No podía dejar que acabase el año sin
escribir sobre un tema que he dejado aparcado demasiado tiempo. Hay asuntos
sobre los que se necesita una inspiración especial para conseguir que las
palabras gusten al salir de la cabeza y plasmarse en la pantalla del ordenador.
En ocasiones, como me pasó esta vez, inmediatamente se teclea el mensaje, letra
a letra, se deja de oír ese repiqueteo peculiar que consuela el espíritu y a la
misma vez, te va dejando más y más tranquilo. Yo escribo para sonsacarme
secretos que encerramos, algunos seres raros, en el cajón de sastre de lo cotidiano. Resultan ser, en
la mayoría de los casos, pequeños retales sin importancia que no llegan a
preocuparnos en el mismo instante en que acontecen. Sin embargo, hay ocasiones
en que sí que tienen relevancia y sucede que nos contentamos con aparcarlas
momentáneamente en ese lugar de preferencia que, estando alejado del ajetreo
emocional diario, no deja de ser el primer sitio donde nos refugiamos cuando
necesitamos digerir comportamientos, actitudes, miedos, pensamientos… llevados
a cabo o utópicamente anhelados. "Necesito escribir algo sobre padres e hijos", me dije hace ya un tiempo y es hoy cuando pude dedicarme a ello por sentirme preparado, en sintonía.
Ya sé, son fechas para enternecer corazones, para que resbalen lágrimas por las
mejillas con mucha más facilidad, para que nos imbuyamos de ese espíritu
navideño haciéndonos más conscientes de los males que aquejan a los demás o de
sus alegrías: no es lo que pretendo pero tampoco prohibiré cualquier reacción que provoque este escrito en cada quien, !Dios me libre¡. Vaya por delante, sin embargo, que esta historia no es navideña, por
más que la coyuntura me haya permitido escribirla hoy en lugar de hace unos
meses; su espíritu es tan del otoño como del verano, porque padre y madre se es
todos los días del año durante lo que nos resta de vida.
Ocurre un día ese milagro en forma de
carne y hueso que nos obliga a asumir la responsabilidad de haber dado vida y
sobre todo, de procurarla en el futuro. Somos, por ahora, el pájaro que vuela
con la comida en la boca para alimentar al polluelo; más tarde, quizás, el
renglón torcido de su escritura cuando deba redirigir un rumbo equivocado por
momentos, leyendo el consejo entre líneas o asumiendo la libertad para
equivocarse. No crean estimados lectores que no me cuesta aún hablar de padres
e incluirme entre ellos. Es mucho más difícil ser progenitor que sentirlo. Con el
simple gesto de levantarte de la cama y escuchar su respiración mientras
duerme, notas que el aire entra mejor esta mañana, más limpio y puro, respiras mejor, el mundo
sonríe y tu te contagias de esa alegría y disimulas alguna palabra en esa jerga
que has tenido que aprender para hacerle reír. Ser padre es algo que se aprende
pero cuesta, cuesta mucho.
Pedí permiso para
escribir sobre Eric y Violeta porque no creo que haya nadie más celoso de su
intimidad en todo este mundo que yo mismo par con el mío. Tranquilos, no les conozco a fondo
como para poder cometer el error de hablar de ellos más allá de la imagen que
han proyectado en mi; no seré tan osado como para referirme profundamente a
aquello que no conozco. Aún con todo y con esto, si que expondré mi punto de
vista sobre unas personas que cuidan de su sangre en la manera en que
modélicamente todos deberíamos hacerlo. Sin embargo necesito ambientar un poco
esa mirada cómplice con que me sorprendí a mi mismo, al observar el caso de su
vida desde la lejanía de la mía propia ¿A qué me refiero?
Pues básicamente,
comenzando por palabras que aclaren mi ánimo en aquel momento, me refiero a que
lo pasé muy mal desde el mismo principio mismo en que supe que iba a ser padre.
No me veía preparado y sobre todo no creía que jamás lo pudiera llegar a estar.
