Joven, apasionado, vehemente,
iluso, inocente, inexperto, simpático, extrovertido, valiente, enamorado,
soñador…
Hola
queridos lectores. Algunos me habéis pedido que escriba sobre esto o aquello,
otros que calle lo que ha podido ser el argumento de más de un escrito como el
que ahora inicio. Este blog lo entiendo como un cajón de sastre de esos
pensamientos que deben vaciarse de mi mente para poder dejar lugar a tantas
otras cosas que ocupan mi vida de diario, mi rutina vital. Hoy os hablaré del postrer
viaje final, de la muerte. Esa enumeración de adjetivos con que comencé este
escrito bien podría ajustarse a las características de un par de millones de
jóvenes de entre los que pueblan este nuestro mundo pero pretende, sin embargo,
ser un alegato en contra del infortunio.
¿Y si os hago para empezar un par de preguntas y luego analizamos sus posibles
respuestas?
¿Esa
moneda que cae de un lado provoca siempre la misma reacción?, ¿el final de un
cuento debe ser triste o alegre?, ¿pasará lo mismo estés donde estés y hagas lo
que hagas?, ¿el batir de las alas de esa mariposa revoloteando entre plantas y
flores provoca siempre tormentas y huracanes en otros lugares o incluso otros mundos?, ¿podemos vivir sin pensar en el
segundo de después? Veamos.
Tal vez la juventud, la pasión,
la vehemencia, las ilusiones, la inocencia, la falta de experiencia, la
afabilidad en el carácter, el don de gentes, la valentía, el amor y los sueños
sean poderosos ocupas de mil cuerpos pero ocurre en ocasiones que se personan
en espíritus humanos con fecha de caducidad definida por hados malvados y
egoístas, es entonces cuando duele descubrir que este mundo es tan efímero como
el vaho que desprende nuestro cuerpo en cualquier fría mañana de un mes de
invierno cualquiera. Nos vamos, en ciertas y
desgraciadas ocasiones, con los gritos del dolor o con el silencio de mil
injusticias encubiertas, propiciadas, ilegítimas. Nos despedimos de una fugaz
existencia con las excusas adecuadas o las palabras calladas, no sé qué será
peor. Viajamos al destino definitivo sin billete de regreso, casi sin poder
comentar los miedos que nos obligan a mentir diciendo siempre que es ley de
vida y olvidando argumentar concienzudamente que lo que nos pasa en verdad es que
hemos sido declaradas culpables y sentenciados a pena de muerte, siendo
empujados al abismo de la nada. Y nos vamos, no queda de otra. Son tantos los que
se han marchado que resulta estúpido pensar que nuestro fin pueda ser otro, por
muy distintos que pretendamos ser o seamos. Se nos venden milagros, pócimas,
elixires, conjuros de ilusión para aquel que vive de espalda a ese sueño imposible
de vivir mañana, pasado y el otro, y el otro... ¿Cuándo nos paramos a valorar
nuestras arrugas, las patas de gallo,
las manchas de la piel y ese pergamino de los años en unos ojos cansados de
llorar o hartos de reír?
En las matemáticas, en algún rincón de sus milagros,
existe un escondrijo en el que los números se alían con las cosas que pasan o
no cada día para legalizar el capricho de la naturaleza que nos determina como
lo que somos: animales e hijos de un Dios, del nuestro, y por ende tan volátiles como volutas de humo salientes de la pipa de un anciano calmoso. Lo estudió Bernouilli hace
mucho tiempo porque, supongo o necesito pensar, a las cosas que importan hay
que ponerles nombre o eso nos dicen los que saben de humanas entrañas. Lo que
ocurre o lo que no, tiene una medida que justifica lo acaecido y vislumbra
posibilidades de predecir el futuro en aras de ese pasado que nos sirve siempre
para aprender. Algo así, etéreo e intangible casi siempre, podemos pensar que
es la probabilidad. Si hoy estoy vivo es porque ayer también lo estuve, y
porque así viene ocurriendo los últimos 38 años de mi vida, con sus días y
horas. Si pensamos en la respuesta que damos a cada segundo de nuestras vidas a
la pregunta, ¿estás vivo? asumiremos que podrá ser SÍ o NO, no vale un tal vez.
