¿Y qué es lo peor? –se preguntaba
mientras luchaba por sacar los ojos de aquel vaso vacío.
“Sin duda la imposibilidad de
pensarte, la incapacidad de soñarte cada noche para despertar luego en una
realidad que dure más que unos minutos.”
La letra de una canción pegadiza,
el intento de poema cutre para enamorar al miedo huidizo que reclama su valor
ante los pocos arrestos con que se suele empezar un nuevo año, o la nada. Puede
que no significara sino eso, nada entre la nada, o puede que fuera algo más etéreo, sí, que se
tratase sólo de pensamientos hechos tinta en un papel mil veces arrugado, casi
deshecho. El caso es que ya no había remedio para aquel mal de garabatos
expulsados del paraíso de la nimiedad, de lo efímero, de lo volátil, de las
cosas que nacieron para no ser paridas sino olvidadas. Habían tomado forma de
frase y se habían voceado al viento de los rumores, de los deseos de muchos y
los odios de tantos.
J. había emprendido nueva
singladura por el mar de sus naufragios. Nuevo LP, nuevo hijo adoptivo del
descaro, de la orfandad manifiesta y de la propuesta ecléctica sin remilgos,
del advenimiento escurridizo que salva cualquier pudor entre escupitajos al
micrófono. Ahora vendrían las giras, los bolos y los garitos repletos de aplausos
vacíos y risas postizas. Acorde tras acorde para recordarse músico, en el
recuerdo al menos aún se sentía así, entre sinfonías incompletas llenas de güisqui cada vez más
barato y rodeado de sillas cada vez más vacías; ni en dos de ellas llegarían a
caber ya más de medio hombre. El sopor de ese directo que habiendo delinquido
en la moral inhabitada, habiéndose arrellanado en el descansillo de las
escaleras al escenario mediocre e inválido ante aquellos que otrora se anunciaran en
carteles inenarrables, compite por desbancar las náuseas eterna consecuencia de otra
noche tormentosa, de esas fruto del vivir la vida de después sin mirar hacia adelante, por
sufrirla entre excesos y drogas. Un cuento real, ¿qué más si no?, basado en
hechos consumados, en los que el personaje secundario se come a lametones el
cuello de una mujer sin cabeza, otra más; en el que al final toca despertar y volver a comenzar.
“Hola amigos, buenas noches, aquí estoy un día más…Despertar, soñar y volver a esa otra cama
vacía de culpabilidades, ajena e impasible ante el espectáculo de la jeringa,
vecina demasiado frecuente de la cuchara templada en fuegos de un amor exiliado
al país de nunca jamás.
Ya nada es lo mismo maestro –le dicen los que
anhelan una caricia suya, una firma que suplante la donación de un talento
instantáneo, que los posibilite evadirse de sus vacías existencias fumadas-. El amor
y el cariño andan juntos pero se acuestan en camas separadas, así como las suyas,
distantes cada vez más kilómetros.
Ya sé que nada es igual
porque los dedos tratan de escapar de las teclas, de las posiciones inamovibles
que mecanizan lo que otrora fuera pura improvisación. El talento para encontrar
segundas mayores en quintas disminuidas o menores sin disminuir en arpegios de
liviandad que antaño sobrecogían los ánimos de cualquiera elevándolos a la
estratosfera o más arriba incluso, se había tomado un tiempo de asueto o a lo
peor, había huido como tantas otras féminas, sin delicadeza, ni reparos. Porque para cualquiera de
los que caminan sueltos, aunque temerosos de el de al lado, la música es un
explosivo que dinamita las cadenas, las ataduras, los corsés, los sujetadores,
las bragas y hasta los calzoncillos.
-Nos deja en
vergüenza, maestro. -jamás olvidaría la cara de aquel energúmeno, dirigiéndose
a él, a mi, al mismísimo artista que fui, con el descaro en la mirada y, a su vez, los labios agujerados
por la boquilla inquilina de sus besos durante demasiadas horas al día.
Tuvo que
contarle la verdad, tuvo que decirle que sus manos debían auscultar mejor las
notas, regodearse tanto más en sus aciertos, paladearlas pero sin dejar de lado esa habilidad para sorprender al talento que desperdiciaba cada noche dejándose oír. Tuvo que reconocer todo lo que cabía en aquel espíritu negro con
alma blanca e impoluta. En la suya, las últimas noches, el oscuro telón se
bajaba cada vez más de madrugada y sabiéndose culpable, se trataba de redimir
repitiéndose eso de: un alma debe despertarse siempre temprano pero debe dormirse
cada vez más tarde. Se moría sin soñarla.
