Cuentan las historias más increíbles que los inicios son siempre duros, que los finales son siempre tristes y que en medio sólo hay vidas. De esto va mi último escrito, de vidas.
Elegir
el primer domingo de mayo para hablar de vida corrobora la idea de que no existe
amor sin madres y también que es complejo encontrar madres sin amor. Sin embargo, la
suerte va por barrios y en cada parada de ese tren del cariño se caen maletas de
recuerdos, se pierden ticket´s de “vale por un beso”, se olvidan abrazos
huérfanos de otros cálidos y necesitados, allá en el andén de los enfados;
habrá que tratar de rescatar algo de todo eso, permítanme que lo intente al menos. Hagámoslo partiendo de la misma base, del fondo y por tanto reconociendo que un elogio a la vida requiere de
muchas palabras las cuales siempre llevarán adosado el mismo mensaje subliminal, latente y
conductor, y no es otro que cuanto más contagioso sea, más merecido y sincero será. Tendríamos por tanto en neón, encendido permanentemente, en lo más alto de nuestras conciencias, una palabra con casi
el mismo significado, la misma tonalidad y el mismo afecto en cualquier idioma: MAMÁ.
Mi madre nació
hace unos cuantos años, no crean que tantos pues se esforzó en ejercer esta profesión de riesgo desde muy joven, en una época en que las tragedias ya no hacían sangrar, si bien aún sí que se mantenían en vilo a los corazones en base a esos recuerdos de abuelos que se marcharon con el petate y jamás volvieron u otros, con más fortuna y las mismas penurias a cuestas que sí lo hicieron y contaron, como cada nuevo NODO, cómo fue su España y cómo la defendieron de familiares con la misma sangre corriendo por distintas venas.
Las efemérides de este año distinto y crucial de mi vida cuentan que Edmund Hillary conquistó el Polo Sur, el gran Bobby Fisher ganó con 14 años el campeonato nacional de ajedrez estadounidense y en Mayo, nuevamente, nuestros “amigos” americanos, famosos por encabezarlo todo, detonan unas bombas nucleares en unas islas perdidas en el Pacífico. En este paradigma mundial de lo diverso, tan variopinto, señores lectores, en Mayo de ese mismo año nace mi madre y con ella mi historia: rompamos el hielo pues.
Las efemérides de este año distinto y crucial de mi vida cuentan que Edmund Hillary conquistó el Polo Sur, el gran Bobby Fisher ganó con 14 años el campeonato nacional de ajedrez estadounidense y en Mayo, nuevamente, nuestros “amigos” americanos, famosos por encabezarlo todo, detonan unas bombas nucleares en unas islas perdidas en el Pacífico. En este paradigma mundial de lo diverso, tan variopinto, señores lectores, en Mayo de ese mismo año nace mi madre y con ella mi historia: rompamos el hielo pues.
