domingo, 20 de septiembre de 2015

Otra de piratas.


Parche en el ojo y pata de palo. El trago de ron siempre los acercaba a bares y bodegas. En cualquier fiesta eran el atractivo, sobre todo en las postrimerías. Uno el primero en salir a la pista de baile, luego, cuando la bebida se adueña del espíritu y el alma del cuerpo, las realidades eran otras bien distintas y el carisma se transformaba en arrogancia y desfachatez. El otro calmaba sus bajos instintos con la simple vigilia. Tan hermanos y tan distintos. Vayamos al grano.

Martín ya contaba con cuarenta y tantos amaneceres en su cuerpo. Acostumbrado al resfriado siempre se levantaba en el mismo momento en que comienza a clarear el día. Buscar alimento para un par de estómagos y consuelo para el alma de su desdichada madre había pasado a ser la principal razón de su existencia. 

Elvira había muerto demasiado pronto. Dejó su casa y a sus hijos sin madre una fría mañana del mes de abril. Se marchó bien temprano a la venta de al lado a por aceite. En el mismo instante en que llegó, justo antes de pedir la ración que le correspondía, un desalmado le descerrajó un tiro en plena frente. El ladrón acababa de robar en la tienda y cuando se disponía a arrancar la moto y darse a la fuga Elvira vio su cara enfrente del mostrador, mientras recogía los últimos billetes sueltos: sin cabos sueltos.

       Martín trabajaba en una compañía maderera que talaba a tan sólo un par de horas de su casa. Cuando llegó aquel infausto día, cansado pero eufórico con la paga del mes, se encontró una furgoneta de la policía aparcada en el pequeño porche en la entrada a la pequeña construcción en la que vivía toda la familia. Su hermano estaba llorando desconsolado en medio de una cama sin cerrar enjugando sus lágrimas en unas colchas arrugadas aún por el dormir de la pasada noche. Mil preguntas y ninguna respuesta. Su madre había muerto en el acto. La habían asesinado. Ahí terminaban las respuestas y se habría un horizonte enorme y descorazonador repleto de dudas,de posibilidades a cual más tétrica.
Desde ese día se prometió esclarecer el suceso y vengar la muerte de su madre pero entretanto había que salir adelante: sobrevivir. Él y su hermano habían quedado huérfanos por no se sabía bien qué razón pero lo evidente es que lo era todo para Camilo y Camilo era el único motivo vivo para pensar en un futuro.

         Comenzó preguntando de bar en bar, de venta en venta y consiguió algunas pistas:malas pero pistas al fin. Podían ser casualidades pero Martín guardaba un as en la manga. Alguien había visto a un fornido negro de casi 2 metros salir por la pista forestal, en la misma mañana de la víspera luctuosa en que encontraron sin vida a su madre. Más tarde supo que era un bracero de la plantación del Marqués, tan bueno y honesto que gran parte de lo que hubiera de ocurrir pudo ser mucho peor sin su participación. El camino discurría paralelo a un pequeño riachuelo que abastecía al pueblo de Soares. La siguiente pista la encontró sin querer. Después de llevar trabajando media mañana, los peones de la maderera se tomaban un descanso para reponer fuerzas delante de un desayuna frugal y siempre bien regado con aguardiente a fin de mitigar el frío. La casualidad quiso que uno de los empleados nuevos, cada mes venían remesas de trabajadores de otras ciudades a reforzar las mermadas cuadrillas madereras: era un trabajo sacrificado y muy mal pagado, se acercase a la boca una botella de aguardiente diferente a las que solían tener aquellos mercenarios de la madera. Era una botella con forma de calabaza; de hecho era fabricada con calabazas secadas y abetunadas con cierta mezcla de barniz y resina. Martín y su hermano pequeño Camilo fabricaban aquellas improvisadas vasijas y en ellas vendían el mismo licor que destilaban en un alambique casero y clandestino.