-Maestro,
¿cuándo duerme un artista?- le espetó, cansado de mirarle sin obtener más
respuesta que un sordo ronquido de placidez.
Nunca. L. se moría de ganas por
escucharse. Para un músico de su importancia, aquellos garitos eran cada vez
más parecidos a la parroquia para cualquier feligrés. Lugares que se abandonan a la
suerte de los milagros, sin que se espere que ocurran. L. necesitaba oírse y en
todo aquel sonido de colillas en ceniceros repletos y jarras de bebida
desbordadas, no había lugar para el silencio que requiere la escucha. Me lo
llevé al estudio de M. Adams, le puse un micro delante de su trompeta y le hice
tocar toda la noche pidiéndole que el mismísimo mago del jazz le reclamara otro
minuto de su música –hasta que no creas que te escuche, no pares-. Nunca me
pude explicar cómo consiguió encapricharse de aquel ritmo, ni cómo se esfumó la
cólera que le encendía la mirada con cada pasada de la musa divertida que
asomaba sus impúdicas desvergüenzas por semejante pequeña cabeza. Se fraguó a
sí mismo, entre intentos remolones por engrandecerse, por sorprender al que le
escuchaba, aún sin que le quisieran oír. No se recataba en público, se dejaba
llevar en volandas y allí, en aquella jaula de sonidos, en aquel invento pergeñado
por el mejor de los cazadores de sueños, se adivinaba un poco menos volátil
pero aún así lograba extender sus enormes alas para envolverlo todo. No había
lugar para el miedo en él. El crack en su sangre o las notas de su trompeta lo
arrollaban todo; no se podía contrapesar el arresto de cada nuevo doble picado,
ni cabían más ligaduras entre frases delicadas con finales atronadores. Era
especial y no dejamos de grabar su arrojo. Envalentonado por el brebaje que le
preparaba Lucy, la camarera prostituta y ex gogo, se mostraba ebrio pero sin
cerrar nunca los ojos, atentos a un mundo que se había parado hacía tiempo pero
que le rodeaba reclamándole continuar, seguir improvisando. De un acorde de La
a otro de do menor, pasando por sostenidos y bemoles; Larry, Doug y Priscilla
caminaban de puntillas con su guitarra, su saxo y su bajo. No querían molestar
la divina providencia de aquel genio hablándole al mundo, contándole la verdad
de los que sólo se escuchan a veces, de los que callan porque nunca osan hablar
sino van a ser escuchados y premiados.
-Maestro, ya está bien por hoy.
–había abandonado la trompeta sobre el sofá lleno de muslos y pechos, de
cabellos lacios y labios abiertos. Fijos los ojos en la marea de humo que
envolvía semejante antro de perversión sentimental, que lo ocultaba del espanto
postrado en los oídos huérfanos, ávidos de seguir escuchando mentiras
salientes, L. sintió al fin que necesitaba callar. Su silencio duró muchos años.
No sé si fue en aquel garito
donde la conoció pero ella era rara, y el tiempo a ninguno les importaba.
Sonaba distinta al resto. Supongo que sería esto lo que le sorprendió. Solía
bajar la mirada al piso para, con los ojos siempre muy abiertos, dejar que el
oído le contara la historia de los pasos. “En el suelo la verdad no muere, sólo
descansa, hazme caso” –le imponía el consejo más que la mirada penetrante,
enaltecido el tono con una versión de su voz gutural, salpicada de aquella
ronquera característica nacida en las gargantas fumadoras y bebedoras-. Desde
allí, L. meditaba rumiando los efluvios de la media copa de coñac, lamentando
las intromisiones de otros tacones en la máquina que le telegrafiaba unas
piernas largas y nuevas. Quizás fuera por eso que no se dejó llevar por el
silencio y, como un poseso, corrió en busca de su trompeta. Yacía, abandonada, sola
y triste, en un estuche oculto bajo la barra, justo debajo de una caja medio
llena de botellas vacías. Desde ese momento ocurrió el vacío, la nada.
Comenzó a tocar como el que está
poseído por un fantasma espirituoso, por el monstruo de las bebidas acumuladas
en aquellos años de nada, de abandono, como el genio que sale de la lámpara
para conceder más de tres deseos. Y era así como él la deseaba, como mismo se
desean las ropas sueltas en verano, o el abrigo en invierno, como se quiere a
las hojas que caen de los árboles, marchitas y abandonadas ávidas del invierno
frío y pasajero. La deseó porque aún sin mirarla, sin haberla visto desde el
balcón de aquellos grandes ojos, leyó la historia de su vida en la mismísima suela
de sus zapatos. No cabía duda, el telegrama de su silencio significaba otro
toque a rebato, otro zafarrancho de vida para su ánimo, para su talento, para
su don. Y se dejó llevar, abandonado a la suerte de su piano lleno de teclas
correctas, colmado de llaves maestras ávidas por otorgar eternas felicidades.
