domingo, 31 de enero de 2016

Renacer desde las sombras.

Érase una vez un bosque mágico.

                 Salpicando las praderas los altos pinos contrastaban con los pequeños helechos y configuraban a la vez un entorno hostil para los forasteros y muy protector para con los insatisfechos huéspedes. El lugar, el clima y las circunstancias pasaban por ser privilegios que sus habitantes disfrutaban, siempre asumiendo a la vez haber sido tocados por la varita mágica de esos duendes invisibles,  por el azar que les puso allí y no en otro lugar y temerosos guardianes del secreto jardín de sus delicias. El mejor ambiente, la mejor playa, las mejores plantas consentían a los animalillos que se adueñaron con el paso del tiempo de todo lo bueno que por allí crecía y vivía. El aire alimentaba esperanzas e ilusiones y en pos de esa conspiración divina y mágica, tigres, patos, armadillos, flamencos y gitanos vagabundeaban consumiendo los ricos y sustanciosos productos que la providencia les entregaba. Una comunidad bien avenida de inquilinos mal educados por la suerte y la benevolencia de la propia naturaleza, eso eran al fin y a la postre.

       Sin embargo no pretende este cuento ensalzar el olor de la pureza pues todo lo santo amenaza con hacerse impío en manos del que tiene mucho y lo obtuvo sin esfuerzo, pues lo malgasta al no valorar el costo de considerarlo insustancialmente propio. Algo así creo que fue ocurriendo con los herederos de aquella fenomenal fortuna, pobladores todos de aquel paraíso terrenal. Unos por otros dejaron de tender puentes cordiales para con la magnanimidad de Dios, ese que tanto les había consentido y otorgado: de manzanas y costillas, ya saben. Dejaron de esforzarse por merecer esos legados que el paso de los años había puesto en sus manos. Dejaron de cuidar lo que les rodeaba, dejaron de esmerarse en ser agradecidos, dejaron de mimar las plantas que les procuraban el alimento, dejaron de alabar el sol que les calentaba, dejaron de querer al prójimo que disfrutaba de los mismos placeres en virtud de una misma bienaventuranza mutua y compartida. Se abandonaron al placer de vivir sin esfuerzo. Y se fueron alejando del lado iluminado y fueron penetrando silenciosa y gradualmente en la oscuridad del bosque, más allá del trabajo sin denuedo, para sobrevivir tan sólo, ambicionando el día después y desdeñando el hoy por hoy, el sacrificio de algún otro.  En esa penumbra las sombras no existen, sépanlo,  y dejan de acompañar inmediatamente al espíritu sosegado que protege al temeroso; ya Dios deja de mirar porque, entre otras cosas,  se resiste a observar callando. Y el que se oculta, el que huye, el que renuncia, aquel que ofende por detrás, el que lanza la piedra y obliga a regresar su mano pronto al bolsillo, necesita redención y se la procura a golpe de injusticia. Así que la luz continuó en el mismo lugar, sí, pero poco a poco los animalillos, auspiciados por las tentaciones de aquellos que dirigen las mentes de otros, espíritus malévolos todos ellos, se fueron entregando al sueño ajeno, a la noche perpetua. Fue entonces, en ese preciso momento,  cuando empezaron las pesadillas.

                Ocultos en la sombra como estaban, Dios dejó de reprenderles, ni siquiera se preocupaba por advertirles; su ofensa era de tal magnitud que las nubes un día sí y otro también comenzaron a anegar el Edén cuando no acontecían episodios de años de sequía pertinaz. Ríos de agua descontrolada manaban de los cúmulos arriba en el cielo y surcaban, luego,  grietas en las morales de tanto animal atribulado y del mismísimo suelo que los sostenía; o los tantos meses sin atisbo de humedad en el cielo, en el viento o en la tierra. En la espesura del bosque la fronda impide, casi siempre,  ver con claridad el origen del agua; no se sabe si su origen es un manantial o simplemente se trata del cielo cayendo sobre el mundo en billones de gotas. Los cultivos eran arrasados por el viento y la tenaz lluvia, o maltratados por la aridez de las noches frías y los días soleados. Ya no importaban los cuidados, ni las protecciones, ni las súplicas. El bosque se fue limitando al rincón de una mínima sombra mientras que la playa, que el río agrandó en su cauce al anegar lo fértil, se extendió más allá de la luz en persecución diaria de la oscuridad, de la sombra. Otros gritan cuando sufren y el resto se contenta siempre con reír los males ajenos. Cacarear de gallina o golpes de pecho de un gallo cansado de pisar o de impostar: agota parecer no crean.

