martes, 26 de agosto de 2014

Érase una vez una granja oculta en medio de la espesura de un bosque mágico.



      Habichuelas bailarinas, rábanos de adornado tupé, zanahorias invisibles, fresones parlanchines, todos ellos predicando la religión de esos dulces beatos mártires de la felicidad. Las habas adormecidas bajo el manto de hierba verde salpicado por unas pocas coles suplicantes adoradoras de los primeros rayos de sol; mientras unas patatas ocultas bajo las mejores galas de sus florecidas ramas deciden esperar mejor momento para lucir sus mejores galas. Un paraíso de dicha y silencio tan sólo interrumpido por el golpe seco de la azada y el silbido acompasado del laborioso labriego. En el corral un gallo de gran cresta y malos modos junto con una media docena de gallinas, desplumadas en la casi totalidad de sus cuerpos. Al fondo, cerca de su postura una cabra vieja con los ubres resecos y los cuernos romos; separado por un frágil entablado roído por la carcoma, un cerdo negro tan encanecido que pasaría por ser otro más en cualquier piara de congéneres blancos. Tan sólo me resta presentar a Pupi, el mastín del señor de todo aquello, el dueño de la azada, de la cabra, del cerdo, de los rábanos…. Pupi pasa por ser un perro más, con sus ladridos y su rabo inquieto, sin embargo, luce en su faz una eterna sonrisa dibujada por el cruel destino. Hace tiempo, a Pupi se lo llevaron por delante, quizás por adorar en demasía la continua presencia de su amo. Fue una tarde de prisas y enfados; la defensa de una vieja furgoneta le desencajó la mandíbula y le provocó una característica cicatriz que le convierte en un perro permanentemente feliz aunque, en verdad, casi nunca lo sea. Pupi lo vigila todo y mete el hocico en asuntos que no le incumben, lo que le suele acarrear algún picotazo y más de una patada. Es el perfecto y fiel protector de los intereses de su dueño, de su amo. Sus ladridos alertan de que las gallinas no ponen porque el gallo las alborota, de que las ratas de siempre han vuelto a robar en el saco de pienso de la cabra Amelia, de que algún conejo intruso ha vuelto a retozar en el huerto de las lechugas; vamos, un auténtico chivato.

Como podéis haber notado ya, todo es muy típico, común, rutinario en nuestra pequeña granja. Sin embargo un bosque cercano es quien la hace distinta, pues aísla a nuestros amigos de ese mundo despiadado que lo devora todo. Diremos en principio que se trata por tanto de un bosque mágico, pero ya juzgaréis ustedes al final de este relato.

        Cada noche la Luna se acerca al pequeño estanque del huerto y bebe de sus aguas, retoza en la tranquilidad de su casual retiro momentáneo; sola, feliz. Ocurren en este corto espacio de tiempo una gran cantidad de pequeños milagros.

Los sauces del bosque lloran desconsolados cada 13 de septiembre y su continuo y caudaloso llanto provoca un torrente de lágrimas que se encauzan por la vaguada de un diminuto valle hasta desembocar en un inmenso arrozal. Allí se posan las aguas de un año a otro cual si de un enorme depósito se tratase. Inundado por el agua del cercano río, el arrozal recibe esta corriente de tristeza y propicia una mezcla mágica. Cada grano de arroz en su espiga rompe a brillar como un candil lo hace en la noche oscura, iluminando el campo y convirtiéndolo en paisaje de sueños. Parecieran infinitas luciérnagas danzando acompasadas por la suave brisa de la madrugada un vals susurrado y son, sin embargo,  tan sólo mágicos granos de arroz.

