domingo, 14 de junio de 2015

En el veril.

Menganito contaba de diez en diez para olvidar ese inclemente “ojo por ojo y diente por diente” pues aún le quemaba, por mucho que lo tratase de ignorar, esa huella impresa a fuego en su recuerdo. Una profunda huella provocada por un rencor sin límites.

Hacía muchos años la fortuna le había hecho un guiño colgando del árbol de sus sueños un nuevo milagro para cada día: pescar y vivir de ello holgadamente.

            Se levantaba temprano y antes de que el sol hiciera acto de presencia en la lejana línea del horizonte, fondeaba cerca del veril determinado a la postre por un enigma cualquiera de entre esos que construyen pirámides, avistan OVNIS o descubren políticos honrados; ¿por quién o por qué?. La Diosa Fortuna le había bendecido, de diez años para acá, con el inmenso don de una insana clarividencia. En su cabeza como si de una sonda se tratase, se analizaban mil señales para descubrir bancos de peces como quien pronostica sin errores el mal tiempo instantáneo por un codo dislocado. Al tiempo el dolor en la rodilla o un malestar general, un agudo dolor de cabeza, un dedo inflamado por la gota, un tobillo artrítico, un estómago ácido, una flatulencia sin preámbulos para la discreción, un dolor de muelas, una otitis, un flemón…alumbraban el rumbo. Anzuelos al agua, cargados de cebo, para engañar la vista y disculpar la principal razón: cualquier excusa vale más que un error. Los lances se contaban con los dedos de una mano y las capturas con varios múltiplos de la decena. Todo era bajar para, casi sin espera, subir cargado de certezas. Pescados presa del porvenir.

Vivir sin las estrecheces de un existir despreocupado. Bajo esta premisa caminaba Menganito por la sombra, huyendo siempre del sol y de su justicia. Y no hay nada que objetar cuando el azar es inquieto y encuentra refugio en la calma chicha de un ser circunstancialmente conformista pero claro, hete aquí que la ambición destruye castillos sin ruido y casi sin tiempo para pretenderse indefensos. El pescado era vendido y el dinero consumido por la nada. Hay pecados que en ocasiones convierten al pecador en inocente sin ni siquiera haber sido considerado culpable. No cambió su viejo coche, no ingresó dinero en banco alguno, no derrochó en copas ni putas, por no saber no supo ni qué hacer con su suerte. Llegaron de allá y de acá mirlos y cuervos, palomas y águilas rapaces, buitres y gacelas, leones y mil corderos. Y se dejó llevar. A quien necesitaba motivos le daba disculpas y a quien requería banalidades le daba argumentos para no equivocarse de presa. Y en este ecosistema natural los sinvergüenzas crecen como setas a la humedad de la envidia. Se dejó llevar por el hacer del ruido, ese que penetra callado. Sepa que quien entra no es sólo que quiera estar adentro sino porque desea adueñarse del mundo entero que miras y respiras saliendo afuera, haciéndose carne aún olvidando el alma. Comienza por parpadear y termina sobre tus costillas rebuscando pistas para confirmar el móvil de un crimen en vías de ser perpetrado pero ya preconcebido. Y lo asesinaron, sin que se supiera muerto. En el goce ignorante del placer de la carne regalada.

            Lo primero en un estado de derecho (ignorando lo zurdo) es prohibir. Sin papeles no hay permiso para vivir, le dijo un inspector de policía, o de hacienda, ¿o era de Correos, o quizás de trabajo? –en fin, cualquiera nos valdría-. Deportado inmediatamente al lugar en el que levitan los expulsados del reino de la tranquilidad. Miradas infinitas a la esquina de enfrente, a la acera de al lado, a la sombra de allí o al sombrero muy calado en la cabeza de ese que mira desde allá abajo,  con un ojo abierto y el otro dormido. Pero sin mar no hay sueño, no hay veril ni anzuelos, ni peces ni nada. Se le llevaron la calma, se la robaron. Sucedió luego en otro día cualquiera, auspiciado por trámites y justificaciones varias, lo hicieron bajo el pretexto que otorgan las leyes de los hombres, esas del estado opuesto a lo zurdo, las mismas que encarcelan el motivo y liberan la mentira. Sépase que esos seres que viven de historias siempre persiguen nuevos y prometedores cuentos, lo suyo es la nada y sin algo jamás no se sostienen. En un abrir y cerrar de ojos le dejaron huérfano de su madre fortuna y su padre pescador. Un apátrida recién nacido en otro lugar ajeno al suyo. A su padrele había caído un árbol encima mientras recogía peras del manzano en su jardín prohibido: ¡a quien se le ocurre plantar sin permiso y vivir sin ambición! –eso no da de comer, no a otros al menos, no a los del bolígrafo con tinta infinita-. Y como siempre pasa, jamás llueve a gusto de todos y si escampa todo es mucho peor, la sequía nos mata. Su barco en la misma cala, su rutina en el libro de bitácora de otro navío estancado, capitaneado por leguleyos cansados de aplicar justicia siendo cada vez más injustos. No había para más y no se cansaron de repetírselo un día sí y otro también. El caso estaba listo para sentencia y el cielo libre de culpas. Como mismo le vino se le iría, sin más.

