Habichuelas
bailarinas, rábanos de adornado tupé, zanahorias invisibles, fresones
parlanchines, todos ellos predicando la religión de esos dulces beatos mártires
de la felicidad. Las habas adormecidas bajo el manto de hierba verde salpicado por unas pocas coles
suplicantes adoradoras de los primeros rayos de sol; mientras unas patatas ocultas bajo las
mejores galas de sus florecidas ramas deciden esperar mejor momento para lucir sus mejores galas. Un paraíso de dicha y silencio tan sólo
interrumpido por el golpe seco de la azada y el silbido acompasado del
laborioso labriego. En el corral un gallo de gran cresta y malos modos junto con una media
docena de gallinas, desplumadas en la casi totalidad de sus cuerpos. Al fondo, cerca de su postura una cabra
vieja con los ubres resecos y los cuernos romos; separado por un frágil entablado roído por la carcoma, un cerdo negro tan encanecido
que pasaría por ser otro más en cualquier piara de congéneres blancos. Tan sólo me resta presentar a Pupi, el mastín del señor de todo aquello, el dueño de
la azada, de la cabra, del cerdo, de los rábanos…. Pupi pasa por ser un perro más,
con sus ladridos y su rabo inquieto, sin embargo, luce en su faz una eterna
sonrisa dibujada por el cruel destino. Hace tiempo, a Pupi se lo llevaron
por delante, quizás por adorar en demasía la continua presencia de su amo. Fue una tarde de prisas y enfados; la defensa de una vieja
furgoneta le desencajó la mandíbula y le provocó una característica
cicatriz que le convierte en un perro permanentemente feliz aunque, en verdad,
casi nunca lo sea. Pupi lo vigila todo y mete el hocico en asuntos que no le
incumben, lo que le suele acarrear algún picotazo y más de una patada. Es el
perfecto y fiel protector de los intereses de su dueño, de su amo. Sus ladridos
alertan de que las gallinas no ponen porque el gallo las alborota, de que las
ratas de siempre han vuelto a robar en el saco de pienso de la cabra Amelia, de
que algún conejo intruso ha vuelto a retozar en el huerto de las lechugas; vamos,
un auténtico chivato.
Como
podéis haber notado ya, todo es muy típico, común, rutinario en nuestra pequeña
granja. Sin embargo un bosque cercano es quien la hace distinta, pues aísla a
nuestros amigos de ese mundo despiadado que lo devora todo. Diremos en principio que se trata por tanto
de un bosque mágico, pero ya juzgaréis ustedes al final de este relato.
Cada noche la Luna se acerca al pequeño estanque del huerto y bebe de sus aguas, retoza en la tranquilidad de su casual retiro momentáneo; sola, feliz. Ocurren en este corto espacio de tiempo una gran cantidad de pequeños milagros.
Cada noche la Luna se acerca al pequeño estanque del huerto y bebe de sus aguas, retoza en la tranquilidad de su casual retiro momentáneo; sola, feliz. Ocurren en este corto espacio de tiempo una gran cantidad de pequeños milagros.
Los sauces del bosque lloran desconsolados cada 13 de
septiembre y su continuo y caudaloso llanto provoca un torrente de lágrimas que
se encauzan por la vaguada de un diminuto valle hasta desembocar en un inmenso
arrozal. Allí se posan las aguas de un año a otro cual si de un enorme depósito se tratase. Inundado por el agua del cercano río, el arrozal recibe esta corriente
de tristeza y propicia una mezcla mágica. Cada grano de arroz en su espiga rompe
a brillar como un candil lo hace en la noche oscura, iluminando el campo y convirtiéndolo en paisaje de sueños.
Parecieran infinitas luciérnagas danzando acompasadas por la suave brisa de la
madrugada un vals susurrado y son, sin embargo, tan sólo mágicos granos de arroz.
Mientras tanto dos
ratas nadan en la corriente de agua y llanto. Hambrientas buscan devorar cualquier
alimento y sin quererlo, descubren cada noche que sólo existen los milagros en
el extremo de cada una de esas espigas iluminadas que penden sobre sus cabezas.
