Es domingo, casi verano y esa
alegría completa que con tanta insistencia pretendemos los seres humanos se me escapa
entre los dedos justo en el último momento, cuando ya casi la podía tocar y de
esta manera, apropiármela por unos
segundos al menos.
En esta ocasión un ligero soplo del Harmatán
africano, ese viento seco y lleno de polvo, nos recuerda de dónde vinimos y
adonde, sin remisión, deberemos regresar al final de nuestro corto periplo terrenal. Un hálito de otro mundo paralelo, en otra dimensión, nos susurra la verdad más verdadera, esa connotación más cierta que ninguna otra y más acertada acerca de nuestra
realidad: en este mundo no estaremos eternamente. Es verano porque lo lleva
siendo desde el pasado invierno casi diariamente y no por nada más, o por nada menos. Ni llueve,
ni escampa, ni hace frío ni deja de hacer calor. Y en estos tiempos extraños,
la meteorología juega a los chinos con el futuro: ¿les dejo vivir contentos?,
¿les obligo a vivir preocupados? Un truculento piedra, papel o tijera; un cara
o cruz para que el azar sea cada vez menos intrincado y voluble, para que las
personas también seamos más de serie, menos originales. Gracias a Nuestro Señor, siempre existe la
excepción a toda regla y eso nos complace la existencia.
Para
Marcelo ayer fue el último día en un lugar que lo quería, en un pueblo que lo
reconoció. Hete aquí unas palabras de recuerdo que por seguro serán novelas históricas en
las mentes de otros que le conocieron mejor.
Ese soplo
caliente, momentáneo, tras una llamada de teléfono, evocó inmediatamente en mí el recuerdo de un
cantante eterno, vaporizado por efecto de los años claro, pero límpido en mi memoria. Escuchar su nombre "Marcelo…" y continuar insconscientemente con su filiación popular "…el de la
Bolero" por el que tantos le diferenciábamos, era todo uno. Como si de un espíritu en merecida libertad se tratase, trascendiendo los muros de este
rincón terrenal que se nos concede por tiempo limitado, me llegó la noticia
de su fallecimiento. Al instante pensé: dejaremos de escucharle cantar y yo ya
no podré llegar a la Plaza de la Vica y oírle gritar: “Nennnrrrroooooooooooooooooooooooooooo” aún así me queda todo lo demás y a eso me agarraré -resolví conformarme-. ¡Hay que ver cómo las personas
van dejando rastros en su discurrir, de distintas formas y con distintos aromas!
Van permitiendo que su alma se pierda entre notas, perfumes e historias y dejan que se los
trague el recuerdo porque no se les pueden dejar escapar, son valiosos tesoros y hay que mantenerlos al resguardo del tenaz olvido.
Como si se de seguir el rastro de una suculenta comida se tratase, me dejo llevar por mi oído y escucho retales de sus tantas canciones, de esa manera suya tan excelsa y particular de interpretar la música. Hay mucho de Marcelo por cualquier esquina, unos que lo nombran y tantos que le añoran. Encuentras, sin duda, siempre un camino hacia esos rumbos en que discurrieron sus interpretaciones y se te hace presente por allí, con el sombrero calado, con las gafas o hasta incluso sin ellas, dejándonos en el oído música de unas pocas generaciones. Es mucho decir, con tantísimo menos mueren la mayoría pero es aún más cuando la realidad lo corrobora en boca de todos. Lograr extraer de muchos lugares un ratito de música significa haber dejado huella, huellas impresas, huellas sonoras que se evaporan trascendiendo a otros mundos paralelos en que los duendes cuidan las melodías y las archivan para que quien escarbe en la memoria de cada rincón, pueda deleitarse tiempo después al escucharlas de nuevo. Marcelo fue grabado en muchas piedras, no me cabe duda. Su voz trascendió de este mundo y los gnomos de la música acordaron hacer acopio de ella. Lo corroboran las losetas de la Plaza de Montserrat, las de la Plaza de San Andrés, las de la Plaza España en Tazacorte, o los cientos de lugares en Los Llanos, en S/C de la Palma, en Garafía, lo saben las chinas de tantos caminos que anduvo el camión de la Bolero. Prestad atención, por favor, dejaos llevar por el paisaje o hasta incluso por el paisanaje y las escucharéis. Los lugares saben que sus huellas quedarán por siempre como recuerdo de un CANTANTE, para quien las quiera oír, o quien las sepa escuchar. Recordadlo cuando vayáis a cada rinconcito de nuestra isla y ellas, esas que soportan nuestras pisadas, os traerán sus tonadas: escucharéis la Polvera, o su Zíngara, o las canciones de Juan Luís Guerra en la persona de alguien diferente en cada escenario y con cada canción pero igual en cualquier otro momento, tan nuestro, tan bagañete como el licor de café.
Tengo pensado ir al concierto de Juan Luís y me vendrá a la memoria, ese chascarrillo por el que se ponía nombre a nuestra orquesta Bolero que pasaba a llamarse, sarcásticamente,"Marcelo y las cinco menos viente"(bien traído a cuento por aquello
de Juan Luís Guerra y los 4:40). Nunca una voz y un sombrero pudieron ansiar
conseguir tanto con tan pocas palabras.
