domingo, 22 de noviembre de 2015

El tercer tiempo. Fin de ciclo.

Los ciclos terminan. Una frase con tanto sentido como el que debe tener el mundo alrededor de quien se considere humano. Cuesta aprender a decir adiós. Lo sé, soy consciente de esta cruda realidad, pero no por ello dejo de reconocer que es difícil mirar como la vida continua más allá de la labor o la existencia de cualquiera de nosotros. Hoy me decidí nuevamente a escribir por considerar que han vuelto a reunirse los suficientes motivos como para liberar esas atadura que a diario maniata el libre discurrir moral de mi conciencia.

De política.

             No hay derecho a padecer un mal común porque muchos piensen que es un bien menor. Decenios de cuestionables mejoras no convierten en bueno lo que nunca ha sido digno de ser considerado meritorio. Mi pueblo se debate entre la muerte y el descanso eterno. Año tras año copamos el renglón torcido de cada nueva línea en la bitácora de un capitán ya muy  cansado de equivocarse y harto incluso,  de padecer el mal del ordenante. Medios de comunicación afines a la ideología contraria; contraria al padecer, al costumbrismo y el estado de malestar minoritario, hacen leña de árbol que sin caerse está seco, muerto. Llueve sobre mojado sin una nube en el cielo y con el mismo buen tiempo de otras vidas como la mía. Llueven contratos para quien los merece menos, arrecian las tormentas de mentiras repetidas para simular verdades ocultas, llovizna sobre legajos de facturas impagadas o inmerecidas, chispean las mismas contrataciones para los mismos contratados bajo pseudónimos de inclementes indecencias. Se callan los que hablaron ayer, renunciaron antes de ayer y mentirán mañana mismo, cuando deban justificar que no supieron hacerlo mejor porque incluso para dormir se necesita un lecho. Un batiburrillo de penurias que descansan en la cama de los amantes pasajeros, esos que duermen en su casa con los problemas de muchos que no consiguen siquiera descansar. No quisiera estar en su pellejo porque se han aferrado al querer sin ser queridos, a los medios sin el fin, a la inmediatez como urgencia y sin hospital de guardia, sin juzgado de cordura ni respeto a la ley sin dinero. Clama al cielo tanto dislate porque sí. Porque las urnas se equivocan, porque yo no tengo la razón pero sí puedo pensar al margen de las prebendas que otros buscan o favorecen. Porque necesito creer que la verdad no es lo que callan siempre sino lo que sin querer dicen a veces. Y sé que lo necesitamos todos porque el pueblo no se elige, de la misma manera que no preferimos otro nombre y distintos apellidos cuando aprendemos a deletrearlo sin haber mudado los dientes.

De fútbol.

            Ayer, sin ir más lejos, pensé que la emoción, en ciertas y determinadas ocasiones,  oculta los modos entre ataques de verdad incontenible. Un partido de fútbol es, en esas contadas ocasiones, la vil representación de la más cruda realidad humana. Un presidente apoltronado e hinchado por las ínfulas de endiosado ganador eterno, evidencia el fin de los tiempos consentidos por el fracaso puntual evidencia, sin embargo, del error reiterado. No hay para más. La ruleta del segundo después salió cruz esta vez y la ley del pensamiento instantáneo degradó las últimas expiraciones de un proyecto basado en el dinero sin más disculpa. El Madrid, mi Real Madrid murió un poco más para renacer este año, el próximo o quien sabe cuando, mucho más legendario que nunca. Es así aunque nuestro presidente crea ser la última cantimplora en el comienzo de cualquier desierto. Los títulos y los aciertos son la consecuencia tardía de los buenos propósitos y del esmerado bien hacer. Hay logros que cuestan vidas y se suicidan en segundos. Ojalá esta lección valga para el estudiante responsable que lee a Niestzche, entiende a Freud y disfruta con Vázquez Figueroa: el mundo no espera por nadie.

De enseñanza.


Por último necesito hacer mención, relacionando ese citado final de ciclo que subyace en el motivo último del escrito y las buenas prácticas para conseguir la objetiva bondad que requiere el quehacer humano, de un ejemplo profesional y humano. A colación de las cosas bien hechas y las poltronas y para continuar el hilo hablaré de mi maestro D Manuel Martín.

