Menganito contaba de diez en diez para olvidar ese inclemente “ojo por ojo y
diente por diente” pues aún le quemaba, por mucho que lo tratase de ignorar, esa huella impresa a fuego en su
recuerdo. Una profunda huella provocada por un rencor sin límites.
Hacía muchos años la fortuna le había
hecho un guiño colgando del árbol de sus sueños un nuevo milagro para cada día: pescar y vivir de ello holgadamente.
Se levantaba temprano y antes de que el sol hiciera acto de
presencia en la lejana línea del horizonte, fondeaba cerca del veril
determinado a la postre por un enigma cualquiera de entre esos que construyen
pirámides, avistan OVNIS o descubren políticos honrados; ¿por quién o por qué?.
La Diosa Fortuna le había bendecido, de diez años para acá, con el inmenso don
de una insana clarividencia. En su cabeza como si de una sonda se tratase, se
analizaban mil señales para descubrir bancos de peces como quien pronostica sin
errores el mal tiempo instantáneo por un codo dislocado. Al tiempo el dolor en
la rodilla o un malestar general, un agudo dolor de cabeza, un dedo inflamado
por la gota, un tobillo artrítico, un estómago ácido, una flatulencia sin
preámbulos para la discreción, un dolor de muelas, una otitis, un flemón…alumbraban
el rumbo. Anzuelos al agua, cargados de cebo, para engañar la vista y disculpar
la principal razón: cualquier excusa vale más que un error. Los lances se
contaban con los dedos de una mano y las capturas con varios múltiplos de la
decena. Todo era bajar para, casi sin espera, subir cargado de certezas.
Pescados presa del porvenir.
Vivir sin las estrecheces de un existir
despreocupado. Bajo esta premisa caminaba Menganito por la sombra, huyendo siempre
del sol y de su justicia. Y no hay nada que objetar cuando el azar es inquieto
y encuentra refugio en la calma chicha de un ser circunstancialmente
conformista pero claro, hete aquí que la ambición destruye castillos sin ruido
y casi sin tiempo para pretenderse indefensos. El pescado era vendido y el
dinero consumido por la nada. Hay pecados que en ocasiones convierten al pecador en inocente
sin ni siquiera haber sido considerado culpable. No cambió su viejo coche, no
ingresó dinero en banco alguno, no derrochó en copas ni putas, por no saber no
supo ni qué hacer con su suerte. Llegaron de allá y de acá mirlos y cuervos,
palomas y águilas rapaces, buitres y gacelas, leones y mil corderos. Y se dejó llevar. A quien
necesitaba motivos le daba disculpas y a quien requería banalidades le daba
argumentos para no equivocarse de presa. Y en este ecosistema natural los sinvergüenzas crecen como setas a la humedad de
la envidia. Se dejó llevar por el hacer del ruido, ese que penetra callado. Sepa que quien entra no
es sólo que quiera estar adentro sino porque desea adueñarse del mundo entero que
miras y respiras saliendo afuera, haciéndose carne aún olvidando el alma. Comienza por parpadear y termina sobre tus
costillas rebuscando pistas para confirmar el móvil de un crimen en vías de ser
perpetrado pero ya preconcebido. Y lo asesinaron, sin que se supiera muerto. En el goce ignorante del placer de la
carne regalada.
Lo primero en un estado de derecho (ignorando lo zurdo) es
prohibir. Sin papeles no hay permiso para vivir, le dijo un inspector de
policía, o de hacienda, ¿o era de Correos, o quizás de trabajo? –en fin, cualquiera nos
valdría-. Deportado inmediatamente al lugar en el que levitan los expulsados
del reino de la tranquilidad. Miradas infinitas a la esquina de enfrente, a la
acera de al lado, a la sombra de allí o al sombrero muy calado en la cabeza de
ese que mira desde allá abajo, con un
ojo abierto y el otro dormido. Pero sin mar no hay sueño, no hay veril ni
anzuelos, ni peces ni nada. Se le llevaron la calma, se la robaron. Sucedió luego
en otro día cualquiera, auspiciado por trámites y justificaciones varias, lo hicieron bajo el pretexto que otorgan las leyes de
los hombres, esas del estado opuesto a lo zurdo, las mismas que encarcelan el
motivo y liberan la mentira. Sépase que esos seres que viven de historias siempre persiguen
nuevos y prometedores cuentos, lo suyo es la nada y sin algo jamás no se sostienen. En
un abrir y cerrar de ojos le dejaron huérfano de su madre fortuna y su padre
pescador. Un apátrida recién nacido en otro lugar ajeno al suyo. A su padrele había caído un árbol encima mientras recogía peras del
manzano en su jardín prohibido: ¡a quien se le ocurre plantar sin permiso y
vivir sin ambición! –eso no da de comer, no a otros al menos, no a los del bolígrafo con tinta infinita-. Y como siempre pasa, jamás llueve a gusto de todos y si escampa todo es mucho peor, la sequía
nos mata. Su barco en la misma cala, su rutina en el libro de bitácora de otro
navío estancado, capitaneado por leguleyos cansados de aplicar justicia siendo cada vez
más injustos. No había para más y no se cansaron de repetírselo un día sí y otro
también. El caso estaba listo para sentencia y el cielo libre de culpas. Como
mismo le vino se le iría, sin más.
