jueves, 25 de diciembre de 2014

El precio de la cultura.




            Tal vez sino hubiéramos llegado al momento en el que estamos, jamás nos habríamos replanteado lo necesario que resulta el acceso a la cultura. Es ahora, en estos tiempos de recortes con tijera de cocina, cuando repensamos nuestros gustos, obligados por la visión terrorífica de un fondo de monedero desértico.  Ese IVA del 21% estrangula los cimientos del estado de bienestar y degüella el futuro de todo un país. ¿Nos damos cuenta? Quizás porque vivimos un poco lejos y porque le cambiaron el nombre a este demoníaco impuesto para hacerlo más nuestro, más canario,  hemos decidido seguir sintiendo desdén por lo que nos debería importar mucho más que la Champions League y algo menos que seguir respirando mañana. ¿Habéis pensado en cómo han subido escandalosamente los precios del cine? Pues algo así continuará pasando con el país en esos otros rumbos mucho más trascendentales. ACS logra un contrato para una línea de metro en USA pero los ingenieros técnicos en construcción canarios deben emigrar a Chile si quieren ganarse el pan con su profesión. Los profesores de nuestro archipiélago deben mirar a EE.UU. si dominan el inglés, si tienen la edad justa y el currículo adecuado. Se desangra nuestro estado de bienestar porque España se ha gastado millones en formarnos y malgastarnos por los apremios de una crisis que pretende cultivar los latifundios de los que ya nunca necesitarán pensar en cuanto les costará comer el resto de su vida. No se trata de alentar ideas socialistas, trasnochadas por ese comunismo utópico que sólo respiró al nacer en las páginas amarillentas de tratados demasiado antiguos. Se trata de espabilar las conciencias dormidas por el costumbrismo que el propio estado alienta. ¿Por qué? Porque sus vidas entre almohadones de plumas, llenas de rutilantes excusas, requieren de nuestro silencio y de ese conformismo que nos disuelve entre críticas de bar. Se arriesga quien puede y, de entre quien quiere, sólo aquel que se sepulta así mismo entre sus miedos a paladas de orgullo,  logra contravenir el ritmo mortífero de unas barreras que cada vez son menos imaginarias. El ciudadano de clase existe y es más real y tangible cuanto mayor sea la diferencia entre aquel que paga y quien lo merece.

            Parece el típico discurso vacío de ideas pero es en los peores tiempos cuando ocurren esos milagros en forma de reivindicación. La gente se aliena de sus circunstancias y trasciende a su situación íntima y privada. Olvida que pasa hambre para pensar que sin orgullo es mejor dejar de comer y de vivir. Se trata del último paso de un rehén al que hacen desfilar por un trampolín suspendido en el vacío en el último día de condena: le espera otra vida o la muerte quizás. Si saltas podría ocurrir que un ángel te suspendiera en plena caída con sus alas y fugazmente te transportase a otro lugar, a otro mundo. También podría ocurrir que, una vez liberada tu alma del servilismo humano para con tu cuerpo, fluyeras entre la multitud agolpada en la misma orilla del abismo insondable en que se precipitó tu existencia. Verías las sonrisas naturales, las lágrimas sinceras y las mentiras mal disimuladas y podrías ponerle cara a cada quien resumiendo la lista de favorables a la causa de tu vida.  Todo esto podría ocurrir si la valentía hiciera acto de presencia en cualquier instante de la vida de un cualquiera. Sin embargo, coincidirán conmigo en que no es lo que pasa en nuestro presente. Vagamos de aquí para allá hablando de temas redundantes, usamos palabras relamidas por la falta de imaginación para pensar en otras más propicias pero menos comunes, nos dejamos morir viviendo sin más. Yo, tú, aquel, el compañero, el vecino, el primo, el abuelo aguantamos la marea para que el dicho pierda razón pero seguimos dormidos; eso sí, bien anclados en la comodidad de que otros piensen. Y lo hacen, no os quepa duda. Piensan en cómo alegrarse su mañana cueste lo que le cueste a los demás y siempre desde la inventiva maquiavélica, tejiendo tramas de usura, de tráfico de influencias, de prevaricación, de robo… Todo vale si el fin es jugar con el trabajo de otros. Se legisla para justificar el gasto obligatorio de todo aquel que no sea yo mismo mientras es vital garantizar la gratuidad de cualquier cosa en la que yo me empeñe. Vean sino a ese personaje conocido como el “pequeño Nicolás”. En la BLUME con traje y corbata, escoltado por un chófer al mando de una flamante limusina; sin ir a clase ni un día, sin saber lo que es un chándal o una abdominal. ¿Para qué?, si correr es de cobardes. Miles de jóvenes sacrificando juventud, tardes de copas con amigos, noches de lujuria con amigas: ellos se lo pierden diría nuestro pequeño gran personaje. Vidas de excelsa rectitud y férreo castigo corporal en forma de miles de horas de entrenamiento y mientras tanto, nuestro amigo Nicolás pulula por los pasillos en mocasines, ajustándose el nudo de la corbata que le impide hablar cómodamente por teléfono con los que le invitan a palcos en partidos de fútbol de importancia (estuvo en el palco del Bernabéu en alguna conocida final), o le requieren entre los asiduos a discotecas de lujo para ser santo y compaña de cuerpos moldeados por la sabia mano humana que igual pone puntos de sutura en delicadas operaciones a vida o muerte, que instala masas de silicona en la afectada soberbia de rubias sin pelo de tontas.