       Eran campesinos del campo, hijos de agricultores y nietos de cosecheros de caña de azúcar. Su vida había dependido del buen tiempo, de las lluvias bendecidas por el momento justo y la cantidad adecuada. Sabían irrigar sus campos en el momento oportuno, vislumbrar qué abono necesitaban las cosechas para madurar y ser cada temporada mejores que la anterior pero el campo se despobló y la ciudad quedaba muy lejos. Es difícil vivir chupando el jugo azucarado de la caña y conservar dentadura sin morir por el mal del azúcar. Por lo tanto, ya el padre de Martín hubo de cambiar sus usos y dedicarse a lo que pudiera considerarse trabajo, al recibir por el mismo al menos unas monedas en pago. Había pescado en el lago que se formaba en un cercano meandro en que confluía el riachuelo con el gran río Vertés pero sin dinero para aparejos y con una caña vieja y rota poco se podía hacer. El dinero es algo tan necesario que sólo saben quienes tienen la urgencia de poseerlo.
          No quisieron nunca dejar la agricultura, una seña de identidad de su familia y ancestros y cultivaban con mil esfuerzos las huertas alrededor de su casa. Un par de hectáreas y algo más de la mitad del terreno dedicado al cultivo de la caña de azúcar. A finales de abril, allí, tan cerca del Trópico, el calor hacía que se tuviera que adelantar la zafra. Corte, molienda y destilado. Los hermanos Pinto obtenían un rico aguardiente de caña muy apreciado en la comarca. Las calabazas de los hermanos Pinto eran cotizadas allende las fronteras y desde la mismísima capital les hacían pedidos. ¿Por qué las calabazas? Pues porque con mucho esmero, Elvira fabricaba dulce de calabaza que hacía también las delicias de muchos parroquianos. Los refinados patronos de las plantaciones del Valle, de los ingenios azucareros, requerían estos productos artesanos para llenar sus mesas de excelentes viandas con las que saciar su apetito de nuevos ricos y asimismo deleitar los paladares exigentes de los negociantes del azúcar que los visitaban de Julio a Octubre.
         Sobraban las cáscaras en un principio. Pelar la calabaza requería de un puñal bien afilado y de mucha fuerza además de cierta maña. Fueron unos extranjeros que pasaron por la venta de Aquilino quienes le abrieron los ojos a la familia Pinto. Partiendo la calabaza a la mitad se podía acceder a la pulpa de manera más sencilla y extraer esta parte mucho más suave sin tener que sacar la piel exterior dura y curtida por el tiempo. El resto fue una ocurrencia de Camilo que aprovechaba todo lo que sobraba para jugar. Martín vio un día, al llegar del trabajo, como su hermano había unidp las dos mitades de una calabaza sin pulpa ni pepitas y jugaba con ella semejando que de una cantimplora se tratase. Fue al pequeño taller en el que estaba el alambique y sacó un gran tarro en el que tenía preparada resina de pino. La usaba para impermeabilizar las grandes barricas en las que guardaba el aguardiente o el propio guarapo antes de que fermentase y alimentase al alambique. Pegó las dos mitades de una alargada calabaza extendiendo una gruesa capa en derredor. Al día siguiente le aplicó una capa de barniz y comenzó la fabricación en serie de los futuros calabazos del Ron Pinto. Calabazas habían de sobra porque hacía falta mucha pulpa para hacer mermelada o dulce por tanto no iban a faltar envases.

Martín le preguntó al peón de dónde había sacado aquel calabazo, habiendo olido primero el contenido, asegurándose así que se trataba de su aguardiente. Pudo pensar en aquel mismo momento que cualquiera habría podido tener una de aquellas calabazas con su licor dentro pero es que hacía ya casi un mes que se había agotado el aguardiente y la última remesa la habían vendido a unos terratenientes del Valle. Todos los paisanos se quejaban porque ya no había ron Pinto en la única venta del pueblo: qué vergüenza -decían-. Pero es que el Ron Pinto lo pagaban mucho mejor fuera que dentro. En el pueblo preferían otros de inferior calidad y por ende más baratos.

