Me decidí a escribir este
artículo porque me abochorna darme cuenta del odio tremebundo que se le tiene
en nuestra isla a la excelencia de los demás. Podría parecer que es simple
envidia pero creo que va mucho más allá y conforma, junto con otros delicados
instrumentos que se hallan en manos equivocadas, el arma de destrucción masiva
que, según mi pesimista opinión, ha degenerado la cultura palmera y camino va
de destruirla a poco que nos despistemos.
D. Luis Morera, me enseñaron a
tratar con respeto a mis mayores muy por encima de sus logros y sus
competencias –cuestión de educación-, es un artista palmero consagrado a nivel
nacional y por supuesto regional pero como dijo alguien un día: “nadie es
profeta en su tierra”. Quizás este último agujero que horada la costumbre, se
habría convertido en la brecha por la que se colaron a la fiesta de la decencia
y la consideración (dejemos fuera a la inteligencia pues no la suelen dejar entrar a
muchos sitios) sin ser invitados, una molesta invasión de zumbadores enjambres de
chismes y agravios que han azorado desde múltiples tribunas con motivo de un
cumpleaños encubridor de merecimientos, eso sí siempre bajo el palio y el demagógico amparo
vil del dinero, a nuestro artista. Sin embargo, no estoy de acuerdo en las
razones y muchísimo menos en las formas. La obra de cada artista puede ser
sometida a crítica porque, como todo el arte, sufre la carcoma de los
sentimientos de cada quien que los consiente o los desdeña -a casi todos se nos mueve una "tripita" al menos-. Eso sí, hay carcoma que
debilita hasta llegar a romper el hechizo de carreras prometedoras e
incipientes, no es este el caso de D. Luis pues él ya ha superado la esperanza
de algún ignorante con ínfulas de ganarse a su costa el pan o el ratito de
gloria, de esos que se creen con derecho a destrozar el patrimonio de todos
porque (tengan esto bien claro, la carrera artística de D. Luís Morera a quien
menos le pertenece es a él) sí. Y hay carcomas que sabemos que existen porque
soportamos sus excrementos, y perjudican calladamente. Somos los más, estos canarios isleños de leñosas
cepas, preñados en la misma isla que vio crecer a nuestro singular homenajeado,
los que sentimos perder identidad con cada irrazonable gesto de impúdico rechazo al
reconocimiento de este famoso artista, apreciado en muchos sitios en los que se
nos reconoce canarios gracias, en justa medida, a su labor cultural.
No le conozco, no soy nadie, soy
un anónimo que anda por las mismas calles que pisa nuestro paisano y que hasta
pidió permiso para hablar de su persona, pero me avergüenzo de la ignorancia de
algunos de nuestros conciudadanos con rapidez en la pluma y oscuridad en el
pensamiento. D. Luis es patrimonio cultural de la Palma y quien no sea capaz de
reconocerlo debe mantenerse lejos del flujo de voceros que provocan turbamultas
de opinión; más que nada por eso de que, “cuando el río suena es que agua lleva”
y sus perniciosas implicaciones. Hay quien no piensa y se deja pensar por otros
y claro, puede ocurrir que un arroyo limpio termine arrastrando mucha basura,
vulgares calumnias y esas cosas, y se pueda, de esta bochornosa manera, ensuciar
la esperanza de un pueblo.
Quien quiera saber de él que escuche, por favor, la Quinta Verde, que se deje encantar por su voz, sin más. No hacen falta más argumentos en su defensa, el juicio lo ha ganado el tiempo. Escuchen cómo canta D. Luis Morera. El resto, lo que nos asemeja a él, condición humana hace que tiemble si tiene fiebre, cojee si le duele un tobillo, se rasque la cabeza y hasta orine. No me interesa que sea gracioso, no me importa, ni tampoco que sea generoso o botarate, no me importa tampoco el color de sus ojos, ni si es alto o se pone sombrero, me da igual porque yo hace mucho tiempo que me imaginé a D. Luis cuando escuché por primera vez eso de: “Te levantas del abismo y te abres en el cielo, tus muros se desbordan en colores por tu cuerpo…”. El ser humano es lo de menos, si de sentirnos egoístas se trata y de trascender lo natural. Para mí, en el interior de esa parte callada de mi alma, allí donde guardo mis secretos y se forjan todos mis sueños, en lo profundo de mi imaginación incluso, esa voz no tiene más color que el verde de La Caldera, ni más patria que la mía, ni más bandera que la nuestra, la de todos los canarios. Le escucho cantar y me siento vivo, recuerdo qué es lo que nos hace distintos y me apetece ponerle a la vida una sonrisa: ¿hace falta más señores, no es suficiente aún? Yo conozco a mi particular D. Luis Morera y le imagino sin edad, ahora sí que le trato con la cortesía y el respeto que merecen sus muchos logros, es ahora cuando me apetece presumir de artista nuestro, mío, tuyo; pero no he intercambiado con él nunca una palabra, ni le he visto más que en vídeos o en la televisión. Hay verdades que son ciertas antes incluso de ser reales.