Destapó el tarro de sus esencias para embaucar otro navío y zozobrar juntos en
la profundidad de un mar de placer sin fondo.
Ella se marchó luego, porque las
historia rápidas, fulgurantes, no se saborean, no se escancian ni se disfrutan.
Marchó para volver muchas más veces, eso sí, casi cada noche. Acompañada
siempre de un cuerpo silencioso, distraído de la belleza que ostentan los espíritus
juveniles, pero sereno y calmo en el goce del atractivo que dona el tiempo. Y
así revolvía las noches de L. con su pose reinante, distinguida. Allí, en un
trono de recuerdo, desafiaba la atención de él, de un maestro, tal vez incluso
podría decirse que de un príncipe, con la sola ayuda de su insoportable
levedad, de su silencio perpetuo y sus manos delicadas, sutiles, maestras de la
nada absoluta. No creo que alguien la oyera hablar. En cada ocasión pedía una
copa con el gesto de los que saludan y permiten ser saludados, sin abrir los
labios, carnosos y sólo destinados a besar en las películas o a manchar los
cigarros que jamás tendrán colilla: no se puede ser grande sino se es antes muy
pequeño. Rotunda, se asomaba a la luz de las pocas bombillas que alumbraban el
escenario, para instantes después alejarse de la mesa en la que depositaban su
copa, con cuidado y esmero. Son la calma y el cuidado una necesidad tan urgente
para los que sienten que la fragilidad de un ruido, de un imprevisto, puede
ocasionar la muerte de un momento, que significan el paso de la propia deidad.
Era con el segundo o tercer compás cuando
comenzaba su baile íntimo. Su apareamiento. Ella, quieta, gobernando su
desenfreno, bailaba por dentro, como el licor en la botella, mecido por el
compás de las manos de él sobre las teclas. Se dejaba llevar y le deleitaba con
los ojos ahítos de amparo, colmados de mil caricias y algún sueño. Suya era
toda la música, cada nota, cada atisbo de atención, cada mirada de aquellos
ojos inmensos y perpetuamente abiertos. Se ligaban por hilos invisibles sin
desatenderse un segundo. Uno y otro giro, de sus manos, de la melodía y desde
las suyas el imperceptible símbolo del cuidado, del aprecio por lo mínimo e
impagable. Se acariciaban secretamente pero sin recato. Se hacían el amor cada
noche, sin que nadie reparase, desnudándose completamente delante de una sala
atestada de humo de cigarro y conversación casual.
Luego, cuando él se fuera del
foco de otras atenciones, después de que se bajara de aquel escenario, cuando
terminara su baile, se iría a su casa y volvería a la rutina de quererle en la
clandestinidad de una vida aburrida; llena de miedos y problemas pequeños ávidos
de querer ser grandes. No había más. Seguiría reinando desde su trono de imposibles
promesas, para desearse aún más. Él, por su parte, la imaginaría vacía de excusas, con tiempo
para la exclusividad de un amor simplemente distinto, raro. Y recordarían que ni
en aquel papel arrugado podrían hallar las increíbles historias que devoraban
en sus ojos oscuros e insondables; ni en esa deuda de cariño que habían
contraído entre letras y letras.
Él, sólo nuevamente, con el
talento de aquel imberbe delante de su atril, se abandonaría ante otra
madrugada de insomnio buscando recuperarse a sí mismo. Se apesadumbraría con la
imagen recurrente de su talento esquivo, emigrante hospedado en cuartuchos de
hotel por islas perdidas, con el gabán colgado detrás de una puerta
entreabierta al descuido de lo que las musas quieran traer o llevar. Allí le
vería, L. estaría nuevamente sólo, alejado de él y sus advertencias, de ella y
sus exigencias; otro tiempo de silencio para olvidar que la amaba y que podría
así resistir su ausencia.
¡Qué extraños son los genios! Se
encuentran entre la multitud y se reconocen diferentes. Nadie podría decir cómo
se miran pero lo hacen para seguirse sabiendo distintos, extranjeros en sus
propias naturalezas heredadas. L. seguiría amándola en secreto, contemplándola
sin mirarla, besándola sin rozar los labios porque sí, porque los milagros son
milagros y no suelen tener nombre de mujer, ni de hombre tampoco. Son tan sólo gemidos
que se lleva el viento.
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