Parche en el ojo y pata de palo. El trago de ron siempre los acercaba a bares y bodegas. En cualquier fiesta eran el atractivo, sobre todo en las postrimerías. Uno el primero en salir a la pista de baile, luego, cuando la bebida se adueña del espíritu y el alma del cuerpo, las realidades eran otras bien distintas y el carisma se transformaba en arrogancia y desfachatez. El otro calmaba sus bajos instintos con la simple vigilia. Tan hermanos y tan distintos. Vayamos al grano.
Martín ya contaba con cuarenta y tantos amaneceres en su cuerpo. Acostumbrado al
resfriado siempre se levantaba en el mismo momento en que comienza a clarear el día. Buscar alimento para un par de estómagos y consuelo para el alma de
su desdichada madre había pasado a ser la principal razón de su existencia.
Elvira había muerto demasiado pronto. Dejó su casa y a sus hijos sin
madre una fría mañana del mes de abril. Se marchó bien temprano a la venta de
al lado a por aceite. En el mismo instante en que llegó, justo antes de pedir la ración que le correspondía, un desalmado le descerrajó un tiro en plena frente. El ladrón acababa
de robar en la tienda y cuando se disponía a arrancar la moto y darse a la fuga
Elvira vio su cara enfrente del mostrador, mientras recogía los últimos billetes
sueltos: sin cabos sueltos.
Martín trabajaba en una compañía maderera que talaba a tan sólo un par de horas de su casa.
Cuando llegó aquel infausto día, cansado pero eufórico con la paga del mes, se encontró una
furgoneta de la policía aparcada en el pequeño porche en la entrada a la pequeña construcción en la que vivía toda la familia. Su hermano estaba llorando desconsolado en medio de
una cama sin cerrar enjugando sus lágrimas en unas colchas arrugadas aún por el dormir de la pasada noche. Mil
preguntas y ninguna respuesta. Su madre había muerto en el acto. La habían
asesinado. Ahí terminaban las respuestas y se habría un horizonte enorme y
descorazonador repleto de dudas,de posibilidades a cual más tétrica.
Desde ese día se prometió esclarecer el suceso y vengar la muerte de su
madre pero entretanto había que salir adelante: sobrevivir. Él y su hermano habían quedado
huérfanos por no se sabía bien qué razón pero lo evidente es que lo era todo
para Camilo y Camilo era el único motivo vivo para pensar en un futuro.
Comenzó preguntando de bar en
bar, de venta en venta y consiguió algunas pistas:malas pero pistas al fin. Podían ser casualidades pero
Martín guardaba un as en la manga. Alguien había visto a un fornido negro de casi
2 metros salir por la pista forestal, en la misma mañana de la víspera luctuosa
en que encontraron sin vida a su madre. Más tarde supo que era un bracero de la plantación del Marqués, tan bueno y honesto que gran parte de lo que hubiera de ocurrir pudo ser mucho peor sin su participación. El camino discurría paralelo a un
pequeño riachuelo que abastecía al pueblo de Soares. La siguiente pista la
encontró sin querer. Después de llevar trabajando media mañana, los peones de
la maderera se tomaban un descanso para reponer fuerzas delante de un desayuna
frugal y siempre bien regado con aguardiente a fin de mitigar el frío. La casualidad quiso que uno de los
empleados nuevos, cada mes venían remesas de trabajadores de otras ciudades a
reforzar las mermadas cuadrillas madereras: era un trabajo sacrificado y muy
mal pagado, se acercase a la boca una botella de aguardiente diferente a las
que solían tener aquellos mercenarios de la madera. Era una botella con forma
de calabaza; de hecho era fabricada con calabazas secadas y abetunadas con
cierta mezcla de barniz y resina. Martín y su hermano pequeño Camilo fabricaban
aquellas improvisadas vasijas y en ellas vendían el mismo licor que destilaban
en un alambique casero y clandestino.
Eran campesinos del campo, hijos
de agricultores y nietos de cosecheros de caña de azúcar. Su vida había
dependido del buen tiempo, de las lluvias bendecidas por el momento justo y la
cantidad adecuada. Sabían irrigar sus campos en el momento oportuno, vislumbrar
qué abono necesitaban las cosechas para madurar y ser cada temporada mejores
que la anterior pero el campo se despobló y la ciudad quedaba muy lejos. Es
difícil vivir chupando el jugo azucarado de la caña y conservar dentadura sin
morir por el mal del azúcar. Por lo tanto, ya el padre de Martín hubo de
cambiar sus usos y dedicarse a lo que pudiera considerarse trabajo, al recibir por el mismo al menos unas monedas en pago. Había pescado en el lago que se formaba en un cercano
meandro en que confluía el riachuelo con el gran río Vertés pero sin dinero
para aparejos y con una caña vieja y rota poco se podía hacer. El dinero es
algo tan necesario que sólo saben quienes tienen la urgencia de poseerlo.
