Posiblemente cualquier momento es inadecuado para pervertir
la música con gritos escandalosos de disgusto; no merece una sirena que se
desoigan sus cantos, aún cuando, es seguro que harán zozobrar cualquier navío en las
rocas de sus acantilados, por el encantamiento de sus voces. Así, con esos
aspavientos que maquinaron las peores malas costumbres, convertimos en mi
pueblo los manjares de una huerta cultural floreciente y fértil, en el terreno
baldío en que de un tiempo a esta parte campan demasiadas malas yerbas y algunos
interesados aparceros ávidos por cobrar la paga sin reparar en el barbecho y la
calma. Todo es vértigo. Rapidez en la obtención de méritos para disculpar las
maneras poco pedagógicas y muy irracionales en el tratamiento de esos mimbres
que harán posible la recolección cuidadosa de los frutos. Ni se riega con la
diligencia que requieren los cultivos más delicados, esos mismos que silban
melodías cuando otros reprochan algún regate individualista, ni se arrancan yerbajos molestos. No es que no haya
que sembrar papas o boniatos pero convendrán conmigo en que una orquídea
necesita de otro cariño y atenciones y suponen otro tipo de cultivo menos alimenticio pero tan necesario -la belleza también es requerida por algunos, al menos-. En nuestro encantador repecho de verdes
cantones a la orilla del mar se optó por olvidar el sacrificado cultivo de las
flores para dedicarse a recolectar “papas de la risa”; esas que crecen al amparo de un terreno fértil, sin cuidados y como consecuencia de antiguas y afanadas plantaciones -a eso le llamo yo vivir del pasado-. Ni siquiera se cuidan las huertas de
hortalizas. Si se quiere una cebolla se compra en el supermercado; es más
rentable dicen, yo añado que es más cómodo. El esfuerzo casi nunca es comodidad. Esa misma comodidad nos ha
usurpado la decencia de antaño y la afanosa querencia de cultivar “lo de la
casa”, lo nuestro, lo que no hay que reclamar afuera, lo que nos hace diferentes y singulares. Eso que no parece ser cultura sin embargo, lo es tanto o más que un contenedor repleto de libros. En
otros escritos he ido divagando en busca de razones que hayan precipitado nuestra
manera de ver el mundo; ¿por qué el bagañete se parece tan poco a lo que
fue? Es una pregunta difícil porque la
transversalidad de las materias que influyen en las potenciales soluciones al
enigma, lo hacen exponencialmente complicado. Pero centrémonos en lo que nos ocupa. Yo quería hablarles de
música y algo de relación debería guardar esto con un inicio tan extraño como
el que he propuesto.
¿Cuánto
de normal puede resultar un milagro? Parecen términos antagónicos. Milagro y
normalidad no llegan a ser enemigos pero tienden a mezclarse bastante mal. En
Tazacorte los milagros empezaron a ocurrir desde muy temprano. Los mártires,
milagrosamente añado yo, decidieron
hacer escala y regalarnos una eucaristía llena de reminiscencias jesuíticas (no
sólo por las convicciones religiosas de los frailes) con demasiadas coincidencias
para con ese cónclave entre apóstoles de la fe de algunos años antes. Fraguar
un episodio luctuoso, en evidencias claras de anteposición de unas almas para salvar
a otras, es, desde mi punto de vista, un milagro. Miren si hace tiempo de eso y
aún no logro olvidar, que como ocurrió con el pueblo judío, necesitamos el
martirio de unos fieles seguidores de la fe para reconvenir nuestros
convencimientos. Dios sabe a quien debe mostrarle su rostro. En la vega de los
márgenes de la desembocadura de un barranco nace la apuesta de un pueblo por ser
libre para con sus sueños. El París chiquito o la moda de un lugar siamés a ese otro del “folie bergere”; eso apostamos por ser en algún momento. Había visa para
soñar sin temer el despertar; ¡tiempos tiempos! -que diría mi abuelo-. El que
me conozca sabe que exagero cuando hablo de lo que me gusta.
