He querido, en esta ocasión, rendir mi pequeño y humilde
homenaje a un acto de nuestras fiestas locales en honor a S. Miguel Arcángel.
Quepa mencionar, no puedo evitarlo, que es patrón de TODA la isla de la Palma y que por ende
merecería la señalización de su celebración anual en los calendarios de todos y
cada uno de los palmeros, con ese rojo que marca el resto de días de fiesta y
asueto. Los políticos del bando Este siempre tan remisos a que la distancia entre
los dos lados opuestos de la isla sea la que estrictamente marcan los
kilómetros lineales que separan ambas orillas; no hay nada peor que imaginar
diferencias donde sólo hay similitudes. Perdón por desencaminarme de la senda
dialéctica objeto de este escrito pero hay cosas que duelen por cansinas y
vergonzantes. El caso es que hace dos días, el pasado jueves 25 de septiembre de 2014, el programa de las
fiestas locales de La Villa y Puerto de Tazacorte, le hacía hueco a una
actuación que me pasó desapercibida del todo. Me cogió de improviso, debo
confesar; soy animal de costumbres y rutinas. Venía con el itinerario de mis
días de “vacaciones” por el pueblo, sin atender más que a aquellos compromisos
sociales en que me había visto envuelto por ese afán de “no quedar mal” y
aportar un insignificante grano de arena que pudiera servir de ayuda a alguien o
a algunos. El caso es que gracias a Facebook, esa agenda diaria, ese chivato de
eventos más allá de cumpleaños olvidados, me enteré de que habría una obra de
teatro en la casa de la cultura. Después de caer en un desacuerdo fortuito con
el propio concejal de cultura, en cuanto a mis posibilidades para poder asistir
al acto, y de terminar el ensayo con la banda de música a tiempo, me dirigí al
pequeño auditorio. Un escenario de
cuento, eso es lo primero que me impresionó dentro de aquel auditorio. Con poquito, aquel rincón de
revista de efemérides personales, vestía las sombras y las luces de colores
llamativos, de retazos de cosas con vida propia. El bastidor de un espejo de camerino nos permitía adentrarnos en la faz de un actor y en sus intimidades. Todo
era mágico. Sin necesidad de respirar humos artificiales, sin grandes tinglados
de mil luces y efectos se veía mucho más de aquello que los ojos, cansados de lo
cotidiano, nos tienen acostumbrados a mirar. Y es entonces cuando se sube el telón imaginario de
una noche única.
D. Ángel Acosta, así se llama el
protagonista, el actor de la obra. No me sonaba para nada el nombre, lo admito. No
he estado nunca metido en el mundo del arte dramático y quizás la lejanía
temporal entre nuestras generaciones distantes hizo el resto: el caso era que yo no le conocía
ni sabía de su hacer. Esos primeros retoques del maquillaje frente al diáfano
espejo invisible de su alma, anunciaban las mejores noticias para el goce de
los espectadores y me ubicaban en otros escenarios mucho más abarrotados y
afamados, en otros tiempos, en otros triunfos. Me sentí intrigado por la ambientación y la disposición de los
elementos dramáticos, por el colorido y la especial atmósfera, por el juego de
sombras y luces. Tal vez el no haber ido nunca al teatro, tal vez lo que ocurrió fue tan singular como que
mi yo interior des desplazó en aquel momento a otros sitios alejados de lo vulgar
del día a día o de lo acostumbrado de un pasado y presente diferentes a lo que
allí se entreveía; tal vez fuera sólo eso. El caso es que me resultó mágico desde el mismo principio
y continuó siéndolo hasta el indeseado y temido final. Me pasó como cuando al leer
algunos de esos recordados libros magníficos; las páginas pasan mucho más
rápido de lo que desearías y el final se aproxima sin poder hacer más que
entristecerte o rogar porque todo continúe en una segunda parte o en alguna
otra oportunidad. No me creerán los que lean esto pero yo escuchaba la música
como el que disfruta una película
grandiosa: una joya del cine. No prestaba tanta atención al rumor de canciones
y melodías sino que me dejaba llevar por la interpretación y esos mensajes que
me iban llegando desde el metro escaso que amenazaba mi entretenimiento
rutinario allá, por encima de mi cabeza. “Comunicar es más que hablar …” y que
cantar agrego yo. Hay voces que suenan tanto mejor por lo que dicen, por lo que
expresan, por lo que ocultan sus giros de entonación y sus modulaciones, que
por la musicalidad con que dirimen compases y notas en ellos. Todo conspiraba por ser mejor el segundo siguiente. Los silencios en
su sitio, marcando el lugar para la reflexión, simulando la pausa que nos da la
vida para respirar y volver a adentrarnos en los vericuetos del día a día.
Coplas que sonaban a Cano o a Molina, risas desinteresadas y fortuitas por
caras de cuento, del pasado en un presente diferente. La molienda, vereda
tropical … Tonos de calma y de esperanza; unos sosegados y profundos, los otros
profusos en amagos de bailes y ligeros como el paso del sentimiento a la
palabra. No entender los tropiezos parece ofensivo e hiriente cuando estos son
los responsables de nuestro aprendizaje. Un actor es bueno, desde mi punto de
vista, si consigue engañar nuestra realidad con sus sueños. Y yo entré en el
sueño de D. Ángel o al menos, él fue capaz de dibujar detalladamente un sueño
para mi, que, eso sí, en todo momento me
pareció muy suyo.
