Volvería a andar los
mismos pasos embarrados que aplacaron mi sed de caminos. Volvería a naufragar
en el mismo arrecife de miedo que embaucó mi alma solitaria con la única compañía de
un espíritu inconveniente. Volvería a vagar
por procelosos rumbos hacia ignotos destinos en la búsqueda esperanzada de una
ilusión. Porque si el fin del periplo es la meta y el transcurso sólo los
pasos, merecería la pena acompañarme de tus sonrisas. ¿Qué es la vida sino los
tantos errores buscando un último acierto?
¿Qué son los pasos sino el camino?
Una familia es, a mi
modo de entender, un ente extraño que
aglutina lo mejor y más connatural al ser humano y su especie. Lo mejor,
componente sempiterno del yin y el yang moral, devaneo de sutilezas cuando se
hace referencia a la propia esencia humana, requiere una definición en la que
“lo peor” es punto de partida ineludible. El dominio de una escala nos aflige
bajo el yugo de la propia bonhomía consustancial al mismísimo Homo Sapiens. Eres
mejor qué, eres más rico qué, eres más hábil qué… eres peor qué, eres más malo
que, eres más obtuso que… La comparación y las escalas suplen al número y a su
valor para darle forma a lo que es característica, cualidad, categoría. En esta nueva entrada quiero compartir mi
visión del intangible término conocido como “destino” ejemplarizándolo en el
modélico obrar de una FAMILIA: sí, así como lo leen, con mayúsculas.
Cuando concurren en un mismo
cuerpo, en una misma persona más de una crisis se originan mecanismos por los cuales se habilitan o potencian paulatinamente, capacidades extraordinarias. Al
ciego se le agudizan el resto de sentidos, como al sordo o al mudo. En mayor o
en menor medida el cuerpo se auto-exige una restauración del equilibrio natural
que necesita, por ende, de extras en otras parcelas del mecanismo vital. Yo les
pregunto ¿cómo se entrena un corazón que sufre seguido una pena muy grande? La
que considero una respuesta plausible tiene forma humana.
Los padres de Eric y Violeta lo
han hecho todo tan bien que ahora dudan si han cometido o no errores. Y es ahí,
en este preciso momento, donde entra a jugar su papel la dichosa escala. Qué es
mejor que qué, cuánto es más bueno o cuánto peor que cuánto… y también, es por tanto, en
este momento cuando, según mi opinión, erramos. Como seres inconformistas
pretendemos dominar unas cartas que se nos dan marcadas de antemano y con las
que en ocasiones es imposible ganar la mano. Puede que la partida no la
perdamos en esta ocasión, o que esquivemos una derrota tras algunas victorias
pero acabaremos perdiendo: es simple probabilidad. Intentar algo es siempre sinónimo
de riesgo: riesgo de equivocarnos, de perder. Nadie le iba a decir a Óliver que
algo podría ir mal cuando decidió dar un paso más en su relación. Nadie se hace,
en ese preciso momento y mucho menos antes, un par de cientos de pruebas inspeccionando su
cuerpo y su esencia humana en búsqueda impenitente de defectos que puedan se
puedan heredar: lo de las herencias lo sufrimos luego, después de una vida. Todos
asumimos la concepción misma como una moneda al aire, rogando que la de la
salud sea la cara que veamos al descansar el metal en el suelo. Sin embargo, el
destino, "perlujo" él por propia naturaleza, nos impone retos que sólo tratan de
reforzar nuestra capacidad para ser un poco más resilientes si cabe. Huelga
decir que esta familia es la viva imagen de esa resiliencia, de esa capacidad
para adaptarnos a lo cambiante, a lo inesperado
e indeseado y tan en boga en este siglo de las políticas sociales.
Me apetece ahora
llevar esta reflexión al otro lado, al del acierto. Si miramos el vaso medio
lleno conseguimos ver que, gracias a la costumbre humana de dejar el azar en
manos del que nos guía desde allá arriba, es posible que la raza humana sea
diversa, sea mejor. A ninguno nos gusta lo mismo. Salimos a comer después de
haber elegido correr o caminar, y pedimos carne, pollo o pescado, mojo rojo o
verde, mahonesa o alioli; por las calles nos fijamos en detalles que a otros
pasan desapercibidos y ellos miran aspectos que nosotros pasamos por alto. Pues
bien, estoy seguro que esa diversidad afecta a las personas hasta convertirlas
en inspiradoras de lo diferente. Quiero decir que para que el mundo siga siendo
lo que ha sido siempre existen seres como Violeta o Eric, o como mi niña que
nació luchando desde la primera bocanada que entró en sus pulmones, o como
Gabriela Brimmer una poetisa mejicana que nació con parálisis cerebral y que
sólo podía mover a voluntad su pie
izquierdo y, tenedlo claro, como tantísimos otros conocidos y desconocidos que
representan para sí mismos y para el resto de seres humanos, la lucha de lo
diferente en un mundo que habla de igualdad y aliena, sin embargo, las
desigualdades. Todos acarreamos una cruz a cuestas que nos mejora, que nos
obliga a endurecer el carácter, la piel, los músculos, la vista, el oído, el
olfato, el tacto, las habilidades sociales, la inteligencia. En una ocasión,
hace ya unos años, vi en un documental el testimonio de un señor americano
