Cuando dos y dos dejan de ser cuatro no hay que ponerle
mala cara al mundo, ni siquiera debemos devanarnos los sesos repitiendo mil
veces una misma operación en la calculadora para obtener siempre el mismo
círculo vació. Las matemáticas han formado parte de mi mundo desde que acierto
a recordar y son ellas mismas las que
niegan el absurdo que obceca nuestras cabezas. Aludiendo a Euler y su teorema
que establece las relaciones de congruencia obtenemos una respuesta firme para
la locura siguiente: ¿siempre 1+1 son 2? Más bien, son las propias matemáticas
las que disparatan su cuadratura infinita al dibujar una solución que asusta a
cualquiera que piense más allá de los números y, por ende, trascienda sobre su
valor. Ocurre que en ocasiones, detrás de una gran mentira sólo existe un
fantástico truco o a lo peor no, he aquí la cuestión. Mirad el siguiente enlace
en youtube (https://www.youtube.com/watch?v=ICv_0ln_yzw)
y si os interesa os diré cual es el truco para que se obre el milagro o la
desgracia, según lo miremos. Existen ingeniosas excusas para divertir sin que
se deba alejar mucho el prestidigitador de la verdad pero, amigos, en la vida,
aunque casi todo tiene muchas tonalidades lo cierto es que lo justo, lo
adecuado, lo claro, lo verdadero pinta un único tono más bien ocre u oscuro.
He
comenzado con esta referencia matemática otro de mis post ya que los días en
que las cuentas no salen, se buscan anuncios de detergentes que lavan y son
regalados, vacas que dan leche y no comen, neveras que enfrían pero no consumen
electricidad, bancos que dan dinero y no piden nada a cambio (ni siquiera un
trozo del alma de cada quien)… No es el mundo al revés, al contrario, creo que
es ahora, cuando la mar moja el “leito” de proa, (usar esta referencia gallega
conlleva buscar una conjunción entre la mar embravecida y el hombre trabajando
en ella) cuando todo tiene más sentido y las mentiras son más groseras. Os
pregunto: ¿se puede justificar todo?, ¿se puede echar por tierra una verdad
costumbrista y popular? Yo creo que es entonces, en ese mismo momento en que
todo vale para inventar argucias, para maquinar teorías estrafalarias (con poso
de verdad inclusive), para rizar el rizo en la cabeza del que ya no tiene un
pelo de paciente cuando debemos respetar los sentimientos. No nos dejemos
embaucar por esos trucos: mientras el flautista mueve las manos una de sus
ratones roe el queso sí pero mientras, otro suelta la cuerda que ata la paloma
dentro de la caja y vuela. Sólo un par de ojos verán que los pies del flautista
hacen desaparecer la caja de caudales y ahí terminará la sesión. Un truco
cualquiera: un campo de lucha lleno hasta los topes, una bandera azul, dos días
de bares repletos y ¿luego? Luego la nada. Luego otro negocio cerrado, la banda
de música sin director ni profesor, los mismos cuentos (ya incluso siendo
ciertos aburren) sobre el pasado, mala hierba por doquier, actos que
desaparecen de los futuribles presagios de un mañana diferente. Atraer la atención
con colores llamativos para raudos y veloces seguir estancados en la misma
negrura de hace muchos años, maquinando la próxima escena, el próximo escarnio.
Eso sí, aplausos no faltan, palmaditas en la espalda y por supuesto, miradas
asesinas para quien escribe aquello que no gusta. Los magos tienen amigos,
sobre todo de profesión, que animan sus actuaciones con otros actos
promocionales de los suyos: les dan apretones de mano, afectivos préstamos de
hombros para ulteriores apoyos (mentir cansa no crean) y siempre están prestos
para hundir en infiernos particulares a quienes osen ver el paraíso un poco más
lejano de ese terrenal vergel que los soporta. Así son ellos y yo que los miro
me pregunto: ¿no es mi tierra la suya? Me alegro con un pueblo alegre pero no
consiento que se ocupe el tiempo y los recursos en alegrarse un rato para horas
después volver a llorar. Quizás, es muy probable, esté equivocado pero por
favor, no os parezca mal que lo diga.
Las matemáticas son frías, son exactas, son claras, son
tantas letras como números casi siempre con un valor cambiante, son justamente
justas y no fallan: ergo no son humanas. Son una ciencia que explica lo humano
desde lo más inhumano de sus verdades y así poder socorrer a la física, darle
alas al alquimista que convierte mares en oro negro, tierras en bloques de
cemento y hierro, para acercarse a lo frágil de una existencia que requiere de
dogmas de fe o de esperanza. Y es en este campo inmenso de absoluta fertilidad
en la que brotan los oportunistas. Aprovechan el coste de oportunidad de
cualquier bien (o quizás mal –depende de si hablamos de estricta economía o de
justicia o ética social-) para llenar el bolsillo y vaciar su alma un poco más
cada vez. Todo vale para justificar una vida de mentira: un coche de lujo en el
garaje, un ático de postín, bolsillos llenos y polvos de la risa. ¿Qué ocurre
cuando alguien así se acerca a otro estúpido ser humano sin mayores
aspiraciones?
Un choque de trenes, un incauto
perro desacostumbrado a la luces de neón vagando por cualquier arcén segundos
antes probar la defensa de un flamante turismo o todoterreno -según fuera la
víctima un chucho o de un gran dogo- , una risa donde se hospeda el insulto y
el resquemor, un intenso proceso de descubrimiento de nuevas maldades pequeñas
pero hirientes que duelen más que un balazo, un continuo mellar la roca
paciente con el flujo de agua putrefacta y maloliente provocando en su
discurrir arcadas por palabras. Luego están las palmadas pero sobre todo los
susurros en otras orejas y nunca en la inocente (o culpable según se mire),
pero más que nada las ayudantías en cuerpos que giran en torno a traseros
sucios (quien mal come mal …). Se aconsejan, se justifican ante quien: piensa
menos, no piensa o piensa para agradar; y se confabulan para liar petardos que
hagan la traca mucho más ruidosa y el fin mucho más inminente. Suelen ganar
porque juegan para jamás perder. Son inhumanos porque nadie les enseñó a valorar
todo aquello que los convierte en personas o, simplemente, en el camino
entendieron que es mucho mejor tener muchos euros cerca que algún corazón
lejos. No están equivocados nunca porque creen que el sentimiento es debilidad
y las promesas son sólo maneras de obtener un fin. Giran y giran la rueda de
sus miedos para que nadie sepa nunca que ellos también tiemblan.
No
les conozco pero si les conociese bien me darían pena.
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