro en aras de ese pasado que nos sirve siempre para aprender. Algo así, etéreo e intangible casi siempre, podemos pensar que es la probabilidad. Si hoy estoy vivo es porque ayer también lo estuve, y porque así viene ocurriendo los últimos 38 años de mi vida, con sus días y horas. Si pensamos en la respuesta que damos a cada segundo de nuestras vidas a la pregunta, ¿estás vivo? asumiremos que podrá ser SÍ o NO, no vale un tal vez. Pues jugando con ese campo de muestras que supone el universo de nuestros segundos de vida y las respuestas a la finita sucesión de contestaciones ante una misma pregunta, podremos conjurar una probabilidad de vida en virtud de la cual predecir las posibilidades de morir en el instante siguiente. Es azar y hete aquí que lo pasado cuenta tanto o tan poco como para que siempre pueda responderse NO a pesar de los tantos SÍ´es acontecidos. Valemos tan poco como el siguiente segundo en el que contar con la cruz de una moneda para un experimento que por más veces que se realice y menos balanceado sea, su resultado siempre guarda la sorpresa de lo desconocido, de lo único.
Los cuentos, las historias, las novelas, los libros, tienen un final por la misma razón que necesitan de un principio. Todo lo que acaba tuvo un inicio pero ¿y la injusticia del momento en que pasa? Guarda relación con la alegría de poner punto y final o de prologar los entrantes de un frugal almuerzo de conocimiento. Desde mi punto de vista, TODO es un conjunto que complementa el periplo para cada quien en cada cual. Llegas y te vas. No hay más. La alegría de la venida con las lágrimas de la partida o viceversa, dan lugar a emociones y son esas las que justifican los principios o los finales. Ni las carcajadas son el premio ni el llanto es el castigo. Son manifestaciones de la humanidad y de su instantaneidad. Aquí y ahora ergo Carpe Diem.

Allá donde vayas lo que hagas será tenido en cuenta en la misma medida en que tus deserciones compondrán el mapa conceptual de tu personalidad. El beso que no diste, el abrazo que ofreciste, la pelea que evitaste, el llanto que provocaste, la risa que ahogaste, el dolor que sufriste, son tan tuyos como el segundo en que la moneda siguió siendo cara y la respuesta también fue SÍ. Ni una pizca más de sal, ni un golpe de efecto para tus temores librará al cielo o el infierno de tu alma. Allí volveremos en una u otra manera. La despedida tiene el mismo sabor cada mañana. Pesarán en tu virtud los errores cometidos o los aciertos logrados pero  seguirá pareciendo otra más de entre las tantísimas mejores o las muchísimas peores decisiones tomadas. Digas lo que digas, calles lo que calles alguien hablará más y mejor o silenciará oportunamente sus faltas potenciando mil logros, haciéndote único. Debemos ser todo lo felices que podamos y para ello basta con ejercer la mínima presión en nuestra escala de bondad. El equilibrio de perversidades es el que predispone los momentos, el que ajusta la curva de normalidad, el que cierra el círculo y su cuadratura: un casi imposible que cada día requiere el esfuerzo de intentarlo para casi siempre no conseguirlo. No debes ser mejor porque sí sino porque eso ahondará en un mejor cubículo para tu ego, en el que se sienta acorralado y esté a buen recaudo para hacerle caso el momento justo e ignorarlo el resto del tiempo.

Jonathan se fue lejos, mucho más allá de donde la imaginación le pudo transportar en sueños o pesadillas. Emprendió ese viaje más pronto que tarde porque alguien lo quiso y tantos no lo pudieron, supieron o quisieron evitar. No tuvo tiempo de despedirse porque esa mariposa que bate las alas en la huerta de al lado provoca cortocircuitos en los mecanismos mentales de seres tan humanos como animales, ocasionó una tormenta en la Colombia profunda y anónima. La selva de instintos produce cataclismos que ahogan los valores humanos en el alma de algunos cualquiera con apellidos y sin escrúpulos. Esos pocos hacen temblar los cimientos de la fragilidad humana con disparos de balas llenas de maldad e injusticia. Certeros disparos a la inocencia del que no piensa en que la moneda puede caer del lado no deseado, en ese NO consecutivo a los tantísimos instantes de un SÍ perentorio. Y de repente se cae y con ella también naufragan los lamentos por no entender que el ser humano es además de inteligente profunda e instintivamente animal. No siempre el perro lame la mano del dueño por muchos cuidados que le preste, también puede ocurrir y pasa no os quepa duda, que un día soleado, con la brisa acariciando el vello  y el mar suavizando la temperatura idílica de un paraíso cualquiera, la mascota decida morder la mano que le da de comer. El que siempre fue fiel decide aventurarse y dejar de serlo, el cariñoso muestra las garras del desapego, el caritativo se guarda un par de ases en la manga… Y pudo ser por mil razones, por una crisis de nervios, porque la comida no llega al plato en el segundo en que las tripas comienzan a rugir, porque es día 3 y mañana es 4, porque en otra galaxia nacen dos nuevas estrellas, o simplemente porque sí. Y lo que pasa pues pasa y se lleva por delante los merecimientos de alguien que debía seguir respirando, besando, abrazando, arbitrando, corriendo, amando... Ninguno creemos merecer la muerte cuando nos llega. Pudimos pensar en ella mil veces pero jamás nos creemos culpables y sentenciados cuando el juicio de nuestra existencia se dirime entre actos nobles, justos, malos o inoportunos en un tribunal de ángeles o demonios. No hay tiempo, no hay lugar para asirse a la escalerilla de emergencia y trepar hasta ese hueco que se cierra en este mundo acercándonos al otro. Se nos van las excusas y nos devora el miedo.