Mientras tanto dos ratas nadan en la corriente de agua y llanto. Hambrientas buscan devorar cualquier alimento y sin quererlo, descubren cada noche que sólo existen los milagros en el extremo de cada una de esas espigas iluminadas que penden sobre sus cabezas. La necesidad agudiza el ingenio, dicen,  y en algún momento estos pequeños animales, solitos aprendieron a morder la rama para que cayera la espiga y terminar comiéndose los suculentos granos. Momento éste en el que acontece otro milagro: las ratas se alimentan y las espigas comidas siguen alumbrando las entrañas de los roedores, así de sencillo. Nuestros pequeños amigos recorren saciados el gallinero, en busca de algún huevo roto con que completar el festín. Corretean por entre las patas de nuestra cabra para instantes después, ya hartas de aventuras y con el estómago lleno retirarse a dormir. Lo siento, olvidé mencionar que nunca se abandonan al sueño sin haber mordisqueado las patas de Pupi.

Un nido de ratas bajo la rama de unos hermosos helechos nutre a las plantas y a la vez, las convierte en únicas, en mágicas. En su savia, la pócima de los milagros corre de aquí para allá hasta que, casi cada mañana, la hoz del señor cercena ilusiones en forma de verdes atados de ramas; cientos de verdes manojos de helechos unidos por una sencilla lazada.

       La cabra Amelia mordisquea las últimas hojas del atado que casi cada mañana le ofrecen de desayuno; esos helechos tan verdes y jugosos reparan los sinsabores de una noche llena de sobresaltos y estricto ayuno. Mastica plácidamente y traga mezclando ramas con saliva.  Mientras, su estómago se toma las cosas con mucha más calma. Para los que no gustan de realizar un trabajo dos veces es recomendable analizar la facilidad con que nuestra cabrita se alimenta después de haber comido sin meterse nuevamente nada en la boca; rumiar le llaman. La magia se asienta en su estómago para un tiempo después contagiar cada rincón de su huesudo cuerpo. Cada tarde el chirriar de las patas de una desvencijada banqueta anuncia el tiempo del ordeñe. Unas encallecidas manos manipulan las resecas ubres para escurrir con maña la poca leche que nuestra cansada amiga es capaz de producir. Aún con todo y sus años, Amelia llena un pequeño cuenco; el desayuno del patrón.  Parece leche normal y común, es blanca, y huele a eso, a leche; sin embargo...

             Quizás si un día de estos no hubiera anochecido, si no hubiera sido necesario encender las luces de un automóvil cualquiera transitando por una carretera secundaria de entre las miles del país a una hora tan próxima al ocaso, sino hubiera fallado la lámpara del faro derecho, si aquel roedor gigante no se hubiera cruzado en el camino, si la ceguera transitoria por el faro fundido en el lado diestro no hubiera obligado a errar girando el volante bruscamente a la izquierda, si la calzada no hubiera estado húmeda por la maldita llovizna, si el vehículo no hubiera sido tan pequeño... Quizás y sólo tal vez, el conductor no habría quedado sin conocimiento tumbado boca abajo en la cuneta. La casualidad misma que quiso que el agricultor estuviera en los alrededores desplegando trampas para cazar los zorros que habían devorado una gallina y asustado al engreído gallo hacía un par de noches. La misma suerte que alumbró la escena con una enorme Luna llena, enseñando con sus omnipresentes rayos el pequeño reguero de sangre bajo la nuca del flacucho herido. La sucesión de impensables ocurrió rápidamente; al descubrimiento del accidentado le siguió la pista  la luz de la Luna, el granjero asustado por la sangre transportó el cuerpo al salón de su casa precipitadamente y pasaron unas pocas más casualidades. El centro médico más cercano podía estar a unos 200 kilómetros y en su camioneta esa distancia significaba unas 6 horas de viaje y, lo peor, para el paciente muy posiblemente un peor desenlace; primera casualidad. Vendas que taponaran el fluir de la sangre, alcohol y remedios naturales en forma de emplastos varios; no hubo más esa noche, no hubieron más medios ni más conocimientos médicos que aplicar -segundo milagro, al considerar que un enfermo en tan mal estado y con tan delicado estado de salud lograse sobrevivir a aquella noche-. El día siguiente resultó ser el más nublado de aquel mes y el herido también mostraba un ánimo opacado, más próximo al temido silencio que al insignificante quejido. Acontece entonces el siguiente milagro. El sobrino del granjero, de vacaciones en la granja por una sucesión de malos comportamientos a lo largo de su curso escolar, se atreve en la ausencia del tío a darle de beber al sediento. Vendado, abrasado en fiebre, débil y en uno de sus locos e ininteligibles discursos, el pequeño cree entender que el “pobre enfermito” tiene sed y, solícito le ofrece un vaso de leche que había dejado el granjero sobre la mesa de la cocina. El niño no sabía sacar agua con la bomba y lo único bebible en aquella cocina resultó ser aquel vaso a medias. A partir de ahí, nadie creería lo que pasó.

