domingo, 5 de abril de 2015

Ella.

         Tardes de lápices, gomas y rotuladores., de libros y folios llenos de letras tan pequeñas que en ocasiones la vista suplicaba ayuda a las lámparas más cercanas o al optometrista de dos calles más abajo. Nacer con las piernas largas, la melena del color de las plumas del cuervo y necesitar el género femenino para la atribución de calificativos onerosos y hasta lascivos, nunca fue su elección. Sin embargo fue así desde que abrió los ojos a un mundo preparado para alabar las virtudes en el otro bando de la misma especie. Eran tan pocas las diferencias que creció pensando en hacer una vida, la suya, al margen de lo que podría ser luego la triste realidad.

         Un siglo de ochos después de algunos dieces había precedido al del nueve, a ese de las nuevas esperanzas y el adelanto en tantas materias, luego, sugería la posibilidad acelerar el ritmo para eliminar los ambages que entorpecían esa otra revolución diferente pero igual de necesaria. Nada es lo que parece cuando los altos cargos, los políticos, los administradores de fortunas, los jefes, los operarios, los albañiles, los deportistas, los cazafortunas … crecen pensando, duermen sintiendo, almuerzan leyendo, discuten mentando, esa ley no escrita que contaba medio limón cada dos o tres naranjas. Las luchas encarnizadas no se producían en la calle sino en los hogares. La sumisión de la zurcidora, el conformismo de la cocinera, el silencio del ama de llaves y casas, la contemplación del vientre alquilado por plato, mesa y cama. Y de esta manera llega 1933, un año de iguales penurias sí, pero sorprendentes rebeliones.

         Ellas todas juntas casi lograron ser 7 millones. El rebaño siempre suele necesitar un pastor que sea perro por comodidad o persona por profesión y lo encontraron en la férrea moral de una telegrafista metida a profesora. En las normas está la clave para cambiar el adoctrinamiento y quien va un par de pasos por delante descubre antes las fisuras que rompen la gigantesca roca. El derecho constituyó el modo de morder la mano que daba de comer migajas, cuando no sobras, de un banquete siempre para ellos. Vivir en un eterno “Ellas y ellos”, en el eterno paradigma del inconformismo: soy un poco menos si tu eres o quieres ser un poco más. El vaso comunicante de aspiraciones, derechos y sueños, de eso se trataba. Mil congojas que apesadumbraban su alma y la convertían en peso muerto de sus aspiraciones y utopías. Un espíritu así no vive si no hay lucha.

         Lo logrado en el 33 fue salvaje en cuanto a la guerra de posicionamientos. El enemigo más fiero, en ocasiones, se oculta en el propio entorno más cercano o relativo. Desde allí, las andanadas al frágil velero libertario resultaban mortíferas, aunque tan sólo fuera por confiar en que el peligro proveniente de la misma causa en defensa es menos dañino, más casual que malintencionado. Clara y Victoria. Dos nombres para una misma condición sexual: un ella escrito con sangre por las tantas otras ilusas que creyeron en la igualdad desigualada. Ying y yang de sueños fémino-céntricos.

Nueva Jersey, Pitcairn, Australia del Sur, Wyoming, Nueva Zelanda, … España recibió la visita de lo justo allá por el año 31, constitucionalmente aprobado aunque sin más realidad que la plasmación en páginas –nada tan etéreo como las palabras que nadie lee; son sueños que nadie tiene porque nadie conoce-.

 La criatura nace ese año pero recibe el bautismo un par de años más tarde. Sin embargo, Franco no pensó en parecidos o igualdades en esos años de revueltas y refriegas. Anuló todo y debió llegar el 66 para que en referéndum se acordase otorgar la potestad por la que cada cuerpo sin pene y prepucio tuviera el “privilegio” de manifestar válidamente su pensamiento en los sucesivos procesos electorales que debieran acontecer en español territorio.  En el 76 se confirma que el joven derecho, otrora “herencia genética” de ellos, tiene pies y camina con paso firme por urnas y pasillos de colegios electorales.

         A todas estas, los libros hablan de la tal Clara y del amor en los campos, mientras las vecinas de cada barrio siguen mirando al marido celoso por el rabillo del ojo. Algún palo después, la boca se cose con el hilo invisible del silencio cargado de mensajes. No hay lugar para los lápices, ni para muñecas o sueños de escuelas y pizarras. La preñez quedó atrás, el niño juega en el patio y la tarde ociosa debe mantenerse obligatoriamente lejos de ecuaciones y geometría. Ya es suficiente con que la azotea mida 4 por 6 y los tendederos deba sujetarse de las esquinas para aprovechar más la longitud de tendido: ni se le ocurrió explicarlo –la mujer de un peón debe saber coser, lavar y planchar-. Recuerda, eso sí –y sonríe al evocarlo- que lo leyó sin querer en un tratado de matemáticas. Por despiste, el amigo maestro del marido dejó olvidado sobre la mesa del salón: un arma no lo es hasta que no mata algo. Tarde tras tarde imaginaba volar hasta la biblioteca y poder consultar esas dudas que le atormentaban el inquieto espíritu. Probar el dulce sabor del saber y apurarlo en un simple trago mirando a todos lados en busca del espía que reprenda el acto de indisciplina: la dictadura el matrimonio. ¿Cómo podían ser tan diferente la realidad de ojos abiertos a esa otra de almohada y párpados bajados? Sólo aspiraba a poder acceder a la ingente cantidad de información contenida en libros como aquel que significó el después para su tortuoso antes.

