Si supieras que el mundo se termina, ¿qué pensarías del
pasado?
Podría ser
un motivo cualquiera el que perpetró el desenlace, una causa trivial y sin embargo, parece cierto eso que dicen de que las tormentas
siempre vienen precedidas de una molesta calma. Si algo está claro hoy por hoy es
que no pudo ser algo premeditado. Otra cosa es si tratamos como tal las verdades, ésas que oculta
la improvisación o la ingenuidad. A esas
grandes conocidas las sepulta siempre el rato después, el momento en el que debes
mirar adelante tratando de enderezar el rumbo. Es entonces, sólo entonces cuando se
repara en las piadosas mentiras que por otro lado resultan tan necesarias como el respirar.
Carmelo dejaba atrás un pasado diferente, revuelto justo en ese recodo del
camino que se divisaba. Y en estas estamos cuando llega una sinuosa curva, una de esas que trastoca todos tus planes y de camino también los de Lucía. Decisiones
drásticas para enmendar vidas en curso, en eso consiste la mayor parte del tiempo nuestra existencia. Suena tópico pero es singular y hasta
cáustico por la influencia sobre el futuro de cada quien. Se vestía, se duchaba, Carmelo era joven; se
divertían, se querían de una manera típica, sencilla, clásica, real, como dos gorriones sin nido. Las
parejas aparentan ser a menudo el reflejo distorsionado de la realidad de cada uno de los
intervinientes, socios, compañeros, miembros y de sus modos de afrontar el
mundo y los miedos. Lucía era tan clara como oscura. Días de sol radiante y
noches de truenos; sueños de verano y pesadillas de invierno. Entre el frío y
su calor, los pies siempre aguardaban bajo las mantas, buscando excusas para olvidar tanto recoveco andado. A Carmelo la
realidad le prestaba disculpas para ser un poco menos de lo que debía y mirar a
Lucía con la comprensión del que tiene sólo para no perder. Pero aún así, las voces y el
viento le llegaban mucho más nítidas que los susurrantes quejidos de ella. Casi inaudibles,
volátiles, llenos de la razón perdida, le contaban en secreto todos los miedos de su
amor. Y eran muchos porque cuanto más profundo es el naufragio mayor es el
poder de succión, de arrastrar todo consigo y sepultarlo en las profundidades de la incomprensión. Su barco a la deriva creyó
encontrar un remanso de paz en el que refugiarse mientras el corazón se
recomponía de un nuevo estallido de desilusión;cuentan que en tiempo de catástrofes una
trinchera es un oasis en medio del desierto. Un puerto solitario, una cala de tranquilidad contenida para dedicarse a buscar cariño entre ruinas de hormonas y alcohol: nunca se puede considerar un buen
refugio pero es peor la mar bravía de una soledad desgarradora. Ya se sabe: no es buena solución curarse con prisas. No lo es la primera vez y
mucho menos las tantas veces siguientes.
Lucía era la frescura en conserva. Un soplo de aire fresco
enlatado que llega por descuido del que no supo conservarlo en su despensa. Que llega casi sin pedir permiso, por negligencia del que se asegura no perder pero se olvida de ganar. Lucía se desataba en tormentas de días, accionando los
mecanismos de protección de cualquiera pero, mientras, siempre cabía la certeza
de que después. al tiempo, el sol de su sonrisa reaparecería mucho más resplandeciente. Aglutinaba
sentimientos por donde transitaba, alentada por esos pasos cortos y dudosos que
hacían de su marcha más un rumbo que un paseo. La hierba, celosa, le prestaba aromas porque se sentía reverdecer,
florecer y hasta marchitar al alejarse el soplo de aire que provoca su rebufo. La hierba o los seres que pastan alrededor de su corazón generoso se acuestan pensando en volver a sentir el calor de un espíritu dativo, bondadoso. Lucía era grácil si sonreía y pesada y
brumosa cuando arrugaba el entrecejo. Conoció a Carmelo porque no lo quiso,
porque los retos que se impone son mayores que los miedos que cobija. Lucía,
que cruzaba por esos tiempos un enorme arenal descalza, con sus diminutos pies hundidos cada dos por tres en mil trampas, aleteaba para no
desfallecer y ahogarse pero no midió sus fuerzas y se vio sorprendida por la
casualidad.
