martes, 23 de junio de 2015

A propósito de Stephen.


Puede ocurrir, sólo en determinadas ocasiones eso sí, que se tarde tiempo en encontrar algo sobre lo que escribir. A nuestro alrededor pasan demasiadas cosas como para prestarle la debida atención, la requerida, necesaria y precisa, ésa que redunde en un texto interesante, al menos para quien lo pergueña; en lo tocante al lector la complejidad del término interés se convierte en misterio, milagro o costumbre. En mi rincón particular, en esta buhardilla internáutica, siempre he querido dar voz a esos fantasmas que pululan por mi cabeza entre sombras y escondrijos miles. Ellos tienen mucho que contar aunque yo no siempre les quiera escuchar.
                Puede también pasar, como en este preciso momento, que una excusa provea la razón para lanzarme a encontrar palabras que construyan frases y den sentido a un argumento final. Un fin como el que consiste en encontrar la frase adecuada para disculpar una ausencia o aquel beso inoportuno y no correspondido o quién sabe qué más dislates o imprevistos. O puede pasar que divagues por el diccionario sin encontrar el término adecuado para denominar el motivo, la causa de todo, el entramado de intenciones. Porque escribir es lo más complicado de este mundo aunque muchos lo consigan convertir en la rutina de sus días; escribir es viajar usando el tiempo de cualquiera a lugares que son propiedad intelectual de unos pocos y elegidos.  Dejaré de divagar y espero que me permitan volver por los pasos iniciados a comienzos de esta publicación. Me confieso un fan de la red social facebook, como también lo soy de los periódicos digitales porque, entre otras apetecibles cuestiones, allí encuentro ese momento analgésico en el cual repienso el acelerado discurrir cotidiano de mis días y tomo conciencia del mundo que me rodea. Quizás por mi formación académica, necesito saber en qué lugar de la demostración de mi teorema vital me encuentro, y a esto me ayuda siempre el situarme en el momento diario de las cosas que me importan. Necesito volver sobre cada ecuación, de las que resuelven problemas causales y cotidianos, y desentrañar esas metafísicas cuestiones tan manidas y sin embargo tan humanas, ¿de dónde venimos? y ¿hacia dónde vamos?. Es en este trajín mecánico y diario cuando cada minuto de mi existencia elucubra enigmas que desvelan nuevos hallazgos, nuevos retos o, consigue destapar milagrosos, ejemplos de superación personal. Stephen W. Hawking es casi todo en el mundo de la física, lo sabrán la mayoría de los que me leen pero, no me interesa tanto lo que logra demostrar su maravillosa mente como lo que es capaz de conseguir su insondable resiliencia. Ya sé, me consta que al acabar de leer este artículo, muchos podrán pensar que esa palabra clave, ese sospechoso reincidente en cada texto y oculto en las letras del alfabeto por entre miles de páginas de cualquier diccionario, debió ser desde un principio el término RESILIENCIA. Y sin embargo me niego a reducir un ejemplo a una simple palabra por mucho significado que ésta tenga, como es el caso por otro lado.
                De igual manera que me confieso facebook adicto, también reconozco alguna otra apasionada actividad ociosa como son la lectura y el visionado de películas. Me sitúo pues. Domingo sin preocupaciones mayores frente al televisor. La niña está con los abuelos, proposición que caracteriza un día despreocupado y corolario demostrado de este texto que nos ocupa. Una película sobre la vida de Hawking. Pienso, quiero ser sincero antes de recomendar que la veáis,  en varios momentos en dejar de verla porque no me gusta pasar malos ratos en mi tiempo de asueto. No me gusta ver a la gente sufrir más de la cuenta. Descarto de una manera peculiar siempre los dramas muy tristes, las pelis de risa tonta y los musicales: le doy adelante y evito esas escenas obsoletas, aburridas, sin tensión, demasiado melosas, sangrientas, estúpidas sin ser cómicas, lentas, de sexo explícito sin venir a cuento, pudorosas sin razón, censuradas sin motivo... Pues esta película casi la devuelvo al cajón de sastre, junto con las muchas que he calificado de no interesantes (a la papelera con prisa y sin pausa). Pero en esas estamos cuando ocurre que la mujer de Stephen se enamora de un aspirante a profesor de piano o pianista sin con pocos argumentos para el concierto y muchos para un sueldo paupérrimo. Se intuía claramente lo demás pero no era del todo evidente, hasta un rato después al menos –una acampada con niños incluidos-. El galán se ofrece a cuidar de él en un clarísimo contrato social de noviazgo encubierto bajo el claro estigma de un flagrante y falso altruismo. Y aquí surge la pregunta que me hace reflexionar. ¿Son el amor y la belleza causa y efecto, son razón y motivo o son sólo excusas para ser lo que se quiere en un momento de la vida o para siempre?
Huelga decir que Stephen es el triunfo del cerebro sobre el cuerpo. El adalid del que se sabe con menos argumentos físicos que intelectuales y, aún con todo y con eso, involucra a esa completitud en lugar de sus partes. Una mujer bella, joven, se enamora de un joven físico de mente prominente y apariencia común: no parece nada descabellado, nada que no suceda un par de millones de veces cada día. Una familia, los problemas derivados de la convivencia y el desengaño derivado de un amor que se resiente con el paso de los años y quizás por una enfermedad degradante.
                No me referiré a ese tópico del amor por sobre las circunstancias y la enfermedad. Lo que debe triunfar lo hará por naturalidad y por encima de lo mundano pero quien lo consigue no es bajo el luminoso de ninguna campaña a favor de los derechos humanos sino por propia convicción y más allá de ese que siempre se gasta hasta sin usarse: el cariño. Ella se vio liberada cuando halló en otros ojos la mirada que un día debió haber brillado en los suyos al mirar a su marido. Una coletilla para uno de esos finales con frase exculpatoria de regalo. Sépase que un marido no es eterno, ni siquiera la vida lo es; eso sí, cuando se logra que ocurra un milagro de esta calado, que exista un mañana para un par de almas siamesas, debemos mirar el cielo y ponerle nombre al primer cometa que surque las nubes porque lo singular nunca es común.
Cada quien por su camino se fueron en pos de sus vidas, reconociéndose mutuamente un pasado en común y conjurando la promesa de un futuro amistoso: y no crean, es mucho decir en la época incipiente del divorcio y la separación de bienes. Los hijos, situados en el secundario ambiente de un dolor que en demasiadas ocasiones desequilibra espíritus en fase de empapamiento, fieles seguidores de Bob Esponja y cotidianos transcriptores de la centena de valores adecuados que deberían internalizar después de ver cómo han madurado en su modelos paternales, se cansan de tener que optar. Ahondaremos en este capítulo algún día, si los hados me iluminan alguna senda tortuosa para las cosas que nunca deberían pasar y que siempre ocurren.

