Érase una vez un bosque mágico.
Salpicando las praderas los altos pinos
contrastaban con los pequeños helechos y configuraban a la vez un entorno
hostil para los forasteros y muy protector para con los insatisfechos huéspedes. El lugar, el
clima y las circunstancias pasaban por ser privilegios que sus habitantes disfrutaban, siempre asumiendo a la vez haber sido tocados por la varita mágica de esos duendes invisibles, por el
azar que les puso allí y no en otro lugar y temerosos guardianes del secreto jardín de sus delicias. El mejor ambiente, la mejor playa, las
mejores plantas consentían a los animalillos que se adueñaron con el paso del
tiempo de todo lo bueno que por allí crecía y vivía. El aire alimentaba
esperanzas e ilusiones y en pos de esa conspiración divina y mágica, tigres,
patos, armadillos, flamencos y gitanos vagabundeaban consumiendo los ricos y
sustanciosos productos que la providencia les entregaba. Una comunidad bien
avenida de inquilinos mal educados por la suerte y la benevolencia de la propia
naturaleza, eso eran al fin y a la postre.
Sin embargo no pretende este cuento
ensalzar el olor de la pureza pues todo lo santo amenaza con hacerse impío en
manos del que tiene mucho y lo obtuvo sin esfuerzo, pues lo malgasta al no valorar el
costo de considerarlo insustancialmente propio. Algo así creo que fue ocurriendo con los
herederos de aquella fenomenal fortuna, pobladores todos de aquel paraíso terrenal.
Unos por otros dejaron de tender puentes cordiales para con la magnanimidad de
Dios, ese que tanto les había consentido y otorgado: de manzanas y costillas, ya saben. Dejaron de esforzarse por
merecer esos legados que el paso de los años había puesto en sus manos. Dejaron
de cuidar lo que les rodeaba, dejaron de esmerarse en ser agradecidos, dejaron
de mimar las plantas que les procuraban el alimento, dejaron de alabar el sol
que les calentaba, dejaron de querer al prójimo que disfrutaba de los mismos
placeres en virtud de una misma bienaventuranza mutua y compartida. Se abandonaron al placer de vivir sin esfuerzo. Y se fueron
alejando del lado iluminado y fueron penetrando silenciosa y gradualmente en la
oscuridad del bosque, más allá del trabajo sin denuedo, para sobrevivir tan
sólo, ambicionando el día después y desdeñando el hoy por hoy, el sacrificio de algún otro. En esa penumbra las sombras no existen, sépanlo, y dejan
de acompañar inmediatamente al espíritu sosegado que protege al temeroso; ya Dios deja de mirar porque, entre otras cosas, se resiste a observar callando. Y el que se oculta, el que huye, el que renuncia, aquel que ofende por
detrás, el que lanza la piedra y obliga a regresar su mano pronto al bolsillo,
necesita redención y se la procura a golpe de injusticia. Así que la luz continuó en el
mismo lugar, sí, pero poco a poco los animalillos, auspiciados por las
tentaciones de aquellos que dirigen las mentes de otros, espíritus malévolos
todos ellos, se fueron entregando al sueño ajeno, a la noche perpetua. Fue
entonces, en ese preciso momento, cuando
empezaron las pesadillas.
Ocultos
en la sombra como estaban, Dios dejó de reprenderles, ni siquiera se preocupaba
por advertirles; su ofensa era de tal magnitud que las nubes un día sí y otro
también comenzaron a anegar el Edén cuando no acontecían episodios de años de
sequía pertinaz. Ríos de agua descontrolada manaban de los cúmulos arriba en el
cielo y surcaban, luego, grietas en las
morales de tanto animal atribulado y del mismísimo suelo que los sostenía; o los tantos meses sin
atisbo de humedad en el cielo, en el viento o en la tierra. En la espesura del
bosque la fronda impide, casi siempre, ver con claridad el origen del agua; no se
sabe si su origen es un manantial o simplemente se trata del cielo cayendo sobre el mundo
en billones de gotas. Los cultivos eran arrasados por el viento y la tenaz
lluvia, o maltratados por la aridez de las noches frías y los días soleados. Ya
no importaban los cuidados, ni las protecciones, ni las súplicas. El bosque se
fue limitando al rincón de una mínima sombra mientras que la playa, que el río
agrandó en su cauce al anegar lo fértil, se extendió más allá de la luz en
persecución diaria de la oscuridad, de la sombra. Otros gritan cuando sufren y
el resto se contenta siempre con reír los males ajenos. Cacarear de gallina o
golpes de pecho de un gallo cansado de pisar o de impostar: agota parecer no
crean.
