sábado, 20 de agosto de 2016

El amor ingrato

Si supieras que el mundo se termina, ¿qué pensarías del pasado?

             Podría ser un motivo cualquiera el que perpetró el desenlace, una causa trivial y sin embargo, parece cierto eso que dicen de que las tormentas siempre vienen precedidas de una molesta calma. Si algo está claro hoy por hoy es que no pudo ser algo premeditado. Otra cosa es si tratamos como tal las verdades, ésas que oculta la improvisación o la ingenuidad.  A esas grandes conocidas las sepulta siempre el rato después, el momento en el que debes mirar adelante tratando de enderezar el rumbo. Es entonces, sólo entonces cuando se repara en las piadosas mentiras que por otro lado resultan tan necesarias como el respirar.

             Carmelo dejaba atrás un pasado diferente, revuelto justo en ese recodo del camino que se divisaba. Y en estas estamos cuando llega una sinuosa curva, una de esas que trastoca todos tus planes y de camino también los de Lucía. Decisiones drásticas para enmendar vidas en curso, en eso consiste la mayor parte del tiempo nuestra existencia. Suena tópico pero es singular y hasta cáustico por la influencia sobre el futuro de cada quien. Se vestía, se duchaba, Carmelo era joven;  se divertían, se querían de una manera típica, sencilla, clásica, real, como dos gorriones sin nido. Las parejas aparentan ser a menudo el reflejo distorsionado de la realidad de cada uno de los intervinientes, socios, compañeros, miembros y de sus modos de afrontar el mundo y los miedos. Lucía era tan clara como oscura. Días de sol radiante y noches de truenos; sueños de verano y pesadillas de invierno. Entre el frío y su calor, los pies siempre aguardaban bajo las mantas, buscando excusas para olvidar tanto recoveco andado. A Carmelo la realidad le prestaba disculpas para ser un poco menos de lo que debía y mirar a Lucía con la comprensión del que tiene sólo para no perder. Pero aún así, las voces y el viento le llegaban mucho más nítidas que los susurrantes quejidos de ella. Casi inaudibles, volátiles, llenos de la razón perdida, le contaban en secreto todos los miedos de su amor. Y eran muchos porque cuanto más profundo es el naufragio mayor es el poder de succión, de arrastrar todo consigo y sepultarlo en las profundidades de la incomprensión. Su barco a la deriva creyó encontrar un remanso de paz en el que refugiarse mientras el corazón se recomponía de un nuevo estallido de desilusión;cuentan que en tiempo de catástrofes una trinchera es un oasis en medio del desierto. Un puerto solitario, una cala de tranquilidad contenida para dedicarse a buscar cariño entre ruinas de hormonas y alcohol: nunca se puede considerar un buen refugio pero es peor la mar bravía de una soledad desgarradora. Ya se sabe: no es buena solución curarse con prisas. No lo es la primera vez y mucho menos las tantas veces siguientes.

Lucía era la frescura en conserva. Un soplo de aire fresco enlatado que llega por descuido del que no supo conservarlo en su despensa. Que llega casi sin pedir permiso, por negligencia del que se asegura no perder pero se olvida de ganar. Lucía se desataba en tormentas de días, accionando los mecanismos de protección de cualquiera pero, mientras, siempre cabía la certeza de que después. al tiempo, el sol de su sonrisa reaparecería mucho más resplandeciente. Aglutinaba sentimientos por donde transitaba, alentada por esos pasos cortos y dudosos que hacían de su marcha más un rumbo que un paseo. La hierba, celosa,  le prestaba aromas porque se sentía reverdecer, florecer y hasta marchitar al alejarse el soplo de aire que provoca su rebufo. La hierba o los seres que pastan alrededor de su corazón generoso se acuestan pensando en volver a sentir el calor de un espíritu dativo, bondadoso. Lucía era grácil si sonreía y pesada y brumosa cuando arrugaba el entrecejo. Conoció a Carmelo porque no lo quiso, porque los retos que se impone son mayores que los miedos que cobija. Lucía, que cruzaba por esos tiempos un enorme arenal descalza, con sus diminutos pies hundidos cada dos por tres en mil trampas, aleteaba para no desfallecer y ahogarse pero no midió sus fuerzas y se vio sorprendida por la casualidad.