No quisieron nunca dejar la agricultura, una seña de identidad de su
familia y ancestros y cultivaban con mil esfuerzos las huertas alrededor de su
casa. Un par de hectáreas y algo más de la mitad del terreno dedicado al
cultivo de la caña de azúcar. A finales de abril, allí, tan cerca del Trópico, el
calor hacía que se tuviera que adelantar la zafra. Corte, molienda y destilado.
Los hermanos Pinto obtenían un rico aguardiente de caña muy apreciado en la
comarca. Las calabazas de los hermanos Pinto eran cotizadas allende las
fronteras y desde la mismísima capital les hacían pedidos. ¿Por qué las
calabazas? Pues porque con mucho esmero, Elvira fabricaba dulce de calabaza que
hacía también las delicias de muchos parroquianos. Los refinados patronos de
las plantaciones del Valle, de los ingenios azucareros, requerían estos
productos artesanos para llenar sus mesas de excelentes viandas con las que
saciar su apetito de nuevos ricos y asimismo deleitar los paladares exigentes
de los negociantes del azúcar que los visitaban de Julio a Octubre.
Sobraban las cáscaras en un principio. Pelar la calabaza requería de un
puñal bien afilado y de mucha fuerza además de cierta maña. Fueron unos extranjeros
que pasaron por la venta de Aquilino quienes le abrieron los ojos a la familia Pinto. Partiendo la
calabaza a la mitad se podía acceder a la pulpa de manera más sencilla y
extraer esta parte mucho más suave sin tener que sacar la piel exterior dura y
curtida por el tiempo. El resto fue una ocurrencia de Camilo que aprovechaba
todo lo que sobraba para jugar. Martín vio un día, al llegar del trabajo, como
su hermano había unidp las dos mitades de una calabaza sin pulpa ni pepitas y
jugaba con ella semejando que de una cantimplora se tratase. Fue al pequeño
taller en el que estaba el alambique y sacó un gran tarro en el que tenía preparada resina de pino. La usaba para impermeabilizar las grandes barricas
en las que guardaba el aguardiente o el propio guarapo antes de que fermentase
y alimentase al alambique. Pegó las dos mitades de una alargada calabaza
extendiendo una gruesa capa en derredor. Al día siguiente le aplicó una capa de
barniz y comenzó la fabricación en serie de los futuros calabazos del Ron
Pinto. Calabazas habían de sobra porque hacía falta mucha pulpa para hacer
mermelada o dulce por tanto no iban a faltar envases.
Martín le preguntó al peón de dónde había sacado aquel calabazo, habiendo olido
primero el contenido, asegurándose así que se trataba de su aguardiente. Pudo
pensar en aquel mismo momento que cualquiera habría podido tener una de aquellas
calabazas con su licor dentro pero es que hacía ya casi un mes que se había
agotado el aguardiente y la última remesa la habían vendido a unos terratenientes
del Valle. Todos los paisanos se quejaban porque ya no había ron Pinto en la
única venta del pueblo: qué vergüenza -decían-. Pero es que el Ron Pinto lo pagaban mucho mejor fuera que dentro. En el pueblo preferían otros de inferior calidad y por ende más baratos.
Se fue muy de mañana, comenzaba el mes de junio y hacía bastante frío en
la calle. Se arropó y se calzó sus botas de labor. Martín lo recuerda porque la caña estaba cortada y el guarapo fermentado
esperando ese poco de tiempo que necesita para morir y dejar paso al proceso de
la destilación. Caminó hasta la venta y allí cogió el rápido a Villa Cabañas.
Se plantó en la mismísima plantación del marqués de Cortés y esperó a que el
capataz le anunciara al patrón la visita. La pregunta era sencilla, ¿le habían
faltado calabazos de ron de sus bodegas? El patrón, un tipo gordo y con el
rostro sudoroso no estaba muy de acuerdo con dar información sobre sus caldos a
nadie. Se preciaba de fabricar el mejor ron de caña de la provincia. No le
gustaba que nadie supiera o mucho menos cacarease, de que en sus bodegas había
existencias de otro licor que no fuera el que destilaba su gigantesco alambique
de cabezas y colas. Sin embargo se apiadó de aquel campesino de aspecto
zarrapastroso y modos cordiales y le hizo entrar en su gigantesca bodega. Había
allí dentro tantas barricas que era necesario levantar la cabeza hasta casi
desnucarse para avistar los últimos números de la fila superior. Se encaminaron
hacia la zona destinada al almacenamiento de grandes reservas en botella. Miles
de baldas llenas de botellas de todo tipo y color, en posición
semi-horizontal, descansando los caldos en su interior, macerando el envejecido
producto fruto de la correcta humedad y la adecuada temperatura. En una
solitaria esquina, sobre una mesa de caoba descansaban no menos de veinte
calabazos, apilados uno junto al otro en perfecta distribución. Martín los contó,
había revisado las cuentas de su madre, encontradas en aquellas libreta de tapas
elaboradas con cartón piedra que a todas horas ojeaba. Allí figuraba un pago por los últimas dieciocho calabazos de la
producción recién agotada. Contó en una primera observación dieciséis y pidió
al propietario que le dejara hacer una recuento más exhaustivo de aquellos envases
de ron. El anciano marqués sentía verdadera lástima por aquel campesino, le
apesadumbraba la sólo idea de pensar en la terrible mala suerte de aquella
familia que primero perdió las dos manos de un padre trabajador y esforzado para
luego quedarse sin el amor de una madre responsable y cariñosa. Aquel joven
merecía todo el respeto y la colaboración. Al escuchar con sus sentidas palabras
la historia y sus sospechas acerca de la muerte y el robo en la venta se prestó
a colaborar: no quería que en su finca se convirtiera en un nido de granujas y
asesinos.
