Fiel, un poco achacoso pues los años a todos nos pesan; ligero, cuando la brisa amenaza con llevárselo todo, corre buscando que el aire
no sople en sus orejas. Es alto y debió
ser mucho más apuesto hace algunos años pero es un guardián de los que nunca abandonan
su vigilia más que para quizás un baño matutino, o con el sol puesto, o si acaso
cuando la luna amenaza con sonreír la huida del astro rey.
¿Cómo
hacer el esbozo de una vida a través de la de un animal? Me planteé este artículo después
de tratar de cotejar algunas noticias recientes que me habían llegado desde mi
pueblo. Vivir en la distancia te hace añorar aún más lo tuyo y te muestras más
sensible a las fechorías que se perpetran con el salvoconducto de la democracia
y el "gobierno para todos". Privatizar el colegio, cierre inminente de la única
ferretería que tenía nuestro pueblo; así de desconcertante y triste como a algunos nos puede sonar, es el panorama bagañete. Aún pudiendo ser un bulo infundado, "no hay
más"; pensé en ¿que son otras dos pulgas más para este perro que vive huérfano y abandonado? pero es un pensamiento muy liviano para tanto daño. Tal vez debamos buscar en su pelaje dos enormes
garrapatas que chupan la poca sangre que le queda, que nos queda; deberán estar, porque nos desangramos sin remedio. Dejamos que hagan y no protestamos. No se sabe nada, no se anuncia nada y cuando queremos
olvidar se nos obliga a recordar a fuerza de hacernos conscientes de en qué nos hemos convertido. No se puede gobernar
en la soterrada clandestinidad de "aquello que hay que hacer porque hay que
hacerlo" (alguien lo dijo y todos debemos creerlo sin más); sin contar con nadie, se explican motivos que optan a ser excusas de segundo plato servido frío y, sin postre, se termina en un julepe apostando siempre a caballo perdedor. Ya se nos fueron otros pequeños tesoros y ni nos dimos cuenta: empaquetados de plátanos (no nos queda ni
uno), se nos fueron las zapaterías (recuerdo Tessa, Calzados Zenaida, …), se
nos fue el Kiosko Cristal (sí sí, el de Toño “El bomba”, que en paz descanse),
se nos fue la ferretería de Benito, luego se fue la de Pepe Síter (no hace tanto), se
nos fue la panadería, se nos fueron los cines (han vuelto los teatros; queda
por saber si han quedado teatreros o ¿éstos también se habrán ido?), se nos fue un
Rent a Car/Concesionario de coches, se nos fue una gran constructora (¡¡menos
mal que queda otra gigantesca!!) dejando asfixiados, absorbidos, enfermos
crónicos de ese mal que propician las deudas impagadas; se nos fueron las
orquestas (porque la música es arte y el artista es un ser sensible que muere
por muy poco y vive con tanto más), se nos fue el Bingo, se nos fueron los
churros del Puerto, se nos fueron las pequeñas ventas (sólo queda algún
aguerrido superviviente incólume ante la amenaza de una ciudad próxima y su
ingente oferta del "todo más barato" –sí, nos queda supermercado Nieves-), se nos
fue la tienda de electrodomésticos… No voy a seguir porque me pasa a mi, no sé
a ustedes, que cuanto más recuerdo lo que fuimos más me duele ver en lo que nos
hemos convertido. Pesa pensar que es más fácil contar lo que queda que relatar lo que hubo.