Se fue muy de mañana, comenzaba el mes de junio y hacía bastante frío en la calle. Se arropó y se calzó sus botas de labor. Martín lo recuerda porque la caña estaba cortada y el guarapo fermentado esperando ese poco de tiempo que necesita para morir y dejar paso al proceso de la destilación. Caminó hasta la venta y allí cogió el rápido a Villa Cabañas. Se plantó en la mismísima plantación del marqués de Cortés y esperó a que el capataz le anunciara al patrón la visita. La pregunta era sencilla, ¿le habían faltado calabazos de ron de sus bodegas? El patrón, un tipo gordo y con el rostro sudoroso no estaba muy de acuerdo con dar información sobre sus caldos a nadie. Se preciaba de fabricar el mejor ron de caña de la provincia. No le gustaba que nadie supiera o mucho menos cacarease, de que en sus bodegas había existencias de otro licor que no fuera el que destilaba su gigantesco alambique de cabezas y colas. Sin embargo se apiadó de aquel campesino de aspecto zarrapastroso y modos cordiales y le hizo entrar en su gigantesca bodega. Había allí dentro tantas barricas que era necesario levantar la cabeza hasta casi desnucarse para avistar los últimos números de la fila superior. Se encaminaron hacia la zona destinada al almacenamiento de grandes reservas en botella. Miles de baldas llenas de botellas de todo tipo y color, en posición semi-horizontal, descansando los caldos en su interior, macerando el envejecido producto fruto de la correcta humedad y la adecuada temperatura. En una solitaria esquina, sobre una mesa de caoba descansaban no menos de veinte calabazos, apilados uno junto al otro en perfecta distribución. Martín los contó, había revisado las cuentas de su madre, encontradas en aquellas libreta de tapas elaboradas con cartón piedra que a todas horas ojeaba. Allí figuraba un pago por los últimas dieciocho calabazos de la producción recién agotada. Contó en una primera observación dieciséis y pidió al propietario que le dejara hacer una recuento más exhaustivo de aquellos envases de ron. El anciano marqués sentía verdadera lástima por aquel campesino, le apesadumbraba la sólo idea de pensar en la terrible mala suerte de aquella familia que primero perdió las dos manos de un padre trabajador y esforzado para luego quedarse sin el amor de una madre responsable y cariñosa. Aquel joven merecía todo el respeto y la colaboración. Al escuchar con sus sentidas palabras la historia y sus sospechas acerca de la muerte y el robo en la venta se prestó a colaborar: no quería que en su finca se convirtiera en un nido de granujas y asesinos. 