He tenido la inmensa fortuna de tener uno padres que han hecho de la paternidad
algo tan sencillo que siempre me ha parecido inabordable. Mis abuelos
cooperaron hasta hacerse inevitables a la hora de hablar de mi educación y la de
mis hermanos pero, si bien, en la formación de nuestras personalidades todo ha
influido, viniera de donde viniese, en el modelaje de nuestra educación, las
influencias estaban casi siempre focalizadas en ver, escuchar y aprender cómo
nuestros padres se comportaban. Trabajo, más trabajo, libros, estudios, trabajo
y muchísimas horas de juegos de barrio, de esos que hoy escasean, completaban
las jornadas de formación de esos primeros soldados en continua instrucción que se puede
pensar que éramos por aquellos tiempos. Ni una consola hasta bien entrados los veinte y tantos, nada
de salidas solitarias hasta los 18, momento en que me fui a la universidad y siempre, esa sensación de que queda mucho y aún no te has perdido casi nada. Una férrea moral y
sobre todo una modelización de la conducta que jamás perdía de vista el
estricto esquema de valores morales y las buenas maneras –jamás les recuerdo una
palabra más alta que otra entre ellos y nunca un insulto-. Parecerá que hablo
de un internado, de un colegio de monjas pero nada parecido; era el lugar
fantástico en que me formé como persona y me bebí, sorbiendo ruidosamente, mis
años mozos. Mi infancia, juventud y adolescencia fueron maravillosas pero
reconozco empero, el hecho de siempre haber querido tener un par de años más, saltarme alguna etapa. Soy
lo que siempre, un viejito con pocos años para parecerlo –eso sí,
ahora cada vez menos- y muchos para no ambicionarlo: milagros que obra el tiempo y no respeta la cabeza. Y tuvo que ocurrir el milagro que me cambio la vida.
Como podrán entender, copiar el modelo
ya se podía entender como un auténtico reto y más si cabe, asumiendo que cada
persona es un mundo y agua pasada no mueve molinos. Y te aterra sentirte en el precipicio de una niñez mal dirigida
por aquellos que deben ser modelo de conducta: la responsabilidad. No me quiero
extender pues quiero hablar de Violeta y de Eric, no de mi. A los pocos meses
de embarazo a la niña le detectan una malformación en su intestino. Atresia se
llamaba ese otro gran monstruo, que sucedió al primer miedo en la película de
terror, en las maquinaciones que mi cabeza pergeñaba cuando pensaba en lo que
nos ocurría. Dejar pasar las semanas, desplazarte a Tenerife y encomendarte a
Dios y a los profesionales del Hospital Nuestra Señora de la Candelaria,
ubicarte por días, semanas y meses en un sillón incómodo pegado a un nido: una
secuencia terrorífica de pesadillas demasiado reales. Alarmas, cables y una
desazón que acogota las esperanzas, enfrentándolas a mil y un mal pronóstico.
Un primer vómito, otro más y la poca leche que podía entrar en aquel pequeño
cuerpecito para provocar un aliento de vida y que, por ese tiempo, se contaba
en dosis de 1 a 2 ml por hora. Lo cuento ahora y al escribirlo se me saltan las
lágrimas. Lloré como para hacer correr algún pequeño riachuelo, no me
avergüenza reconocerlo; lloré mis primeras lágrimas de padre la tarde del 13 de
septiembre pero no dejé de hacerlo hasta que sus ganas de vivir me hicieron
pensar en que su esfuerzo bien valía una sonrisa. Porque sé lo que es sufrir
alentando que nuestros hijos estén bien, o al menos, estén mejor, me decidí a
escribir sobre Eric y Violeta o lo que es parecido, sobre Oliver y Yolanda.
Los hijos son un regalo que Dios nos da
para reconducir el camino que emprendemos al nacer. Nos justifican cuando
obramos bien, nos enseñan, a fuerza de besos y risas, cómo hacerlo mejor. Nos
castigan, con sus miedos, la inoperancia de una educación inadecuada. Nos
premian el esfuerzo con las primeras palabras o los primeros gestos; cambian
nuestras amarguras cotidianas por sonrisas casi obligadas al observar sus
logros. Cuando ellos están mal, nosotros estamos peor o incluso, dejamos de
estar. Nos evadimos en fuga silenciosa hacia mundos de tristeza infinita, de los que se nos rescata con algún sonido específico: un ronquidito, un abrazo afectado, un
pedo-carcajada (una variedad más educada pero igual de olorosa)… Somos lo que
ellos nos dejan parecer en cada momento.