Jonathan nos abandonó sin quererlo porque alguien se empeñó en sacarle la razón a ese experimento aleatorio que auguraba la probabilidad de muchos más instantes con el SÍ por delante. Un loco trucó su destino, su moneda, restando al azar la potencialidad de un nuevo milagro diario porque, no me cabe duda, eso es nuestra vida, la de cada quien en cada cual. El continuo milagro de una moneda  siempre ofreciendo una cara, un SÍ y guardándose la cruz, ese último y rotundo NO para la ocasión determinada y postrera. Son las balas aquellos pesos que cargan el alma de lágrimas regando con sangre los huertos de desesperación. Suelen volar entre cuerpos que se evitan, tejiendo telas de araña en el aire que roban, deteniendo corazones que sienten y cerrando ojos que miran sorprendidos en busca de un por qué.  Presos de una condición que nos hace seres efímeros, pasajeros con billete de ida sin vuelta. Somos seres con destino desde el mismísimo momento de nuestro origen.

No es menos dolorosa la partida por saber que llegará, nos consta pero esto es vida o muerte, según lo queramos ver. Si nos alegra pensar en que volveremos a reír, también somos igual de conscientes de que no queremos llorar una vez más por la causa que sea o la necesidad que se quiera, sin embargo ocurrirá lo uno o lo otro. Te fuiste Jonathan y te echaremos de menos pero allá donde estés ahora disfrutarás del destino que todos llevamos escrito en ese contrato firmado el mismo día en que lloramos por primera vez. No he querido personalizar este recuerdo porque no te conocí sin embargo, sí he necesitado desahogar ese sentimiento de impotencia que nos habrá embargado a muchos al enterarnos de tu muerte. No he considerado oportuno hablar de amor, ni de arbitraje, ni de ojos azules, ni siquiera de la valentía que supone irse lejos para continuar una vida en otro país. Hay cosas que no entiendo, hay motivos que no alcanzo a comprender, hay demasiadas dudas para poder formarme un idea de tus circunstancias reales y me he negado a mi mismo la posibilidad de novelar una historia, una vida, la tuya, que debió durar más y girar menos. Lo siento por los que se han ido pues entre ellos la que llora ahora es tu alma allá donde resida por lo repentino de su viaje sin retorno pero quienes en verdad sufren y lo harán por siempre son esos "tuyos" que han quedado para agotar sus días, sus segundos, sus caras, sus SÍ´es, en la eterna ignorancia de un destino caprichoso, de una moral liviana, de un trágico final para un discurrir valiente que en momento tan inoportuno como otro cualquiera, les arrebató un trozo de sí mismos.

                Hay lágrimas que jamás se deberían verter, sin duda alguna, las de una madre llorando la muerte de su hijo.

Que descanses en paz.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Desgraciada o afortunadamente, lo único que el ser humano tiene seguro desde el momento en que nace, es su muerte. Una muerte que llegará cuando menos uno lo espera, puede ser ahora, en unos segundos o puede que tengamos tiempo de disfrutar de unos poco años de vida para terminar con ella así como mismo llegamos al mundo, sin esperarlo.
Si supieramos el momento en que la muerte llega a nuestra casa, la esperaríamos detrás de la puerta para sorprenderla y auyentarla. Pero es algo imposible de saber ni de controlar.
Morimos y dejamos todo sin poder darnos cuenta de lo que está pasando. Sin entender por qué me tocó a mí.
Así es la vida del ser humano, una muerte segura en el momento y lugar menos oportuno.
Que tu alma y tu corazón descansen en paz.