          Ignacio había perdido el ojo en una reyerta defendiendo a su hermano Porfirio. La mala suerte quiso que su cara se cruzara en la trayectoria de un navajazo con el que un negro bembón y malencarado quería atravesar el pecho del más joven de los hermanos Gualdrapo.
           Desheredados desde bien pronto, sobrevivieron con la leche de un par de cabras que poseía el abuelo materno de ambos en los montes del interior. Se fajaron con vivos y muertos para conseguir cualquier botín que luego poder intercambiar en el mercado negro a las afueras de la ciudad. Así empezaron a mostrarse como lo que eran, auténticos expertos del arte del robo y la porfía. Peleas a puñetazo limpio, apuestas en las riñas de gallos, peleas de perros, robos a punta de navaja, etc. Todo valía con tal de seguir respirando al día siguiente. Se llevaba un par de minutos con Ignacio, Porfirio era mucho más despiadado y también mucho más decidido en ese momento en que las cosas se ponen feas. Él fue quien disparó en la cabeza de aquella mujer hacía ya un par de meses pero se conformaba pensando en que no pudo hacer otra cosa pues había visto a su hermano asaltar la pequeña caja de caudales de la venta, el tendero yacía en el suelo muerto con un tiro en el estómago y no le preocupaba pero aquella mujer estaba en el momento inoportuno en el lugar equivocado y nada se pudo hacer. Cualquiera les podría confundir si no fuera porque uno era tuerto y el otro era cojo. Porfirio perdió su pierna en la huida a resultas de un robo que habían perpetrado en Ciudad Santa. Uno de los guardias le había disparado y la bala se había alojado en la rodilla de su pierna izquierda. Llovía a cántaros y en aquella condenada selva todo estaba húmedo y lleno de mil bichos e infecciones. Pronto le subió la fiebre y la gangrena amenazaba con comérselo vivo. Ignacio que había visto como le cortaban el brazo a un tío suyo después de que lo picara una serpiente, se atrevió a proceder con la amputación. La piel de la rodilla de su hermano se estaba pudriendo a cada minuto que pasaba y había que decidir si verle morir o dejarle cojo de por vida. Hizo una hoguera y calentó al rojo vivo su cuchillo, apretó lo justo un torniquete por encima de la rodilla y después de darle de beber de aquel envase rudimentario repleto de oloroso aguardiente, ¡qué buena ocurrencia haber robado aquella bebida! –se dijo el mayor de los Gualdrapo-, sin más dilación, le cercenó el miembro por allí donde justo termina el fémur. No le costó partir el hueso porque estaba muy astillado a resultas del tiro. El cuchillo muy caliente cauterizó la herida y su hermano dejó pronto de perder sangre. Su tío le había enseñado el poder curativo de un par de plantas que buscó denodadamente por la selva que tan bien conocía para fabricar una cataplasma que aplicar en la herida y poder combatir así la infección. La fiebre remitió a los tres días y emprendieron camino hacia un poblado indígena que les quedaba a un par de leguas selva adentro. Con una muleta improvisada al partir la rama seca de una enorme ceiba aprendió a moverse sin su pierna. Al perro flaco todo son pulgas. Juntos, como hasta la fecha, los dos hermanos caminaban como perros vagabundos por senderos poco transitados huyendo de las patrullas que sin duda alguna les estarían buscando. Y escaparon de nuevo.
       Los hermanos Gualdrapo no tenían fama de bondadosos. Lo que podían coger para sí mismo jamás lo dejaban para quien pudiera llegar. Al acercarse a aquella finca entendieron desde el primer momento que no iban a destacar trabajando en las hileras de caña o talando leña para surtir la leñera del alambique, lo suyo rea otra cosa. No eran duchos en el uso del machete si la intención no era clavarlo en el pecho de un rival. Tratarían de pasar desapercibidos después de lo ocurrido en el poblado indígena. No podían cometer más errores porque su vida dependía de ello; por un trago de ron no dejarían este mundo. El capataz, sin embargo, les puso el ojo encima desde el primer momento de su llegada. Un cojo y un tuerto tan parecidos que parecían dos gotas de agua, pendencieros y borrachos. No era el mejor cartel para una comunidad de braceros de la caña de azúcar, al patrón no le gustaría y los líos con esa clase de gente siempre están asegurados. Les hizo la vida imposible en cuanto pudo y le costó caro eso también se convirtió en la triste realidad. Una tarde, a las pocas semanas de haber llegado, el tuerto se había peleado con el negro Obdulio, un bonachón trabajador y creyente que tenía tanto de grande como de bueno. Porfirio se había propasado con la cocinera, esposa de Artemio, tío a la postre de Obdulio. Las mujeres le fascinaban aunque en su cabeza, Ignacio, más que pasiones desataba martirios en los que sus protagonistas sufrían mil vejaciones desatando su libidinoso y execrable goce. El negro le propinó una buena paliza casi cerrándole el párpado del ojo bueno y el otro, acorralado, sacó la navaja haciéndole un buen tajo en el enorme brazo del sorprendido bracero. En estas estamos cuando llega el encargado y los separa con la ayuda del enfurecido Ignacio. No sabía cómo enfrentarse al negro y al maldito capataz: se la tenía jurada desde que le dejara en evidencia delante de una preciosidad mulata que hacía de enfermera en el improvisado hospital de la plantación. Ambos hermanos tenían cuentas pendientes con el mal llamado sexo débil. Aquella fijación marcaría el devenir de sus vidas.

Esa misma noche el capataz apareció ahogado en su propia sangre con un enorme tajo adornando su garganta. Al lado de la mesa de noche una mocha de las que se usaban para cortar caña legitimaba el acto: los breceros mostraban su descontento. El mensaje era claro: nadie puede tener a dos leones enjaulados con domadores y sin comida abundante, pero el patrón interpretó lo que cualquiera al escuchar ruido de espadas. Y salieron a los caminos, asaltando aquí y allá, de pueblo en pueblo, robando, forzando a alguna campesina ingenua, tentando a la suerte como acostumbraban. Sin embargo,  a Porfirio le encantaba bailar. Dejaba la muleta a un lado y se apoyaba en la pierna de caoba que le había fabricado un buen ebanista al que después de haber robado lo poco de valor que había en su casa, le había prometido dejar con vida a su esposa a cambio de un buen trabajo con ese sueño suyo de una pierna de madera bien acabada. La mujer murió la mañana siguiente y el marido la noche anterior, en cuanto concluyó a gusto del demandante, la pierna del cojo de los Gualdrapo. El destino guarda sorpresas que nadie imagina. En los caminos hay siempre mucho polvo que acaba por intoxicar la mente del cansado caminante. Estaban hartos de huir pero sabían que su vida dependía de la energía con que se movieran sus pies. En ocasiones el porvenir nos obliga a desandar pasos que creímos definitivos.