Ignacio había perdido el ojo en una reyerta defendiendo a su hermano Porfirio. La
mala suerte quiso que su cara se cruzara en la trayectoria de un navajazo con
el que un negro bembón y malencarado quería atravesar el pecho del más joven de
los hermanos Gualdrapo.
Desheredados desde bien pronto, sobrevivieron con la leche de un par de cabras que poseía el abuelo materno de ambos en los montes del interior. Se fajaron con vivos y muertos para conseguir cualquier botín que luego poder intercambiar en el mercado negro a las afueras de la ciudad. Así empezaron a mostrarse como lo que eran, auténticos expertos del arte del robo y la porfía. Peleas a puñetazo limpio, apuestas en las riñas de gallos, peleas de perros, robos a punta de navaja, etc. Todo valía con tal de seguir respirando al día siguiente. Se llevaba un par de minutos con Ignacio, Porfirio era mucho más despiadado y también mucho más decidido en ese momento en que las cosas se ponen feas. Él fue quien disparó en la cabeza de aquella mujer hacía ya un par de meses pero se conformaba pensando en que no pudo hacer otra cosa pues había visto a su hermano asaltar la pequeña caja de caudales de la venta, el tendero yacía en el suelo muerto con un tiro en el estómago y no le preocupaba pero aquella mujer estaba en el momento inoportuno en el lugar equivocado y nada se pudo hacer. Cualquiera les podría confundir si no fuera porque uno era tuerto y el otro era cojo. Porfirio perdió su pierna en la huida a resultas de un robo que habían perpetrado en Ciudad Santa. Uno de los guardias le había disparado y la bala se había alojado en la rodilla de su pierna izquierda. Llovía a cántaros y en aquella condenada selva todo estaba húmedo y lleno de mil bichos e infecciones. Pronto le subió la fiebre y la gangrena amenazaba con comérselo vivo. Ignacio que había visto como le cortaban el brazo a un tío suyo después de que lo picara una serpiente, se atrevió a proceder con la amputación. La piel de la rodilla de su hermano se estaba pudriendo a cada minuto que pasaba y había que decidir si verle morir o dejarle cojo de por vida. Hizo una hoguera y calentó al rojo vivo su cuchillo, apretó lo justo un torniquete por encima de la rodilla y después de darle de beber de aquel envase rudimentario repleto de oloroso aguardiente, ¡qué buena ocurrencia haber robado aquella bebida! –se dijo el mayor de los Gualdrapo-, sin más dilación, le cercenó el miembro por allí donde justo termina el fémur. No le costó partir el hueso porque estaba muy astillado a resultas del tiro. El cuchillo muy caliente cauterizó la herida y su hermano dejó pronto de perder sangre. Su tío le había enseñado el poder curativo de un par de plantas que buscó denodadamente por la selva que tan bien conocía para fabricar una cataplasma que aplicar en la herida y poder combatir así la infección. La fiebre remitió a los tres días y emprendieron camino hacia un poblado indígena que les quedaba a un par de leguas selva adentro. Con una muleta improvisada al partir la rama seca de una enorme ceiba aprendió a moverse sin su pierna. Al perro flaco todo son pulgas. Juntos, como hasta la fecha, los dos hermanos caminaban como perros vagabundos por senderos poco transitados huyendo de las patrullas que sin duda alguna les estarían buscando. Y escaparon de nuevo.