Año 75, Franco moría y mientras se cerraban sus ojos a la luz de mundo, Dios conspiraba entre sábanas de hospital y matronas, para que otro milagro abriera los suyos. Un milagro de carne y hueso. No le conocí hasta que ya se comenzaba a afianzarse en nuestros rostros, esa pelusilla bajo nuestras narices. Fue en un encuentro casual, un recreo de cualquier día de escuela. En un rato insignificante en cuanto al tiempo, me cambió un poco la vida. Los genios de la lámpara conceden tres deseos y él me concedió aquel día el primero de otros muchos. Me habló de la música y de cómo llegaba a adueñarse de alguien para hacerle pensar en otros mundos. Sus palabras siempre me han sonado claras, tal vez por lo sencillas y porque no se adornan con presuntuosas advertencias, tal vez porque casi siempre me han gustado. Es como el vendedor de ilusiones, en forma de cucharas y tenedores, de enciclopedias o incluso de neveras; te enseñan a comer con la vajilla pero obvian los tantos pagos y el óxido de los años. Cuando vendes algo tan fácil de comprar, como es la música, dispensas la entrada a un mundo que visitas pocas veces antes de saberte dentro. No te granjeas un exclusivo palco, ni siquiera es un salvoconducto que te haga intuir siquiera el paraíso. “Allí disfrutarás porque estamos todos”, me dijo. No me contó que algún profesor tenía malas pulgas, ni me dijo que tendría que estudiar mucho. Ni siquiera me dijo que fuera difícil porque para él siempre fue sencillo. El mago cuando enseña al aprendiz le cuenta los trucos pero presume que la pericia del discípulo es similar a la del docto y experimentado mentor: un error aunque disculpable, eso sí. Pasan los años y sus consejos te hacen ser un poco mejor cada día -mejor persona- sin dejar de ser totalmente consciente de que como él no hay dos. Siempre fue único entre una generación de buenos muy buenos. Él despuntó por delante de tantos otros que habían marcando un antes y, ahora lo puedo decir, un después. Pero lo hizo, también soy consciente ahora, sin que nadie se diera cuenta y dejando a la conciencia de cada cual esa obligación de otorgarle una medalla a la valía humana. De su boca no salían palabras para alabarse sino para ningunear su diferencia o extender sobre sí un manto de silencio inviolable. Yo sé lo que le cuesta hablar de sus dotes porque nunca ha querido ofender a nadie por ser tan bueno. El ser dotado pasa a la historia, se le retrata en libros, cuando gesta palabras en torno a sus pros y provoca silencios, cuando de mentar sus menos se trata. Hay otros seres con don que deciden, sin embargo, no rebasar el estricto margen de su humildad y escriben en renglones pulcramente alineados, con esa manera sencilla de entender la vida que los hace mucho más únicos. No hay sangría en sus textos para la posteridad, ni existen la cursiva o la negrita que no pongan otros, ni siquiera el subrayado de algún excelso acto de orgullo propio en que se haga valer su diversa condición. No quiere ser más, ni por asomo; se asusta siquiera de parecerlo.