 El miedo ¿Quién era ella para pretender saber más? ¿para qué? ¿acaso iba a necesitar resolver una sistema de ecuaciones con dos incógnitas para hacer un potaje, para subir el vuelto a un par de pantalones…? Si sus manos fueran blandas, tal vez, soportaría un par de guantazos con tal de resolver ese misterio de las edades de los primos que se duplican los años diferenciándose sus desconocidas edades en ciertas cantidades, o el de la velocidad de la mosca en un autobús a 50Km/h ¡Cuánto daría por saberlo! Desentrañar uno tras otros esos pequeños misterios sobre los que elucubraba en la cama, entre ronquidos y pestazo a sobacos sucios y pies sudados.

Ahora podía votar, pero no era capaz de zafarse del yermo terreno en que plantaba cada día su desesperanza, su tristeza, su fracaso. Nadie la preparó para ser un fraude del cuento en el que siempre se imaginó protagonista. No podía luchar contra la seguridad del día a día aunque fuera en detrimento de la poca consideración que se tenía a sí misma desde hacía ya demasiado tiempo. Del orgullo mejor no hablar. Le había perdido la pista en alguna de las primeras ocasiones en que un ser sombrío, el negro terror le obligó a comer en el suelo, o desde el primer bofetón delante de algún amigo borracho, o quizás después de lo ocurrido tras aquella primera mirada severa en la que descubrió su mirada ingenua persiguiendo el trasero del lechero. Fue cediendo terreno ante el avance del desierto de sus miedos. Miedo a los gritos, miedo a las “caricias” que arañan o causan moretones, miedo a pensar, miedo a decir lo que se siente por despertar la bestia apaciguada, miedo a dejar de tener miedo.

 Encontró por fin la excusa. Cortocircuito de finales para cualquier principio. Pozo de olvido. Un viaje a otro lugar diferente. Un sitio más alejado del ruido de cada lunes, del jolgorio de esa primera cogorza del fin de semana y, perennemente, más próximo a la tranquilidad de ser cuidada como la flor de cualquier jardín bonito. Porque no crean, ella se veía tan preciosa como siempre, marchita para según qué miradas –claro que sí, a lo oscuro lo enferma la luz- pero exuberante para algunos ojos que debieran existir en otro lado, lejos de los que miraban la presa y se relamían con el complejo sentimiento de posesión. Viajó casi instantáneamente. Dejando atrás mortificaciones, castigos, gritos y su silencio. Podía hablar, podía mirar donde quisiera y reverberaba el eco de esa preciosa voz que siempre le gustó escuchar fuera de la ducha de agua fría. Hizo amistad con un Clara muy parecida a la del cuento que su madre le leyó  una vez hacía mucho tiempo. Descansó el cuerpo y soltó algunas amarras pero su velero no era libre aún.

Todo no podía ser tan ideal. Al peque no lo le podía tocar. Se habían terminado las tardes de invierno acunando su desconsuelo. No le mecería el pelo, ni le contaría los dientes perdidos bajo la almohada en búsqueda de cualquier sencilla recompensa acarreada por ratones con apellido por nombre. Su padecimiento parece que no tenía fin. Ganó su libertad, se sentía orgullosa. Un salto después podía sentirse mujer, sin ser esclava, sin poner buena cara al maltrato. Pero la felicidad nunca es completa pues se sintió cobarde por última vez al hallar en el valor de su decisión un plausible ejemplo para otras –para curarse es necesario convalecer, el fin es sanarse o morir-. Hay que sufrir, ella lo sabía pero nadie le dijo cuanto. Clara la comprendió aunque no apoyó su decisión, claro está. En la vida no todos pueden ser luchadores victoriosos. Existen batallas que se ganan luego, cuando el tiempo las olvida y el ser humano no tiene otro remedio que recordarlas.

Una imagen que recordar.

Sus huellas en la arena, diluyéndose en la humedad que golpea los granos, que lame la orilla. Por fin ella.   En el mar, sumiéndose en el silencio, ¿atrás? Un llanto desconsolado, unos brazos que buscan cobijo. El amor exige sacrificio, el fin sólo valor.

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