Puede que una mañana cualquiera,
de esas en que el sol sale para alumbrar el día de otros, de esas en que el
frío baja desde las alturas de nuestro Roque de los Muchachos para aterirnos y
convertirnos en refugiados del sofá y las mantas, de entre esas parecidas a
otras tantas. Puede que ya no puedas mirar como la vida pasa. ¿Y cuánto habrás
dejado de hacer?
Créanme, los que me lean, si digo
que no le tengo miedo a lo que pueda pasar cuando no esté aquí para pensar en
ello. Habrá pasado y serán los que quedan quienes alberguen algunos
sentimientos y deban enfrentarse a ellos. Sin embargo, me aterra pensar en
todas esas tareas que no habré podido llevar a cabo, en las promesas que pude
hacer y no cumplir; en la vida que no pude vivir. Algo así debería haber pasado
por la cabeza del desdichado que acabó en las aguas del Manzanares no hace
mucho. Lo peor de todo es que no creo que lo hiciera. Ahora se plantean mil
normas nuevas además de demonizar lo que ya significaba Belzebú poco tiempo
después de caer del cielo expulsado. Yo,
en los círculos íntimos en que me suelo mover, abogo por exterminar el fútbol
del mundo. Comenzaría por fustigarme a mí mismo eliminando las categorías
inferiores de cualquier club en cualquier país del mundo; lo que acarrearía la
total desaparición del fútbol a cualquier nivel, pues sin mimbres no se hacen
cestos.
¿Por qué? Confieso no haber sido asiduo nunca de los partidos de fútbol pero en los pocos a los que asistí siempre vi violencia por todos lados. Esos insultos que ahora quieren silenciar con castigos se llevan gritando por los campos de la geografía isleña desde que la pelota es protagonista de este juego. Quien quiera ver este deporte sin aludir a esa vertiente transgresora de buenas costumbres y educación, piensa en el comunismo de Marx y Hengels momentos antes de la caída del muro de Berlín o en la Cuba y el Fidel de hoy, o en la China de Mao. Una revolución sin machetes, una guerra sin armas (aunque sólo sean ejecutivos/políticos de cartera bajo el brazo y corbatas sobre camisas impolutas, blandiendo tarjetas negras, los que se alíen en bandas de sinvergüenzas), una utopía tan onírica que los que la pensaron no tuvieron tiempo más que para soñarla. En esa mentira ya no se soportan los miedos porque los campos se vacían trocados por manta, cerveza y sofá.
¿Por qué? Confieso no haber sido asiduo nunca de los partidos de fútbol pero en los pocos a los que asistí siempre vi violencia por todos lados. Esos insultos que ahora quieren silenciar con castigos se llevan gritando por los campos de la geografía isleña desde que la pelota es protagonista de este juego. Quien quiera ver este deporte sin aludir a esa vertiente transgresora de buenas costumbres y educación, piensa en el comunismo de Marx y Hengels momentos antes de la caída del muro de Berlín o en la Cuba y el Fidel de hoy, o en la China de Mao. Una revolución sin machetes, una guerra sin armas (aunque sólo sean ejecutivos/políticos de cartera bajo el brazo y corbatas sobre camisas impolutas, blandiendo tarjetas negras, los que se alíen en bandas de sinvergüenzas), una utopía tan onírica que los que la pensaron no tuvieron tiempo más que para soñarla. En esa mentira ya no se soportan los miedos porque los campos se vacían trocados por manta, cerveza y sofá.
¿Cómo? Puede que el fútbol sea la
excusa y sólo eso, para que unos descerebrados quieran matarse porque sí pero a
mí me parece que o las cosas son muy sencillas y esta solución es complicada o
la realidad supera la ficción y no se puede simplificar tanto. ¿Por qué es el
fútbol el nicho en el que se entierran estas ganas por dejar de vivir? La
tradición hace mucho por las costumbres, por los usos, por sus efectos en el
tiempo y, en el deporte del balón, algún engranaje mental hace tiempo se estropeó.
Yo digo que es cuestión de ratos gritando sin pararse a pensar. Ratos en que la educación, la
sociabilidad, el saber estar, la vergüenza, el decoro y algunas otras cosas más, parecidas a estas, se dejan en la puerta de los estadios abandonadas durante un par de horas. Los portadores de
estos nuevos avatares pasan a un estado de trance humanoide/bestial y campan a
sus anchas por las gradas, profiriendo una retahíla de insultos, gestualizando
como animales y rebajándose a esa escala más vil y ponzoñosa en la que sus peores
pesadillas son sueños de inalcanzables. Escupen a otros avatares inmersos en procesos
relajados muy similares, o peor aún, a algún despistado congénere que aún a día
de hoy piensa que se puede ir al fútbol a comportarse como seres humanos
racionales sin tener que reservar un palco en soledad. Y ahí se jalean los
goles del equipo del alma y se concretan encuentros en la tercera fase, la
misma en la que la realidad irreal hace suponer que después de ser golpeado con
una barra de hierro y lanzado al río Manzanares, Odín vendrá para llevar al
“héroe” a su Valhalla particular. Dirán algunos que esto es fútbol. Dirán que
no ver jamás un fallo en Messi y encontrar, sin embargo, mil vigas en el ojo de
Cristiano Ronaldo no tiene importancia y yo os diré que para mi si la tiene,
porque esa persona que ve el mundo de un color y no acierta a ponerse las gafas
del de al lado para observar, aunque sea momentáneamente, esa otra realidad
vecina es un alienado y no tendrá escrúpulos a la hora de pasar por encima de
lo que sea y de quien sea con tal de que
su verdad sea la única y su razón la que más pese.