Mientras, Carmelo salía de detrás del biombo de una feria de letras viajeras que se engastan en collares inmensos de perlas sin valor aparente. Cansado de dar bandazos y recomponerse, de zozobrar y volver a remar hacia ninguna parte, se ocultaba en los ardores de un alma solitaria temerosa del fracaso pero inconmovible ante la paciencia: los errores se buscan, son lobos que se cobran la pieza siempre en manada. Así, por la magia de los instantes fugaces,  se cruzaron un par de caminos paralelos en los fracasos groseros, sin coincidir en la mayoría de sus aciertos pero compartiendo un sin número de errores. Sí, así, de repente se vendían un par de almas complicadas por el mero hecho de compartir ratos, momentos, trocitos de vida. Hay quien le llama amor y yo, a estas alturas,  prefiero no llevarle la contraria a los que de esto saben mucho.

Sin embargo, como ocurre en esas películas del tópico melodrama, las más clásicas de entre los clásicos, las eses vertiginosas entre ángulos muertos, labios obtusos, mentes ingenuas, frágiles virtudes, inconsistentes responsabilidades, devaneos caprichosos, causalidades casuales perforan el más recio metal, doblegan la más férrea moral, penetran la más impenetrable coraza y dañan el idilio de los miedos y los goces. ¿Buscarle un por qué ahora? Pues Carmelo no tiene el tesón para pedirle cuentas a su fragilidad, a su endeblez, supongo que no se le puede pedir peras al olmo y ya está. Y Lucía ahora sí que las tiene todas, todas las respuestas y casi todas las certezas. No todas son suyas, por supuesto que no, pero las culpas son de Carmelo y los aciertos lagunas sepultadas por el olvido. Así de injusto es el día después de un amor de carne y hueso, de un amor ingrato.

Momento de motivos.

Faltó cama en su versión inquieta, sobraron vasos vacíos con restos de hielo sin derretir, se necesitaron más palabras o se echaron de menos algunos necesarios compases de espera, los besos fueron fingidos, los lápices no tenían punta, las cosquillas molestaban, los pies olían tan mal como los labios, la ducha se llenaba de pelos muy pronto, el mar estaba muy en calma, el viento soplaba cambiante y denso, la cena estaba fría, la almohada caliente… Lucía se descubrió en deshielo para desenmascarar el motivo real de una traición humana, dolorosa y a la vez ingenua pero ¿para qué pensar, tratar de comprender cuando todo es dolor?. De nada valieron el atenuante de la nocturnidad sin alevosía, del desplante abonado por las confianzas mal gestionadas, del sin querer fortuito. Y, del otro lado, en ese otro hemisferio del otrora catre vacío estaba un Carmelo al que ahora le vale casi todo. Le vale que ella esté mejor, que sea otra y que su vida ahora ya no parezca tan inestable como el discurrir de dos bailarines en un bloque de hielo en mitad del Océano Glaciar. Le vale que llegue un nuevo vagón con los asientos recién tapizados, las maderas pulidas y el ánimo indemne, incluso que la máquina suene a nada o armonice en acordes mayores. Ahora claro, hasta el campo requiere sus límites, y sepultar las verdades sobre toneladas de hielo manchado de despecho no le hace bien al pasado de nadie, ni siquiera a la caza indiscriminada de focas en el Ártico. Somos nuestros recuerdos y no nos quepa duda de ello. Si ahora respiramos es porque ayer nos ahogamos y para sobrevivir decidimos reinventarnos, resurgir por la épica de la evolución darwiniana o por simple coraje. No hay que olvidar, es obvio y obligado cuando de progresar se trata,  pero anclarse en un recoveco del mar de nuestras negruras y desde ahí lanzar apagados aullidos de dolor disfrazados de paz y felicidad pues sólo alimenta un monstruo interno que devorará lo que encuentre a su paso. Carmelo vive y sonríe cuanto puede (hay que esforzarse para tener alegrías y así auspiciarlas aunque es todo menos sencillo) pero jamás reconocerá otro camino mejor que el que le enseño Lucía; su olfato le lleva en muchas ocasiones a oler las huellas de esos pies pequeños y regordetes que sembraron de sorpresas el que fue un desierto de desaliento y oscuridad.

Lucía, cuando la luz te ciegue, cierra los ojos y recuerda tus pasos. Un tropiezo no hace al camino sino al caminante.

Un día de estos mirarás atrás y encontrarás las miguitas de pan por esa senda otrora negra y tortuosa. Echarás la vista atrás y por fin podrás pronunciar su nombre y mirarle a la cara. Tal vez ese día, de seres de otro mundo, las almas separadas en los cuerpos inentendibles puedan por fin solazarse. Ojalá. Llegará entonces el perdón y tu alegría.



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