Mientras, al otro lado del telón, Fulanita se despertaba sudorosa con pesadillas llenas de agua y viento. De nada valieron las promesas de futuros en rosa. Pero ¿cómo podía ser que por escuchar a un dormido mereciese velar insomne las culpas que su conciencia le achacaba impunemente?. Él había sido el amor inconveniente, el mal partido desechado entre un par de mejores opciones, nada más, ¿por qué había regresado con un  balde de peces y un oasis de calma para su miserable existencia? Aún no era capaz de entender ese giro de su particular averno y ya extrañaba las apreturas e incomodidades del pasado irrepetible. Pero por otro lado, ¿quién podía haberse resistido al pecado material, ese tan lleno de lujos y privilegios? Ella que al mundo maldecía por haberse ensordecido ante el cotidiano pregón de sus cuitas en búsqueda perpetua de respuestas, no asumía aquellos gritos de salvación, ni los susurros casi inaudibles de su conciencia: todo eran sinfónicas melodías de seducción. No merecía todo aquel trauma, pensaba, o al menos se congraciaba consigo misma repitiéndose cada vez: una mentira mil veces repetida jamás será verdad pero al menos se disimula.

Un paseo, dos helados, tres ratitos y cuatro besos: simple, casual. El anillo en el dedo y el puño en la frente. ¿Quién no pensaría en la ofensa ante la virtud escondida de quien engaña siendo ya de por sí un engaño? Esos maridos fantasmas que se aprestan a defender causas perdidas, que nunca fueron suyas, rectitudes dobladas ante la mano que mece la cuna o corta cebollas en juliana, no obedecen razones sólo intereses. No hay lágrimas que no mojen ni llantos que no conmuevan. No hay nada para quien necesita cualquier despiste de la última verdad y es ahí donde se encuentran siempre todos los fatídicos desenlaces. Se buscan y se encuentran en cualquier esquina, en alguno de los múltiples recovecos de esas tantísimas almas necesitadas de estima. Y si por casualidad, los puños no pueden o el valor se escabulle, entonces surge la inclemente maldad cobarde.

            Un papel. Un mísero y pordiosero papel que le uniera en cuerpo sin alma a la tierra que amenazaba con tragárselo de una vez y por siempre. Eso era todo lo que le hacía falta. El enlace del pasado ingenuo y el presente interesado, ni más ni menos. Allá en su casa el cómo. Allí, bajo la cama, detrás de la segunda balda de la repisa en que descansaba una vajilla descascarillada del siglo pasado , en el doble fondo de un baúl viejo en la buhardilla, bajo algún ladrillo pero lejos de su necesidad. Por cientos y miles se contaban sus recursos y sin embargo estaban tan lejos de servirle que bien podían considerarse inexistentes, inútiles; ¡cuanta ironía reside confortablemente en un vivir despreocupado! Ni siquiera pudo cuando en realidad quiso y además sin un por qué, que era la lo que más le apesadumbraba. Su anhelo lo reprendieron inconscientemente aquellos que creyeron posible robarle la fortuna. Su suerte era sólo suya y su dolor como el de tantos  -debieron aprenderlo otros para su desgracia-.

            Por envidia juntaron dolores, quejas, lamentos, enfermedades y padecimientos y, sin embargo, los anzuelos calzaban en cada nuevo lance, carnadas ignorantes como zapatos para quien no tiene pies o guantes para quien no tiene manos. Puedes encontrar el pozo pero eso no garantiza agua. El enigmático veril cambiaba igual que los lamentos de quien lo descubría, y fluían en la límpida mente de un ser inocente declarado culpable por no ser precavido y a la postre pervertido.  Muerta la ignorancia, la ingenuidad, se enterraron juntos el azar y la providencia. Sepamos entender que aquello que no costó esfuerzo ganar se pierde sin remisión aún cuando sí provoque magua o dolor.

Aprendamos cómo se vive ante la inconsciencia del simple disfrute, cabe aprender que no todo vale, no todo es lícito sin principios.

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