Desheredados desde bien pronto, sobrevivieron con la leche de un par de cabras que poseía el abuelo materno de ambos en los montes del interior. Se fajaron con vivos y muertos para conseguir cualquier botín que luego poder intercambiar en el mercado negro a las afueras de la ciudad. Así empezaron a mostrarse como lo que eran, auténticos expertos del arte del robo y la porfía. Peleas a puñetazo limpio, apuestas en las riñas de gallos, peleas de perros, robos a punta de navaja, etc. Todo valía con tal de seguir respirando al día siguiente. Se llevaba un par de minutos con Ignacio, Porfirio era mucho más despiadado y también mucho más decidido en ese momento en que las cosas se ponen feas. Él fue quien disparó en la cabeza de aquella mujer hacía ya un par de meses pero se conformaba pensando en que no pudo hacer otra cosa pues había visto a su hermano asaltar la pequeña caja de caudales de la venta, el tendero yacía en el suelo muerto con un tiro en el estómago y no le preocupaba pero aquella mujer estaba en el momento inoportuno en el lugar equivocado y nada se pudo hacer. Cualquiera les podría confundir si no fuera porque uno era tuerto y el otro era cojo. Porfirio perdió su pierna en la huida a resultas de un robo que habían perpetrado en Ciudad Santa. Uno de los guardias le había disparado y la bala se había alojado en la rodilla de su pierna izquierda. Llovía a cántaros y en aquella condenada selva todo estaba húmedo y lleno de mil bichos e infecciones. Pronto le subió la fiebre y la gangrena amenazaba con comérselo vivo. Ignacio que había visto como le cortaban el brazo a un tío suyo después de que lo picara una serpiente, se atrevió a proceder con la amputación. La piel de la rodilla de su hermano se estaba pudriendo a cada minuto que pasaba y había que decidir si verle morir o dejarle cojo de por vida. Hizo una hoguera y calentó al rojo vivo su cuchillo, apretó lo justo un torniquete por encima de la rodilla y después de darle de beber de aquel envase rudimentario repleto de oloroso aguardiente, ¡qué buena ocurrencia haber robado aquella bebida! –se dijo el mayor de los Gualdrapo-, sin más dilación, le cercenó el miembro por allí donde justo termina el fémur. No le costó partir el hueso porque estaba muy astillado a resultas del tiro. El cuchillo muy caliente cauterizó la herida y su hermano dejó pronto de perder sangre. Su tío le había enseñado el poder curativo de un par de plantas que buscó denodadamente por la selva que tan bien conocía para fabricar una cataplasma que aplicar en la herida y poder combatir así la infección. La fiebre remitió a los tres días y emprendieron camino hacia un poblado indígena que les quedaba a un par de leguas selva adentro. Con una muleta improvisada al partir la rama seca de una enorme ceiba aprendió a moverse sin su pierna. Al perro flaco todo son pulgas. Juntos, como hasta la fecha, los dos hermanos caminaban como perros vagabundos por senderos poco transitados huyendo de las patrullas que sin duda alguna les estarían buscando. Y escaparon de nuevo.
Los hermanos Gualdrapo no tenían fama de bondadosos. Lo que podían coger
para sí mismo jamás lo dejaban para quien pudiera llegar. Al acercarse a aquella
finca entendieron desde el primer momento que no iban a destacar trabajando en
las hileras de caña o talando leña para surtir la leñera del alambique, lo suyo rea otra cosa. No eran
duchos en el uso del machete si la intención no era clavarlo en el pecho de un
rival. Tratarían de pasar desapercibidos después de lo ocurrido en el poblado indígena.
No podían cometer más errores porque su vida dependía de ello; por un trago de ron no dejarían este mundo. El capataz, sin
embargo, les puso el ojo encima desde el primer momento de su llegada. Un cojo
y un tuerto tan parecidos que parecían dos gotas de agua, pendencieros y
borrachos. No era el mejor cartel para una comunidad de braceros de la caña de
azúcar, al patrón no le gustaría y los líos con esa clase de gente siempre
están asegurados. Les hizo la vida imposible en cuanto pudo y le costó caro eso también se convirtió en la triste realidad.
Una tarde, a las pocas semanas de haber llegado, el tuerto se había peleado con
el negro Obdulio, un bonachón trabajador y creyente que tenía tanto de grande
como de bueno. Porfirio se había propasado con la cocinera, esposa de Artemio, tío
a la postre de Obdulio. Las mujeres le fascinaban aunque en su cabeza, Ignacio, más que pasiones desataba martirios en los que sus protagonistas sufrían mil vejaciones desatando su libidinoso y execrable goce. El negro le propinó una buena paliza casi cerrándole el
párpado del ojo bueno y el otro, acorralado, sacó la navaja haciéndole un buen
tajo en el enorme brazo del sorprendido bracero. En estas estamos cuando llega el encargado y
los separa con la ayuda del enfurecido Ignacio. No sabía cómo enfrentarse al
negro y al maldito capataz: se la tenía jurada desde que le dejara en evidencia
delante de una preciosidad mulata que hacía de enfermera en el improvisado
hospital de la plantación. Ambos hermanos tenían cuentas pendientes con el mal llamado sexo débil. Aquella fijación marcaría el devenir de sus vidas.
