Vivimos tiempos revueltos. Esta
España que nos engulle a bocados, entre arcadas de crisis galopante, entre
penurias económicas venidas a menos, eso sí, según dictámenes de este milagroso gobierno de
derechas que nos cercena la cintura y hasta el cuello, y algunas ligerezas más,
éste nuestro país clama venganza pero no encuentra culpables. Quizás debería
decir que no asume las culpas, porque esos gobernantes continúan bailando al
son de los que han claudicado ante Bruselas, la Troika, Merkel y Cia. Qué son
más que un grupo de avezados chupópteros destruyendo sueños de la misma manera
que la pleamar arrasa castillos de arena en la misma orilla. España, esa que es
una y es libre, está sin embargo, atada de pies y de manos, encerrada en la
jaula dorada que han construido el señor presidente y su cohorte de plañideras
y “apretatuercas”. Ni les importa lo que pasa ni les tiembla el pulso a la hora
saltarse a la torera el estado de bienestar. Si hay que destruir el sistema
educativo pues adelante, no hay problema, se cuentan un par de milongas y se
pronuncian las palabritas mágicas: hay que apretarse el cinturón. Fin de ese capítulo y al siguiente párrafo de
ley Güert ¿o era Gürtel? Da igual, cuando se trata de robar cualquier medio es
válido. Pero yo no quiero hablar de ese otro y primigenio problema nacional, me
interesa mucho más centrarme en lo que acontece por estos lares, en nuestros
suburbios políticos.
No entiendo nada. Esa es la premisa desde
la que escribo sobre este tiempo de comicios que se nos acerca. Y me pregunto:
¿por qué un maestro, diputado, con su jubilación asegurada y pongamos que
merecida, se mete en el lío de sucesiones a un Cabildo del que su partido fue
expulsado por los que usan a su libre albedrío los votos de los ciudadanos?,
¿por qué los políticos, aquí y allá, se saltan a la torera el deseo que los
votantes manifiestan en las urnas el día de las elecciones?, ¿por qué se
aferran a la actividad política después de haber fracasado en los potenciales
objetivos de la formación a la que pertenecen o en los suyos propios y
personales?, ¿por qué alguien que naufragó en su propósito de gobernar en el
puente de mando del acorazado insular palmero, pretende ahora cambiar ese
primer deseo que un día pidió al lanzar la moneda al aire de sus negligencias,
por el de una capital en buen rumbo hasta la fecha y desde el suceso?, ¿por qué
no se regenera el partido canario por excelencia, ese partido de los fracasos y
decepciones, de los chascos y escándalos insulares?, ¿por qué un determinado
partido de derecha elige a un candidato casi desconocido en su pueblo después
de ostentar una concejalía en el municipio vecino?, ¿por qué esas intrigas de
palacio tan secretas para destronar a quien lo ha hecho menos mal y poner a
quien sólo ha recogido aplausos en pos de veinte mil alharacas bajo el rótulo
de “cultura”, sin haber demostrado poder regir destinos de un partido a día de
hoy con suma importancia en la ciudad de más habitantes de la Palma? ... Sigo
teniendo mil preguntas que hacerme cada día, casi a cada momento, y no obtengo
respuestas en ningún lado. Hace unos días escuchaba al señor candidato al
Cabildo insular por la coalición de todos los canarios (eso dicen aunque yo no
sienta que es la mía por ahora) en una entrevista para una radio local, admitir
que quizás en su anterior gobierno desdeñó las posibilidades del turismo en
nuestra isla. ¿Qué turismo es ese? El futuro sólo pasa por campos de golf
regados con no se sabe bien qué agua (¿la misma que es oro para el agricultor
de la comarca Oeste o la que abunda en la comarca Noreste?). Los políticos van
de aquí a allá, prometiendo mejorarlo todo pero sin contar cómo. Le escuché, como
veterano curtido en mil guerras, expresarse con buen verbo y excelentes
prestaciones dialécticas, y hacer hincapié en que en su guerra no dispararía a
ningún “enemigo”/rival. ¿Quién lo cree? En tiempo de guerra todo hueco es
trinchera y el que está enfrente sin bandera blanca sólo merece una andanada.