¿Cómo se dio cuenta Martín de que el asesino de su madre había estado o estaba en la plantación? La visita a la bodega sirvió de bien poco pues los calabazos de ron que faltaban habían sido consumidos por el propio patrón. En un ataque de sinceridad, esa misma tarde en que lo visitó, después de estrenar otro de sus calabazos en reserva, le confesó que le encantaba el aguardiente que destilaba su familia y que era el que siempre quien lo requería y el que daba fin a las existencias. Descartado pues el robo, el desánimo llevó a Martín a darse un paseo por las extensiones de caña recién cortada, en búsqueda de sosiego para ese resquemor que llevaba meses sin dejarle vivir. Vagando por aquellos campos pudo atar cabos y pensó concienzudamente en esa sospecha que asaltaba su inconsciente cada noche. Algo se le había pasado por alto, algo que había visto pero en lo que no había reparado hasta ahora. En el suelo cenagoso, justo a la salida de la venta pudo ver el calzado del asesino pero en las huellas unas marcas le extrañaban. Una misma marca de calzado y un agujero alternando cada pisada. Pensó en que era podría ser  la huella de un perro pero no había más que dos y eran muy profundas. Esa noche salió de dudas al dejarse llevar por la desesperación y entrar en aquel lugar de alterne bien entrada la noche. Es lo que tienen las comunidades de braceros, el ron y las mujeres se entremezclan espoleando los ánimos de unos seres demasiado apartados de la civilización como para aparentar ser otra cosa que no animales. Apoyado en la barra del bar y con un par de copas de aguardiente en el estómago, dibujó una sonrisa al destino en forma de improvisado saludo. Una preciosa mulata, sentada en las butacas bajas del fondo, un tanto apartada de la improvisada pista de baile, le miraba distraída, a la vez que apartaba le vista del granuja cojo que saltaba enfebrecido en medio de un corro de vociferantes campesinos.  Fue instantáneo, le miró y supo que algo tenía que ver con la muerte de su madre.

Ignacio estaba sentado en una silla cerca del desafinado piano en el que un viejo de pelo canoso, construía melodías al compás de una güira y un par de bongós. La voz de una turgente negrona, con ínfulas de pitonisa y entonación de Diosa, embriagaba los alcoholizados cuerpos que hacían irrespirable el aroma a humanidad dentro de aquel antro. Acostumbrado a nadar y guardar la ropa sabía que a su hermano cuando estaba cerca de una botella de ron había que guardarle las espaldas porque se dejaba llevar. Él era mucho más frío y calculador. Observaba desde afuera las evoluciones del malogrado bailarín y no sacaba ojo del forastero que bebía con un ojo puesto en el vaso y el otro en la mulata del fondo. Estaba ofuscado por los continuos rechazos que había cosechado en cada oportunidad de acercamiento que tuvo con la preciosa enfermera. No podía cerrar la herida en el orgullo de macho dominante que sufría en manos de aquella cualquiera una vez sí y otra también. Veía que le lanzaba miradas al forastero y más celoso se sentía hasta casi no poder mantener pegado el trasero al butacón. Aquello tenía que acabarse esa misma noche. El problema estaba bailando, Porfirio había empezado a hacer el payaso y en breve debería llevárselo a la cama sino querían acabar expulsados también de aquella plantación. Se le iban agotando las posibilidades de ocultarse de las patrullas de guardias que por seguro les seguían. Muchos rumores se habían escuchado en relación con un robo y la muerte de no menos de cinco empleados de banca en la ciudad el mes pasado: salían al paso presentándose voluntarios para los trabajos que nadie quería. No eran tontos. Pero la muerte del patrón fue la gota que colmó el vaso e hizo estallar una guerra entre el patrón y los braceros. Si se afilan los machetes y corre la sangre el último en correr es el primero en morir: el patrón tenía la suficiente edad para saberlo y poner remedio. Los derechos habían sido recortados y los descansos cada vez menores, fueron anulados hasta nuevo aviso. Se buscaba al culpable y se achacaba la muerte a un pobre negro que se había marchado selva adentro sin más explicación. Nadie sabía que el desdichado había muerto en las garras de un puma y que los hermanos Gualdrapo lo habían encontrado. Fue idea de Ignacio enterrarle sin decir nada y así poder usar su repentina desaparición como chivo expiatorio en el asunto de la reciente muerte del capataz.

