martes, 20 de mayo de 2014

Acordes de eterna juventud.



Una hoja en blanco delante de mi y ese desvelo que nos impide cerrar los ojos después de darle el biberón a ella; toca esperar un rato para poder ponerla en la cuna y mientras, encuentras un trozo de ti en la vida de otra persona que te empuja a escribir para buscar la calma.

Juan Lorenzo, “Juanito” para los que le conocemos desde hace ya un “tiempito” es música. Juan es pasión por vivir en la perpetua combinación de los sonidos del mundo con el tiempo en el que todos hemos ido desarrollándonos. Bajito, flaco, despreocupado de la apariencia que el mundo exige o espera de cada cual; no sólo de la suya se desentiende sino que no espera de nadie, siquiera, un guiño de complicidad en sus maneras para con todo. Juan lleva siendo dulzura y candidez, con ese toque de rebato que convierte a los rematadamente locos en los más cuerdos de nuestro mundo, toda su vida. Juan es otra manera diferente de ser niño cuando ya los años no te dejan parecerlo.

            Le conocí un día de hace ya muchos años, verano del 98 creo recordar. Yo había dejado de estudiar en La Laguna; me había cansado de ser un reflejo de mi, de buscarme en los números que no me devolvían ese espíritu que yo necesité; pero esto es otra historia (puede que una de esas historias para no dormir; un buen título para otra ocasión, ¿no creen?). Me hablaron de entrar a formar parte de una orquesta y voraz, decidido para con esa necesidad de encontrar acomodo entre la sociedad que me rodeaba sin afectarme, me decidí a dar el sí. Una orquesta de las de siempre constituía la oportunidad para ser incluso más joven de lo que era, para alocarme soltando las cadenas que habían mantenido prieta mi alma y para muchas más cosas bastante menos buenas, físicamente hablando. El caso es que después de pasar una prueba y convencerme a mi mismo, y a algunos otros, de que podía estar allí y ser feliz, entré a formar parte de la orquesta Banot. Una orquesta de las nuestras, de nuestro pueblo bagañete, de esas que, como tantas otras cosas (culturales sobre todo), han desaparecido casi sin dejar huella. Y entre cientos de ensayos, actuaciones y noches de ronquidos, juergas, aventuras miles; le fui conociendo un poquito más. No soy lo que podríamos entender como “amigo” de Juan. No he sido íntimo de él. Nuestras generaciones distaban de ser próximas siquiera y aunque yo desciendo peldaños con facilidad para relacionarme con aquellos que peinan menos canas, las ganas de cada uno no siempre eran las mismas o pretendían acometer las mismas excentricidades. A mi desatada cordura, olvidada en muchos ratos, la perseguía ese espíritu de sueños locos que siempre cobijaba en su guarida de milagros a Juanito. Él animaba con esa efusividad, supongo que lo seguirá haciendo hoy de manera similar,  que hacía hacerle parecer mucho más alegre que nadie, aún cuando no lo fuera, cosa que era difícil de adivinar porque nunca le vi tan impermeable a la tristeza como el ruido de sus risas y bromas querían hacer ver. Nunca supe si Juan sufría, nunca supe si era infeliz aunque fuera un segundo, nunca supe si tenía otros problemas que no fueran más que un reclamo de orden en el desorden. Juanito era alboroto; digo era porque hace tiempo que ya no comparto con él; la vida nos bifurca los caminos. Juanito ensayaba con la orquesta y vivía una existencia de joven, que años después siempre seguí viendo y disfrutando por eso de que si lees a Peter Pan alucinas con su mundo de fantasías disonantes con la realidad del hoy por hoy en nuestra sociedad, sin embargo, viendo un video de alguien que conociste hace muchos años y que sigue anclado a una idea del ayer, te das cuenta de que su sueño sigue siendo una realidad diferente cada mañana entre coles, lechugas, remolacha y muchísima música. Su universo particular ha sido suyo, diferente y extravagante (para mi tanto más hasta ahora) durante los años en que ha seguido creciendo como ser humano, si bien no físicamente, pues le veo como cuando se tomaba unos chupitos para desayunar en el Bar de la Pensión el Drago que le invitaba Carlos (D. E. P.) y él casi siempre, cuando no estábamos algunos cargados de responsabilidad cerca y lo evitábamos, accedía para comenzar el día de la manera en que cualquier otro lo terminaba.
            Hoy, tantos años han pasado que los detalles no son nítidos en la memoria que los evoca pero recuerdo mil anécdotas de Juan y mías (y de otros de la pandilla –Edu, Hedgar, Pedro…). Compartimos momentos únicos, porque un grupo de personas unidas por la música dan para crear imposibles, milagros artísticos pero también para consumir el cupo de locuras estúpidas, simultaneándolas,  sin que se pueda entender lo uno sin lo otro. Ron y pasión, horas de trabajo ciego de intereses mercantilistas y muy llenos de amor por vivir un poco más rápido, un poco más intensamente, por consumir años en días. En eso podríamos coincidir algunos, ahora cuando nos juntamos a hablar del pasado y de esas horas vivas que gastamos en ser felices, en que todo lo hicimos con rotundidad. Ha cambiado mucho el panorama pues ya a las canas se han unido los miedos; esos mismos que olvidábamos a la puerta de un nuevo fin de semana bienaventurado en sus comienzos y proceloso en sus desarrollos, hasta convertirse en pesadillas de final apresurado en ser fruto del olvido.
Y la vida nos marcó de una u otra manera por aquellos días, veo en mi la prueba palpable. A Juan, compruebo hoy, la batalla no le costó más que unos números más en el D.N.I. pues alumbra pensamientos maduros sobre la base de una misma ideología que siempre le presupuse a su existencia.  Juan es ese niño que todos llevamos dentro y maniatamos para que se mantenga callado y quieto; ese chaval que fuimos menos de lo que debimos, ese adolescente que calló muy pronto sus sueños para dejarse arrastrar por la ola de madurez que obliga a encallar en la adultez. Esa etapa que se nos fue, se nos escurrió entre estudios y mundo real para algunos, para otros quedó plasmado en la perentoria necesidad de mantenerse joven, pendiente de provocar una risa cada mañana y un bostezo cada noche. Podríamos enjuiciar la manera de mirar este mundo que nos enseña Juan Lorenzo en un aleccionador vídeo (para mi lo es y mucho) pero yo me niego a dejar siquiera un atisbo a reproche o crítica de cualquier tipo porque es envidia lo que rezuma la sola mención del término inconsciencia. "la vida es lo que ocurre mientras hacemos planes para vivirla",  no es mía la frase y no me gusta usar artificios de nadie pero este me gusta porque es sencillo y claro; cada cual hace como puede y le place. Si vives y dejas vivir como menciona nuestro amigo Juan, tienes el permiso de la sociedad (no cuanto merece el intento, convendremos en ello, desgraciadamente) para cometer tus errores y vivir a carcajadas tus aciertos. Yo, hoy, le consiento a Juan el privilegio, que se esfuerza en conseguir, de ser feliz a su manera y aplaudo hasta enorgullecerme por conocerle, esas ganas de disfrutar de su música que debiera ser mucho más la nuestra.