No entraré en intimidades ya que no es mi estilo
pero mi vida comenzó en el seno de una familia de campo. Esforzados
trabajadores apegados a la vida rural, con las manos callosas, envueltos en noches
silenciosas, alborotadas de cuando en vez por alguna “fogalera” regada con bebidas espirituosas capaces de contentar el tedio y distraer el cansancio: cada
quien busca motivos para seguir adelante a su manera. Mi abuelo materno fue el primer
hombre al que creo parecerme: un poco bruto y tendente a la dispersión. Con los fondos
mejores que sus formas, muy activo y batallador. Caminó muchos senderos a pie y no todos ellos fueron rectos ni fáciles. Quepa decir que, por desgracia y sin quererlo, no tuve con los padres de mi madre tanta afinidad
como con mis otros abuelos, los padres de mi padre, porque vivían lejos en una época en
que la distancia se convertía con mayor facilidad que hoy en olvido: ¡Puntagorda
quién te ha visto y quién te ve! Mi abuela es aún hoy, pues suele acercarse a mi cabeza y reprenderme bastante de vez en cuando, el vivo retrato
de la bonhomía: una mujer tranquila, paciente, conciliadora, caritativa,
bondadosa, sufridora impenitente, trabajadora incansable y no quiero extenderme pues necesitaría un par de folios más para lograr caracterizarla debiendo inventar adjetivos
y ampliar los diccionarios un par de páginas con esos parabienes. Me llegan cada día a la mente
muchas imágenes en las que la ubico ataviada con vestidos largos, con medias
gruesas, alpargatas y una eterna chaqueta llena de millones de bolitas de
pelusa, de esas que nacen fruto de los miles de lavados. Frente a la lonja de una pequeña vivienda de
dos pisos con tejado a dos aguas en un patio ensombrecido por un parral verde y
lleno de racimos de uva, caminando despacio, templando la vida. O en la cocina, bajo un hilo de agua finísimo, al lado
de un bote de Coral medio lleno, mientras sus pequeñas manos lavan platos con mucha más espuma que
líquido y con un empeño infinito en dejar limpio lo que ya era evidente que lo
estaba. Calma para caminar, calma para cuidar a tres hijos lidiando con las apreturas de unos
tiempos en que todo escaseaba: hasta la ilusión. Un hogar humilde y rayano en
la pobreza, mantenido con mucho sudor y dominado por la cambiante Diosa
Naturaleza: lo mismo te da una buen cosecha de millo que decide quitarte un par de huertas de papas. Acarrear agua allende los kilómetros
para beber porque el aljibe, siempre menos grande de lo que se necesitaba, y su agua
no acostumbran a ser lo suficientemente salubres amén de . Amigos lectores, convendrán conmigo en que los sufrimientos de ayer son distintos de los de hoy pero
cuando los escuchas en tantas historias parecen mucho peores, parecen
increíbles, imposibles y convierten cada logro en un pequeño milagro.
Mi tía, la hermana de mi madre se casó
y se fue del pueblo en busca de un porvenir, y lo hizo con el convencimiento y la esperanza puestas en encontrar otro lugar donde el trabajo rentara
más beneficio y, una familia bastante numerosa pudiera llegar a subsistir. Hoy les
recuerdo, si cabe en mayor medido, porque mi tío materno y político está un poco pachucho: sé que se recuperará
porque de esa madera ya no se conocen astillas, o se ha quemado o sigue
ardiendo. Se llevaron a la hermana pequeña porque eran muchos mis primos, un
medio ejército podría decirse y dos manos parecían insuficientes para tanto
cuidado y tanta necesidad. De aquí para allá en busca del sustento y de proveer educación a unos
niños que puede que nacieran con el pan bajo el brazo pero aún no con el cheque
en el banco. Y así de, de esta manera, terminaron asentándose en Tazacorte, donde ya tenían familia y donde comienza la otra punta de esta
madeja de hilo conductor de vidas que termina desembocando en la mía.
Mi padre trabajaba
en un bar que regentaba el suyo, bueno, que regentaba o trataba de hacerlo porque
una galopante artritis reumatoide le postraba en cama más días de los que podía
soportar el negocio y del que puede resistir un ser humano. Los quesos de mi
abuela, los polos de la tienda de “Lino Patagruesa”, las motos, las peleas, el
espíritu rebelde a lo James Dean, los pantalones de campana, el fútbol y los
libros cerrados con la luz apagada, llenan el resto de espacios en blanco de
una historia que se resume en el siguiente capítulo, escrito allá por el año 77
del profundo y alucinante siglo veinte. A partir de este preciso momento hablo
en primera persona porque vivo de esos años en que las casualidades demuestran
no ser casuales y los amores parecen más serios de lo que son. Un Tazacorte
