sábado, 27 de septiembre de 2014

En la sombra de un milagro.


He querido, en esta ocasión, rendir mi pequeño y humilde homenaje a un acto de nuestras fiestas locales en honor a S. Miguel Arcángel. Quepa mencionar, no puedo evitarlo, que es patrón de TODA la isla de la Palma y que por ende merecería la señalización de su celebración anual en los calendarios de todos y cada uno de los palmeros, con ese rojo que marca el resto de días de fiesta y asueto. Los políticos del bando Este siempre tan remisos a que la distancia entre los dos lados opuestos de la isla sea la que estrictamente marcan los kilómetros lineales que separan ambas orillas; no hay nada peor que imaginar diferencias donde sólo hay similitudes. Perdón por desencaminarme de la senda dialéctica objeto de este escrito pero hay cosas que duelen por cansinas y vergonzantes. El caso es que hace dos días, el pasado jueves  25 de septiembre de 2014, el programa de las fiestas locales de La Villa y Puerto de Tazacorte, le hacía hueco a una actuación que me pasó desapercibida del todo. Me cogió de improviso, debo confesar; soy animal de costumbres y rutinas. Venía con el itinerario de mis días de “vacaciones” por el pueblo, sin atender más que a aquellos compromisos sociales en que me había visto envuelto por ese afán de “no quedar mal” y aportar un insignificante grano de arena que pudiera servir de ayuda a alguien o a algunos. El caso es que gracias a Facebook, esa agenda diaria, ese chivato de eventos más allá de cumpleaños olvidados, me enteré de que habría una obra de teatro en la casa de la cultura. Después de caer en un desacuerdo fortuito con el propio concejal de cultura, en cuanto a mis posibilidades para poder asistir al acto, y de terminar el ensayo con la banda de música a tiempo, me dirigí al pequeño auditorio.  Un escenario de cuento, eso es lo primero que me impresionó dentro de aquel auditorio. Con poquito, aquel rincón de revista de efemérides personales, vestía las sombras y las luces de colores llamativos, de retazos de cosas con vida propia. El bastidor de un espejo de camerino nos permitía adentrarnos en la faz de un actor y en sus intimidades. Todo era mágico. Sin necesidad de respirar humos artificiales, sin grandes tinglados de mil luces y efectos se veía mucho más de aquello que los ojos, cansados de lo cotidiano, nos tienen acostumbrados a mirar. Y es entonces cuando se sube el telón imaginario de una noche única.

            D. Ángel Acosta, así se llama el protagonista, el actor de la obra. No me sonaba para nada el nombre, lo admito. No he estado nunca metido en el mundo del arte dramático y quizás la lejanía temporal entre nuestras generaciones distantes hizo el resto: el caso era que yo no le conocía ni sabía de su hacer. Esos primeros retoques del maquillaje frente al diáfano espejo invisible de su alma, anunciaban las mejores noticias para el goce de los espectadores y me ubicaban en otros escenarios mucho más abarrotados y afamados, en otros tiempos, en otros triunfos. Me sentí intrigado por la ambientación y la disposición de los elementos dramáticos, por el colorido y la especial atmósfera, por el juego de sombras y luces. Tal vez el no haber ido nunca al teatro, tal vez lo que ocurrió fue tan singular como que mi yo interior des desplazó en aquel momento a otros sitios alejados de lo vulgar del día a día o de lo acostumbrado de un pasado y presente diferentes a lo que allí se entreveía; tal vez fuera sólo eso. El caso es que me resultó mágico desde el mismo principio y continuó siéndolo hasta el indeseado y temido final. Me pasó como cuando al leer algunos de esos recordados libros magníficos; las páginas pasan mucho más rápido de lo que desearías y el final se aproxima sin poder hacer más que entristecerte o rogar porque todo continúe en una segunda parte o en alguna otra oportunidad. No me creerán los que lean esto pero yo escuchaba la música como el que disfruta  una película grandiosa: una joya del cine. No prestaba tanta atención al rumor de canciones y melodías sino que me dejaba llevar por la interpretación y esos mensajes que me iban llegando desde el metro escaso que amenazaba mi entretenimiento rutinario allá, por encima de mi cabeza. “Comunicar es más que hablar …” y que cantar agrego yo. Hay voces que suenan tanto mejor por lo que dicen, por lo que expresan, por lo que ocultan sus giros de entonación y sus modulaciones, que por la musicalidad con que dirimen compases y notas en ellos. Todo conspiraba por ser mejor el segundo siguiente. Los silencios en su sitio, marcando el lugar para la reflexión, simulando la pausa que nos da la vida para respirar y volver a adentrarnos en los vericuetos del día a día. Coplas que sonaban a Cano o a Molina, risas desinteresadas y fortuitas por caras de cuento, del pasado en un presente diferente. La molienda, vereda tropical … Tonos de calma y de esperanza; unos sosegados y profundos, los otros profusos en amagos de bailes y ligeros como el paso del sentimiento a la palabra. No entender los tropiezos parece ofensivo e hiriente cuando estos son los responsables de nuestro aprendizaje. Un actor es bueno, desde mi punto de vista, si consigue engañar nuestra realidad con sus sueños. Y yo entré en el sueño de D. Ángel o al menos, él fue capaz de dibujar detalladamente un sueño para mi, que, eso sí,  en todo momento me pareció muy suyo.