            Juan es un músico con todas las letras que garantizan el arte asociado al término desde la pasión con que consume o devora acordes o repiques. Juanito crea espacios para llenar de paz el alma de quien se detiene a escuchar sus lamentos, sus miedos, sus alegrías, sus tristezas, sus dudas, sus noticias; comunica intenciones de hacer desconectar al oyente o mejor, al escuchante, de ese trajín de días con la vitola de iguales a tantos otros. Siempre ha sido así; con la toalla en el hombro tras un día de playa, con las teclas entre los dedos o los cueros entre las piernas, con un ron en la mano y el sombrero en la cabeza. Como los genios de esas lámparas de aceite, Juanito se nos presenta entre efluvios de festividades pasadas, de juergas corridas, de pensamientos mucho más livianos sin la carga de la experiencia y los malos tragos, y nos hace olvidar que fuimos mucho más jóvenes no hace tanto. Y no crean, el intento de esa condonación de jolgorios olvidados no ha sido gratuito para él; ya le veo más sereno, sonrío al adivinarle una compañera de confidencias a medianoche y la agricultura le hará usar un rastrillo con el que borrar huellas que para todos, el tiempo ha impreso en recónditos lugares de nuestra personalidad, también de la suya asumo.


He querido ofrecer este retrato mío de un tipo raro que disfruté y consumí hasta que el hielo en las vidas de cada cual consumió el tiempo de compartir juntos un mismo sentimiento hacia la música y sus cuitas. Nos separamos en partituras diferentes de un música que nos unió para siempre hacernos cómplices de los sueños que tuvimos; ahora cada cual vive el suyo a su manera. Quería hacer un guiño a la manera de Juan, con menos redobles lo sé, sin el afinque de la galleta en la conga, sin el repique del “swing” en la güira, sin ese sabor que sólo algunos saben robarle al piano en un buen merengue, sin el medio melón lleno de ron con jugo de pera piña y rebosante de hielo picado, pero eso sí con todo el cariño y el respeto que le tengo Juan y que para siempre te ganaste. Va por ti maestro.