Por esto es, por la carga de emotividad y responsabilidad tan grande que conlleva, resulta necesario que apoyemos cualquier causa como la de Violeta y
Eric, la de Oliver y Yolanda: Todos seremos padres por un segundo al comprender
que la alegría infinitesimal de estos niños significa un universo de sonrisas
para su padres. Ellos están obligados a luchar. Quizás su brega se entienda
como natural pero también es natural que Usaín Bolt gane medallas corriendo
como corre, haciendo aquello para lo que ha nacido y sin embargo, no dejamos de
asombrarnos con sus logros y aplaudirlos. A Oliver y Yolanda les ha tocado
correr cada día la carrera de sus vidas, en pos de una meta que permita a sus
hijos vivir dignamente en la mejor de las condiciones físicas o incluso curarse. Lo
están haciendo de fábula, quienes los conocen los saben y quienes no, deberían
conocer su historia porque sólo con compartirla, por un momento, los hará mejores
personas. Ellos están cumpliendo con cada etapa que Dios les ha impuesto como baches del camino, para conseguir satisfactoriamente la finalidad de sus vidas. Porque
se es padre desde que nacen hasta el mismo día en que dejamos de respirar. Ni
siquiera la muerte, con su infinita completitud, logra hacernos esquivar la
misión que se nos encomienda a partir del primer día en que nuestros hijos
respiran sobre la faz de este planeta. Para quien cumple y se
siente beneficiado por la normalidad de un curso vital sin sobresaltos, no debe
ser óbice su alegría para entender la tristeza, el ánimo indestructible o la
estoica actitud positiva de aquel al que le ha tocado en suerte una gesta más
titánica, más sobrenatural y humanamente, sólo más complicada. Dios, en su infinita sapiencia obliga a quien puede
esforzarse un poco más, reta a quien es capaz de cumplir con creces el desafío, da pan
a quien no tiene dientes para que lo despedace en mezcla de saliva y encías:
nos quiere hacer mejores.
Os admiro a los dos, Óliver y Yolanda, como tantos otros
en nuestro pueblo y allende las fronteras de nuestra isla. Y si en un momento
me sentí tan cerca de vuestra causa como lo puede estar aquel que se mueve por
el mismo desierto de desánimo momentáneo, hoy os respeto aún más si cabe, como
modelos de esfuerzo en la paternidad. Sois ejemplo de padres y cualquier hijo
de este mundo merecería conocer la historia de los vuestros para fortalecer el
vínculo entre obligación y devoción, una indisoluble asociación que el hombre,
en su afán por olvidar lo importante, se empeña en disgregar con refranes de
andar por casa. Querer es poder, sí lo es, pero no por alcanzar el objetivo sini por luchas denodadamente por él, desde el mismo momento en que se cumpla con lo
humanamente admisible y requerido. Contigo Oliver, jugué un par de partidos de
fútbol, y con tu hermano también. A tu mujer no la conozco pero, ese Facebook
que hila árboles genealógicos de amistades infinitas, me hace llegar retales de
un amor incondicional que a su vez, posibilita el comprender la magnanimidad
del ser humano enamorado. Sois una familia y eso es a lo más que puede aspirar
el hombre que se aparta de la soledad. A Eric y a Violeta, Dios les ha convertido
en luchadores desde le primer instante de vida y esa misión la deben
cumplimentar con el apoyo que, modélicamente, le prestáis vosotros. Tenéis
suerte por tenerlos, sé que lo sentís porque yo lo siento pero no os quepa duda: ellos también están teniendo mucha suerte. Pedir más es imposible pero
pensar en menos, entendiendo el amor de padre/madre, es imposible. Os cuento lo
último sobre mi y Aylén, mi hija. Existía un 30%, aproximadamente, de casos en
los que un niño con atresia resulta tener también síndrome de Down. Pues bien,
superado ese nudo en el estómago inicial que dura –no os quiero mentir-, os
confieso que sentí una paz que en esos días era tan sorprendente como sanadora.
Si Dios te envía limones aprende a hacer limonada dice la canción. Comencé a
leer sobre el tema, como antes había hecho con la atresia (es difícil imaginar
todo lo que leí en aquellos días en la oscuridad de la UCI de neonatos) y todas
sus características y me dije a mi mismo: si Dios lo quiere así por algo será.
Finalmente no ocurrió, Aylén tiene su cicatriz en la barriguita y se tira unos
pedos que ni el padre en sus momentos más íntimos: del resto de pronósticos, obligados por la casuística, ni asomo. Él nos quiere y nos obliga en la medida
en que somos capaces de afrontar ciertos desafíos: mientras tanto, toca vivir,
es decir, luchar.
Ánimo chicos. El
amor todo lo puede y el de padres se forja en fraguas de infinita fuerza y bondad.
El pago es la sonrisa en sus caras, el deber cumplido. Gracias Oliver y
Yolanda. Gracias por enseñarnos a través de Violeta y Eric cómo se lucha en la vida.
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