Ocupándolo todo y a todos, la desidia y el abandono de las viejas costumbres en pos de los ritos oscurantistas practicados al aire libre, a pleno día: de la inmolación del espíritu de sacrificio, del descuido de la moral, del abandono y deterioro de la bondad hacia el prójimo, del abatimiento y las conspiraciones en la sombra perpetua fraguándose en discursos mortales cortantes e hirientes pero poco útiles. Pudo ser la razón, quizás lo fue pero también otros y otras.  Llenos de interés, egoístas, precarios, instantáneos, así se escupían los unos a los demás. Los animalillos, sus diatribas en palabras, en gestos e insultos asaltando la sosegada existencia para dinamitar un segundo y reconstruir en décadas un simple instante. Una comunidad cada día más dividida por pensar que la separación es una estrategia de triunfo. Y para triunfar hay que ser constantes, esforzados, humildes, cuidadosos, esmerados, optimistas sin olvidar la realidad claro está… En fin, líderes en precario, advenedizos conspiradores para con sus propios motivos y razones, olvidando enseñar a las ranas a croar, a los pájaros a piar y sabedores de que aunque el jabalí se revuelva en el fango o el búho ulule desde la rama más alta en espera del ratón, es objetivo y fin de todos cuidarse a sí mismos y a los demás. Comiéndose unos a otros en delicado equilibrio, sin esquilmarse, sin ponerse en peligro por la avaricia misma pero abarruntando dislates por la premura del pensar sólo en el instante siguiente. En eso se convirtieron, y fueron tantos que los demás no vieron más razón y posibilidades que seguir esa única y perniciosa senda. El error es la más pura enseñanza para lograr el acierto. ¡Qué fácil resulta morir de éxito en ocasiones!

Protestaban, aullaban a la Luna reclamando respuestas ante tanto infortunio y tamaña desazón. Cejaron los ensayos del coro de flautistas y trompeteros, se olvidaron las alabanzas al entorno natural y el cuidado de las ramitas suertudas que procuraban asiento para el cernícalo, la suciedad allende combatida con tenaz esmero en crítica y represión, ahora se consentía por parecer causal y razonable o por haber existido antes, ayer. ¿Antes de qué?. ¿Del esmero y ahora del desdén? Un tiempo, era el de ahora, de urracas, grajas y cuervos en busca de carroña pues morían muchos más animales presa de la inanición y el desencanto. El canario agotado de endulzar con su canto las mañanas ventosas cubrió el nido con piedras provocando que se ahuecaran las melodías haciéndose más gruesas y profundas; ya no cantaba sino mal auguraba. El gallo, huido de alguna granja cercana, en condena eterna por poner los patas fuera del tiesto, dejó de madrugar porque el sol se resistía en muchas temporadas a salir, temeroso del tiempo, de las gotas de lluvia y hasta de los resfriados. Por ende no se despertaba nadie temprano y tan sólo al mediodía se juntaban unos pocos en las pozas casi resecas para aliviar el gaznate entre sorbos de lodo. Nada era lo mismo desde aquella maldita sombra y las promesas de un mañana liviano se convirtieron en triste actualidad. Ahora era todo mucho más pesado aunque no lo pudiera atestiguar la cadavérica figura del jabalí, hambriento de otros tiempos pasados o la famélica rama que apurada resistía el peso de una urraca calva y gruesa. Poco a poco se fueron yendo casi todos y quedaron los rescoldos de un jardín del Edén en llamas o anegado. No había lugar para la tibieza de un verano anual, de una primavera corta o un invierno suavizado por el recuerdo de las pocas hojas que se llevó el otoño: o se asaban al calor, refugiados en la sombra o se pudrían en la oscuridad soñando con el frescor de un día soleado y suave: mientras tanto tiritaban empapados con la piel ulcerada por las tantas horas de sol.

Una sociedad aquella que por el cambio perdió el motivo y olvidó los miedos para vivir sin temores. La valentía de creer en las ideas de otros sin pensar si coincidían con las suyas suponía renunciar a la propia voluntad. Hijos del mañana sin futuro por haber hipotecado el presente en manos de quien ilusiona prometiendo sin miedo a no cumplir. No tienen la culpa las sombras de esos líderes del momento porque nada es para siempre pero sí la tienen aquellos que olvidan su pasado, sus orígenes, sus virtudes, sus privilegios, sus razones, sus valores. Así, de esta insulsa manera, el bosque se empequeñece y protege víboras, alimañas que comen matando porque no saben hacer otra cosa. No hay control y todo es negro o blanco, sol o lluvia, frío o calor. Mueren poco a poco las ganas, las ilusiones y la sociedad se auto aniquila. Olvidará el canario sus trinos, el cernícalo dejará de cazar, el jabalí enflaquecerá y no habrá lodo en el que retozar, el gallo renuncia a sus cantos, y la poza se termina secando. Adiós al Edén. No quedará nada al final del cuento porque su mismo final será siempre otro punto y seguido cuando la esperanza sea vivir de las fantasías y no de las realidades.   

                Refugiados, al amparo del sol abrasador y cercanos a la tibieza de la noche oscura se escuchaban milagros. "Nos quedará la lucha", dijeron las briznas nuevas de hierba que se vislumbraban en la fina arenilla en derredor de un postrer hilillo de agua, otrora cauce de un agresivo torrente. Menos es nada. Brotes verdes finos en recuerdo de enormes pinos y de sus fragantes sombras. "Menos es nada", respondieron los que allí quedaron, supervivientes de un pasado esplendoroso.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La crisis adelanta el mal aliento y los brotes verdes son débiles raíces de esperanza.