distinto, diferente al que sufrimos hoy, promocionaba la vitalidad y el
espíritu emprendedor de cualquiera que quisiera proveerse un mañana. Y mi
padre encuentra el pie que ajusta milimétricamente en la horma del zapato de su
temperamento. Así sin más y con muchos menos, con tres hijos en pocos años, con mucho trabajo se empeñan en criarnos y en tratar de hacerlo bien. Quizás fueron los libros aparcados por otros auxilios, por otros empeños, por el dinero que habita en bolsillos privilegiados y escapa del la bata o el pantalón raído, los que nos convirtieron,a mi y a mis hermanos, en soldados del ejército de estudiantes que debían conseguir sí o sí finalizar sus estudios. Fíjense si fue buena la instrucción que veinte y tantos años después aún sigo enrolado, con la formación incompleta, los libros abiertos y la luz encendida: si yo no pude, deberéis ser vosotros quienes lo consigan. De esta forma, y lo digo orgulloso, por su empeño y su tesón, mis padres son licenciados, graduados y máster aunque en los títulos recen otros nombres, pues debieran ser los suyos los que estuvieran impresos. Dar lo que no tuvieron, proveer lo que soñaron, buscar lo que perdieron... Él, mi padre, pleno, encuentra en el momento justo el impulso en la debilidad caso de que pudiera existir, refrendo en los
motivos y freno en los impetuosos arrestos. Si me dicen que defina el término complemento diría que ellos dos son aún el directo y el indirecto: pues responden al verbo
ambas preguntas con sendas y claras contestaciones, ¿quién? y ¿qué? Juntos para
casi todo quisieron darle la luz a mis ojos y tantísimas cosas más que podré
escribir en miles de artículos como éste hasta que me muera. El qué es un asunto que aún hoy responde en presente y les escribe estas líneas: un asunto inconcluso, digámoslo así. Tranquilos que
no los voy a continuar por estos derroteros, no se asusten y me hagan temblar a mi también.
Hoy, 30 y
muchos años después llega un domingo del mes de mayo en el que celebramos el
día de nuestras madres y anticipo casi su cumpleaños, allá por la mitad el citado mes en curso, y el de mi padre con letras y
algún mensaje espero: hasta en eso se pusieron de acuerdo. Hoy, tanto tiempo después, cuando lees facebook y
encuentras mil frases llenas de palabras de otros que pretenden expresar
sentimientos profundos y de cada quién, echas la vista atrás y entiendes que la
fortuna es un enorme baúl lleno de momentos que no cargan una docena de los
portacontenedores inmensos de entre esos que surcan los mares hartos de motores y de millas. Me cuesta
expresarme con palabras, que tengo de
sobra para tantos otros avatares pero que salen cuando quieren y que no obedecen los ruegos que haga para
hacerme entender en este preciso momento.
En el cielo me espera mi abuela Petra, mi madre me lo perdona
porque si alguien la quiere más que yo es ella, que es mi primera madre. Abuela
“Papana” (así se pasó a llamar desde que aprendieron a pronunciar mal su nombre cuando los
años aún no daban para unir bien las letras con la voz, se llama Epifania y aún
sigue viva no crean) fue la siguiente de mis madres en subir al cielo a protegerme.
Luchó contra mí mismo para conseguir que fuera lo que soy con los consejos y la
paciencia que la convierten, aún hoy, en referente de muchos de mis momentos habituales y oscuros -en los diáfanos olvido mirar atrás y !miren que me pesa¡-.
Pero es mi abuela Petra, con quien me hice hombre, la que marca toda mi
existencia. No creo que nadie en este mundo pueda hablar más con alguien cada
día que yo con mi abuela. La veo cada mañana cuando me levanto y miro en la cuna
a mi hija dormida, su bisnieta, La sigo viendo en cada detalle del día, cuando la vida
te causa molestias, cuando la ilusión te ciega o la desilusión de oprime.
Cuando oteo el horizonte adelante y veo lo que quiero o miro a un lado y lo tengo al alcance
de la mano. Cuando la escucho decirme: “mi nietito todo llega”. Todos tenemos
una abuela que nos regala, que nos vende sin precio y que nos quiere sin
límites pero nadie tiene la mía porque ella sigue aquí, a mi lado, dejando que
vea lo que necesito cuando más falta me hace o dando otra oportunidad a mi
lista de errores enmendados, no se separa aunque meta la pata y se arrebolan
sus mejillas con cada pequeño logro. Es Ella quien posiblemente se equivocó al
tener un nieto como yo porque aún en el día que corre sé que no merezco una
abuela como la que tengo. Y Ella, que siempre me escucha me dijo que escribiera
hoy lo que siento susurrándome hace un rato esta frase al oído: “tienes suerte
Nemrod porque yo la tuve teniendo cerca a tu madre”.
