domingo, 29 de enero de 2017

La mediocridad que todo lo devora.

       Me decidí a escribir este artículo porque me abochorna darme cuenta del odio tremebundo que se le tiene en nuestra isla a la excelencia de los demás. Podría parecer que es simple envidia pero creo que va mucho más allá y conforma, junto con otros delicados instrumentos que se hallan en manos equivocadas, el arma de destrucción masiva que, según mi pesimista opinión, ha degenerado la cultura palmera y camino va de destruirla a poco que nos despistemos.

       D. Luis Morera, me enseñaron a tratar con respeto a mis mayores muy por encima de sus logros y sus competencias –cuestión de educación-, es un artista palmero consagrado a nivel nacional y por supuesto regional pero como dijo alguien un día: “nadie es profeta en su tierra”. Quizás este último agujero que horada la costumbre, se habría convertido en la brecha por la que se colaron a la fiesta de la decencia y la consideración (dejemos fuera a la inteligencia pues no la suelen dejar entrar a muchos sitios) sin ser invitados, una molesta invasión de zumbadores enjambres de chismes y agravios que han azorado desde múltiples tribunas con motivo de un cumpleaños encubridor de merecimientos, eso sí siempre bajo el palio y el demagógico amparo vil del dinero, a nuestro artista. Sin embargo, no estoy de acuerdo en las razones y muchísimo menos en las formas. La obra de cada artista puede ser sometida a crítica porque, como todo el arte, sufre la carcoma de los sentimientos de cada quien que los consiente o los desdeña -a casi todos se nos mueve una "tripita" al menos-. Eso sí, hay carcoma que debilita hasta llegar a romper el hechizo de carreras prometedoras e incipientes, no es este el caso de D. Luis pues él ya ha superado la esperanza de algún ignorante con ínfulas de ganarse a su costa el pan o el ratito de gloria, de esos que se creen con derecho a destrozar el patrimonio de todos porque (tengan esto bien claro, la carrera artística de D. Luís Morera a quien menos le pertenece es a él) sí. Y hay carcomas que sabemos que existen porque soportamos sus excrementos, y perjudican calladamente. Somos los más, estos canarios isleños de leñosas cepas, preñados en la misma isla que vio crecer a nuestro singular homenajeado, los que sentimos perder identidad con cada irrazonable gesto de impúdico rechazo al reconocimiento de este famoso artista, apreciado en muchos sitios en los que se nos reconoce canarios gracias, en justa medida, a su labor cultural.

No le conozco, no soy nadie, soy un anónimo que anda por las mismas calles que pisa nuestro paisano y que hasta pidió permiso para hablar de su persona, pero me avergüenzo de la ignorancia de algunos de nuestros conciudadanos con rapidez en la pluma y oscuridad en el pensamiento. D. Luis es patrimonio cultural de la Palma y quien no sea capaz de reconocerlo debe mantenerse lejos del flujo de voceros que provocan turbamultas de opinión; más que nada por eso de que, “cuando el río suena es que agua lleva” y sus perniciosas implicaciones. Hay quien no piensa y se deja pensar por otros y claro, puede ocurrir que un arroyo limpio termine arrastrando mucha basura, vulgares calumnias y esas cosas, y se pueda, de esta bochornosa manera, ensuciar la esperanza de un pueblo.

       Quien quiera saber de él que escuche, por favor, la Quinta Verde, que se deje encantar por su voz, sin más. No hacen falta  más argumentos en su defensa, el juicio lo ha ganado el tiempo. Escuchen cómo canta D. Luis Morera. El resto, lo que nos asemeja a él, condición humana hace que tiemble si tiene fiebre, cojee si le duele un tobillo, se rasque la cabeza y hasta orine. No me interesa que sea gracioso, no me importa, ni tampoco que sea generoso o botarate, no me importa tampoco el color de sus ojos, ni si es alto o se pone sombrero, me da igual porque yo hace mucho tiempo que me imaginé a D. Luis cuando escuché por primera vez eso de: “Te levantas del abismo y te abres en el cielo, tus muros se desbordan en colores por tu cuerpo…”. El ser humano es lo de menos, si de sentirnos egoístas se trata y de trascender lo natural. Para mí, en el interior de esa parte callada de mi alma, allí donde guardo mis secretos y se forjan todos mis sueños, en lo profundo de mi imaginación incluso, esa voz no tiene más color que el verde de La Caldera, ni más patria que la mía, ni más bandera que la nuestra, la de todos los canarios. Le escucho cantar y me siento vivo, recuerdo qué es lo que nos hace distintos y me apetece ponerle a la vida una sonrisa: ¿hace falta más señores, no es suficiente aún? Yo conozco a mi particular D. Luis Morera y le imagino sin edad,  ahora sí que le trato con la cortesía y el respeto que merecen sus muchos logros, es ahora cuando me apetece presumir de artista nuestro, mío, tuyo; pero no he intercambiado con él nunca una palabra, ni le he visto más que en vídeos o en la televisión. Hay verdades que son ciertas antes incluso de ser reales.

Os preguntaré algo, ¿hablaríais mal de vuestro padre? Es pura retórica y deben perdonarme el símil pero creo que define la trascendencia de nuestro personaje en el plano cultural palmero. Yo creo que la música canaria tiene unos cuantos padres (y algunas madres, lo siento por eso de que madres sólo hay una, pero consiéntanme las féminas esta licencia por tratarse de lo que se trata), algo tan grande no lo pueden engendrar sólo unos pocos. Taburiente y los Sabandeños seguro que merecen ser reconocidos como progenitores de nuestro folclore aunque la pureza quede para los “gourmets” de las tradiciones. Quién no lo sienta así deberá imaginarse un panorama musical muy distinto al real porque Tenderete les dio a conocer, aunque ya ellos parían canciones entre los sollozos de un pueblo diferente pero demasiado alejado para ser tomado en serio, pero afuera de las islas aún éramos muchos taparrabos y algunos volcanes. No soy yo un erudito en música tradicional ni mucho menos un sibarita de lo autóctono pero hablo con personas que sí son autoridad en la materia y no dejan de encumbrar la labor de estos grupos, sin menospreciar la importante y trascendental labor de otros tantos quizás más cruciales si cabe. Sin embargo, este artículo quiere afinar la melodía defensora del patrimonio palmero que representa D. Luis, en torno a la constatación de sus otros hijos, alumbrados con mucho esfuerzo al amparo de la excelencia de su don: sus obras de arte.

      No sé si el arte tiene edad pero tengo claro que merece tener un cumpleaños cada día. Deberíamos celebrar las obras de los artistas como las sonrisas de un niño. Son legados que el tiempo no se puede llevar porque pasan a la conciencia humana, la única que perdura, la única que no muere. No sé si es mucho el dinero que cuesta festejar la labor de un artista pero tengo claro que algo así no tiene precio. Una canción no tiene precio porque su valor es inmenso, tan grande como la alegría que transmite a través de los oídos en el alma de quien la escucha. No creo que una escultura tenga precio porque el valor de lo único no se puede pagar y es relativo siempre al aprecio que acumule quien la desee conservar. Tal vez sea el derecho que nos otorgamos a nosotros mismos para hablar sobre todo con todos, el que haya permitido que las opiniones se consideren vinculantes e incluso autorizadas; pues no. Esto no es fútbol, esto es cultura, aquí no caben las especulaciones de cada quien por creerse sabedor del último conocimiento definitivo. Los ojos que miran, los dedos que palpan, el alma que se llena, las lágrimas que arrasan mejillas candorosas y encubridoras de la emoción más latente y viva al observar extasiados un cuadro, un lienzo animado por un trozo de vida prestada; eso sí es vinculante y definitivo. Una plaza tan distinta que merece un paseo asombrado, mil fotografías y decenas de páginas en cientos de revistas especializadas en dar a conocer lo desconocido, son juez y parte; sentencian el buen hacer.

    Lo he intentado, y me queda el regocijo de haber querido plasmar en letras lo que siento al ser ultrajada una parte de mi acervo cultural. Con lo nuestro no se juega, no valen los discursos demagógicos sobre el dinero y las ayudas sociales. A la sociedad se la ayuda enseñándola a valorarse, a quererse, a apreciar el valor del esfuerzo y de la excelencia, a sentirse más unidos en torno a la propia identidad, a juntarse en torno a lo peculiar y diferente, eso que nos hace únicos. Por último, diré el que maestro D. Luis Morera no se ha merecido los discursos transversales de muchos oportunistas, porque aquí se habla de arte y las dudas sólo son aves carroñeras sobrevolando las moscas. Su nombre, el del ser humano, sino les gusta o les molesta algo en su detalle, se lo vendió al alma de su saber hacer, se lo vendió a su voz, a sus manos, a su mente y hace tiempo que ya no es suyo sino nuestro, de todos los canarios y sí, queridos paisanos, de TODOS LOS PALMEROS muy en especial. Y no hay dinero en este mundo que pague algo así, estaremos hipotecados de por vida y yo seguiré aportando mi granito de arena para hacer frente a la letra diaria que supone tamaña propiedad.

Gracias. D. Luis Morera. No escuche a esos pocos, los demás nos seguimos sintiendo mayoría.

Felicidades.

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