Pues jugando con ese campo de muestras que supone el universo de nuestros
segundos de vida y las respuestas a la finita sucesión de contestaciones ante una misma
pregunta, podremos conjurar una probabilidad de vida en virtud de la cual predecir las posibilidades de morir en el instante siguiente. Es azar y hete
aquí que lo pasado cuenta tanto o tan poco como para que siempre pueda
responderse NO a pesar de los tantos SÍ´es acontecidos. Valemos tan poco como
el siguiente segundo en el que contar con la cruz de una moneda para un
experimento que por más veces que se realice y menos balanceado sea, su
resultado siempre guarda la sorpresa de lo desconocido, de lo único.
Los cuentos, las historias, las
novelas, los libros, tienen un final por la misma razón que necesitan de un
principio. Todo lo que acaba tuvo un inicio pero ¿y la injusticia del momento
en que pasa? Guarda relación con la alegría de poner punto y final o de prologar
los entrantes de un frugal almuerzo de conocimiento. Desde mi punto de vista,
TODO es un conjunto que complementa el periplo para cada quien en cada cual.
Llegas y te vas. No hay más. La alegría de la venida con las lágrimas de la
partida o viceversa, dan lugar a emociones y son esas las que justifican los
principios o los finales. Ni las carcajadas son el premio ni el llanto es el
castigo. Son manifestaciones de la humanidad y de su instantaneidad. Aquí y
ahora ergo Carpe Diem.
Allá donde vayas lo que hagas
será tenido en cuenta en la misma medida en que tus deserciones compondrán el mapa conceptual de tu
personalidad. El beso que no diste, el abrazo que ofreciste, la pelea que
evitaste, el llanto que provocaste, la risa que ahogaste, el dolor que
sufriste, son tan tuyos como el segundo en que la moneda siguió siendo cara y
la respuesta también fue SÍ. Ni una pizca más de sal, ni un golpe de efecto
para tus temores librará al cielo o el infierno de tu alma. Allí volveremos en
una u otra manera. La despedida tiene el mismo sabor cada mañana. Pesarán en tu
virtud los errores cometidos o los aciertos logrados pero seguirá pareciendo otra más de entre las
tantísimas mejores o las muchísimas peores decisiones tomadas. Digas lo que digas,
calles lo que calles alguien hablará más y mejor o silenciará oportunamente sus
faltas potenciando mil logros, haciéndote único. Debemos ser todo lo felices
que podamos y para ello basta con ejercer la mínima presión en nuestra escala
de bondad. El equilibrio de perversidades es el que predispone los momentos, el
que ajusta la curva de normalidad, el que cierra el círculo y su cuadratura: un
casi imposible que cada día requiere el esfuerzo de intentarlo para casi
siempre no conseguirlo. No debes ser mejor porque sí sino porque eso ahondará
en un mejor cubículo para tu ego, en el que se sienta acorralado y esté a buen
recaudo para hacerle caso el momento justo e ignorarlo el resto del tiempo.
Jonathan se fue lejos, mucho más
allá de donde la imaginación le pudo transportar en sueños o pesadillas.
Emprendió ese viaje más pronto que tarde porque alguien lo quiso y tantos no lo
pudieron, supieron o quisieron evitar. No tuvo tiempo de despedirse porque esa
mariposa que bate las alas en la huerta de al lado provoca cortocircuitos en
los mecanismos mentales de seres tan humanos como animales, ocasionó una
tormenta en la Colombia profunda y anónima. La selva de instintos produce
cataclismos que ahogan los valores humanos en el alma de algunos cualquiera con
apellidos y sin escrúpulos. Esos pocos hacen temblar los cimientos de la
fragilidad humana con disparos de balas llenas de maldad e injusticia. Certeros
disparos a la inocencia del que no piensa en que la moneda puede caer del lado
no deseado, en ese NO consecutivo a los tantísimos instantes de un SÍ perentorio. Y de repente se cae y
con ella también naufragan los lamentos por no entender que el ser humano es
además de inteligente profunda e instintivamente animal. No siempre el
perro lame la mano del dueño por muchos cuidados que le preste, también puede
ocurrir y pasa no os quepa duda, que un día soleado, con la brisa acariciando
el vello y el mar suavizando la
temperatura idílica de un paraíso cualquiera, la mascota decida morder la mano
que le da de comer. El que siempre fue fiel decide aventurarse y dejar de
serlo, el cariñoso muestra las garras del desapego, el caritativo se guarda un
par de ases en la manga… Y pudo ser por mil razones, por una crisis de nervios,
porque la comida no llega al plato en el segundo en que las tripas comienzan a
rugir, porque es día 3 y mañana es 4, porque en otra galaxia nacen dos nuevas
estrellas, o simplemente porque sí. Y lo que pasa pues pasa y se lleva por
delante los merecimientos de alguien que debía seguir respirando, besando,
abrazando, arbitrando, corriendo, amando... Ninguno creemos merecer la muerte
cuando nos llega. Pudimos pensar en ella mil veces pero jamás nos creemos
culpables y sentenciados cuando el juicio de nuestra existencia se dirime entre
actos nobles, justos, malos o inoportunos en un tribunal de ángeles o demonios.