Esa misma noche el capataz apareció ahogado en su propia sangre con un
enorme tajo adornando su garganta. Al lado de la mesa de noche una mocha de las que se
usaban para cortar caña legitimaba el acto: los breceros mostraban su descontento. El mensaje era claro: nadie puede tener a dos leones
enjaulados con domadores y sin comida abundante, pero el patrón interpretó lo que cualquiera al escuchar ruido de espadas. Y salieron a los caminos,
asaltando aquí y allá, de pueblo en pueblo, robando, forzando a alguna
campesina ingenua, tentando a la suerte como acostumbraban. Sin embargo, a Porfirio le encantaba bailar. Dejaba
la muleta a un lado y se apoyaba en la pierna de caoba que le había fabricado
un buen ebanista al que después de haber robado lo poco de valor que había en
su casa, le había prometido dejar con vida a su esposa a cambio de un buen
trabajo con ese sueño suyo de una pierna de madera bien acabada. La mujer murió
la mañana siguiente y el marido la noche anterior, en cuanto concluyó a gusto
del demandante, la pierna del cojo de los Gualdrapo. El destino guarda
sorpresas que nadie imagina. En los caminos hay siempre mucho polvo que acaba por intoxicar la mente del cansado caminante. Estaban hartos de huir pero sabían que su vida dependía de la energía con que se movieran sus pies. En ocasiones el porvenir nos obliga a desandar pasos que creímos definitivos.
¿Cómo se dio cuenta Martín de que el asesino de su madre había estado o estaba en
la plantación? La visita a la bodega sirvió de bien poco pues los calabazos de
ron que faltaban habían sido consumidos por el propio patrón. En un ataque de
sinceridad, esa misma tarde en que lo visitó, después de estrenar otro de sus
calabazos en reserva, le confesó que le encantaba el aguardiente que destilaba
su familia y que era el que siempre quien lo requería y el que daba fin a las
existencias. Descartado pues el robo, el desánimo llevó a Martín a darse un
paseo por las extensiones de caña recién cortada, en búsqueda de sosiego para
ese resquemor que llevaba meses sin dejarle vivir. Vagando por aquellos campos
pudo atar cabos y pensó concienzudamente en esa sospecha que asaltaba su inconsciente
cada noche. Algo se le había pasado por alto, algo que había visto pero en lo
que no había reparado hasta ahora. En el suelo cenagoso, justo a la salida de
la venta pudo ver el calzado del asesino pero en las huellas unas marcas le
extrañaban. Una misma marca de calzado y un agujero alternando cada pisada. Pensó
en que era podría ser la huella de un
perro pero no había más que dos y eran muy profundas. Esa noche salió de dudas
al dejarse llevar por la desesperación y entrar en aquel lugar de alterne bien
entrada la noche. Es lo que tienen las comunidades de braceros, el ron y las
mujeres se entremezclan espoleando los ánimos de unos seres demasiado apartados
de la civilización como para aparentar ser otra cosa que no animales. Apoyado
en la barra del bar y con un par de copas de aguardiente en el estómago, dibujó
una sonrisa al destino en forma de improvisado saludo. Una preciosa mulata,
sentada en las butacas bajas del fondo, un tanto apartada de la improvisada
pista de baile, le miraba distraída, a la vez que apartaba le vista del granuja
cojo que saltaba enfebrecido en medio de un corro de vociferantes campesinos. Fue instantáneo, le miró y supo que algo tenía
que ver con la muerte de su madre.
Ignacio estaba sentado en una silla cerca del desafinado piano en el que
un viejo de pelo canoso, construía melodías al compás de una güira y un par de
bongós. La voz de una turgente negrona, con ínfulas de pitonisa y entonación de
Diosa, embriagaba los alcoholizados cuerpos que hacían irrespirable el aroma a
humanidad dentro de aquel antro. Acostumbrado a nadar y guardar la ropa sabía
que a su hermano cuando estaba cerca de una botella de ron había que guardarle
las espaldas porque se dejaba llevar. Él era mucho más frío y calculador.