A todas
estas debo referirme a un episodio inaudito en lo que a política se refiere en
nuestra pequeña islita. Ese agujero negro del pensamiento, que es la actividad
política, absorbe masa y la diluye con
una facilidad entre pasmosa y sorprendente pero acontecen de vez en cuando,
coincidiendo tal vez con el paso del cometa Halley, o siendo demasiado
optimistas, con la lluvia de Perseidas, algunos fenómenos paranormales. El nacimiento
de una enana blanca, el hundimiento del Titanic, el hombre llega a la Luna,
Hemingway escribe “El viejo y el mar” o un ser político deja de ejercer como
tal y vuelve al mundo de los que tenemos sombra, sudamos y miramos el
despertador, llenos de cansancio y sueños de vacaciones paradisíacas. El
horizonte temporal se acerca tanto que somos capaces de ver el futuro por una
de esas gafas de visión tridimensional que acercan la irrealidad hasta casi
poder tocarla, que nos muestran a Rajoy cómodamente sentado en la mecedora del
salón de un geriátrico liado entre los puntos de seda que aprende a tejer bajo
la mirada admonitoria de la señora Merkel. Casi puedes rozar la espalda de Ana Botella y te esfuerzas por
evitar que clave ese puntiagudo alfiler una vez más en un muñeco que jurarías,
se parece mucho a la siempre risueña Esperanza Aguirre, versión de trapo y gamuza. Pedro Sánchez pierde
las elecciones y se retira a estudiar cantos gregorianos en el Monasterio de
Silos. El recogimiento y la paz consiguen que el Padre Rubalcaba, otrora monje
ejemplar, predique las bondades de una izquierda más popular y menos populosa
en la persona del devastado acólito tras el chasco de sus pactos chamuscados.
El incendiario Coletas prende la llama de esa izquierda centralizada y casi te llegas a quemar viendo arder hasta los trajes de Camps. Un armario completito, lleno de
tramas, enredos, corbatas y zapatos de tacón, del que salen palmeándose las
vergüenzas antiguas ministras y elegantes profesores universitarios. Ni el
bolso de Mary Poppins se atrevió a rivalizar con ese nido de sorpresas
nefastas: una infanta sin reino, la coleta de un vidente, los anillos de pedida
de Susana y su ratón, bien crecidito, eso sí, y sobre alimentado… ¡Qué
panorama! En este universo de locura un gramo de cordura es la droga de los
iluminados.
Pues pasa
que en esto llega D. Manuel. Profesor, familiarizado con el idioma de los Sir
aunque no con sus costumbres snob, aparca en su plaza de parking sin reserva, en los
alrededores del Eusebio Barreto, aquí, en su tierra. Con tantas o más ganas de
ser que de parecer, se echa la esperanza a la espalda llena de cuchilladas. Y de esta manera, hace ya unos años decidió, tal vez sin
querer, como la manzana en la cabeza de Newton, sentar un peligroso precedente
en la política insular. Los libros de hidalgos caballeros con pluma y cerebro,
llenos de cordura, de humildad y de apego por sus ideales lo mentan –narran los
sinsabores de un guerrero que quiso ser destronado por la insaciable voracidad
de las nuevas ideas, recientes pero con el sabor de esas otras esencias prestadas-. Como aquellos jinetes de un apocalipsis ideológico que luchan contra los gigantescos,
con pies de barro eso sí, molinos de aspas multi/identitarias. Giran y giran
produciendo un vacío energético en casi todo lo que tocan, originando espacios
ingrávidos por los que flotan seres de cómic: Mortadelo y Garzón, el Coletas,
Mazinger Sánchez, Zipi y Zapa…, la leona del metro madrileño, etc. Todos ellos
se agarran a cualquier asidero con pinta de poltrona confortable, siempre bien
mullido el acomodo con billetes de 500, con cuentas en la Conchinchina y con un
historial de un millón de mentiras a cuentagotas. Así sobrevino, así ocurrió lo insólito en
el reino de taifas palmero, entre votos de menos y arrogancia de más. D. Manuel
vino a decir, poco más o menos, que si la política no le permitía expresar lo
que pensaba, si los conflictos debían ser más que las celebraciones, él
prefería hacer la guerra en las aulas, formando mentes libres: ¡qué temeridad! Preparar a los
combatientes del futuro para que puedan enfrentarse a la “international people”
haciéndose entender cuando no escuchar entre el
barullo de un mundo cada vez más cosmopolita. El palmero deberá morder
desde lejos la mano de quien le quita la comida, tal vez allende las fronteras
del reino entre jergas de otros mundos, sajones, normandos y anglos del siglo
XXI: deberemos aprenderlo o morir en el intento.