Como si se de seguir el rastro de una suculenta comida se tratase, me dejo llevar por mi oído y escucho retales de sus tantas canciones, de esa manera suya tan excelsa y particular de interpretar la música. Hay mucho de Marcelo por cualquier esquina, unos que lo nombran y tantos que le añoran. Encuentras, sin duda, siempre un camino hacia esos rumbos en que discurrieron sus interpretaciones y se te hace presente por allí, con el sombrero calado, con las gafas o hasta incluso sin ellas, dejándonos en el oído música de unas pocas generaciones. Es mucho decir, con tantísimo menos mueren la mayoría pero es aún más cuando la realidad lo corrobora en boca de todos. Lograr extraer de muchos lugares un ratito de música significa haber dejado huella, huellas impresas, huellas sonoras que se evaporan trascendiendo a otros mundos paralelos en que los duendes cuidan las melodías y las archivan para que quien escarbe en la memoria de cada rincón, pueda deleitarse tiempo después al escucharlas de nuevo. Marcelo fue grabado en muchas piedras, no me cabe duda. Su voz trascendió de este mundo y los gnomos de la música acordaron hacer acopio de ella. Lo corroboran las losetas de la Plaza de Montserrat, las de la Plaza de San Andrés, las de la Plaza España en Tazacorte, o los cientos de lugares en Los Llanos, en S/C de la Palma, en Garafía, lo saben las chinas de tantos caminos que anduvo el camión de la Bolero. Prestad atención, por favor, dejaos llevar por el paisaje o hasta incluso por el paisanaje y las escucharéis. Los lugares saben que sus huellas quedarán por siempre como recuerdo de un CANTANTE, para quien las quiera oír, o quien las sepa escuchar. Recordadlo cuando vayáis a cada rinconcito de nuestra isla y ellas, esas que soportan nuestras pisadas, os traerán sus tonadas: escucharéis la Polvera, o su Zíngara, o las canciones de Juan Luís Guerra en la persona de alguien diferente en cada escenario y con cada canción pero igual en cualquier otro momento, tan nuestro, tan bagañete como el licor de café.
Tengo pensado ir al concierto de Juan Luís y me vendrá a la memoria, ese chascarrillo por el que se ponía nombre a nuestra orquesta Bolero que pasaba a llamarse, sarcásticamente,"Marcelo y las cinco menos viente"
Hace unos
meses fue el aniversario de la Bolero y pudo ser esta la última vez que cantase
frente a un público entregado. Sin embargo, no nos quedemos con lo último, me niego, sino con lo
primero, con ese inicio sostenido en el tiempo. Hay personas, artistas que
consiguen mantener perdurable sus inicios. Fieles a su manera de hacer las
cosas, iluminados por su don, logran siempre encontrar el camino hacia el
mañana sin dejar jamás de parecerse a lo que fueron desde ese primer instante. El inicio de su carrera musical se diferenciará en tantos pequeños detalles que,
sin duda, redundarán, análogamente, en hacer
reconocible siempre su timbre y un registro característico y peculiar: “escuchen,
ese que canta es Marcelo” -habrán dicho tantos en alguna ocasión-.
Marcelo era nombre de bolero, no me cabe duda, como no le cupo duda a Almudena Grandes de que Malena lo era de tango. Por mi casa pululan cassettes de la orquesta Bolero y sobre todo un trabajo discográfico en el que muestra esencia canario-latina en cada giro de su voz. Hay verdades que entran por los oídos y se adueñan del alma -casi todas cantadas, ¿o no?-. Ese Harmatán africano suavizado por la distancia y el mar, elevaba su timbre en volandas y convertía en caribeña su interpretación, refrescando las pausas en el viejo Malecón y, sin embargo, haciéndola tan nuestra que sin duda era tan bagañeta como la Plaza de la Vica. Javier Solís, Moncho, Omara Portuondo, la primera Celia Cruz, Lucho Gatica … Internacionalmente conocidos por cantar bolero pero ¿qué sería de ellos si hubieran tenido que ir de pueblo en pueblo montando equipos de sonido o teniendo que cantar a capela sin ayudas? ¿Qué se sabría de ellos si hubieran nacido en una isla perdida en el Océano? Tal vez las piedras absorberían las ondas de sus voces y las grabarían en su interior para ser recordadas con cada pisada o cada lluvia, o tal vez no. Tal vez, ni siquiera hubieran podido ser Marcelo.
Marcelo era nombre de bolero, no me cabe duda, como no le cupo duda a Almudena Grandes de que Malena lo era de tango. Por mi casa pululan cassettes de la orquesta Bolero y sobre todo un trabajo discográfico en el que muestra esencia canario-latina en cada giro de su voz. Hay verdades que entran por los oídos y se adueñan del alma -casi todas cantadas, ¿o no?-. Ese Harmatán africano suavizado por la distancia y el mar, elevaba su timbre en volandas y convertía en caribeña su interpretación, refrescando las pausas en el viejo Malecón y, sin embargo, haciéndola tan nuestra que sin duda era tan bagañeta como la Plaza de la Vica. Javier Solís, Moncho, Omara Portuondo, la primera Celia Cruz, Lucho Gatica … Internacionalmente conocidos por cantar bolero pero ¿qué sería de ellos si hubieran tenido que ir de pueblo en pueblo montando equipos de sonido o teniendo que cantar a capela sin ayudas? ¿Qué se sabría de ellos si hubieran nacido en una isla perdida en el Océano? Tal vez las piedras absorberían las ondas de sus voces y las grabarían en su interior para ser recordadas con cada pisada o cada lluvia, o tal vez no. Tal vez, ni siquiera hubieran podido ser Marcelo.
La fama no es siempre provecho. Entre plátanos
nació y entre plátanos se ha ido, una voz tan nuestra que duele pensar que no
volveremos a escuchar su risa porque hay personas tan tristes como el Bolero que han sabido ser felices y hacérnoslo sentir, interpretándolo.
Mi más sentido
pésame a tus familiares. Su esposa, Lorenzo y Tania, ánimo amigos. Siempre nos
quedará su voz y todo lo bueno que nos hizo sentir.
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