No soy de los que suelen pensar en un día
en particular cuando se trata de dar valor a una idea, a un sentimiento, a una
corazonada, a un acto instintivo, etc. El 8 de Marzo se reconoce
internacionalmente a la mujer en este planeta en el que nos ha tocado vivir. Es
un día especial en el que un ser singular reciba el reconocimiento que el
pasado, el presente y, Dios no lo quiera, el futuro le han negado una y otra
vez. Me opongo rotundamente a pensar y a dejarme llevar por los impulsos del día a día y quizás sea por eso por lo que no me importe escribir hoy acerca de un hecho de ayer, de antes de ayer o de hace unos días.
El cambio.
Probablemente cuando sientes cerca de
ti la magia de una vida que nace y continua floreciendo, a partir de esas
peculiaridades visibles o no tanto, que nos convierte a los seres humanos en
diferentes, siempre dentro de una perseguida y necesaria igualdad, es cuando
logramos entender que todo lo diverso lo es en tanto en cuanto asumimos que nos
enriquece. ¡Así deberíamos pensar en el otro sexo! -me susurra una nueva voz interior recientemente incorporada al coro de esas tantas otras que me han derivado por mil vericuetos hasta donde estoy-. Retumba por las esquinas de la conciencia de los que casi siempre orinamos de pie. ¿O no? Corríjanme si consideran que me equivoco o simplemente contéstenme: ¿Deberíamos olvidar
ese gesto, ya casi quijotesco, de abrir la puerta para que una dama acceda al interior de un coche?
¿No deberíamos ceder el asiento a una señora cuando, en la guagua por ejemplo, el resto están ocupados?
¿Es la cortesía un tipo de machismo camuflado? ¿la galantería forma parte de
esa mirada retrospectiva por la que quien la luce resulta un Casanova de
turno con grasos modales tan moldeados como los cabellos bajo la brillantina y
los polvos blanquecinos? ¿son los años una medicina de olvido para lo que nadie
dijo nunca que fuera malo? Podría seguir preguntándome e inquiriéndoles durante un par de años lo que está bien, lo que
resulta mejor o más conveniente y lo reprobable, aquello que se aleja del ideal
masculino para la inquisidora moral feminista, pero creo que el punto y final
de ese cuento nos retrotraería por igual a modelos alejados de la realidad
actual o futurible, por ende, !cuanto más lejos de esa ya pasada y trasnochada virtud del que nada y guarda la ropa¡
Sus vidas y la mía.
Hace
tiempo, pues ocurre que la vida provee caminos de experiencia en los que
aprendes a asumir que en determinadas materias jamás serás más que un neófito
–las mujeres enseñan cómo renunciar a entender su manera de pensar antes incluso de ser capaz de amarlas-, opté por confirmarme como completo inepto a la hora de adivinar las
querencias de las féminas en mi vida o para la suya propia. He creído mucho más efectivo obrar sin querer
elucubrar aceptaciones, actitudes, agravios o desagravios en lo que se propone bajo el término “laisssez faire”. Una manera de entender la vida, una filosofía vital. Si por ejemplo te apetece invitar a una copa a tu pareja, es preferible pensar en
qué opinarías tú si ella te invitara y a partir de la respuesta retórica, obrar. O no pensar en nada y dejarte llevar por ese impulso primario. “Dejar hacer… dejar pasar…” Sin ponerse en el lugar, sin pensar en ese cliché
de la menstruación para optar por el silencio o la prueba -¡cuánto daño hace al
otro creerse con la habilidad de ser dueño por momentos del cuerpo ajeno¡-, sin
creerse pitonisos o hábiles Mel Gibson en el papel principal de What women want. Acuerden conmigo que es ridículo. Recurrimos, yo mismo en tantos momentos de flaqueza me dejo llevar por ese
andancio popular que considera a la mujer un jeroglífico mucho más complicado
de interpretar que el asociado a cualquier hombre de pelo en pecho, a tópicos
con mucho más componente de placebo que de principio activo, para superar el
miedo a no saber qué hacer. La mente humana no la discriminan sólo unos ovarios,
unos pechos y cientos de millones de hormonas diferenciadas de las masculinas, pues son hormonas al fin y de esas también el hombre tiene algunas cuantas. Algo más debe haber.
Para muestra un par de botones.