Os preguntaré algo, ¿hablaríais mal de vuestro padre? Es pura retórica y deben perdonarme el símil pero creo que define la trascendencia de nuestro personaje en el plano cultural palmero. Yo creo que la música canaria tiene unos cuantos padres (y algunas madres, lo siento por eso de que madres sólo hay una, pero consiéntanme las féminas esta licencia por tratarse de lo que se trata), algo tan grande no lo pueden engendrar sólo unos pocos. Taburiente y los Sabandeños seguro que merecen ser reconocidos como progenitores de nuestro folclore aunque la pureza quede para los “gourmets” de las tradiciones. Quién no lo sienta así deberá imaginarse un panorama musical muy distinto al real porque Tenderete les dio a conocer, aunque ya ellos parían canciones entre los sollozos de un pueblo diferente pero demasiado alejado para ser tomado en serio, pero afuera de las islas aún éramos muchos taparrabos y algunos volcanes. No soy yo un erudito en música tradicional ni mucho menos un sibarita de lo autóctono pero hablo con personas que sí son autoridad en la materia y no dejan de encumbrar la labor de estos grupos, sin menospreciar la importante y trascendental labor de otros tantos quizás más cruciales si cabe. Sin embargo, este artículo quiere afinar la melodía defensora del patrimonio palmero que representa D. Luis, en torno a la constatación de sus otros hijos, alumbrados con mucho esfuerzo al amparo de la excelencia de su don: sus obras de arte.
Quien quiera saber de él que escuche, por favor, la Quinta Verde, que se deje encantar por su voz, sin más. No hacen falta más argumentos en su defensa, el juicio lo ha ganado el tiempo. Escuchen cómo canta D. Luis Morera. El resto, lo que nos asemeja a él, condición humana hace que tiemble si tiene fiebre, cojee si le duele un tobillo, se rasque la cabeza y hasta orine. No me interesa que sea gracioso, no me importa, ni tampoco que sea generoso o botarate, no me importa tampoco el color de sus ojos, ni si es alto o se pone sombrero, me da igual porque yo hace mucho tiempo que me imaginé a D. Luis cuando escuché por primera vez eso de: “Te levantas del abismo y te abres en el cielo, tus muros se desbordan en colores por tu cuerpo…”. El ser humano es lo de menos, si de sentirnos egoístas se trata y de trascender lo natural. Para mí, en el interior de esa parte callada de mi alma, allí donde guardo mis secretos y se forjan todos mis sueños, en lo profundo de mi imaginación incluso, esa voz no tiene más color que el verde de La Caldera, ni más patria que la mía, ni más bandera que la nuestra, la de todos los canarios. Le escucho cantar y me siento vivo, recuerdo qué es lo que nos hace distintos y me apetece ponerle a la vida una sonrisa: ¿hace falta más señores, no es suficiente aún? Yo conozco a mi particular D. Luis Morera y le imagino sin edad, ahora sí que le trato con la cortesía y el respeto que merecen sus muchos logros, es ahora cuando me apetece presumir de artista nuestro, mío, tuyo; pero no he intercambiado con él nunca una palabra, ni le he visto más que en vídeos o en la televisión. Hay verdades que son ciertas antes incluso de ser reales.