Observaba desde afuera las evoluciones del malogrado bailarín y no sacaba ojo
del forastero que bebía con un ojo puesto en el vaso y el otro en la mulata del
fondo. Estaba ofuscado por los continuos rechazos que había cosechado en cada
oportunidad de acercamiento que tuvo con la preciosa enfermera. No podía cerrar
la herida en el orgullo de macho dominante que sufría en manos de aquella
cualquiera una vez sí y otra también. Veía que le lanzaba miradas al forastero
y más celoso se sentía hasta casi no poder mantener pegado el trasero al butacón. Aquello tenía que acabarse esa misma noche. El problema
estaba bailando, Porfirio había empezado a hacer el payaso y en breve debería llevárselo a
la cama sino querían acabar expulsados también de aquella plantación. Se le
iban agotando las posibilidades de ocultarse de las patrullas de guardias que
por seguro les seguían. Muchos rumores se habían escuchado en relación con un robo
y la muerte de no menos de cinco empleados de banca en la ciudad el mes pasado:
salían al paso presentándose voluntarios para los trabajos que nadie quería. No eran tontos. Pero la
muerte del patrón fue la gota que colmó el vaso e hizo estallar una guerra
entre el patrón y los braceros. Si se afilan los machetes y corre la sangre el último en correr es el primero en morir: el patrón tenía la suficiente edad para saberlo y poner remedio. Los derechos habían sido recortados y los
descansos cada vez menores, fueron anulados hasta nuevo aviso. Se buscaba al
culpable y se achacaba la muerte a un pobre negro que se había marchado selva
adentro sin más explicación. Nadie sabía que el desdichado había muerto en las
garras de un puma y que los hermanos Gualdrapo lo habían encontrado. Fue idea
de Ignacio enterrarle sin decir nada y así poder usar su repentina desaparición como chivo expiatorio en el asunto de la reciente muerte del capataz.
Martín no durmió casi nada aquella noche. La visión de Delia, vestida
con unas telas casi transparentes ajustándose al talle de su cuerpo, marcando su pronunciada
cintura y convirtiendo en manjares prohibidos aquellas bellas protuberancias en
su pecho, no le permitía conciliar el sueño. Por otro lado, despertó antes de
salir el sol, asustando y sudoroso después de haber tenido una pesadilla en la
que la cara con parche en el ojo de aquel bracero amenazaba su respiración al
sentir oprimida su garganta por el filo de un enorme machete. Ató cabos mientras se despedía del patrón
agradeciéndole la deferencia de haberle permitido quedarse una noche y, cómo
no, por prestarse a colaborar en su causa. No sin antes pasarse por la enfermería para solicitar algo para una gripe incipiente y saludar la mañana a la preciosa mulata que le había robado el corazón. De camino a casa tejió el plan
concienzudamente. A menudo se forman alianzas que sella el propio destino.
Los hermanos Gualdrapo sabían que el mal augurio de aquel forastero
debía suponer su pronto regreso a los caminos. Ignacio lo entendió en el mismo
momento en que supo que el visitante no venía para quedarse. No era vendedor,
no venía a trabajar y había hechos muchas preguntas en torno a una mujer muerta
de un balazo en la venta de un pueblo no muy lejano. Sin embargo, Porfirio se
había levantado indispuesto esa mañana. No había desayunado y era la segunda
vez en todo el día en que vomitaba una sustancia viscosa y negra. No era una
típica resaca de aguardiente. En aquel estado no podían volver a los caminos.
Decidieron quedarse un par de días hasta que el menor de los se recuperase un
poco al menos y poder afrontar con ciertas garantías los peligros de las sendas
infectadas de guardias o de animales salvajes.
Martín regresó a su casa y casi sin tiempo se llevó a su hermano a casa
de su tío. Le dijo que por favor le cuidara unos días que tenía que arreglar un
asunto relativo al ron en la plantación del Marqués. Le engañó con la
triquiñuela de que al parecer el Marqués le había pagado menos a su difunta
madre y que en el viaje anterior habían acordado arreglarlo de manera honrosa.
Su tío no le creyó ni por un momento pero sabía que fuera lo que fuese no habría
manera de impedir que Martín saliera en pos de su destino. Si su padre les había
criado ahora quizás debía ser él quien debería hacerse cargo del menor; al fin
y al cabo aquellos dos vástagos de su hermano era la única familia que le
quedaba.
Martín recorrió la larga distancia entre su pueblo y la plantación sin
hacer uso del rápido. No quería que nadie supiera de sus intenciones. El plan
ya estaba en marcha y los efectos debían provocar una cascada de casualidades
que le brindaran el pescuezo de aquellos dos malnacidos, en bandeja de plata. Primero quería que
confesaran y luego que murieran de una u otra forma: eso sí, lentamente. El veneno en el vaso del hermano bailarín
debería retenerlo unos días. Buscó la planta y fabricó el líquido mortal como le había enseñado su padre: hay que combatir las plagas con soluciones de emergencia pero los jóvenes cogollos de la planta deben sobrevivir y crecer -le repetía una y otra vez el orgulloso progenitor mientras sus manos trituraban en un cuenco las hojas de la flor bajo la atenta mirada de Martín-. Alertados por las preguntas ingenuas que había
hecho por doquier en la plantación, éstas deberían poner en aviso al hermano
abstemio. Le había visto allí, sentado en el rincón oscuro, al final de la
barra, haciéndose una composición de lugar sobre su persona y el por qué del
resto de interrogantes que le asaltaba en aquel momento de locura y desenfreno.