Martín no durmió casi nada aquella noche. La visión de Delia, vestida con unas telas casi transparentes ajustándose al talle de su cuerpo, marcando su pronunciada cintura y convirtiendo en manjares prohibidos aquellas bellas protuberancias en su pecho, no le permitía conciliar el sueño. Por otro lado, despertó antes de salir el sol, asustando y sudoroso después de haber tenido una pesadilla en la que la cara con parche en el ojo de aquel bracero amenazaba su respiración al sentir oprimida su garganta por el filo de un enorme machete.  Ató cabos mientras se despedía del patrón agradeciéndole la deferencia de haberle permitido quedarse una noche y, cómo no, por prestarse a colaborar en su causa. No sin antes pasarse por la enfermería para solicitar algo para una gripe incipiente y saludar la mañana a la preciosa mulata que le había robado el corazón. De camino a casa tejió el plan concienzudamente. A menudo se forman alianzas que sella el propio destino.

Los hermanos Gualdrapo sabían que el mal augurio de aquel forastero debía suponer su pronto regreso a los caminos. Ignacio lo entendió en el mismo momento en que supo que el visitante no venía para quedarse. No era vendedor, no venía a trabajar y había hechos muchas preguntas en torno a una mujer muerta de un balazo en la venta de un pueblo no muy lejano. Sin embargo, Porfirio se había levantado indispuesto esa mañana. No había desayunado y era la segunda vez en todo el día en que vomitaba una sustancia viscosa y negra. No era una típica resaca de aguardiente. En aquel estado no podían volver a los caminos. Decidieron quedarse un par de días hasta que el menor de los se recuperase un poco al menos y poder afrontar con ciertas garantías los peligros de las sendas infectadas de guardias o de animales salvajes.

Martín regresó a su casa y casi sin tiempo se llevó a su hermano a casa de su tío. Le dijo que por favor le cuidara unos días que tenía que arreglar un asunto relativo al ron en la plantación del Marqués. Le engañó con la triquiñuela de que al parecer el Marqués le había pagado menos a su difunta madre y que en el viaje anterior habían acordado arreglarlo de manera honrosa. Su tío no le creyó ni por un momento pero sabía que fuera lo que fuese no habría manera de impedir que Martín saliera en pos de su destino. Si su padre les había criado ahora quizás debía ser él quien debería hacerse cargo del menor; al fin y al cabo aquellos dos vástagos de su hermano era la única familia que le quedaba.

Martín recorrió la larga distancia entre su pueblo y la plantación sin hacer uso del rápido. No quería que nadie supiera de sus intenciones. El plan ya estaba en marcha y los efectos debían provocar una cascada de casualidades que le brindaran el pescuezo de aquellos dos malnacidos, en bandeja de plata. Primero quería que confesaran y luego que murieran de una u otra forma: eso sí, lentamente.  El veneno en el vaso del hermano bailarín debería retenerlo unos días. Buscó la planta y fabricó el líquido mortal como le había enseñado su padre: hay que combatir las plagas con soluciones de emergencia pero los jóvenes cogollos de la planta deben sobrevivir y crecer -le repetía una y otra vez el orgulloso progenitor mientras sus manos trituraban en un cuenco las hojas de la flor bajo la atenta mirada de Martín-.  Alertados por las preguntas ingenuas que había hecho por doquier en la plantación, éstas deberían poner en aviso al hermano abstemio. Le había visto allí, sentado en el rincón oscuro, al final de la barra, haciéndose una composición de lugar sobre su persona y el por qué del resto de interrogantes que le asaltaba en aquel momento de locura y desenfreno. Se le veía centrado, seguro de sí mismo y eso le ponía a Martín el vello de punta. Resultaría mucho más complicado someter a un hombre despiadado como aquel y sin tendencias a los vicios. Sin embargo, poco después, transcurridas las primeras horas de baile y observación mutuas, con el rabillo del ojo cansado, se dio cuenta de que si bien las miradas entre la preciosa mulata y él eran coincidentes por momentos, jamás llegaron a cruzarse aquellos preciosos ojos negros con el ojo de cíclope del granuja del fondo de la barra. Él la miraba y se podía sentir en carne propia la impotencia que causaba en su persona la declarada desidia que provocaba su libidinoso interés en la preciosa señorita. El resto fueron un par de horas de plática en un claro cercano al ruidoso local de baile. Se conocieron y se gustaron después de las miradas y un poco antes de los besos. Le contó una versión muy resumida del motivo de su viaje, sin entrar en pormenores le habló de sus sospechas y ésta se prestó a colaborar en la medida de la posible, que resultó ser mucho.