Mientras, Carmelo salía de detrás del biombo de una feria de
letras viajeras que se engastan en collares inmensos de perlas sin valor
aparente. Cansado de dar bandazos y recomponerse, de zozobrar y volver a remar
hacia ninguna parte, se ocultaba en los ardores de un alma solitaria temerosa del fracaso pero inconmovible ante la paciencia: los errores se buscan, son lobos que se cobran la pieza siempre en manada. Así, por la magia de los instantes fugaces, se cruzaron un par de caminos paralelos en los
fracasos groseros, sin coincidir en la mayoría de sus aciertos pero compartiendo
un sin número de errores. Sí, así, de repente se vendían un par de almas
complicadas por el mero hecho de compartir ratos, momentos, trocitos de vida. Hay
quien le llama amor y yo, a estas alturas, prefiero no llevarle la contraria a los que de
esto saben mucho.
Sin embargo, como ocurre en esas películas del tópico melodrama, las más clásicas de entre los clásicos, las eses vertiginosas entre ángulos muertos,
labios obtusos, mentes ingenuas, frágiles virtudes, inconsistentes
responsabilidades, devaneos caprichosos, causalidades casuales perforan el más
recio metal, doblegan la más férrea moral, penetran la más impenetrable
coraza y dañan el idilio de los miedos y los goces. ¿Buscarle un por qué ahora?
Pues Carmelo no tiene el tesón para pedirle cuentas a su fragilidad, a su endeblez, supongo
que no se le puede pedir peras al olmo y ya está. Y Lucía ahora sí que las tiene todas,
todas las respuestas y casi todas las certezas. No todas son suyas, por
supuesto que no, pero las culpas son de Carmelo y los aciertos lagunas sepultadas por el olvido. Así de
injusto es el día después de un amor de carne y hueso, de un amor ingrato.
Momento de motivos.
Faltó cama en su versión inquieta, sobraron vasos vacíos con restos de hielo sin derretir, se
necesitaron más palabras o se echaron de menos algunos necesarios compases de espera, los besos fueron fingidos, los
lápices no tenían punta, las cosquillas molestaban, los pies olían tan mal como los labios, la
ducha se llenaba de pelos muy pronto, el mar estaba muy en calma, el viento
soplaba cambiante y denso, la cena estaba fría, la almohada caliente… Lucía se descubrió en deshielo para desenmascarar el motivo real de una traición humana,
dolorosa y a la vez ingenua pero ¿para qué pensar, tratar de comprender cuando todo es dolor?. De nada valieron el atenuante de la nocturnidad sin
alevosía, del desplante abonado por las confianzas mal gestionadas, del sin
querer fortuito. Y, del otro lado, en ese otro hemisferio del otrora catre vacío estaba un Carmelo al que ahora le vale casi todo. Le vale que ella esté mejor, que sea otra y que su vida ahora
ya no parezca tan inestable como el discurrir de dos bailarines en un bloque de
hielo en mitad del Océano Glaciar. Le vale que llegue un nuevo vagón con los asientos recién tapizados, las maderas pulidas y el ánimo indemne, incluso que la máquina suene a nada o armonice en acordes mayores. Ahora claro, hasta el campo requiere sus límites, y sepultar las verdades sobre
toneladas de hielo manchado de despecho no le hace bien al pasado de nadie, ni siquiera a la caza indiscriminada de focas en el Ártico. Somos nuestros recuerdos y no nos quepa duda de ello. Si ahora respiramos es porque
ayer nos ahogamos y para sobrevivir decidimos reinventarnos, resurgir por la épica de la evolución darwiniana o por simple coraje. No hay que
olvidar, es obvio y obligado cuando de progresar se trata, pero anclarse en un recoveco del mar de
nuestras negruras y desde ahí lanzar apagados aullidos de dolor disfrazados de
paz y felicidad pues sólo alimenta un monstruo interno que devorará lo que
encuentre a su paso. Carmelo vive y sonríe cuanto puede (hay que esforzarse
para tener alegrías y así auspiciarlas aunque es todo menos sencillo) pero jamás reconocerá otro camino mejor
que el que le enseño Lucía; su olfato le lleva en muchas ocasiones a oler las
huellas de esos pies pequeños y regordetes que sembraron de sorpresas el que
fue un desierto de desaliento y oscuridad.
Lucía, cuando la luz te ciegue, cierra los ojos y recuerda
tus pasos. Un tropiezo no hace al camino sino al caminante.
Un día de estos mirarás atrás y encontrarás las miguitas de
pan por esa senda otrora negra y tortuosa. Echarás la vista atrás y por fin
podrás pronunciar su nombre y mirarle a la cara. Tal vez ese día, de seres de
otro mundo, las almas separadas en los cuerpos inentendibles puedan por fin
solazarse. Ojalá. Llegará entonces el perdón y tu alegría.
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