Ocupándolo todo y a todos, la desidia y el abandono de las viejas
costumbres en pos de los ritos oscurantistas practicados al aire libre, a pleno día: de la inmolación del espíritu de sacrificio, del descuido de la
moral, del abandono y deterioro de la bondad hacia el prójimo, del abatimiento
y las conspiraciones en la sombra perpetua fraguándose en discursos mortales
cortantes e hirientes pero poco útiles. Pudo ser la razón, quizás lo fue pero también otros y otras. Llenos de interés, egoístas, precarios,
instantáneos, así se escupían los unos a los demás. Los animalillos, sus diatribas en
palabras, en gestos e insultos asaltando la sosegada existencia para dinamitar un segundo y reconstruir en décadas un simple instante. Una comunidad cada día más dividida por pensar
que la separación es una estrategia de triunfo. Y para triunfar hay que ser
constantes, esforzados, humildes, cuidadosos, esmerados, optimistas sin olvidar
la realidad claro está… En fin, líderes en precario, advenedizos conspiradores para con
sus propios motivos y razones, olvidando enseñar a las ranas a croar, a los
pájaros a piar y sabedores de que aunque el jabalí se revuelva en el fango o el
búho ulule desde la rama más alta en espera del ratón, es objetivo y fin de
todos cuidarse a sí mismos y a los demás. Comiéndose unos a otros en delicado
equilibrio, sin esquilmarse, sin ponerse en peligro por la avaricia misma pero abarruntando dislates por la premura del pensar sólo en el instante siguiente. En
eso se convirtieron, y fueron tantos que los demás no vieron más razón y posibilidades que seguir esa única y perniciosa senda. El
error es la más pura enseñanza para lograr el acierto. ¡Qué fácil resulta morir de éxito en ocasiones!
Protestaban, aullaban a la Luna
reclamando respuestas ante tanto infortunio y tamaña desazón. Cejaron los
ensayos del coro de flautistas y trompeteros, se olvidaron las alabanzas al
entorno natural y el cuidado de las ramitas suertudas que procuraban asiento
para el cernícalo, la suciedad allende combatida con tenaz esmero en crítica y
represión, ahora se consentía por parecer causal y razonable o por haber
existido antes, ayer. ¿Antes de qué?. ¿Del esmero y ahora del desdén? Un tiempo,
era el de ahora, de urracas, grajas y cuervos en busca de carroña pues morían
muchos más animales presa de la inanición y el desencanto. El canario agotado
de endulzar con su canto las mañanas ventosas cubrió el nido con piedras
provocando que se ahuecaran las melodías haciéndose más gruesas y profundas; ya no cantaba sino mal auguraba. El gallo, huido de alguna granja cercana, en
condena eterna por poner los patas fuera del tiesto, dejó de madrugar porque el
sol se resistía en muchas temporadas a salir, temeroso del tiempo, de las gotas
de lluvia y hasta de los resfriados. Por ende no se despertaba nadie temprano y tan sólo
al mediodía se juntaban unos pocos en las pozas casi resecas para aliviar el
gaznate entre sorbos de lodo. Nada era lo mismo desde aquella maldita sombra y
las promesas de un mañana liviano se convirtieron en triste actualidad. Ahora
era todo mucho más pesado aunque no lo pudiera atestiguar la cadavérica figura
del jabalí, hambriento de otros tiempos pasados o la famélica rama que apurada
resistía el peso de una urraca calva y gruesa. Poco a poco se fueron yendo casi todos y
quedaron los rescoldos de un jardín del Edén en llamas o anegado. No había
lugar para la tibieza de un verano anual, de una primavera corta o un invierno
suavizado por el recuerdo de las pocas hojas que se llevó el otoño: o se asaban
al calor, refugiados en la sombra o se pudrían en la oscuridad soñando con el
frescor de un día soleado y suave: mientras tanto tiritaban empapados con la piel ulcerada por las tantas horas de sol.
Una sociedad aquella que por el
cambio perdió el motivo y olvidó los miedos para vivir sin temores. La valentía
de creer en las ideas de otros sin pensar si coincidían con las suyas suponía
renunciar a la propia voluntad. Hijos del mañana sin futuro por haber
hipotecado el presente en manos de quien ilusiona prometiendo sin miedo a no cumplir. No tienen la
culpa las sombras de esos líderes del momento porque nada es para siempre pero
sí la tienen aquellos que olvidan su pasado, sus orígenes, sus virtudes, sus
privilegios, sus razones, sus valores. Así, de esta insulsa manera, el bosque
se empequeñece y protege víboras, alimañas que comen matando porque no saben
hacer otra cosa. No hay control y todo es negro o blanco, sol o lluvia, frío o
calor. Mueren poco a poco las ganas, las ilusiones y la sociedad se auto
aniquila. Olvidará el canario sus trinos, el cernícalo dejará de cazar, el
jabalí enflaquecerá y no habrá lodo en el que retozar, el gallo renuncia a sus
cantos, y la poza se termina secando. Adiós al Edén. No quedará nada al final del cuento porque su mismo
final será siempre otro punto y seguido cuando la esperanza sea vivir de las
fantasías y no de las realidades.
Refugiados, al amparo del sol abrasador y cercanos a la tibieza de la noche oscura se escuchaban milagros. "Nos
quedará la lucha", dijeron las briznas nuevas de hierba que se vislumbraban en la
fina arenilla en derredor de un postrer hilillo de agua, otrora cauce de un agresivo torrente. Menos es nada. Brotes verdes finos en recuerdo de enormes pinos y de sus fragantes
sombras. "Menos es nada", respondieron los que allí quedaron, supervivientes de un pasado esplendoroso.
1 comentario:
La crisis adelanta el mal aliento y los brotes verdes son débiles raíces de esperanza.
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