“No me conocen las piedra del
camino ni el polvo de las carreteras que llevan a un mismo lugar, a un mismo
destino”.
Pudo pensar que el trayecto de una vida
se escorza en curvas imposibles, incapaces para la persona que olvida sus miedos
detrás de la puerta y los recupera luego en forma de pesadillas de un par de semanas o a lo peor de un tiempo tan indefinido como eterno. Pudo
recordar en un instante la vida que planeó, las miradas que disimuló o los
piropos que despreció. Pudo creer que todo seguiría siendo igual o como mal
menor parecido. Pudo considerarse reina de la morería, peinando sus cabellos
con el donaire de las otrora princesas que plasmaba sueños en lienzos o en páginas
en blanco pero es la vida un cúmulo de riesgos improbables que terminan por
suceder.
Descubrió que miraba distinto. Descubrió
que pensaba parecido pero también que adivinaba esos motivos que tienen los
ojos de los demás para ver la belleza de las cosas raras. Se despertó un día
cualquiera, aunque muy diferente al resto por pequeños matices, en la cama de un sitio incómodo; uno
de esos lugares a los que nadie quiere ir pero en los que todos consienten una
visita al menos. El blanco nunca fue su color preferido, quede claro porque sé que le
ofendería que sus principios mismos fueran tan bipolares. De hecho consintamos en que no juegan en la
misma "casita" los maridos y esposas con amor por los colores antónimos, ni
siquiera secundarios; quizás sí se busquen, tal vez hasta se encuentren pero no
juegan en las mismas "casitas", eso es seguro, ¿o no?. Ella huía del blanco y hasta del negro,
prefería la llamada felina de esos otros menos rotundos: turquesas cautivadores, rojos febriles o verdes esperanzados. Quizás por un amor soterrado pero prepotente
hacia lo natural, quiso ver en lo que le sucedió una oportunidad para ser más
diversa aún. Y pasa entonces, en ese preciso momento, que en cada misión de nuestras vidas hay
vencedores y vencidos. Ella, un poquito inverosímil aún, se dejó llevar por el
aroma del reto planteado, ese de olor rancio, perfume de sacrificio, efluvios de frenos usados en demasía en el
momento más inoportuno y desesperado o de abandonos de última hora. No lo supo de inmediato y sin embargo, puedo
atestiguar que odia la idea de sentirse así aún hoy pero, no cabe duda, que así se forjó la leyenda de
las personas anónimas con vidas de novela.
Pasó como pasan las hojas de un libro o las fases lunares. Pudo ser un coche, un lago, un
arenal, un circo, un día de un mes, una fecha de un año pero fue todo junto
esta vez, en un cóctel de estragos que sepultan vidas sobrepuestas sobre las que
debió existir algo empozado desde el mismísimo olvidado e ignoto origen. No hace falta morirse un par de
veces para entender qué es no estar, qué es sufrir y qué es seguir vivo de milagro. Se
enferma de pronto y se atrofia la rutina del día a
día, ésa de los planes y los sueños, de las metas y las cotidianeidades, del aquí y del ahora, de la juventud y sus metas, de la adultez y sus miedos, de la ancianidad
y sus fines pero siempre siempre resucita el destino; ése nos sobrevive a todos y todas. Luego, en el instante siguiente, cuando arriba es en medio y abajo sigue siendo abajo sólo que
un poco más, se sigue viviendo. Llueve y escampa igual, se sonríe y se llora parecido y la mirada
es más intensa porque se le ha visto el ojo al más allá, al último paso de la
consciencia.
Hoy te miras el ombligo viendo antes al universo reír y conspirar que a ti misma llorar. Puede ser que no tengas el fin del mundo en
esa "barriguita", puede ser que la parte de atrás cansada de soportar decida
protagonizar pero siempre quedará la mirada del más aquí, del más ahora, del
más ya, del más tú o hasta incluso del mismísimo más allá: siempre nos queda la cara B. ¿Quién como tú sabe
nadar en las aguas en las que otros se han ahogado y asume que el brillo de una
mirada salva almas, cuando no vidas? Nadie. Y sonríes, y lloras más que nunca porque ahora,
hoy, después de tu fin de ciclo, la música suena a último baile y cada nueva
canción es un regalo. Así, con esa consciencia de lo inmediato, del mundo que
te deja respirar, cantas, bailas con el alma en el suelo y los pies en el aire,
ríes como si quien te mirase lo hiciera para nunca olvidar que vio en tus ojos su
salvación o si cabe el motivo para seguir soñando. Y
eres una pena “jonda” al aire de las palmas que al compás suenan libres,
afinadas con esa guitarra que acompaña un sentimiento, un corazón harto de sufrir. Eres saeta por quien debería
haberse quedado después de rezar porque tú no te fueras, por quien tú crees que
le debe éste, tu propio mundo, un par de mil oportunidades más de respirar y sufrir junto a ti. No sabes, ingenua aún los tantos años después, que las promesas se las lleva el viento, sí, hasta ésas mismas que incluso se atreven, confianzudas, a hablar de amores eternos más allá del tiempo que dura la felicidad humana. No saben, lo ignoran, que tú preferirías haberte quedado en ese recodo del ayer desde el que
te trataban de rescatar a gritos las mismas voces que el tiempo ahora silencia
y te obliga a recordar. Para ella va tu cante, para ella cada brindis, para él
cada sueño imposible de un mundo en paz, para aquí o para el más allá. Tú que el mundo
has dominado desde donde te han permitido las muletas convertidas en teclas o
las ruedas convertidas en bits o en cantes, entiendes ahora que son palabras, que son
sentimientos y que igual que llegaron con el rumor de las verdades pronunciadas en
silencio y la certeza de los miedos gritados a pleno pulmón, se van en la nada
de un destino siempre incierto.
No vayamos tan atrás. La vida
sigue, atrapada entre la “S” de Supervivencia y la “I” de Inconformismo. SÍ, le
dijiste a la vida cuando la esperanza era el último grano de arena de una playa
arrasada por el viendo endemoniado de ese otro mundo inefable y NO te responde empecinada por tu propia mirada embaucadora, cada vez que
le sugieres el abandono, la claudicación. Este reino es tuyo. Lo dicen tus ojos
que alumbran el camino de otras almas parecidas, similares, armónicas… gemelas.
A ti.
Si me dijeran que
mirase a otro lado buscaría el lugar del mapa, ese rincón en el que el viento sople en tu
dirección, siempre con la esperanza de que algún día me traiga ese soplo a frescura, a
naturaleza, a yerba fresca en el fondo de un precioso jarrón de porcelana
frágil pero rotunda.
Quizás
sea el miedo a mirar lo que nos mantiene ciegos, quizás.
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