capaz de memorizar un libro ojeando cada página una vez pero, al que sin
embargo, tenían que ayudarle a vestirse porque era incapaz de valerse por sí
mismo para esas otras tareas necesarias en la vida en sociedad. Me pregunto si
este señor que se sabía de memoria una ingente cantidad de libros de una
biblioteca estadounidense no es también el vivo ejemplo de la resiliencia a
través de la diversidad. Pues tengo claro que sí, que ellos, un poco más
distintos que tú y que yo, nos hacen mejores a los que nos parecemos más al
común de los mortales. Ellos nos impulsan con su ejemplo, nos arrastran, en
algunos casos, con su bondad. Este pensamiento puede que dormite en el interior
de la consciencia de cada quien y es algo que sólo llegas a plantearte cuando en
un determinado momento –ocasiones relevantes-, antes del parto casi siempre, piensas
en lo que pueda acabar sucediendo pero, a la vez, sin esperas nada malo para terminar escuchando que
no todo está bien, que no todo está en su sitio y que habrá que tratar de
arreglarlo. En ese instante de tu vida pasas a pensar que el miedo está cerca
de ti siempre, que no te deja jamás y que te estrangula el pensamiento cuando
lo que necesitas es aire que te deje sopesar los kilogramos de realidad en derredor, sin sentir
tanto las consecuencias de tus actos, de tu elección, de la vida. Lees, investigas, te
quemas los párpados abriendo y cerrando los ojos, ávido por averiguar más y
encontrar un resquicio de esperanza en cualquier parte. Y cuando ya eres capaz
de aceptar que es tu turno en el lado de los que no van a sonreír de inmediato, entonces pasas
a aprender de otras vidas, tratas de materializar en ti lo que cuentan esos
otros padres que ya fueron como tú vas a ser en poco tiempo. Del Bosque, por
usar un ejemplo conocido, nuestro marqués, tiene un hijo con síndrome de Down y
alucinas cuando le escuchas decir, a este ex-futbolista y ahora ex-entrenador, cansado
de lidiar con tíos casi perfectos (físicamente hablando), que su hijo Álvaro le
ha sacado más sonrisas que cualquiera de esas otras muchísimas metas impresionantes
que ha ido consiguiendo a lo largo de su carrera. Se me eriza mi omnipresente
vello sólo al releer ahora algunos recortes de prensa sobre Álvaro y su familia.
Dios nos da, pienso que es así
en la mayoría de los casos, una carga proporcionalmente adecuada a nuestra
capacidad para soportarla. Es decir, nos hace soportar un peso proporcional a
la capacidad que tengamos cada quien para sobrellevarlo y mejorar por el camino. No creo que nuestro
Señor falle al sobrecargarnos pero sí que asumo que en esas pocas ocasiones, somos
nosotros mismos los que, como seres humanos, erramos en la misión que se nos
encomienda. Es connatural a nuestra condición el equivocarnos pero para saltar
estos obstáculos también contamos con muchos intentos, no es cuestión de que a
la primera lo debamos hacer bien. A esto lo llamo la virtud del error.
Equivocarnos nos hace mejores, acertar nos aligera el camino hacia el siguiente
fallo y el postrer acierto.
Para terminar quería
centrarme en el caso de esta familia que he usado como ejemplo de la lucha
entre lo común y lo diverso. Creo que habéis sido hasta el día de hoy un
ejemplo de vida, dicho sin tapujos y con el corazón en los dedos, un ejemplo de
familia, un ejemplo de espíritu de sacrificio mancomunado y tenaz. Todos
tirando juntos del carro. Una causa común en la que Eric y Violeta aportan la
fuerza y el empuje de las sonrisas y vosotros, sus padres, Óliver y Yolanda, el
tesón, el sacrificio, el trabajo y esas otras tantísimas virtudes humanas que
pugnan por conseguir mejorar sus vidas y por tanto las vuestras. Es fácil
hablar de aquello en lo que tú piensas ahora Óliver, a toro pasado, pero el
momento no es éste sino aquel en el que quisiste dar otro paso crucial en tu
vida. No creo que hayas resbalado, ni siquiera te has caído sino que más bien, has
posibilitado al mundo, a la sociedad que te contiene, un ejemplo maravilloso mediante el cual alientas el poder de lo distinto en un mundo que premia lo parecido. Yo
creo que plantearse el pasado, estudiar las aristas de esas chinas que han
obligado a cambiar los pasos es plausible, es natural pero no creo que conduzca
a ningún lugar mejor, si bien, es algo lógico en un ser que pretende aprender
del camino. Aprender es por tanto acostumbrarse a disfrutar del echar la vista
atrás sin dejar de mirar hacia adelante.
Cuando dejemos de
reír pensaremos que no habrá más lloro, ni una sola lágrima de más derramada
por cualquier padecimiento. Cuando dejemos de reír, será sin embargo, cuando estemos
más cerca del siguiente padecimiento. Sumergirse en la pena y acostumbrarse al
resquicio de las sonrisas porque si se buscan se encuentran, es la lección de
vida que nos permite ser más tiempo felices. En unos ojos que nos miran ahitos
de agradecimiento, ávidos de un guiño, voraces, allí descubriremos el resto de
pasos del camino, las huellas marcadas de nuestro discurrir. Ustedes lo logran
cada día, ¿por qué no lo vamos a intentar el resto? Es nuestra deuda.
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