Declamar estrofas así como el poeta enfervoriza los giros inesperados de sus versos para destilar en gotas el amor, la rabia, la pasión, el frenesí que trató de imprimir en palabras cuando se decidió por fin a escribir.  Le vi tan seguro en sus miedos que parecían no existir; si los tiene jamás podría pensarse que los temiera. Siendo sincero, lo único que no entendía era como los pasos vacilaban más que la voz y los gestos porque no había en el espíritu temblor y sin embargo los titubeos acompañaban algunos pasos y algún gesto. Pude comprenderlo luego, cuando me explicaron esos detalles que convierten al Clark Kent de turno en todo un Superman. Pues sí, a todo ese arte encima del escenario le perseguía la sombra del sacrificio y del milagro. Por eso decidí titular este escrito "En la sombra de un milagro”. Al trasluz de unas lámparas y algunos focos la silueta de un luchador de la vida, triunfador eterno. Creo firmemente en que hay personas cuya luz no se apaga aunque soplen vendavales de infortunios, vientos huracanados de inconvenientes o brisas molestosas cual tropiezos. Siguen siendo faro de su propio mundo y de los potenciales encallamientos ajenos. Nos sugieren acometer reformas en nuestros cómodos universos personales con el ejemplo de sus propios misterios. Cuando leí un fenomenal articulo que pulula por Facebook de un gran amigo de D. Ángel comprendí lo que me habían anunciado en la distendida tertulia poste-evento. Él era uno de esos milagros personalizados. Hay retiros espirituales y otros que simplemente son vitales; revitalizadores del cuerpo, para acompasar el corazón con ese alma que clama por una oportunidad para seguir hablando, para seguir contando sentimientos sin sentirse presa por las cadenas de una terrenal atadura física. Y hay ocasiones en que personas especiales, privilegiadas, elegidas lo consiguen y muestran un sendero de esperanza para tantos otros.

Para mi la noche fue mucho más completa cuando ubiqué todo aquello que había sentido el jueves cuando la tarde perdía su nombre en un pequeño auditorio de mi pueblo, en el complejo entramado de las vicisitudes del protagonista de ese retazo de sueño interpretado. Les emplazo a que busquen el artículo en google y lo lean porque sabrán lo que yo sospeché en algún momento del acto. Felicité a D. Carlos Camacho por tan fenomenal iniciativa y por auspiciar una futurible y prometedora compañía local de teatro en manos de un auténtico actor. Los que lo vivimos fuimos afortunados por seguro, los que se lo perdieron no podrán imaginar la oportunidad que dejaron pasar por delante de sus vidas sin entender que, por un momento al menos,(puede que más) habría cambiado su ánimo y hasta su modus vivendi. A D. Ángel lo felicité personalmente. Me lo presentó uno de los personajes que para mi, más enjundia le ha dado a Tazacorte en los últimos tiempos (ya vienen siendo muchos años de éxitos y logros): D. Talio Noda. Tengo la suerte de conocer a Talio y disfruto, menos de lo que me gustaría –confieso que a veces me exaspera su lucidez, supongo que es lo que tiene compartir tiempo con genios-, de su discurso y sus pensamientos. Tazacorte se muere poco a poco y no hay solución efectiva en corto plazo. La culpa no es de nadie en particular pero sí de todos en general. Estas personas como Talio y Ángel, me permito el lujo de tutearlos porque uno así me lo permite y el otro así me lo sugiere, necesitan ser escuchadas. Deberían dar una charla cada día y ser obligada la asistencia para todos y cada uno de los bagañetes. Deberían poder examinar las virtudes y competencias de cada quien en aras de conseguir preparar nuestro pueblo para un mañana demasiado negro en el horizonte actual. La cultura se nos ha ido. Esa dama oscura y esquiva, de trato huraño y sin embargo, entrañables parabienes ha decidido anidar en otro lugar. Se nos ha ido marchando calladamente. Sin alharacas ha decidido emigrar en busca del  porvenir que produce en las personas, allá donde éstas logren comprender que importa demasiado como para ser desatendida. Debemos entender que no puede ser culpa, sin embargo,  de una simple corporación municipal porque las excusas no nos libran de caer en el error continuado que nos ha traído hasta este hoy desesperante. Si se hacen actos y no hay expectación, sino se acude en masa es porque la culpa no es sólo de quien los pergeña sino también de quien los evita o ningunea. Se prefiere un partido de fútbol alevín a una charla sobre los Santos Mártires, valga el ejemplo para alumbrar el defecto. Tenemos un problema y con darnos cuenta ya no basta. Escuchar a estas mentes preclaras debatir la inconveniencia del costumbrismo populosos que nos acomoda, es ruinoso para la moral particular pero puede servir de ayuda a la hora de acometer la ardua tarea de empezar a ser diferentes a lo que venimos siendo. Ángel y Talio son faro de esperanza. Cada cual en lo suyo, se comparten la tarea de poder iluminar senderos de esperanza en la maltrecha humanidad bagañeta. Aprovechémoslos. Yo creo en un futuro diferente al que auguran esos nubarrones de desilusión que arrojan dejadez, atonía, desencanto y falsa euforia encaramada en pilares de estupidez. Esas nubes con lluvia de infortunios tal vez las merezcamos, pero está en nuestras manos usar el agua que destilan para regar campos de frondoso porvenir. Lograr convertir en erróneos esos peores presagios que se ciernen sobre nuestras cabezas y las de nuestros hijos, debe ser nuestro motivo. Se puede, lo sé  porque en la intimidad de una sombra de ilusión siempre ocurren milagros.


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