Año 75, Franco moría y mientras se cerraban sus ojos a la luz de mundo, Dios conspiraba entre sábanas de hospital y matronas, para que otro milagro abriera los suyos. Un milagro de carne y hueso. No le conocí hasta que ya se comenzaba a afianzarse en nuestros rostros, esa pelusilla bajo nuestras narices. Fue en un encuentro casual, un recreo de cualquier día de escuela. En un rato insignificante en cuanto al tiempo, me cambió un poco la vida. Los genios de la lámpara conceden tres deseos y él me concedió aquel día el primero de otros muchos. Me habló de la música y de cómo llegaba a adueñarse de alguien para hacerle pensar en otros mundos. Sus palabras siempre me han sonado claras, tal vez por lo sencillas y porque no se adornan con presuntuosas advertencias, tal vez porque casi siempre me han gustado. Es como el vendedor de ilusiones, en forma de cucharas y tenedores, de enciclopedias o incluso de neveras; te enseñan a comer con la vajilla pero obvian los tantos pagos y el óxido de los años. Cuando vendes algo tan fácil de comprar, como es la música, dispensas la entrada a un mundo que visitas pocas veces antes de saberte dentro. No te granjeas un exclusivo palco, ni siquiera es un salvoconducto que te haga intuir siquiera el paraíso. “Allí disfrutarás porque estamos todos”, me dijo. No me contó que algún profesor tenía malas pulgas, ni me dijo que tendría que estudiar mucho. Ni siquiera me dijo que fuera difícil porque para él siempre fue sencillo. El mago cuando enseña al aprendiz le cuenta los trucos pero presume que la pericia del discípulo es similar a la del docto y experimentado mentor: un error aunque disculpable, eso sí. Pasan los años y sus consejos te hacen ser un poco mejor cada día -mejor persona- sin dejar de ser totalmente consciente de que como él no hay dos. Siempre fue único entre una generación de buenos muy buenos. Él despuntó por delante de tantos otros que habían marcando un antes y, ahora lo puedo decir, un después. Pero lo hizo, también soy consciente ahora, sin que nadie se diera cuenta y dejando a la conciencia de cada cual esa obligación de otorgarle una medalla a la valía humana. De su boca no salían palabras para alabarse sino para ningunear su diferencia o extender sobre sí un manto de silencio inviolable. Yo sé lo que le cuesta hablar de sus dotes porque nunca ha querido ofender a nadie por ser tan bueno. El ser dotado pasa a la historia, se le retrata en libros, cuando gesta palabras en torno a sus pros y provoca silencios, cuando de mentar sus menos se trata. Hay otros seres con don que deciden, sin embargo, no rebasar el estricto margen de su humildad y escriben en renglones pulcramente alineados, con esa manera sencilla de entender la vida que los hace mucho más únicos. No hay sangría en sus textos para la posteridad, ni existen la cursiva o la negrita que no pongan otros, ni siquiera el subrayado de algún excelso acto de orgullo propio en que se haga valer su diversa condición. No quiere ser más, ni por asomo; se asusta siquiera de parecerlo.
Él puede ser músico, lo es, y maravillar por su sensibilidad pero es que
la persona que resiste esa desmesurada magnanimidad cultura, desborda el
corazón que guarda en las entrañas por actos que regala a cada momento. Pudo
ser tanto más de lo que es, y eso que es mucho, pero eligió hacer feliz a otros; también era su
manera de serlo. Quizás ahora venga a colación la mención de esos beatos
mártires pero no la obligaré; espero de cada lector su decisión para otorgarla. Decidió vivir
con la armonía de un hogar en el que su música mantenía unos hilos que extrañan
los oyentes y tan sólo aciertan a vincular los genios. Hilos de amor
preocupado, de cariño entrañable, de familiaridad superdotada; por encima la
familia, luego las personas y por último él. No le reprocho nada, ni él a si
mismo porque hizo lo que más feliz le hacía: hacer feliz a los suyos. Empero esto
no quita para que asuma que hoy, con un recorte retocado de su pasado, los galardones,
títulos y agasajos serían otros; no cabrían en un par de museos. La
excelsitud de su don obraría el resto; sin desdeñar su enorme capacidad de
trabajo y sacrificio, ilimitada también. La música en la Palma le reconoce hoy
pero ni por asomo como debiera o como yo, y algunos muchos otros, creemos que merece. Pero lo que más me
duele es que en su pueblo, por el que sufre hoy un inmerecido trato laboral, no
se le ensalce en la medida de su entrega incondicional.