Se le veía centrado, seguro de sí mismo y eso le ponía a Martín el vello de
punta. Resultaría mucho más complicado someter a un hombre despiadado como aquel
y sin tendencias a los vicios. Sin embargo, poco después, transcurridas las
primeras horas de baile y observación mutuas, con el rabillo del ojo cansado,
se dio cuenta de que si bien las miradas entre la preciosa mulata y él eran
coincidentes por momentos, jamás llegaron a cruzarse aquellos preciosos ojos
negros con el ojo de cíclope del granuja del fondo de la barra. Él la miraba y
se podía sentir en carne propia la impotencia que causaba en su persona la declarada desidia
que provocaba su libidinoso interés en la preciosa señorita. El resto fueron un par de
horas de plática en un claro cercano al ruidoso local de baile. Se conocieron y
se gustaron después de las miradas y un poco antes de los besos. Le contó una versión
muy resumida del motivo de su viaje, sin entrar en pormenores le habló de sus
sospechas y ésta se prestó a colaborar en la medida de la posible, que resultó ser mucho.
Porfirio e Ignacio entraron por la puerta de la enfermería muy temprano
en la mañana. Su hermano estaba largando el estómago por la boca, casi literalmetne: la bilis cada
vez más oscura y emponzoñada se mezclaba con la saliva y la sangre. Arcada tras
arcada su hermano se debilitaba, desangrándose por la mismísima boca. Deliraba y hacía tiempo que pululaba por otros mundos distinto al de los vivos. Algo iba
muy mal y él sabía que tenía que ver con la noche de farra en el salón de
baile.
La preciosa morena les atendió y arropó a su hermano en una camilla
mientras le administraba un par de sueros. Puede ser una epidemia de malaria,
esta cosas pasa en mitad de la selva, le dijo la enfermera mientras no paraba
de mirar constantes, pulso, saturación y demás maniobras de la enfermería básica. Al
parecer también Ignacio debía vacunarse porque la enfermedad es muy contagiosa.
Ponerse en manos de aquella escultural reina ya era de por sí un placer de otro
paraíso diferente al infierno anegado de aquella maldita selva pero algo le
decía que el asunto era mucho más complejo y peligroso. Sin embargo, se dejó
hacer. Las expertas manos le arremangaron la camisa y le administraron el
sedante que fingidamente haría de vacuna contra la declarada e incipiente
pandemia. ¡Qué raro! Ni un solo enfermo más, ni el más mínimo atisbo de mal en
ningún otro bracero y sobre todo, lo más sospechoso, el hospital vacío. Cuando quiso
levantarse de la camilla ya las fuerzas eran muy pocas. Su voluntad estaba en
manos de Dios.
Martín tardó un poco más en llegar porque al rápido se le había pinchado
un neumático y se sintió en la necesidad de ayudar a los pobres viajeros a cambiarlo y poder reanudar así la
marcha. Cuando entró por la puerta abatible de la enfermería los dos pacientes
dormían plácidamente en sendas camillas. Un enorme negro se presentó e
improviso en la sala de espera y Cecilia le pidió ayuda para mover a aquellos
dos granujas. Aquel negro había estado en la venta el mismo día en que mataron a su madre pero no tenía nada que ver en la muerte pronto le quedó claro su gran bonhomía. Entre todos les maniataron y llevaron sus desmadejados cuerpos a los barracones situados en el fondo
del poblado de braceros. Allí se guardaba la caña cortada para que no se secara
al sol mientras esperaba para ser molida. Un intenso olor a guarapo se
desprendía de cada mocha, de cada burra y se extendía hasta las mismísimas grandes
puertas que daban paso al cobertizo principal. Prepararon dos cuerdas y les
ataron a las columnas de madera de ceiba que sostenía el techo de aquel
barracón. Un par de baldes de agua fría recién traída del arroyuelo cercano que
discurría e irrigaba los campos de cultivo de la caña, fueron lanzados a la
cara de aquellos truhanes. El uno no despertaría de su mortal somnolencia pero el otro, inmediatamente, aguzó sus sentidos al saberse en peligro.
Preguntados por algunas de sus fechorías entendieron pronto que la única
escapatoria era mentir. Nadie les había visto así que nadie les podía culpar
con pruebas fidedignas. Lo peor que les podría pasar es que les llevaran a
algún pueblo cercano. Allí sí que los identificarían, sería acusados y
condenados a la horca. Pero para eso aún restaba tiempo y a eso se agarraban
los sorprendidos hermanos Gualdrapo, al menos uno de ellos. Su clavo ardiendo era seguir mintiendo. Una
vez pasó el efecto de los sedantes supieron que Porfirio había sido envenenado con
un extracto de digitalis púrpura; seguiría vomitando hasta perder la
consciencia sin remedio. Sin embargo, sabiendo que su hermano moriría, a
Ignacio le quedaban arrestos para pensar en una salida.