Llegados a este momento he creído oportuno hablar de mi experiencia universitaria para conceptualizar esa certeza, esa que me ronda siempre la cabeza y que con el tiempo es ley
silenciosa que a cada paso vital adquiere mayor dominancia. Algo que se intuye debe tratar de demostrarse empíricamente, enseña el método científico, y hete aquí mi experiencia y su lección. En esa Universidad, que como bien
apunta mi padre, me cambió la vida y hasta la forma de ser, desde tempranos
momentos se vislumbraba un mejor futuro para las mujeres que para mi propia condición sexual y la de mis compañeros: simple cuestión de números. Ellas eran más, y
aún hoy, siguen siéndolo. Esa realidad, mucho más disimulada en aquellos primeros
albures, se convirtió en tesis contrastable lista para ser confirmada en posteriores
cursos. Cuanto más cercano el nivel al final del periplo universitario, ellas
eran más y nosotros menos. ¿Por qué? En aquel momento veíamos los toros desde
la misma arena, nada de barreras para hacer bocetos y preguntarse milongas. La preocupación era aprobar, salir de fiesta y conseguir
gustarse primero para gustar luego; mucho que hacer como para pensar en el por qué de una
evidencia. Ahora, con más tiempo para reflexionar y menos pelo en la cabeza que
peinar, con mucha más oportunidad de averiguar lo que pasa con esa materia oscura
que nos rodea, ya soy capaz de testimoniar que ellas eran mucho más constantes. No
sirva esto, por favor, para crear confusión a partir de la excusa que habla de que ellas resultan mejores en
los estudios sólo porque perseveran más; mucho de eso hay pero no era el único motivo. En mi pequeño universo matemático, un modelo a pequeña escala del gigantesco entramado universitario. En el pequeño populacho
de la ULL, pude constatar que grandes cerebros matemáticos podían resultar
igual de asombrosos bajo los hombros de un cuerpo masculino que siendo dueños
del cuerpo de una mujer. Ellas, sin duda, casi siempre eran más constantes, más
trabajadoras pero, en ocasiones, eran, si cabía, mucho más geniales por su
propia aptitud siempre encariñada con la sutil combinación de ese espíritu de
sacrificio rocoso y esforzado: no se veía si no rondabas los lugares de culto,
o descubrías, por casualidad, en algún piso perfumado y limpio, las pistas
sobre una mesa ordenada y una silla incómoda: libros y libros entre folios arrugados.
Nosotros, éramos más tendentes a buscar la diferencia que a moldear la
singularidad y por tanto, resultábamos cribados en mayor medida por el trabajo
que por la aptitud. Conocí compañeros muy inteligentes, matemáticamente
hablando, que, sin embargo, no lograron egresar por motivos únicamente
achacables a la desesperante vagancia que enfermaba sus ánimos. En ocasiones el ánimo enferma al don.
Un caso raro.
Uno de ellos,
compañero de fútbol y divertimentos, sin embargo, personificaba el paradigma de
lo poco usual, casi de lo insólito, cuando nos referíamos al bando de mis
amigas. Él se divertía mucho, practicaba mucho más deporte y estudiaba menos de
lo justo para otros. Los exámenes los superaba con el estudio en el corto, para
los demás claro, tiempo de exámenes. Por esas fechas se convertía, eso sí, en
un joven un poco más parecido a cualquier otro estudiante universitario y, por
tanto, más distante de parecer ese deportista de élite en chándal y deportivas de cualquier centro de
alto rendimiento, con tiempo sobrante
para jugar al fútbol, al baloncesto, al ping-pong y a cualquier otra modalidad de diversión sin libros de por medio. Con
similares prestaciones deportivas, ellas multiplicaban las horas dividiendo
minutos de asueto entre horas de obligación. Con ese sencillo, pero
mortificante ejercicio de
responsabilidad, sus cursos eran ascendentes en nivel académico, al igual que sus notas.
Es decir, con similares propuestas en cuanto a aptitudes, en mi opinión y
basado en la experiencia vivida, ellas lucían más porque su trabajo era mucho
más considerable. Mi amigo habría sido
un caso de la hiper-citada excelencia universitaria de este sigo XXI, eso sí, adelantado a las postrimerías de un siglo que
languidecía. ¿Qué le faltó? Creo que algo de esa otra hormona genéticamente
alterada por alguna mujer en no se sabe bien qué fecha que convirtió a la
constancia en complemento innato en la mujer. A partir de ese momento vistieron
faldas cortas o un poco más largas, zapatos de tacón altísimo o casi
imperceptible, bolso de diseño o de Zara y una capacidad de sacrificio de serie
en casi todos los modelos: se convirtieron en mujeres urbanitas. ¿Por qué? Porque el guión lo requería. Porque según Darwin el ser vivo se adapta a las condiciones del entorno para mejorar evolutivamente. ¿Quizás ellas han mejorado y nosotros, los "machos" seguimos a gatas?
La verdad que no duele pero asusta.
Si trabajan más, son más constantes y
en muchísimas ocasiones igualan la inteligencia o la superan, ¿por qué sigue
pareciendo que deben reivindicarse cada 8 de Marzo? Si en los estudios ofrecen
más pidiendo o necesitando menos. Si en el trabajo demuestran espíritu de sacrificio, cuando
no más valía y poder de convicción, ¿quién cree que no son parecidas en todo y
únicas en tanto como para no merecer el reconocimiento de cada quien los 365
días de cada año? A mi me convencieron hace tiempo y vivo para confirmar día a
día la sospecha de mi certeza.
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