¿Para qué? Para nada. Esa es la
pregunta más sencilla porque su respuesta no escapa por los derroteros mentales
de nadie, aunque la mucha imaginación pueda obrar milagros en según qué ocasiones.
No se puede conseguir algo con cualquiera de estos comportamientos. Pierde el
ser humano, pierde el fútbol y pierde el mundo. Nadie gana porque muchos aplaudan
el escupitajo a un árbitro. Pierde el dueño de la saliva, pierde mucho el
colegiado, pierde demasiado la dignidad del ser humano. Pierde el deporte y la
humanidad se deteriora en su conjunto. ¿Quién no ha visto a Diego Simeone
jalear al público para que levante a su aguerrido conjunto de luchadores
atléticos? Bien, pues en mi opinión, Simeone es un peligro para la humanidad
porque auspicia algunos comportamientos aunque pudiera no ser consciente del
daño. Puede que jalear a tus hijos, mientras hacen la tarea, alentarlos para
que consigan superarse sea una necesidad y hasta una obligación. Puede que
jalear a tu equipo tampoco esté mal pero jalear a toda una afición es
peligroso. Amenaza la estabilidad de la cordura que debe imperar en un estadio.
Si todo el aficionado que es jaleado de esta manera interpreta que debe gritar
más, cantar más, aplaudir más, vitorear a su equipo con mayor volumen sonoro
pues estupendo, pero ocurre, que entre esos aficionados hay avatares de
personas que desde otro mundo dirigen sus miedos, sus fantasías fantasmagóricas
y secretísimas en una dirección que no tiene retorno y son, estos elementos humanoides, los que pueden
interpretar que los jalean para que asesinen, con un cubierto de plástico o con
la bolsa del bocata, al hincha del otro equipo que grita desconociendo ese abismo insondable entre
gozar del fútbol y vivir la pesadilla del absurdo en las carnes vecinas de un
ultra. Quizás Simeone, un jugador violento, gladiador del fútbol dicen algunos –para
mi es violento-, no llegue a sopesar que tras gestos sencillos se pueden
esconder explicaciones plausibles para hechos nefastos. El fútbol no debe ser
violencia, ni refugio para ella y mucho menos cuando es de base. Los padres
deberían asistir al partido y disfrutar con los goles de sus hijos en silencio
para siempre aplaudir a rabear los del compañero o, incluso con más razón, los
de cualquier integrante del equipo contrario. Existen padres que les cuesta
mucho llevar a cabo esta práctica y yo les diría que no fuera al campo cuando
jueguen sus hijos porque eso ayudará a éstos últimos a educarse mejor. El padre
fanático es un germen que puede derivar en hijos fanáticos y explotar en hechos
tan nefastos como el último episodio de violencia en el deporte que todos vimos
hace poco y queremos olvidar.
He querido escribir sobre este
tema porque quizás me ayude a explicar por qué no creo que el fútbol sea bueno
para casi nada cuando se trata de educar a unos hijos. Si se trata de hacer
deporte, es mejor que se opte por el atletismo, por baloncesto o por otro
deporte cualquiera en el que no haya aterrizado el fenómeno fan. Esos campos de
entrenamiento atestados de padres y madres, expectantes, viendo cómo su hijo le da patadas a un balón
cualquier día de entre semana no puede ser mejor que otras muchas opciones:
llevarle a recoger hierba para una cabrita, enseñarle a limpiar el coche,
dejarle que entrene con sus compañeros y buscar algo que hace mientras… No doy
lecciones, pues tengo camino por recorrer y los fallos son aciertos del camino
que nos hace derivar entre piedras que nunca estuvieron allí. Deporte sí pero
sano, sin fenómeno fan, sin alarmismos, con sano espíritu competitivo, con
formadores habilitados para educar a través de una actividad deportiva. Quizás
el mejor futbolista no tenga por qué ser el mejor formador y cualquier jugador
que consiguió nada mientras practicaba el deporte es el idóneo para aleccionar
a nuestra juventud. Hay que estar preparados para poder luego encargarse de la
educación de otros: eso no va en un título sólo sino en la preocupación por
hacer bien las cosas y tener las herramientas necesarias y suficientes.
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