La ayuda de Cecilia había sido esencial para tener apresados a aquellos
dos malnacidos pero no quería que estuviera más tiempo mezclada en aquel
asunto, bastante había hecho ya. No quería correr riesgos y pidió quedarse a
solas con los dos hermanos. Inmediatamente mandaron dar aviso a alguna de las
patrullas que deambulaban por la provincia en busca y captura de aquellos dos
forajidos. Pendiendo del techo, pronto Porfirio dejó de respirar y fue entonces
cuando Ignacio confesó lo ocurrido en la venta con su madre. La mala suerte
había sido la culpable y no los aguzados instintos asesinos de dos violadores,
asaltadores de caminos, asesinos y ladrones: pagarían en uno u otro modo. El declarado culpable había muerto veinte
y tantas horas después, habiendo vomitado casi todas sus entrañas y sufriendo
las más horrorosas alucinaciones que jamás nadie podría sufrir ni en sus
peores pesadillas. El otro también moriría pero aún no había llegado su hora.
Martín consintió en dejar que se sentara en el suelo, en torno al madero
que sustentaba el techo, bien asegurado con una gruesa cuerda de las que se
usaban para apretar los atados de caña. El cadáver de Porfirio yacía en el
suelo polvoriento, a unos metros del poste que le había sustentado el cuerpo
hasta que éste expiró el último aliento. Mientras le contaba la historia de su
vida, Ignacio, logró hacerse con la navaja que siempre portaba en la cintura y
fue cortando como pudo las cuerdas y sus dedos. Al terminar el circunloquio la
cuerda hacía un rato que ejercía de adorno entorno a unas ensangrentadas muñenas. En un gesto diestro y calculado le lanzó el cordamen y una buena cantidad de tierra a la cara de Martín mientras se abalanzaba hacia su cuerpo cegado y
desorientado. Le dio dos puñaladas y salió
de aquel barracón corriendo con todas las fuerzas que le quedaban. La selva era
su salvación. Recuperar fuerzas, reponerse del estado de shock por lo ocurrido
y huir.
La patrulla tardó casi medio día en llegar. Martín yacía en una camilla
y cuando abrió los ojos pudo ver el rostro de Cecilia y sus manos manipulando unos
botes de suero. No se lo podía creer. Ignacio, el asesino de su madre, había
escapado y la patrulla no le había encontrado. Temía por su hermano aunque no
tenía por qué, la naturaleza restauró el equilibrio por sí sola. Esos recovecos del mañana que nadie conoce y sólo el Altísimo predispone.
El jaguar llevaba ya un par de noches rondando el poblado de braceros. Había
probado la carne humana y no podía dejar de relamerse en las sombras al
observar las figuras de aquellos afanados campesinos confiados en la oscuridad
de unas noches casi sin luna. Ignacio corrió y se adentró en la espesura de la
selva perdiendo cualquier posible atisbo de orientación que le permitiera en la
negrura saber dónde se encontraba con respecto a los caminos y poblados
circundantes. Dejó de correr y después de caminar, porque estaba agotado, muy cansado. Había
perdido mucha sangre y estaba muy débil. El efecto de los sedantes y la pérdida
de sangre le adormecieron bajo el mismo tronco de una gran ceiba. Primero una duermevela y luego el sueño profundo.
Obdulio no quería adentrarse en la selva. Su tío Artemio le había puesto en alerta al encontrar huellas de puma en su última salida a por leña para el alambique:
¡ten cuidado grandullón! Después de los acontecimientos con los malogrados
hermanos Gualdrapo no había voluntarios para salir en grupos a recoger la
necesaria leña, luego debían sortearse los turnos para realizar el trabajo. Le
había tocado a Obdulio junto con un afanado y pequeño blanquito que se pasaba
la jornada de trabajo canturreando viejas coplas del bohío. Amenizaba la velada
con sus canturreos y era ligero en la recogida de maderos, si bien era Obdulio
el que partía los leños con la fuerza de sus brazos y la inestimable ayuda de
un hacha bien afilada. Al llegar a una hermosa ceiba fue alertado por el revolotear
de un par de urracas y un enorme buitre de la ciénaga. En el mismo tronco de la
ceiba descansaba el cadáver del otro hermano Gualdrapo. Desangrado, picoteado,
desarrapado por las mismas aves carroñeras con que se les pudo identificar a ellos en vida, después de ser casi enteramente devorado por un
puma; allí estaban las huellas de las seguras pisadas del voraz felino.
Hay quien en vida encuentra ese mismo tipo de muerte que inflige a
ingenuos e indefensos.
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