Mientras, al otro lado del telón, Fulanita
se despertaba sudorosa con pesadillas llenas de agua y viento. De nada valieron las promesas de futuros en rosa. Pero ¿cómo podía ser que
por escuchar a un dormido mereciese velar insomne las culpas que su conciencia
le achacaba impunemente?. Él había sido el amor inconveniente, el mal partido
desechado entre un par de mejores opciones, nada más, ¿por qué había regresado
con un balde de peces y un oasis de
calma para su miserable existencia? Aún no era capaz de entender ese giro de su
particular averno y ya extrañaba las apreturas e incomodidades del pasado irrepetible. Pero por otro lado, ¿quién podía haberse resistido al pecado
material, ese tan lleno de lujos y privilegios? Ella que al mundo maldecía
por haberse ensordecido ante el cotidiano pregón de sus cuitas en búsqueda
perpetua de respuestas, no asumía aquellos gritos de salvación, ni los susurros
casi inaudibles de su conciencia: todo eran sinfónicas melodías de seducción. No merecía todo aquel trauma, pensaba, o al menos se congraciaba
consigo misma repitiéndose cada vez: una mentira mil veces repetida jamás
será verdad pero al menos se disimula.
Un paseo, dos helados, tres ratitos y cuatro besos: simple, casual. El anillo en
el dedo y el puño en la frente. ¿Quién no pensaría en la ofensa ante la virtud
escondida de quien engaña siendo ya de por sí un engaño? Esos maridos fantasmas
que se aprestan a defender causas perdidas, que nunca fueron suyas, rectitudes
dobladas ante la mano que mece la cuna o corta cebollas en juliana, no obedecen
razones sólo intereses. No hay lágrimas que no mojen ni llantos que no
conmuevan. No hay nada para quien necesita cualquier despiste de la última
verdad y es ahí donde se encuentran siempre todos los fatídicos desenlaces. Se
buscan y se encuentran en cualquier esquina, en alguno de los múltiples
recovecos de esas tantísimas almas necesitadas de estima. Y si por casualidad, los
puños no pueden o el valor se escabulle, entonces surge la inclemente maldad
cobarde.
Un papel. Un
mísero y pordiosero papel que le uniera en cuerpo sin alma a la tierra que
amenazaba con tragárselo de una vez y por siempre. Eso era todo lo que le hacía
falta. El enlace del pasado ingenuo y el presente interesado, ni más ni menos.
Allá en su casa el cómo. Allí, bajo la cama, detrás de la segunda balda de la
repisa en que descansaba una vajilla descascarillada del siglo pasado , en el doble
fondo de un baúl viejo en la buhardilla, bajo algún ladrillo pero lejos de su
necesidad. Por cientos y miles se contaban sus recursos y sin embargo estaban
tan lejos de servirle que bien podían considerarse inexistentes, inútiles;
¡cuanta ironía reside confortablemente en un vivir despreocupado! Ni siquiera
pudo cuando en realidad quiso y además sin un por qué, que era la lo que más le
apesadumbraba. Su anhelo lo reprendieron inconscientemente aquellos que
creyeron posible robarle la fortuna. Su suerte era sólo suya y su dolor como el
de tantos -debieron aprenderlo otros
para su desgracia-.
Por envidia juntaron dolores, quejas, lamentos, enfermedades y
padecimientos y, sin embargo, los anzuelos calzaban en cada nuevo lance,
carnadas ignorantes como zapatos para quien no tiene pies o guantes para quien
no tiene manos. Puedes encontrar el pozo pero eso no garantiza agua. El enigmático
veril cambiaba igual que los lamentos de quien lo descubría, y fluían en la
límpida mente de un ser inocente declarado culpable por no ser precavido y a la
postre pervertido. Muerta la ignorancia,
la ingenuidad, se enterraron juntos el azar y la providencia. Sepamos entender
que aquello que no costó esfuerzo ganar se pierde sin remisión aún cuando sí
provoque magua o dolor.
Aprendamos cómo se vive ante la inconsciencia del simple disfrute,
cabe aprender que no todo vale, no todo es lícito sin principios.
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