David
Gómez es una compleja melodía de sublime empatía y entrega por los suyos. Sin
desafinaciones groseras en el trato humano, sin un más ni un menos, con
intachable rectitud en el cuidado agasajo y la exquisita instrucción a sus alumnos (entre los que yo me incluyo
sintiéndome privilegiado) , con denodado esfuerzo para sacar adelante una
academia de música en Tazacorte desde hace veinte y tantos años. No me hablen
de dinero, algunos sinvergüenzas me lo han mentado, porque éste no compra ni las suelas de sus zapatos. David ha dado
tanto al pueblo que ni en un millón de años y un par de vidas podría él recibir
un mínima parte de lo que ha ofrecido. Yo lo sé porque en mi hizo posible ese sueño
de adentrarme en un mundo de figuras y silencios matizando melodías; con mis
desafinaciones y mis errores, con mis letras y mis suspensos, con mis más y
sobre todo con mis menos. Cuando te acompaña el milagro, en ocasiones, crees
que el cielo está más cerca y que todo lo puede el querer, que todo es
intentarlo para lograrlo. No es así, hoy muchos lo sabemos, pues él nos dio el
privilegio de intentarlo a su lado, atenuando notas equivocadas con sublimes
fuertes ocultadores de lo humano. Lo hemos tenido en nuestras aulas, enseñando
lo que sabía enseñar a partir de una manera de hacer las cosas tan grande como
autodidacta. Lo hemos disfrutado en nuestro cuarto de ensayo, dulcificando con
su bombardino nuestros cabreos, porque sí, porque los seres humanos somos
bestias que a menudo olvidamos esa condición, ante la infinita bonhomía de
estas personas únicas que navegan entre nuestras marejadas soplando nuestras velas para alejarnos de la segura zozobra. Son ángeles enviados del cielo para calzar zapatos de
hombre y caminar entre nuestras huellas olvidando las suyas. Se entrometen en
nuestras trifulcas para apaciguar los ánimos convirtiendo a los malos en buenos por el momento. Todo es posible cuando hacen sonar sus corazones en el metal de un
instrumento de viento, en las cuerdas de una guitarra, o quizás en las teclas
de un piano o un acordeón. David lo es todo sin haber querido ser más que
nadie. Eso es lo que me ha enseñado su discurrir, cercano al mío por momentos.
Siempre he dicho que cuando se logra conocer a alguien es cuando compartes con
él muchos ratos diarios; porque es imposible mantener una sonrisa impostada
cada día del año. Yo he conocido al David casual y al cotidiano y jamás adiviné
un motivo insignificante para pensar que no era un ángel. Lo es y no sólo lo
atestigua su música, esa que resuena en los instrumentos que magistralmente
ejecuta, sino el palpitar de un corazón que lo hace mejor cada día.
Quiero
terminar este artículo pidiendo encarecidamente al que me lea que entienda que
no pretendo adular la maestría de David; posiblemente es de las pocas cosas que
el bagañete tiene claras. David es un “rara avis”, un trébol de cuatro hojas,
un mártir de la cultura (de la música) en nuestro pueblo. Sin embargo, en este
juicio al que todos asistimos, pretendiendo sentenciar la música en nuestro
municipio, él no es culpable de nada y sí propiciador de todo lo bueno que ha
significado la Banda Municipal y la escuela de música desde que se formó o
desde que viene formando músicos. David es nuestra música, David es todo lo
limpio que suena cuando yo, mis hermanos, vuestros hijos o los demás tratamos
de improvisar o ejecutar los compases que forman la banda sonora de nuestro pueblo.
Si algo bueno hay en todo eso, y yo lo creo, es en gran medida gracias a David.
Es mi opinión claro está y cada cual tendrá la suya pero yo no concibo un
Tazacorte con futuro musical sin David Gómez Pérez, sería demasiado duro. Sería
más una pesadilla que un sueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario