Somos
unos pocos los que nos reunimos muy de vez en cuando y hablamos de esos mismos
temas que nos escuecen la conciencia, la inconsciencia y hasta los ojos, al
poco rato de sentirnos solos. Dilapidamos críticas, alumbramos soluciones en la
intimidad de un punto en común, o de varios según sea el caso. La última
ocasión en que pude escuchar a algún sabio explicarse decidí enmendar mis
errores con el silencio ante esos mares de cólera, embravecidos por la soledad
de mis preocupaciones, en que naufrago cuando soporto estoicamente lo que no
merece un pueblo, ni yo como ciudadano. Egoístamente debo abundar en que el
Tazacorte que añoro no se parece en nada absolutamente con ese que me esfuerzo
en olvidar rápidamente al circular por las carreteras que me alejan de sus
calles. No me identifico con casi nada y estoy de acuerdo con muy pocas cosas
de las que veo.
Estas pasadas fiestas tuve
sensaciones amarguísimas y algunas otras, oasis en ruta hacia peores presagios,
me dejaron el sabor amargo de la incompletitud. Comenzaré por el principio para
narrarles con resumidos pormenores ese amalgamiento de sentimientos raros.
Atropelladamente
y con más nervios que argumentos decidí explicar lo que pienso acerca de los
Premios de Narrativa y Poesía D. Luís Sánchez Brito que concede nuestro Iltmo.
Ayto. de la Villa y Puerto de Tazacorte cada nuevo años por la época de
fiestas. Lo hice en un escenario de circunstancias ante un público circunspecto
al encontrarse con el regalo inesperado (indeseado se podría añadir) de un
postre difícil de digerir después de haberse atragantado con un primer y
segundo plato de feminismo reivindicativo. Agradecer el sacrificio que supone
perpetuar este concurso en contra de la pléyade de inconveniencias que suscita;
inconveniencias o desintereses. Es de agradecer eso sí, sin enrojecer las
palmas de las manos; podrían caber las palmas de tango y nadie se podría sentir
zaherido. Y eso que ni siquiera hablé del problema que existe en nuestro
municipio para con la cultura, pues lo consideré estúpido dado que allí se
habían dado cita los pocos a los que un acto así podía interesar culturalmente
hablando, ¿o no? Pues podría decirse que sí sino fuera porque la encerrona que
provocaron nuestros políticos ocasionó el milagroso arreglo de un desarreglo.
El arte del biribirloque propicia que se cacen gatos de tres patas con bazookas
Llegué a la casa de la cultura poco antes de las 8.30h y estábamos: el padre de
la ganadora del Premio de Poesía, otros dos asistentes, el concejal de Cultura
y el presentador del acto. Pongamos, siendo ilusamente optimistas, que vinieran
otros tantos más en el tiempo en que el reloj avanzase un cuarto del minutero o
incluso hasta la mitad del mismo. El acto habría sido un completo fracaso en cuanto
a la asistencia fortuita, interesada y reconfortante de gente de nuestro pueblo;
no caben la más razonable de las dudas. ¿Por qué? Excusemos la asistencia de
unos pocos por desconocimiento (aunque existe un programa que funciona igual a
la hora de leer los grupos y la hora del Día Cubano que para consultar la hora
de la obra de teatro del último viernes de fiesta), excusemos las obligadas por
imposibilidad o enfermedad, engrosemos aún más la lista con aquellos que se
sienten disgustados ante este tipo de actos y prefieren la entrega de trofeos
futbolísticos. Contemos ahora el grueso de inasistentes y sorprendámonos, o no
(yo hace tiempo que no). Tazacorte cuenta con unos 5600 habitantes si a esta
cifra le restamos los que efectivamente asistimos nos quedan 5594. Desglosemos
los números en las categorías acordadas. Enfermos ese día a esa hora, desinteresados/inapetentes
estarían el 99% de la población. De este sencillo cálculo yo concluyo, sin
inferencia ni complejas herramientas de cálculo, que Tazacorte sufre una enfermedad crónica
(porque es perfectamente trasladable a cualquier otra de las ediciones pasadas
y me arriesgo a decir que venideras) cuyos síntomas vienen siendo: no asistir a
actos culturales, asistir a entrenamientos de fútbol en masa. Sin embargo, lo
del deporte es aún mucho peor cuando barajamos noticias que ahondan en la no
creación de un equipo de lucha senior y por lo poco que sé, (reconozco que mi
interesa menos que nada: extra/súper/híper nada) en que ya no existe el C.D.
Victoria. Mamma mía.
Un pueblo de músicos y deportistas
reconvertido a pueblo de soñadores musicales y deportistas “arrimados” o
exportados. El deporte aleja del vicio, de las perversiones, de la insalubridad
con la que condena la sociedad a sus elementos más despistados de ese
pretendido y quimérico virtuosismo. No dejo de estar de acuerdo en que mejor en
un campo de fútbol dando patadas que en cualquier recoveco pinchándose las
venas; pero ahí creo que comenzó el declive, el big band de este cosmos de
incultura y abandono en que vivimos. Contentarse con un “del mal el menos” nos
ha hecho conformistas en exceso y es en el término medio, en el equilibrio
(sobre el que teorizó Nash –recuerden ‘Una mente maravillosa’) donde reside la
virtud. Mientras se ha ensalzado, protegido, privilegiado a los futbolistas
también se ha vilipendiado, despreciado, ninguneado a los músicos (valga el
ejemplo porque es para mi el paradigma cultural por antonomasia en mi pueblo).
Creando figuritas de barro se ha configurado un museo de los horrores en los
que esos futbolistas desfloran piñas de plátanos ajenas y reciben un jornal que
fue simple gratificación cuando vestían de corto. Cuento con que alguien me diga
que los estudios en este hoy actual no se traducen en trabajo pero responderé
que siempre será más optimista el futuro (negro y plomizo) para quien sabe
convertir los colores en cuadros y cuantificar la mortal cantidad de plomo en
sangre que para el que a los 40 debe mirar en fotografías y vídeos lo grande
que fue y lo mucho o poco que logró siéndolo. Para algo debe servir el saber;
incluso para entender lo efímero de un cuerpo. Me niego a hablar de lucha
canaria, a estas altura sería volver sobre los mismos pasos y repetir un mismo
discurso. El caso es que los enfermos son muchos y la cura es cada vez más
cara. Morimos de un virus mucho más letal para el espíritu que el ébola: el
retrovirus de la incultura.
Pasada
esta primera mala experiencia asistí al concierto de la Banda de Música.
Felicito a los que decidieron cambiar la sede porque nos ayudó a ganar algún
despistado adepto, eso sí, más afín al
café en el Kiosko de la Plaza del Morro al sol puesto, que a los compases de un
pasodoble. Bueno, mejor uno más que diez menos; es de bien nacidos ser
agradecidos. En familia, como siempre, disfrutamos de lo que nos gusta y eso ya
es suficiente pago. Caballos fufos como excepción, la música en Tazacorte está
agonizando. Grupos que se disuelven por o gracias a complot´s unipersonales
favorecedores de la formación de cárteles musicales; Banda que malvive entre
recortes incomprendidos, inmerecidos y obligados... Con todo y con ese panorama
de fondo, bien se podría hablar de tensión que corta el aire cual navaja de
barbero, disfruté de una tarde de conciertos (hubo también parte de la mañana
pero no pude estar allí) en el día el rock´n roll. Un maravilloso grupo de
música retro, años 60, 70, 80. Voces profesionales disfrazadas de esforzados
amateurs desplayándose en la certeza de su virtuosismo y logrando
transportarnos a otros tiempos muy distintos. ¿Asistentes? Antes de que
hubieran no existieron y después siguieron siendo pocos, muchos menos de los
que merecía el acto y los músicos allí citados.
Luego ocurrió un milagro. Una obra
de teatro me trasladó con su magia a otros tiempos añorados por cualquiera que
rece porque su pueblo, cualquier que sea, se parezca a lo que sueña o a lo que
le contaron que pareció ser hace muchos años. No voy a entrar en lo que sentí
porque traté de explicarlo en un escrito que colgué de mi blog en fechas pasadas
(http://www.labuhardillasolariega.blogspot.com.es/2014/09/en-la-sombra-de-un-milagro.html).
Sin embargo si debo recalcar que, del
pueblo, en ese acto, se pudieron contar muy pocos. Sumen las cifras y verán que
llevamos 3 de tres o tal vez hasta 4. Cuatro suspensos en cultura y seguimos
sumando bolos.
Por fin llego al acto que menor
valor pudo tener para algunos y que para mi, sin embargo, significó tantísimo.