Declamar
estrofas así como el poeta enfervoriza los giros inesperados de sus versos para
destilar en gotas el amor, la rabia, la pasión, el frenesí que trató de
imprimir en palabras cuando se decidió por fin a escribir. Le vi tan seguro en sus miedos que parecían
no existir; si los tiene jamás podría pensarse que los temiera. Siendo sincero,
lo único que no entendía era como los pasos vacilaban más que la voz y los
gestos porque no había en el espíritu temblor y sin embargo los titubeos acompañaban algunos pasos y algún gesto. Pude comprenderlo luego, cuando me explicaron esos detalles que
convierten al Clark Kent de turno en todo un Superman. Pues sí, a todo ese arte
encima del escenario le perseguía la sombra del sacrificio y del milagro. Por
eso decidí titular este escrito "En la sombra de un milagro”. Al trasluz de unas
lámparas y algunos focos la silueta de un luchador de la vida, triunfador
eterno. Creo firmemente en que hay personas cuya luz no se apaga aunque soplen
vendavales de infortunios, vientos huracanados de inconvenientes o brisas
molestosas cual tropiezos. Siguen siendo faro de su propio mundo y de los
potenciales encallamientos ajenos. Nos sugieren acometer reformas en nuestros
cómodos universos personales con el ejemplo de sus propios misterios. Cuando
leí un fenomenal articulo que pulula por Facebook de un gran amigo de D. Ángel
comprendí lo que me habían anunciado en la distendida tertulia poste-evento. Él
era uno de esos milagros personalizados. Hay retiros espirituales y otros que simplemente
son vitales; revitalizadores del cuerpo, para acompasar el corazón con ese alma
que clama por una oportunidad para seguir hablando, para seguir contando sentimientos
sin sentirse presa por las cadenas de una terrenal atadura física. Y hay
ocasiones en que personas especiales, privilegiadas, elegidas lo consiguen y
muestran un sendero de esperanza para tantos otros.
Para
mi la noche fue mucho más completa cuando ubiqué todo aquello que había sentido
el jueves cuando la tarde perdía su nombre en un pequeño auditorio de mi pueblo,
en el complejo entramado de las vicisitudes del protagonista de ese retazo de
sueño interpretado. Les emplazo a que busquen el artículo en google y lo lean
porque sabrán lo que yo sospeché en algún momento del acto. Felicité a D.
Carlos Camacho por tan fenomenal iniciativa y por auspiciar una futurible y
prometedora compañía local de teatro en manos de un auténtico actor. Los que lo
vivimos fuimos afortunados por seguro, los que se lo perdieron no podrán
imaginar la oportunidad que dejaron pasar por delante de sus vidas sin entender
que, por un momento al menos,(puede que más) habría cambiado su ánimo y hasta
su modus vivendi. A D. Ángel lo felicité personalmente. Me lo presentó uno de
los personajes que para mi, más enjundia le ha dado a Tazacorte en los últimos
tiempos (ya vienen siendo muchos años de éxitos y logros): D. Talio Noda. Tengo
la suerte de conocer a Talio y disfruto, menos de lo que me gustaría –confieso
que a veces me exaspera su lucidez, supongo que es lo que tiene compartir
tiempo con genios-, de su discurso y sus pensamientos. Tazacorte se muere poco
a poco y no hay solución efectiva en corto plazo. La culpa no es de nadie en
particular pero sí de todos en general. Estas personas como Talio y Ángel, me
permito el lujo de tutearlos porque uno así me lo permite y el otro así me lo
sugiere, necesitan ser escuchadas. Deberían dar una charla cada día y ser
obligada la asistencia para todos y cada uno de los bagañetes. Deberían poder examinar
las virtudes y competencias de cada quien en aras de conseguir preparar nuestro
pueblo para un mañana demasiado negro en el horizonte actual. La cultura se nos
ha ido. Esa dama oscura y esquiva, de trato huraño y sin embargo, entrañables
parabienes ha decidido anidar en otro lugar. Se nos ha ido marchando
calladamente. Sin alharacas ha decidido emigrar en busca del porvenir que produce en las personas, allá
donde éstas logren comprender que importa demasiado como para ser desatendida. Debemos
entender que no puede ser culpa, sin embargo, de una simple corporación municipal porque las
excusas no nos libran de caer en el error continuado que nos ha traído hasta
este hoy desesperante. Si se hacen actos y no hay expectación, sino se acude en
masa es porque la culpa no es sólo de quien los pergeña sino también de quien
los evita o ningunea. Se prefiere un partido de fútbol alevín a una charla
sobre los Santos Mártires, valga el ejemplo para alumbrar el defecto. Tenemos
un problema y con darnos cuenta ya no basta. Escuchar a estas mentes preclaras
debatir la inconveniencia del costumbrismo populosos que nos acomoda, es
ruinoso para la moral particular pero puede servir de ayuda a la hora de
acometer la ardua tarea de empezar a ser diferentes a lo que venimos siendo.
Ángel y Talio son faro de esperanza. Cada cual en lo suyo, se comparten la
tarea de poder iluminar senderos de esperanza en la maltrecha humanidad bagañeta.
Aprovechémoslos. Yo creo en un futuro diferente al que auguran esos nubarrones
de desilusión que arrojan dejadez, atonía, desencanto y falsa euforia encaramada
en pilares de estupidez. Esas nubes con lluvia de infortunios tal vez las
merezcamos, pero está en nuestras manos usar el agua que destilan para regar
campos de frondoso porvenir. Lograr convertir en erróneos esos peores presagios
que se ciernen sobre nuestras cabezas y las de nuestros hijos, debe ser nuestro
motivo. Se puede, lo sé porque en la
intimidad de una sombra de ilusión siempre ocurren milagros.
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