            Es navidad y debiera recetar un ponche compuesto de palabras que rimen con amor o con paz; una bebida espirituosa que embriague sin llegar a emborrachar. La palabra es como el duende, vigila desde la oscuridad de nuestros desafueros y se deja apresar cuando decidimos cuidarnos bien de no querer sólo aparentar hacer bien las cosas. Ellos nos tienden la mano siempre y cuando, antes, nosotros decidamos ponerles en valor, respetarles; algo así creo que pasa. Pues bien, en estas fiestas los que leemos el blog de esta buhardilla solitaria, hemos alcanzado las casi 2000 visitas. Posiblemente no lleguemos a ese número en lo que resta de año pero tampoco creo que nos preocupe mucho. Preferimos ser pocos y disfrutar más, a ser muchos y que la popularidad nos cueste el disgusto de escribir por y para determinados caprichos. Sin embargo, me gustaría hacer un repaso de lo que nos ha traído hasta hoy para que aquel que se asoma a alguna de las ventanas de nuestra buhardilla no sienta que la altura hasta el suelo de los mortales le provoque vértigo. Estamos tan cerca del suelo como cuando decidí abrir la buhardilla de mis pensamientos porque ni somos mejores ni vivimos de serlo. ¿Por qué os cuento todo esto y cambio finalmente el hilo del artículo? Por una sencilla razón. Más de una vez he querido plasmar en el muro de mi página de Facebook el terror que me producen los conchaveos políticos porque en ellos la cultura y la valía del esfuerzo vale tanto menos que la palmadita en la espalda y la salvaje hipocresía. Si ya es caro leer que no le nieguen a nadie el placer de seguir escribiendo para unos pocos, ni le nieguen el justo valor de sus palabras. Alguien que conozco, no le pondremos nombre salvaguardando la intimidad que merece su revelación, me contó que en esta isla el arte tiene dueño. Si te llamas X y eres amigo de Y, vives pregonando que escribes y que te leen muchos, si además excedes la moral con las zafias palabras, soeces expresiones y enalteces el valor de lo banal, tienes ganado un trocito del cielo que venden algunos honorables deshonrados críticos. Jurados de escandalosos vacíos culturales, nada específicos en la materia que valoran y alzados en pedestales mucho más propios que erigidos por alguien ajeno a sus egos y objetivo para con sus logros. Personajes que pululan por aquí y por allá haciendo gala de honores de dudosa valía, de escaso empaque como para servir a cualquiera en su vital actividad curricular. Quiero deciros que nada es lo que parece en el mundo de las letras en nuestra isla palmera. Autores que he leído por simple curiosidad y que me han sorprendido gratamente y sin embargo, permanecen en el ostracismo de su obligado, impuesto por los que prefieren el continuo tráfico de influencias, exilio del recuerdo y del espacio en vitrinas iluminadas. Pasa por otro lado que aquellos que asisten a reuniones de canjeo de miles de adulaciones, de risas falsas e impostura, requisan la autoría de todo lo que vale. Son dueños del valor porque ellos deciden para quien, cuando, cómo y por qué deben ocurrir los milagros del saber hacer. Estiman la oportunidad del intento suicida de un desconocido que pretende que se le lea antes lo que escribe que su nombre, o que se le desconozca la cara desafiando la imaginación y sus poderes. Afinando el discurso: el ínclito confidente no se ha presentado a una serie de premios porque ya no cree en ellos. Está cansado de que se juegue con lo poco bueno que puede haber en la influencia para con los juicios de valor en el momento mismo en que se muestra estar incapacitado para llevarlos a cabo. Me cuenta el soplón, dicho con todo el cariño que pueda no albergar esta coloquial expresión, que un año de estos pasados, podría ser el 2014 que se despide en nada, le otorgaron un premio de entidad en la isla a cierta poetisa archi-conocida y que acto seguido el ruido de palmadas en espaldas ajenas ensordeció la opinión pública. Facebook, periódicos digitales, periódicos de tirada autonómica, fanzines insulares, muros privados acordaron construir un altar tan concupiscente como atávico: los dioses vigilan a aquellos mortales que los retan, no lo duden. No es gota que colme el vaso porque hace tiempo que se derrama en vergüenza, pues el mismo que cuenta esta última verdad también pone atención en los propósitos que persigue cada jurado de cada premio. No se trata de enaltecer la cultura potenciando el valor de la palabra, no, se trata de ayudar al gremio de trepas a encontrar apoyos que impulsen sus ya escaladores propósitos. Proponer al  premiado como disculpa de la celebración del acto: "nosotros hemos cumplido" -eso sí, el premio queda casi siempre entre ellos-. Y yo añado, porque os confieso que leo mucho, que si al menos fueran mejores podrían tapar bocas pero, quien desvela los pechos de una mujer fotografiando lo que con sus manos haría un adorador de los mismos, no tiene porque ser pensado como candidato al Premio Cervantes o no al menos ser considerado por encima del que decide engalanar de gasas diletantes, brumas encubridores del desnudo y, sin embargo, potenciadoras del deseo por conocer siempre lo que se esconde restando importancia a lo que se ve.  Puede que me equivoque pero me respeto a mi mismo la opinión porque leo a cualquiera sin importar el nombre. En nuestra isla, cuanto más "famoso" es quien escribe, menos me gusta lo que trata de comunicar. Hay talento desaprovechado porque, quienes juzgan, miran mucho al de al lado en los tantos actos para regodearse en su prestada importancia. Veladas de confeccionistas de frases o versos a las que acuden los mismos para quererse entre ellos y sin darse cuenta, que profanan su mismo amor con la insolencia de hacer oídos sordos a aquellos que quizás puedan contar algo nuevo e interesante.