No hay tiempo, no hay lugar para asirse a la escalerilla de emergencia y trepar
hasta ese hueco que se cierra en este mundo acercándonos al otro. Se nos van
las excusas y nos devora el miedo.
Jonathan nos abandonó sin
quererlo porque alguien se empeñó en sacarle la razón a ese experimento
aleatorio que auguraba la probabilidad de muchos más instantes con el SÍ por
delante. Un loco trucó su destino, su moneda, restando al azar la potencialidad
de un nuevo milagro diario porque, no me cabe duda, eso es nuestra vida, la de
cada quien en cada cual. El continuo milagro de una moneda
siempre ofreciendo una cara, un SÍ y guardándose la cruz, ese último y
rotundo NO para la ocasión determinada y postrera. Son las balas aquellos pesos que cargan
el alma de lágrimas regando con sangre los huertos de desesperación. Suelen
volar entre cuerpos que se evitan, tejiendo telas de araña en el aire que
roban, deteniendo corazones que sienten y cerrando ojos que miran sorprendidos
en busca de un por qué. Presos de una
condición que nos hace seres efímeros, pasajeros con billete de ida sin vuelta.
Somos seres con destino desde el mismísimo momento de nuestro origen.
No es menos dolorosa la partida
por saber que llegará, nos consta pero esto es vida o muerte, según lo queramos ver. Si nos alegra pensar en que volveremos a
reír, también somos igual de conscientes de que no queremos llorar una vez más
por la causa que sea o la necesidad que se quiera, sin embargo ocurrirá lo uno o lo otro. Te fuiste Jonathan y te
echaremos de menos pero allá donde estés ahora disfrutarás del destino que
todos llevamos escrito en ese contrato firmado el mismo día en que lloramos por
primera vez. No he querido personalizar este recuerdo porque no te conocí sin
embargo, sí he necesitado desahogar ese sentimiento de impotencia que nos habrá
embargado a muchos al enterarnos de tu muerte. No he considerado oportuno
hablar de amor, ni de arbitraje, ni de ojos azules, ni siquiera de la valentía
que supone irse lejos para continuar una vida en otro país. Hay cosas que no
entiendo, hay motivos que no alcanzo a comprender, hay demasiadas dudas para
poder formarme un idea de tus circunstancias reales y me he negado a mi mismo
la posibilidad de novelar una historia, una vida, la tuya, que debió durar más y girar menos.
Lo siento por los que se han ido pues entre ellos la que llora ahora es tu alma allá donde
resida por lo repentino de su viaje sin retorno pero quienes en verdad sufren y
lo harán por siempre son esos "tuyos" que han quedado para agotar sus días, sus
segundos, sus caras, sus SÍ´es, en la eterna ignorancia de un destino
caprichoso, de una moral liviana, de un trágico final para un discurrir
valiente que en momento tan inoportuno como otro cualquiera, les arrebató un trozo de sí mismos.
Hay
lágrimas que jamás se deberían verter, sin duda alguna, las de una madre
llorando la muerte de su hijo.
Que descanses en paz.
1 comentario:
Desgraciada o afortunadamente, lo único que el ser humano tiene seguro desde el momento en que nace, es su muerte. Una muerte que llegará cuando menos uno lo espera, puede ser ahora, en unos segundos o puede que tengamos tiempo de disfrutar de unos poco años de vida para terminar con ella así como mismo llegamos al mundo, sin esperarlo.
Si supieramos el momento en que la muerte llega a nuestra casa, la esperaríamos detrás de la puerta para sorprenderla y auyentarla. Pero es algo imposible de saber ni de controlar.
Morimos y dejamos todo sin poder darnos cuenta de lo que está pasando. Sin entender por qué me tocó a mí.
Así es la vida del ser humano, una muerte segura en el momento y lugar menos oportuno.
Que tu alma y tu corazón descansen en paz.
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