Os preguntaré algo, ¿hablaríais mal de vuestro padre? Es pura retórica y deben perdonarme el símil pero creo que define la trascendencia de nuestro personaje en el plano cultural palmero. Yo creo que la música canaria tiene unos cuantos padres (y algunas madres, lo siento por eso de que madres sólo hay una, pero consiéntanme las féminas esta licencia por tratarse de lo que se trata), algo tan grande no lo pueden engendrar sólo unos pocos. Taburiente y los Sabandeños seguro que merecen ser reconocidos como progenitores de nuestro folclore aunque la pureza quede para los “gourmets” de las tradiciones. Quién no lo sienta así deberá imaginarse un panorama musical muy distinto al real porque Tenderete les dio a conocer, aunque ya ellos parían canciones entre los sollozos de un pueblo diferente pero demasiado alejado para ser tomado en serio, pero afuera de las islas aún éramos muchos taparrabos y algunos volcanes. No soy yo un erudito en música tradicional ni mucho menos un sibarita de lo autóctono pero hablo con personas que sí son autoridad en la materia y no dejan de encumbrar la labor de estos grupos, sin menospreciar la importante y trascendental labor de otros tantos quizás más cruciales si cabe. Sin embargo, este artículo quiere afinar la melodía defensora del patrimonio palmero que representa D. Luis, en torno a la constatación de sus otros hijos, alumbrados con mucho esfuerzo al amparo de la excelencia de su don: sus obras de arte.
No sé si el arte tiene edad pero
tengo claro que merece tener un cumpleaños cada día. Deberíamos celebrar las
obras de los artistas como las sonrisas de un niño. Son legados que el tiempo
no se puede llevar porque pasan a la conciencia humana, la única que perdura,
la única que no muere. No sé si es mucho el dinero que cuesta festejar la labor
de un artista pero tengo claro que algo así no tiene precio. Una canción no
tiene precio porque su valor es inmenso, tan grande como la alegría que
transmite a través de los oídos en el alma de quien la escucha. No creo que una
escultura tenga precio porque el valor de lo único no se puede pagar y es relativo
siempre al aprecio que acumule quien la desee conservar. Tal vez sea el derecho
que nos otorgamos a nosotros mismos para hablar sobre todo con todos, el que
haya permitido que las opiniones se consideren vinculantes e incluso
autorizadas; pues no. Esto no es fútbol, esto es cultura, aquí no caben las
especulaciones de cada quien por creerse sabedor del último conocimiento
definitivo. Los ojos que miran, los dedos que palpan, el alma que se llena, las
lágrimas que arrasan mejillas candorosas y encubridoras de la emoción más
latente y viva al observar extasiados un cuadro, un lienzo animado por un trozo
de vida prestada; eso sí es vinculante y definitivo. Una plaza tan distinta que
merece un paseo asombrado, mil fotografías y decenas de páginas en cientos de
revistas especializadas en dar a conocer lo desconocido, son juez y parte;
sentencian el buen hacer.
Lo he intentado, y me queda el
regocijo de haber querido plasmar en letras lo que siento al ser ultrajada una
parte de mi acervo cultural. Con lo nuestro no se juega, no valen los discursos
demagógicos sobre el dinero y las ayudas sociales. A la sociedad se la ayuda
enseñándola a valorarse, a quererse, a apreciar el valor del esfuerzo y de la
excelencia, a sentirse más unidos en torno a la propia identidad, a juntarse en
torno a lo peculiar y diferente, eso que nos hace únicos. Por último, diré el
que maestro D. Luis Morera no se ha merecido los discursos transversales de
muchos oportunistas, porque aquí se habla de arte y las dudas sólo son aves
carroñeras sobrevolando las moscas. Su nombre, el del ser humano, sino les
gusta o les molesta algo en su detalle, se lo vendió al alma de su saber hacer,
se lo vendió a su voz, a sus manos, a su mente y hace tiempo que ya no es suyo
sino nuestro, de todos los canarios y sí, queridos paisanos, de TODOS LOS
PALMEROS muy en especial. Y no hay dinero en este mundo que pague algo así,
estaremos hipotecados de por vida y yo seguiré aportando mi granito de arena
para hacer frente a la letra diaria que supone tamaña propiedad.
Gracias. D. Luis Morera. No escuche a
esos pocos, los demás nos seguimos sintiendo mayoría.
Felicidades.
Felicidades.
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