Porfirio e Ignacio entraron por la puerta de la enfermería muy temprano en la mañana. Su hermano estaba largando el estómago por la boca, casi literalmetne: la bilis cada vez más oscura y emponzoñada se mezclaba con la saliva y la sangre. Arcada tras arcada su hermano se debilitaba, desangrándose por la mismísima boca. Deliraba y hacía tiempo que pululaba por otros mundos distinto al de los vivos. Algo iba muy mal y él sabía que tenía que ver con la noche de farra en el salón de baile.
La preciosa morena les atendió y arropó a su hermano en una camilla mientras le administraba un par de sueros. Puede ser una epidemia de malaria, esta cosas pasa en mitad de la selva, le dijo la enfermera mientras no paraba de mirar constantes, pulso, saturación y demás maniobras de la enfermería básica. Al parecer también Ignacio debía vacunarse porque la enfermedad es muy contagiosa. Ponerse en manos de aquella escultural reina ya era de por sí un placer de otro paraíso diferente al infierno anegado de aquella maldita selva pero algo le decía que el asunto era mucho más complejo y peligroso. Sin embargo, se dejó hacer. Las expertas manos le arremangaron la camisa y le administraron el sedante que fingidamente haría de vacuna contra la declarada e incipiente pandemia. ¡Qué raro! Ni un solo enfermo más, ni el más mínimo atisbo de mal en ningún otro bracero y sobre todo, lo más sospechoso, el hospital vacío. Cuando quiso levantarse de la camilla ya las fuerzas eran muy pocas. Su voluntad estaba en manos de Dios.

Martín tardó un poco más en llegar porque al rápido se le había pinchado un neumático y se sintió en la necesidad de ayudar a los pobres viajeros a cambiarlo y poder reanudar así la marcha. Cuando entró por la puerta abatible de la enfermería los dos pacientes dormían plácidamente en sendas camillas. Un enorme negro se presentó e improviso en la sala de espera y Cecilia le pidió ayuda para mover a aquellos dos granujas. Aquel negro había estado en la venta el mismo día en que mataron a su madre pero no tenía nada que ver en la muerte pronto le quedó claro su gran bonhomía.  Entre todos les maniataron y llevaron sus desmadejados cuerpos a los barracones situados en el  fondo del poblado de braceros. Allí se guardaba la caña cortada para que no se secara al sol mientras esperaba para ser molida. Un intenso olor a guarapo se desprendía de cada mocha, de cada burra y se extendía hasta las mismísimas grandes puertas que daban paso al cobertizo principal. Prepararon dos cuerdas y les ataron a las columnas de madera de ceiba que sostenía el techo de aquel barracón. Un par de baldes de agua fría recién traída del arroyuelo cercano que discurría e irrigaba los campos de cultivo de la caña, fueron lanzados a la cara de aquellos truhanes. El uno no despertaría de su mortal somnolencia pero el otro, inmediatamente, aguzó sus sentidos al saberse en peligro.
Preguntados por algunas de sus fechorías entendieron pronto que la única escapatoria era mentir. Nadie les había visto así que nadie les podía culpar con pruebas fidedignas. Lo peor que les podría pasar es que les llevaran a algún pueblo cercano. Allí sí que los identificarían, sería acusados y condenados a la horca. Pero para eso aún restaba tiempo y a eso se agarraban los sorprendidos hermanos Gualdrapo, al menos uno de ellos. Su clavo ardiendo era seguir mintiendo. Una vez pasó el efecto de los sedantes supieron que Porfirio había sido envenenado con un extracto de digitalis púrpura; seguiría vomitando hasta perder la consciencia sin remedio. Sin embargo, sabiendo que su hermano moriría, a Ignacio le quedaban arrestos para pensar en una salida.