            Quien os escribe elegirá muy mucho a quien lea su obra y por ende, se presentará a escasísimos concursos en la isla. Creo que debemos valer para muchos y no tanto servir de chivo expiatorio para unos cuantos que se dediquen a aplaudirnos,  a regalarnos lo que no merecemos. Escribiré, como hasta ahora, en este espacio de todos e insistiré en que hagáis crítica de lo que publico porque es la manera en que yo puedo mejorar y ustedes estar más conformes con lo que pueda salir del debate que, por seguro, nos hará más felices. Leemos para evadirnos, para viajar por lugares a los que nunca fuimos o iremos, enamorarnos de mujeres/hombres que jamás conoceremos, conocer el valor que nunca tendremos para hacer lo que nunca imaginamos que se podía llevar a cabo. Leemos para sentirnos libres. Disfrutad esa misma libertad para expresar lo que pensáis porque en el Estado que sufrimos aún no hay un IVA o IGIC creado para imponer tasas al pensar o al hacerlo de manera diferente; todavía.

Os deseo feliz Navidad y que 2015 lo podamos observar a ratos desde nuestra buhardilla acogedora y confortable, desde este lugar que hemos construido juntos y en el que disfrutamos siendo, momentánemente, algún personaje de cuento o quizás, pensando alguna crítica en pos de mejorar lo que nos rodea. Felices fiestas entrañables lectores y gracias.

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