martes, 10 de enero de 2017

Amor en conserva.

Érase una vez, en un pueblo pequeño de un país minúsculo, un abrelatas usado y una preciosa lata de aceitunas.

Él, que había abierto un par de miles de sorpresas en su dilatada existencia, ya no cortaba como antes, y mostraba signos de vejez en forma de pequeñas superficies de herrumbre, cuando no de cochambre, acumulada por el aceite de las sardinas, la salmuera de los mejillones o quién sabe por qué otras pócimas secretas contenidas en cientos de miles de botes milagrosos.

Ella, sin embargo, seguía mostrándose espléndida, coqueta aún cuando su fecha de caducidad evidenciara anacronismos ingratos entre lo bonito del envoltorio, casi impecable a pesar del paso de los años, y la salubridad del contenido. Olvidada en una despensa cualquiera, aparcada en la fila de atrás de las conservas olvidadas, se mantenía inmóvil en espera de que la rescatasen unas manos expertas que supieran apreciar además de la primera vista, también el interior, o tal vez, se arriesgasen a ser sorprendidos por el azar de los números en manos del tiempo; ese que siempre depara asombros o costumbres. 

Quiso por ese entonces el destino, caprichoso,  que una mañana, de esas en que el mundo se alía para empezar historias o para ponerles fin, el cocinero se decidiera a hacer limpieza en la alacena. Y allí estaba ella, reinando muy detrás de todo, al fondo, el orgullo de las conservas de aceitunas, paralizada por ese miedo contumaz que todo lo conquista o que todo lo destruye. Siempre quiso formar parte de algo, sentirse útil y cumplir el propósito para el que fue preñada, sin embargo, temía no cumplir las expectativas y estar, por contra, un poco menos llena de vida de lo que evidenciaba su preciosa figura y aquel rancio abolengo comercial; pronto habría de comprobarlo.
El del delantal blanco y el gorro en la cabeza la cogió entre sus dedos y se dispuso a abrir el primer cajón de los útiles de cocina, allí donde campaban a sus anchas el sacacorchos, el cascanueces, el martillo de madera, el par de cuchillos de carnicero bien afilados y algunos otros compañeros de fatigas rendidos ante la costumbre del uso indiscriminado. Rescatando, con la mano derecha, a nuestro metálico protagonista principal del marasmo en que hacía semanas se había convertido su existencia. Lo miró con recelo y se dispuso a cometer el asesinato de la esperanza; ese que ocurre en el silencio de unos nervios tensos. Él, que no necesitaba corriente, ni pilas, ni batería, y que trabajaba con la fortaleza del cuidado y de la pericia, siendo certero y responsable, había claudicado sin quererlo ante los ingenios acomodaticios de la nueva cocina, habiéndose considerado así mismo jubilado sin honores por el abandono. Fue entonces, cuando la fe ha dejado de mover montañas y se afana en mover garbanzos en cualquier olla, cuando reparó en su insultante belleza. Segundos después de claudicar ante el olvido, eso sí, bien medidos en el reloj de los años abandonado, y oportunamente enamorado de sus formas voluptuosas, de su impecable código de barras y de su maravilloso borde de latón intacto, fue cuando se sintió morir por primera vez. No le importó el daño del minutero, ni la mínima abolladura, casi imperceptible para el ojo desacostumbrado, que mostraba con elegancia en la misma tapa que contiene la esencia de la belleza. Era su lata, la conserva que siempre esperó, el fin de su labor y el principio de su legado eterno; lo sabía. Todo un amor en conserva.

Tras un primer intento descalabrado por la desacostumbrada maña del señor del gorro y el delantal blanco, resbaló entre los dedos; no crean, la tanta comodidad despreocupa tanto el gesto que consiente errores sin bulto, ¡qué pena tan grande la de esas cerillas sin estrenar o la de aquel bolso de Reyes envuelto en plástico amarillento!, ¡cuánto talento desaprovechado! Luego, ya en plena segunda acometida, más cuidadosa y esmerada, logró hundirse y penetrar en lo profundo de ella, de su superficialidad, para aspirar todo el placer en esos cortes delicados pero efectivos que quedan para la posteridad. El pequeño canal que aireaba el tiempo detenido, que rescataba el tesoro de los años preservando un milagro, se había constituido en un sexo sin tapujos, una entrega desmedida de amantes paridos para ser pareja en el ocaso de sus vidas.
Y fue ahí, en ese preciso instante en que el miedo de ella se hizo aroma, cuando cayó embaucado por el mayor de los actos de lealtad para pasar, por fin,  a mejor vida. Si un día te enamoras, si un día logras querer por encima de todo y de ti, será en ese preciso momento cuando renuncies a disfrutar para que ese otro alguien disfrute. Ocurrió, en ese instante en el que, y como si de perder un brazo se tratase, desprendiéndose del corazón de un cuerpo ajado por los años y las guerras perdidas, saltó al vacío de una muerte anunciada y siempre pospuesta.

Ella suspiró asumiendo aquel acto de amor postrero como un vital sacrificio, salvados ambos por el muro de sus lejanías con confianza. Ya sabía lo que otras latas contaban, las leyendas sin escribir, sobre conservas milenarias sucumbiendo emocionadas ante aquel galán de las aberturas sensibles, un auténtico demiurgo del latón, porque, y conste que no eran pocos los testimonios que decían que las abría sin hacerles daño, con cirugías delicadas y respetuosas, se multiplicaban los desprendidos actos de fe y enfebrecida pasión porque, y simplemente así, se mostraba sincero en el respeto para con el dolor ajeno. Fue entonces que ella pudo disfrutarle como jamás lo imaginó y, al saberse corrompida, cuando él renunció a seguir con vida, lloró en salmuera ácida el mal que el tiempo le había otorgado.

Y ya está, fin. Se acaba el momento instantáneo del tiempo en espera, con dos almas complacidas, enamoradas al fin, que se fueron juntos en la misma bolsa de basura para yacer unidos en el vertedero de la historia. Un amor así bien vale un cuento, ¿o no?

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