Es obvio que Hawking se identifica con el rol de un resiliente, "The resilient man", podría valer como título de alguna otra película parecida a ésta que nos ocupa. Es más, me reconocerán que él es la propia  resiliencia con huesos forrados de piel y muchas neuronas trabajando eficiente y eficazmente. Sin embargo, el modelo de radiación Hawking provoca en mí efectos espeluznantes. Se declara enamorado por segunda vez de una segunda mujer, liberando del yugo de un matrimonio sin argumentos cariñosos de más clase que la concerniente a la descendencia en común. Batallas perdidas que al menos no diezmen la tropa y hagan olvidar la guerra –debería rezar el slogan de un perdedor casual, de un derrotado momentáneo-. No contento con hacer crecer el ego del que con menos hace más, embelesa a la inteligencia con piernas torneadas y melena rubia entre argumentos llenos de agujeros negros y singularidades espacio-temporales. Si le miras a la cara piensas en una gruesa almohada y cuando sigues mirando, las mantas o el edredón necesitan de más plumas –no hay otro lugar con el que terciar que aquel donde se colocan las coronas o sobre el que penden las medallas-. La salvación de un tonto jamás está en esperar el milagro de una buena idea sino en conseguir que se rían el mayor tiempo posible y olviden que detrás de eso casi nunca hay nada más. Al listo se le salen los motivos, las ideas, las genialidades: aunque las babas amenacen electrocutar cualquier intento de beso. Es la radiación de la que os hablaba, supongo, la que me hace pulsar PAUSE y alucinar con esas historias que cuentan las películas mucho más allá de las risas o los llantos.

Decidámonos por tanto ir a la carga, destilemos un poco de esa pócima sobrenatural que embriaga los sentidos de cada quien y nos permite ver el lado humano de las cosas. Si te acercas al fuego demasiado te quemas pero, ¿quién puede vivir sin ese calor que asusta temblores ya sean de frío o de necesidad? ¡Bien vale una quemadura!, ¿o no? ¿Qué vio la asistente de Stephen en él?, ¿qué vio la mujer de Stephen en el pianista sin talento, afanado activista de la ONG "Salvemos la mente, sin mirar el cuerpo, de S. W. Hawking",  pero ensimismado por su persona? Pues humanidad e instintos tan bajos como los de cualquier otra mujer u hombre. La ex-mujer vio un resquicio para dejar atrás una vida sacrificada; a la sombra de una mente prodigiosa y dentro de la tormenta diaria de un cuerpo decrépito.¿Y la inteligente señorita de piernas firmes y medias de seda? Ella vio la oportunidad de estar al lado de un cerebro único sin la barrera de los requerimientos éticos y las fronteras morales que suponen un matrimonio consumadísimo, amén de un amor por los detalles -esos que llenan pero no completan-. El amor es así de travieso. Trasciende las lágrimas, los vidrios de unas gafas, y las impostadas melenas rubias. Casi todo vale cuando surge el destino y los instintos.  

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