La ayuda de Cecilia había sido esencial para tener apresados a aquellos dos malnacidos pero no quería que estuviera más tiempo mezclada en aquel asunto, bastante había hecho ya. No quería correr riesgos y pidió quedarse a solas con los dos hermanos. Inmediatamente mandaron dar aviso a alguna de las patrullas que deambulaban por la provincia en busca y captura de aquellos dos forajidos. Pendiendo del techo, pronto Porfirio dejó de respirar y fue entonces cuando Ignacio confesó lo ocurrido en la venta con su madre. La mala suerte había sido la culpable y no los aguzados instintos asesinos de dos violadores, asaltadores de caminos, asesinos y ladrones: pagarían en uno u otro modo. El declarado culpable había muerto veinte y tantas horas después, habiendo vomitado casi todas sus entrañas y sufriendo las más horrorosas alucinaciones que jamás nadie podría sufrir ni en sus peores pesadillas. El otro también moriría pero aún no había llegado su hora.

Martín consintió en dejar que se sentara en el suelo, en torno al madero que sustentaba el techo, bien asegurado con una gruesa cuerda de las que se usaban para apretar los atados de caña. El cadáver de Porfirio yacía en el suelo polvoriento, a unos metros del poste que le había sustentado el cuerpo hasta que éste expiró el último aliento. Mientras le contaba la historia de su vida, Ignacio, logró hacerse con la navaja que siempre portaba en la cintura y fue cortando como pudo las cuerdas y sus dedos. Al terminar el circunloquio la cuerda hacía un rato que ejercía de adorno entorno a unas ensangrentadas muñenas. En un gesto diestro y calculado le lanzó el cordamen y una buena cantidad de tierra a la cara de Martín mientras se abalanzaba hacia su cuerpo cegado y desorientado.  Le dio dos puñaladas y salió de aquel barracón corriendo con todas las fuerzas que le quedaban. La selva era su salvación. Recuperar fuerzas, reponerse del estado de shock por lo ocurrido y huir.

           La patrulla tardó casi medio día en llegar. Martín yacía en una camilla y cuando abrió los ojos pudo ver el rostro de Cecilia y sus manos manipulando unos botes de suero. No se lo podía creer. Ignacio, el asesino de su madre, había escapado y la patrulla no le había encontrado. Temía por su hermano aunque no tenía por qué, la naturaleza restauró el equilibrio por sí sola. Esos recovecos del mañana que nadie conoce y sólo el Altísimo predispone.

El jaguar llevaba ya un par de noches rondando el poblado de braceros. Había probado la carne humana y no podía dejar de relamerse en las sombras al observar las figuras de aquellos afanados campesinos confiados en la oscuridad de unas noches casi sin luna. Ignacio corrió y se adentró en la espesura de la selva perdiendo cualquier posible atisbo de orientación que le permitiera en la negrura saber dónde se encontraba con respecto a los caminos y poblados circundantes. Dejó de correr y después de caminar, porque estaba agotado, muy cansado. Había perdido mucha sangre y estaba muy débil. El efecto de los sedantes y la pérdida de sangre le adormecieron bajo el mismo tronco de una gran ceiba. Primero una duermevela y luego el sueño profundo.

Obdulio no quería adentrarse en la selva. Su tío Artemio le había puesto en alerta al encontrar huellas de puma en su última salida a por leña para el alambique: ¡ten cuidado grandullón! Después de los acontecimientos con los malogrados hermanos Gualdrapo no había voluntarios para salir en grupos a recoger la necesaria leña, luego debían sortearse los turnos para realizar el trabajo. Le había tocado a Obdulio junto con un afanado y pequeño blanquito que se pasaba la jornada de trabajo canturreando viejas coplas del bohío. Amenizaba la velada con sus canturreos y era ligero en la recogida de maderos, si bien era Obdulio el que partía los leños con la fuerza de sus brazos y la inestimable ayuda de un hacha bien afilada. Al llegar a una hermosa ceiba fue alertado por el revolotear de un par de urracas y un enorme buitre de la ciénaga. En el mismo tronco de la ceiba descansaba el cadáver del otro hermano Gualdrapo. Desangrado, picoteado, desarrapado por las mismas aves carroñeras con que se les pudo identificar a ellos en vida, después de ser casi enteramente devorado por un puma; allí estaban las huellas de las seguras pisadas del voraz felino.   

Hay quien en vida encuentra ese mismo tipo de muerte que inflige a ingenuos e indefensos.



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