Tengo que ser crítico con el gobierno actual, muy crítico,
porque considero mucho más trágico cometer errores sabiendo cuáles son y cómo se llevaron a cabo otros similares en tiempos no tan lejanos, que haberlos consentido en
la primera experiencia, en una primera vez. Debimos aprender que el pueblo es
soberano y que, como he leído a algún político insigne de nuestra isla, se debe
escuchar la voz del que vota porque es el que en primera instancia decide y
gobierna. ¿Privatizar un colegio público? Espero que respondan y me lo nieguen, pero esa esperanza tiene fecha de caducidad y trazas de ser una posibilidad
aberrante con demasiado poso de cruel realidad; incluso el simple rumor. Lo de la ferretería de “Capote”
tiene mucho más que ver con esa epidemia que nos ha momificado. Miramos lo que
nos rodea con la vista perdida: las gentes que pasan, los negocios que se
hunden, los pueblos cercanos que florecen; nuestra historia nos consume y no hacemos
nada, (no hemos hecho nada) encorsetados en un entramado de vendas que curan
demasiadas heridas, unas antiguas que aún supuran y otras que no nos
hemos ni siquiera hecho. Los alzados de la Palma, un título para una obra que
nos obliga a hacer injerencias basadas en personajes que en la represión
decidieron adentrarse en los montes, en los recovecos y luchar; tan sólo, y es
mucho, pasa que a nosotros se nos olvidaron las armas, el espíritu guerrero y todo
eso lo decidimos, en algún desgraciado momento de nuestra historia reciente,
trocar por el equivocado pensamiento de que aquellos montes nos servirían para
ocultarnos de las miradas furtivas y poder dormir así en cualquier echadero,
cual bestias inocentes sin reparos y sin querer parecer personas de provecho. Al menos nos
van quedando iluminados fogonazos de genialidad, miremos la botella medio llena
aunque no tenga ni gota, porque somos
mucho más de lo que parecemos. Hemos equivocado el camino eso sí y hiere pensar
que no hay gente capaz de redirigirnos pero valemos, que nadie se siga
empeñando en vernos como simples donantes de patadas a un balón o parranderos
en tertulias de bar; somos eso pero también mucho más. Hoy de otra manera que
ayer, alejado del mundanal ruido bagañete, me doy cuenta del tesoro que puebla
nuestras calles; grandes músicos, grandes pensadores, gentes cultivadas y un
pueblo que sólo necesita que le digan qué hace mal, que le enseñen el camino y
eduquen esos malos modos que el acomodamiento, la actitud pasota y
el olvidado espíritu de sacrificio han convertido en rémora que no permite
nadar a nuestro pez.
No estoy de acuerdo con la manera de llevar las cosas (en
algunos aspectos) que se estila en nuestro consistorio pero todo pasa y en ese
transcurrir hay cosas que cambian y con suerte lo hacen para mejor. No remo
hacia atrás (no me carguen con ese sambenito atribuido a aquel que molesta
cuando habla o hiere cuando ríe), ni siquiera lo hago de lado; tal vez puede
que ni siquiera reme pero es porque no cuentan conmigo, ni tampoco se cuenta con
tantos otros que, como yo, se preocupan por el devenir de las cosas. En alguna ocasión, llevado por el ánimo
constructivista que piensa que un comentario, una crítica bienintencionada
arregla desperfectos sobre la marcha, respondí a un alto cargo de nuestro
ayuntamiento (sigue siendo el mío porque allí sigo empadronado y será allí
donde deposite mi voto en las próximas elecciones europeas) que la bulla en las
redes puede no ser la mejor manera de atender requerimientos pero también
ocurre que el silencio, para según qué cosas, sí que evidenciaba un espíritu
conspirador, solaz en demasiadas ocasiones, anacrónico y traicionero que hace poco bien a la hora de afrontar las
obligaciones para con el ciudadano. Fue un comentario, una simple opinión e
inmediatamente ocurrió que el perro se rasco las pulgas y siguió su camino sin
atender a llamadas de nadie, sin reparar en si aquel ciudadano se podría sentir
ninguneado o desatendido, sin saberse responsable de matar el picor
exterminando la plaga. Hay que escuchar para aprender; no lo sabemos todo y es
el pueblo quien enseña al gobernante a ejercer su labor; de la misma manera que
el profesor aprende a enseñar escuchando y recibiendo el feedback de su
alumnado. Salir a las calles, atender y escuchar ruegos y preguntas en foros
sociales (es la modernidad, lo actual y guste o no guste, es lo que mueve al
mundo ahora mismo; como persona privada puedo alejarme cuanto quiera de
Facebook y de Twitter pero como personaje público va en mi sueldo atender
peticiones vengan de donde venga o por el medio que se comuniquen). ¿Qué
ocurre, que está pasando? Hago esta suposición porque no sé lo que pasa y nadie
tiene la deferencia de resolver mi duda tantas veces comentada: pasa que gustan
los halagos (todo está bien y es color de rosa siempre) y molestan y mucho las
críticas. Si se piensa diferente o se hacen apreciaciones ya se es un vestigio del
pasado político, o se tienen animadversiones, o se reclama algo, o se pretende
algo… Se piensa mal casi siempre y demasiado poco en ese hecho mil veces
constatado de que una crítica es el empujón más efectivo para conseguir
mejorías. Seguimos caminando mal y no me queda más remedio que decirlo, aunque
duela, a mi el primero.