La necesidad agudiza el ingenio, dicen, y en algún momento estos pequeños animales, solitos aprendieron a
morder la rama para que cayera la espiga y terminar comiéndose los suculentos granos. Momento éste en el que acontece otro milagro: las ratas se alimentan y las espigas comidas
siguen alumbrando las entrañas de los roedores, así de sencillo. Nuestros
pequeños amigos recorren saciados el gallinero, en busca de algún huevo roto
con que completar el festín. Corretean por entre las patas de nuestra cabra
para instantes después, ya hartas de aventuras y con el estómago lleno
retirarse a dormir. Lo siento, olvidé mencionar que nunca se abandonan al sueño
sin haber mordisqueado las patas de Pupi.
Un nido de ratas bajo la rama de unos hermosos helechos nutre a las plantas y a la vez, las convierte en únicas, en mágicas. En su savia, la pócima de los milagros corre de aquí para allá hasta que, casi cada mañana, la hoz del señor cercena ilusiones en forma de verdes atados de ramas; cientos de verdes manojos de helechos unidos por una sencilla lazada.
Un nido de ratas bajo la rama de unos hermosos helechos nutre a las plantas y a la vez, las convierte en únicas, en mágicas. En su savia, la pócima de los milagros corre de aquí para allá hasta que, casi cada mañana, la hoz del señor cercena ilusiones en forma de verdes atados de ramas; cientos de verdes manojos de helechos unidos por una sencilla lazada.
La
cabra Amelia mordisquea las últimas hojas del atado que casi cada mañana le
ofrecen de desayuno; esos helechos tan verdes y jugosos reparan los sinsabores de una noche llena de sobresaltos y estricto ayuno. Mastica plácidamente y traga mezclando ramas con
saliva. Mientras, su estómago se toma
las cosas con mucha más calma. Para los que no gustan de realizar un trabajo dos
veces es recomendable analizar la facilidad con que nuestra cabrita se alimenta después de haber comido sin meterse nuevamente nada en la boca; rumiar le
llaman. La magia se asienta en su estómago para un tiempo después contagiar cada rincón de su huesudo cuerpo. Cada
tarde el chirriar de las patas de una desvencijada banqueta anuncia el tiempo
del ordeñe. Unas encallecidas manos manipulan las resecas ubres para escurrir
con maña la poca leche que nuestra cansada amiga es capaz de producir. Aún con
todo y sus años, Amelia llena un pequeño cuenco; el desayuno del patrón. Parece leche normal y común, es blanca, y
huele a eso, a leche; sin embargo...
Quizás
si un día de estos no hubiera anochecido, si no hubiera sido necesario encender
las luces de un automóvil cualquiera transitando por una carretera secundaria
de entre las miles del país a una hora tan próxima al ocaso, sino hubiera
fallado la lámpara del faro derecho, si aquel roedor gigante no se hubiera
cruzado en el camino, si la ceguera transitoria por el faro fundido en el lado
diestro no hubiera obligado a errar girando el volante bruscamente a la
izquierda, si la calzada no hubiera estado húmeda por la maldita llovizna, si
el vehículo no hubiera sido tan pequeño... Quizás y sólo tal vez, el conductor no habría
quedado sin conocimiento tumbado boca abajo en la cuneta. La casualidad misma
que quiso que el agricultor estuviera en los alrededores desplegando trampas
para cazar los zorros que habían devorado una gallina y asustado al engreído
gallo hacía un par de noches. La misma suerte que alumbró la escena con una enorme Luna llena, enseñando con sus omnipresentes rayos el pequeño reguero de sangre bajo la nuca del flacucho herido. La
sucesión de impensables ocurrió rápidamente; al descubrimiento del accidentado le
siguió la pista la luz de la Luna, el
granjero asustado por la sangre transportó el cuerpo al salón de su casa
precipitadamente y pasaron unas pocas más casualidades. El centro médico más cercano podía estar a unos 200
kilómetros y en su camioneta esa distancia significaba unas 6 horas de viaje y,
lo peor, para el paciente muy posiblemente un peor desenlace; primera casualidad. Vendas
que taponaran el fluir de la sangre, alcohol y remedios naturales en forma de
emplastos varios; no hubo más esa noche, no hubieron más medios ni más
conocimientos médicos que aplicar -segundo milagro, al considerar que un enfermo en tan mal estado y con tan delicado estado de salud lograse sobrevivir a aquella noche-. El día siguiente resultó ser el más nublado
de aquel mes y el herido también mostraba un ánimo opacado, más próximo al
temido silencio que al insignificante quejido. Acontece entonces el siguiente
milagro. El sobrino del granjero, de vacaciones en la granja por una sucesión
de malos comportamientos a lo largo de su curso escolar, se atreve en la
ausencia del tío a darle de beber al sediento. Vendado, abrasado en fiebre,
débil y en uno de sus locos e ininteligibles discursos, el pequeño cree
entender que el “pobre enfermito” tiene sed y, solícito le ofrece un vaso de
leche que había dejado el granjero sobre la mesa de la cocina. El niño no sabía
sacar agua con la bomba y lo único bebible en aquella cocina resultó ser aquel
vaso a medias. A partir de ahí, nadie creería lo que pasó.