Nuestro cronista oficial me anunció que el viernes vendrían unos amigos de una
agrupación de Tenerife que ya había actuado el año anterior. Yo había hecho
planes para ir, ese viernes, a una obra de teatro (por cierto se las
recomiendo) del grupo La Farsa y quedamos en vernos a la salida en la Plaza. Luego,
nos emplazamos para el sábado, eso sí, sin renunciar a parrandear hasta casi
las 2 de la mañana por diferentes bares del pueblo en la mejor de las compañías.
No pude asistir a su actuación, siempre me quedará esa pena, en la Plaza de la Vica pero aún así me decidí
a pasar un buen rato con ellos y a informarme de cómo les había ido todo: más
vale tarde que nunca. Unas cervezas con familiares y amigos y una tarde de
incomparable disfrute. En eso consistió mi sábado a eso del medio día. Música
de hoy, de ayer, de siempre y risas cómplices, sin olvidar algunas conversaciones
que confirman sospechas. En su segundo año de actuación, mis amigos
parranderos, ni estuvieron en el programa ni contaron con más ánimo y ayuda que
el de aquellos que quisieron proveerles de un lugar para demostrar su valía. No
entraré en si aquellos (me niego a politizar esto) le dieron lo que pudieron o
si los otros negaron lo que quisieron. El caso es que ni equipo de sonido, ni
unas letras en el programa de las fiestas ni un aprovechamiento que cualquiera
podría sobreentender y hasta exprimir, a poco que escuchara las melodías que
salían de sus gargantas y de las cuerdas de sus guitarras; ya sé que habrán
excusas y hasta posibles explicaciones, pues al cerebro de cualquiera, con un
poco de tiempo, capacidad para hablar de verdades a medias y el condimento de unas
risitas entrenadas previamente, nada se resiste. Resumiendo estimados lectores,
terminamos en una pequeña barbacoa familiar cantando y riendo hasta las 5 de la
mañana. Os puedo asegurar que no pararon de cantar más de 2 minutos. Ese era el
ínfimo tiempo que necesitaban para hilar unos temas con otros, para refrescar
la garganta y acordar voces y motivos. Algo digno de ser recordado, lástima que
no todo el pueblo lo pudiera disfrutar.
Quiero
concluir este post aludiendo a un trocito, traducido por D. Leandro Fernández
de Moratín, de Hamlet. «Ser o
no ser, ésa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los
tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de
calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más?
¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número,
patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos
solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar». Morir es dormir. Hace
tiempo que nos dedicamos a dormir, a dejarnos llevar por la marea y ya se sabe,
“camarón que se duerme…” Algunos cuentan que mientras hay vida hay esperanza y
salvación, yo me empeño en soñarlo pero la realidad me despierta en un
descampado de desapego ante los valores mínimos y la cordura esencial. Todo
tiene siempre un doble filo y una duplicidad de intenciones. Si callas es
porque consientes y si hablas es porque te mueve sólo la crítica. A mi, que no
soy nadie y que me lee muy poca gente ya me han “amenazado” por teclear más de
lo que debo y alinearme en los lados que no debiese. No soy ningún valiente por
escribir lo que pienso, jamás lo he creído y no será diferente ahora. Soy
consciente de que el mundo no se mueve sólo con palabras pero cada quien ofrece
lo que puede, lo que tiene; y yo, a mi modo, brindo al que me lee la
oportunidad de saber un poco acerca de mi manera de pensar y de las soluciones
que ofrezco. Luego, egoístamente, me convenzo a cada línea de que no puedo
dejar de expresarme en letras porque me hace sentirme mejor. No quiero morirme
ya y para ello debo dormir lo que necesite mi cuerpo para seguir viviendo, para
que mi mente siga pensando y mi corazón latiendo. No quiero cerrar los ojos a
un mundo en el que pierdes una oportunidad de ser mejor por un simple parpadeo,
no me lo puedo permitir. ¿No merecemos los bagañetes otra realidad? Abrir lo
ojos para ver lo que vemos es darse cuenta que hace mucho tiempo los cerramos y
permanecemos en la inconsciencia de un sueño convertido en pesadilla.
1 comentario:
Nunca dejes que silencien tu corazón y tu forma de ver las cosas. Tu hablas y hablas y hablas y...cuentas realidades como puños de un pueblo que en parte se encuentra sin rumbo como un barco a la deriba sin un capitan y una tripulación que lo sepa llevar a buen puerto.
Yo no soy de Tazacorte y sin serlo me preocupa la situación por la que lo están haciendo pasar.
Ojalá tus palabras sirvan para que esos que hoy mandan luchen duro por sacar adelante las arcas municipales y no por engordar las propias.
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