 Sepan ustedes que hay asientos que se hicieron para ser ocupados por ciertas y determinadas personas y no por otras o por no cualquiera. Son tronos merecidos desde la labor diaria y responsable, basados en la devoción y cimentados en la vocación profunda. El arte de enseñar podía ser un título para las memorias de cualquier gran profesor o maestro, lo mismo da que da lo mismo, no seré yo quien se lo ponga porque hace mucho tiempo que lo mereció. El placer de aprender cualquier cosa de aquel que nació con el don milagroso de la enseñanza en su ser, se convierte en necesidad y alimenta el espíritu y el alma. Aprendes a aprender, disfrutas conociendo verdades universales como esa de que la sinceridad es el cambio, el menudeo en el mercado de las realidades cotidianas. D. Manuel, mi maestro, fue honrado con el saber hacer del enseñante y la sinceridad de esos pocos que no conciben utilidad alguna para las mentiras y no saben decirlas sin que se note el crimen.
¿Para qué entretenernos ahora en hablar de números y letras, de geografía, gramática, tablas de multiplicar si su misión encubierta era modelar seres humanos, una tarea gigantesca sólo para colosos de la humanidad? Me recuerdo cargando de aquí para allá su sillón, o corriendo por los pasillos instantes antes de ser amonestado verbalmente por nuestro querido bedel, para buscar su bolso en el que guardaba la cachimba y la picadura. Eran otros tiempos hay que decirlo. La crisis no era un fenómeno extraño alimentado por Merkel o los bancos; las penurias eran diarias y el dinero casi siempre escaseaba. Tiempo para calzar tenis Crube o para las semibotas J´Hayber de suela indestructible y apariencia tosca. Años de calma institucional y de silencios burocráticos. Nadie había de reparar en la callada labor de un docente y su clase de 5º de EGB o de 6º. Y así, arropados por el silencio de la labor decente y responsable, nos alineaba en torno a la pelota y nos dejaba jugar deteniendo el envite cuando el abuso se convertía en muchos goles y algunas patadas de más. D. Manuel enseñaba con la rectitud de quien se toma muy en serio su labor y con el ánimo de quien nació para divertirse con lo que era su trabajo. Excursiones a sus plataneras para palpar con las manos en las garepas la vida diaria del que nace en un pueblo agrícola, ¿quién no podría pensar en que la pedagogía no es un fenómeno de tres cabezas y miles de libros de texto si tuviera delante suyo la sonrisa de un maestro que instruía sin que se notase? Porque él sabía que no todos se esforzaban lo mismo y en el reducto de la complacencia individual no hay mejor remedio para la vagancia que el sudor propio. El hijo del albañil, con el vástago del farmacéutico o el "chicuelo" del propio compañero de trabajo, pacificaban sus creencias erróneas en torno a la sabiduría herética del que se piensa diferente por haber nacido en otra cuna de madera más noble que la del pobre pino. Así era D. Manuel. Claro y raspado como esa voz de autoridad que le confería la experiencia y que administraba con el cuentagotas del saber. Alguna colleja porque los hay un poco más malos sin llegar a ser perversos, un poco más sordos sin dejar de escuchar lo que no debían oír, un poco más listos sin serlo o poco menos tontos que lo que se pudiera sospechar.
Un gran maestro entiendo que debe ganarse al alumno por lo que hace imaginar usando cada vez menos palabras, por lo que estimula sin la recompensa de un pago inmediato. ¿Fue suerte que aquel curso, nuestro maestro acertara sus vaticinios de futuro para cada pupilo? Hay quien piensa que sí y que nunca debió comentar las posibilidades de cada quien pero no se puede tapar el sol con un dedo, no se le podía pedir ser lo que no era. Una persona íntegra y sincera no quiere con carantoñas sino con consejos y predicados palpables y él nos quería mucho, tanto como para sentirse en la necesidad de despabilar nuestra motivación si notaba que ésta se iba de picos pardos por los cerros de Úbeda. Al que le dijo que no llegaría a nada en la vida le tradujo el libro de instrucciones del arameo al bagañete en un pis pas, para que entendiera cómo lograr que su premonición fuera un error, premeditado y bien intencionado pero gracias a usted mismo, un error al fin. A la mayoría le dijo la verdad, esa que no gusta escuchar casi nunca y que cura más y mejor que cualquier remedio farmacéutico. Salieron creyéndose aspirantes a médicos, matemáticos, maestros, abogados, barrenderos, albañiles, peones, gandules, negreros… Salimos al mundo preparados para luchar sin sabernos vencedores pero si guerreros. Y con un poquito de suerte nos acordaríamos de quien nos dijo que muchas cosas son posibles antes de que ocurran si se trabaja para conseguirlas. D. Manuel Martín era sencillo y alarmantemente sincero, demasiado para pasar desapercibido en un sitio donde los chismes son gigantescos y sus razones minúsculas. No supo jamás ser diplomático porque quien se acostumbra a enseñar se debe creer lo que enseña y si te afianzas en las verdades olvidas cómo se miente o dejas de engañarte creyendo que engañas. Le recordaré siempre en su trono de rey docente, aupado por los alumnos que agradecieron su esfuerzo ayer y sienten la gratitud eterna hoy y también mañana. Le tendré en alta estima porque a un maestro le merita creerse mejor si y sólo sí encuentra un solo ejemplo de que las cosas bien hechas triunfan con el paso de los días y superan el olvido de los años. Usted, mi querido profesor, fue bueno enseñando aunque hayan habido mil casos de desesperanza y fracaso en su currículo profesional y, sobre todo, porque tan sólo con el triunfo de alguno de esos guiños futuros con el que algún honrado trabajador de la construcción, maestro de primaria, ingeniero químico, matemático, etc. mire atrás, al pasado que le vio impartir lecciones de humanidad, ya habrá llenado más páginas de gloria que cualquier hombre trascendente de este mundo retratado en enciclopedias wiki.

Tuve la suerte de aprender con usted y le quería hacer llegar estas notas de recuerdo al lugar desde donde las pueda leer o imaginar. D. Manuel usted colaboró a convertirme en lo que hoy soy y sé que muchos otros compañeros le tienen en tan alta estima como yo. Maestro no sólo es quien enseña sino también quien aprende. Usted aprendió a confiar en el triunfo del buen hacer. Gracias profesor.

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