Unas
pocas horas después de su partida, el granjero vuelve liberado al fin de sus labores aunque preocupado; una granja requiere diariamente llevar a cabo muchos quehaceres y casi todos
ellos no admiten ningún tipo de postergación. Su sorpresa es enorme cuando se
encuentra al accidentado entretenido en una conversación repleta de consejos y
advertencias para con el díscolo de su sobrino. Si a aquel hombre lo había dejado magullado, en estado febril y supurando por una espantosa herida en la nuca,
¿cómo podía estar tan tranquilo y tan aparentemente recuperado en tan escaso
lapso de tiempo?
Nadie
supo responder aquella pregunta y sin embargo, fueron los milagros los que se
empeñaron en seguir ocurriendo, eso sí, a partir de este momento a cuentagotas.
Se acercaron muchos visitantes interesados por tamaño misterio recuperando cado
uno algo de lo que la vida les había hecho perder. La paciencia del acaudalado
administrador de fincas, la humildad del endiosado concertista de violín, el
embrujo de la vedette asfixiada por el humo de sus propios cigarrillos, la
hermosura de la miss cansada de soplar velas cada año, el encanto del cisne
intoxicado con la polución en el agua de su lago particular, la premura del
anciano amo de llaves y esclavo del bastón… Muchos pequeños milagros
particulares que se espaciaron en el tiempo hasta perderse en la inmensidad de
un mundo de incomprensión.
Se
fue como mismo vino. Muchos intrépidos reporteros captaron a la pudorosa Luna
en paños menores; su placentero retoce en la intimidad de un pequeño estanque
escondido en un recóndito bosque quedó relegado a posteridad en multitud de
portadas sensacionalistas: una Luna sin vergüenza. Y todo terminó.
Los
sauces secaron sus lágrimas con el pañuelo de la furia y el desconsuelo se hizo
rabia: su Luna ya no desnudaría la figura ante ellos, ni alentaría sus lágrimas en ese aniversario de su desdicha. Se arrugaron sobre sí mismos, plegando sus feroces arrestos en arrugadas
ramas con la infructuosa intención de agarrar la maldad de esos seres pequeños
que pululaban por su suelo desprendiendo el hedor de su gula desmesurada y
deshaciendo misterios. Todo acabó. La destrucción de un lugar: automóviles por doquier, paseos por los que acercarse a mirarlo todo y desvelar así la magia de
sus milagros. Una multitud de tumores malignos en el seno de la candidez y la confianza que otrora albergaba cada hueco, cada charco.
Siempre
nos quedará algún otro estanque en otro pequeño bosque, sin embargo, será casual o improbable que exista una granja y que en ella se obren milagros porque nada es coincidencia
hasta que el hombre lo convierte en ganancia. Mientras todo pasa, Pupi sigue ladrando a las vagas gallinas con su faz desordenada: no tuvo la suerte de optar al milagro que otros consiguieron. Los secretos deben seguir siendo un misterio si se pretende conservar su
magia; piensa el mastín cuando le cuenta las peripecias a su recién estrenada prole.
Y
colorín colorado este cuento ha terminado.
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