Vislumbró otra manera más sencilla de
ser coherente consigo mismo pero claro, a partir de una práctica herética y eso siempre tiene un precio (como la muerte). Vade
retro Satanás, Lucifer, ángel de la oscuridad –rápidamente fue excomulgado por el capellán de la orden de los
sinvergüenzas, prevaricadores, ladrones de esperanzas, rociado en cada ocasión
por el agua sucia de truculentos blanqueos de capital, oficinas que debieron
existir antes de recibir el último céntimo que pretendía su construcción, etc.-
En su libro, San Manuel bueno mártir, que escribiera el histriónico por momentos, D. Pío, Baroja claro, D. Manuel pierde la fe, su oscuro secreto es revelado al fin. En su partido o en los que pretendieron ver en él alguna marioneta supeditada
al nuevo mandato asumieron perderle en la inmensidad de la honradez, esa isla a la que enviaban los casos perdidos. “Para sufrir eso prefiero tolerar cuchicheos y ganarme mi
pan”, supongo que se dijo a sí mismo, entre risas de hienas y pan duro. No sé
lo que puede haber de bueno o mejor, políticamente hablando, en él pero D.
Manuel hizo algo extraño y así quedó grabado a fuego en las conciencias de esos
seres oscuros que campan por nuestras administraciones públicas sin haber
aprobado oposición. El miedo comenzó a surgir en la oscuridad. Algunos destaparon
la historia y se la contaron a sus retoños para acunarles, autosugestionándose
a sí mismos para el momento fatídico en que pasaran a engrosar la lista de
mártires.
El suicidio
nunca es asistido por quien nos crea sino que es premeditado por la parte de cada uno
que nos odia. ¿Habrá más suicidios políticos? La historia dice que sí, la
realidad la supera aportando ejemplos.
Algo así le debió suceder a D. José María, Chema para los
amigos: algo parecido al ejemplo de D. Manuel –un ejercicio ejemplar, magistral-.
Se vio sólo, abandonado por aquellos que parecieron casi siempre sus socios de
faena más que sus compañeros de fatiga. Se encorajinó y perpetró la
conspiración del hartazgo. Se cansó del refrán: prometer hasta meter y luego de
metido nada de lo prometido. La derecha de rancio abolengo optó por el respeto
a los irrespetuosos y por no cumplir ni un solo acuerdo. Fin de la historia, no
va más. Cambio de cromos en la acera de enfrente y atmósfera insana pero
respirable: se agradece un soplo de aire fresco aunque sea sucio.
Sesión golfa. Pacto de nibelungos. ¿El anillo? El príncipe
oscuro deberá desposar una bella princesa de lacios cabellos, sin dejar que el
anagrama de unas islas olvidadas por siempre jamás, sea bien visto por todos,
desde lo alto del pendón procesional, sea cual fuera aquel. La comedia de este
absurdo se proyectará en el único cine del Valle hasta el 21 de Mayo –sino lo
cierran antes-, con sesiones desperdigadas por los campos de Aridane y sus
alrededores.
Ahora en broma, Chemita
se fue porque para el zapato no encontraba pie. A unas le molestaba el uñero de
una formación anquilosada. Maltratada por los tacones, el tobillo no resistía
más plataformas anti/plantas de asfalto. A la otra el gemelo le salió avispado,
y voló a la concejalía del Cabildo; con tanto sufrimiento el pie se le hinchó y
el zapato no entraba sino a ratos. ¡Calzar el mismo pie y dejar otras huellas!,
qué ironía. Chemita sufría con sólo mirar el esfuerzo de los pasos descarriados
y los dedos embutidos como chistorras. Así no hay quien se canse de pensar en
volver a la placidez de una cátedra aunque el asiento no sea tan mullido ni el
ruido de aplausos sea tan considerable. Se fue por la puerta de atrás, por
alguna trampilla de la tarima o por el sitio del apuntador –ya se sabía el
papel y cada día le gustaba menos-. Se fue dejando atrás una novia sin herencia y otra sin muleta. El cuento
termina y el final sólo plantea puntos suspensivos, ¿habrá segunda parte? Se cierra el telón.
Lo distinto
sólo es casual si el que lo mira no lo sabe ver.
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