Goofy come, micciona y defeca; se escabulle cuando nadie lo
mira y se da un chapuzón en la playa de Puerto Espíndola o llega al varadero
del muelle y se remoja las patas para luego dejarse secar al sol (que tan poco
brilla por estos lares) mientras la brisa le espanta las moscas. Un animal que
soporta alguna pulga y tal vez alguna que otra garrapata puede vivir con un
cuenco de pienso, royendo alguna papa o mordisqueando un mendrugo de pan duro.
Su vida es ligera, como el viento que le impele a dejarse llevar cual vela
de un navío. Desgraciadamente Goofy es un animal, un estupendo, fiel y valeroso
animal, del que un pueblo poco tendría que aprender sino fuera por la acuciante
escasez de valores que muestra el nuestro. Tazacorte no puede ser más tiempo un
Goofy cualquiera, ni siquiera nuestro gran Goofy. No pueden hacer con él lo que
quieran, no pueden mandarle callar, ni darle comida en un cuenco para que calle
su estómago y luego su boca. Tazacorte no puede dejarse llevar por ese libre
albedrío que le encamina de aquí para allá sin concierto ni razón, no puede querer
algo hoy y mañana lo otro tan distinto. Tazacorte debe proyectar una vida más allá
del día a día, debe proponer una meta en el corto plazo que justifique el largo
plazo, el futuro y para eso ya es
tiempo; ayer fue muy tarde y mañana ya es hoy.
Volviendo al presente más desangelado. Si hoy se nos va la
ferretería luego se irá la tienda de ropa o la de deportes (las que nos quedan)
y nos quedaremos encerrados en nuestras casas viendo fútbol en miércoles santo,
provocando y consintiendo que no haya nadie para cargar las imágenes en una
procesión de fé entre las más bonitas de la isla. Se nos va nuestra idiosincrasia
por el sumidero de los fregaderos, lavando vasos de cerveza, los tenedores
manchados de salsa Ketchup, mostaza o tal vez, platos manchados con el aceite
de esas papas fritas que nos alivian los nervios mientras, mirando fijamente la
tele, dejamos que nuestras neuronas se asfixien con el fanatismo del balón y los
uniformes coloridos. ¿Se nos va o ya se nos fue? En esas andamos creo,
mirándonos los unos a los otros para excusarnos la falta de recuerdos cercanos
en el tiempo, para mentirnos diciendo que así va bien todo, que no pasa nada,
que esperando, las nubes se van y el sol regresa, que la felicidad anida sola y
es caprichosa, que a los santos se les puede hacer un carromato y ser empujados
por un furgón, que en las noches de semana santa siempre hace más frío o
llueve, que la banda toca hoy y mañana, pero el fútbol es sólo un día (cuando
todos sabemos que son demasiados). Y contando mentiras nos convertimos en
sospechosos habituales, como lo es Goofy de su playa y de sus baños, de sus
idas y venidas, de sus aventuras de un par de horas. Cansados de oír como todo
el mundo dice que Goofy es buen perro, hastiados de consentirle que se agarre a
la pierna de cualquiera cuando las hormonas suben mucho más arriba de las ganas
; así nos involucramos en la farsa que nos permite vivir hoy sin pensar en
mañana, en hacer lo que nos place y no lo que nos conviene. Porque fuimos un
sueño y ahora sólo un capricho por todo eso Goofy nos recuerda que no merecemos
la vida de un perro por muy bueno que éste sea.
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