Unas pocas horas después de su partida, el granjero vuelve liberado al fin de sus labores aunque preocupado; una granja requiere diariamente llevar a cabo muchos quehaceres y casi todos ellos no admiten ningún tipo de postergación. Su sorpresa es enorme cuando se encuentra al accidentado entretenido en una conversación repleta de consejos y advertencias para con el díscolo de su sobrino. Si a aquel hombre lo había dejado magullado, en estado febril y supurando por una espantosa herida en la nuca, ¿cómo podía estar tan tranquilo y tan aparentemente recuperado en tan escaso lapso de tiempo?

Nadie supo responder aquella pregunta y sin embargo, fueron los milagros los que se empeñaron en seguir ocurriendo, eso sí, a partir de este momento a cuentagotas. Se acercaron muchos visitantes interesados por tamaño misterio recuperando cado uno algo de lo que la vida les había hecho perder. La paciencia del acaudalado administrador de fincas, la humildad del endiosado concertista de violín, el embrujo de la vedette asfixiada por el humo de sus propios cigarrillos, la hermosura de la miss cansada de soplar velas cada año, el encanto del cisne intoxicado con la polución en el agua de su lago particular, la premura del anciano amo de llaves y esclavo del bastón… Muchos pequeños milagros particulares que se espaciaron en el tiempo hasta perderse en la inmensidad de un mundo de incomprensión.

Se fue como mismo vino. Muchos intrépidos reporteros captaron a la pudorosa Luna en paños menores; su placentero retoce en la intimidad de un pequeño estanque escondido en un recóndito bosque quedó relegado a posteridad en multitud de portadas sensacionalistas: una Luna sin vergüenza. Y todo terminó.

Los sauces secaron sus lágrimas con el pañuelo de la furia y el desconsuelo se hizo rabia: su Luna ya no desnudaría la figura ante ellos, ni alentaría sus lágrimas en ese aniversario de su desdicha. Se arrugaron sobre sí mismos, plegando sus feroces arrestos en arrugadas ramas con la infructuosa intención de agarrar la maldad de esos seres pequeños que pululaban por su suelo desprendiendo el hedor de su gula desmesurada y deshaciendo misterios. Todo acabó. La destrucción de un lugar: automóviles por doquier, paseos por los que acercarse a mirarlo todo y desvelar así la magia de sus milagros. Una multitud de tumores malignos en el seno de la candidez y la confianza que otrora albergaba cada hueco, cada charco. 

Siempre nos quedará algún otro estanque en otro pequeño bosque, sin embargo, será casual o improbable que exista una granja y que en ella se obren milagros porque nada es coincidencia hasta que el hombre lo convierte en ganancia. Mientras todo pasa, Pupi sigue ladrando a las vagas gallinas con su faz desordenada: no tuvo la suerte de optar al milagro que otros consiguieron. Los secretos deben seguir siendo un misterio si se pretende conservar su magia; piensa el mastín cuando le cuenta las peripecias a su recién estrenada prole.

Y colorín colorado este cuento ha terminado.




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