Madres no hay
más que una pero yo tengo unas pocas y eso es un auténtico milagro. Me
declaro un hombre con suerte porque he conocido mujeres estupendas, grandes
madres con hijos y otras sin ellos; en el camino un par de huellas al lado de
mi discurrir, de mi andar muchas veces hierático pero siempre sincero. Errores,
desaciertos, engaños, triunfos, milagros, decepciones, derrotas, muchas, tantos,
miles, cientos, inmensos, garrafales pero siempre sin malicia. Eso me lo enseñó
mi madre, equivócate siempre queriendo hacerlo bien porque la redención está en
el ánimo de no querer hacer el mal y el perdón en reconocerlo.
Os nombré a mi
hija y es por ella este último santo que bajo del cielo. Si un día pensé en ser
padre jamás imaginé lo difícil que sería pero también tengo la suerte inmensa
de contar con alguien al lado que me alivia del enorme peso de responsabilidad.
Ella que es madre antes que yo padre, ella que sufre más, descansa menos y se
esfuerza el doble constituye el ejemplo máximo de la superación. No entraré en
personalismos porque es mi vida íntima y de eso ya saben demasiados los que me
leen pero le debo el mejor regalo que me ha hecho la vida.
Un día dejó de andar para volar
por encima de mi conciencia, para estar casi siempre ahí, ausentándose cuando
era necesario y ocupar así el segundo lugar de las cosas que no se sabe por qué
pasan pero que ocurren. Las coincidencias que son coincidentes pero jamás
casuales forjaron una relación que dura muchos años, más de lo que jamás nadie
me soportó. Y no crean que es fácil aguantar a alguien que no se suele aguantar
a sí mismo: es otro milagro. Pero los milagros, digan lo que digan los curas,
existen. Y aquí estoy escribiendo un capítulo sobre alguien que aguanta cual
junco, doblado pero en continua espera de que el viento amaine para volver a
estar enhiesto.
Compartir es amar, discutir es
amar, comprender es amar, hablar es amar, es querer ser parte del otro con
besos y caricias o silencios y miradas. Pretendo seguir formando parte del
cuarteto de madres que me rodean y resguardan de mis miedos y mis prontos, no
es fácil para ellos y es complicado para mí pero si hasta hoy he podido cuento
con el apoyo de los que nunca me han dejado de lado para conseguirlo.
Ahora en verso.
Si al amar
ponerle nombre pudiera
sería la
costumbre y el parecido,
La seda del
infinito hilo
que el amor desmadeja
Y el beso y el
roce la vela
y el silencio que cansado espera.
Una madre, una
puerta al amor abierta fuera
para ese deseo
de dos, cual duende lúcido
de un milagro
único,
en seres diferentes.
Tenaz, incólume en la piedad de
entenderse.
Líneas de vértices y palomas
torcaces
Vuelan liberadas entre almas
felices,
por encontrarse,
por merecerse.
Sin fueras tu mi madre al cielo
rendirse pediría
el trueno que aleje el rayo y la
tormenta,
entre nubes, algodones, fieltro y
delicias.
Lejos de ti las falsas
promesas
Para un mañana que es ya hoy
la realidad de mentira.
Tan creíble que soy
de tu espanto la risa.
No me digas que vuele,
cuando en tus brazos pacen mis
sueños
y en su regazo mi anhelo.
No me digas que te quiera porque
ya no sé quererte… más, más que ayer, más que siempre.
Eres paloma que surca el cielo
y jamás el hogar olvida
entre nubes, algodones y fieltro.
Siempre a su madre en el corazón
cobija.
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