jueves, 17 de abril de 2014

La vida de Goofy.

Fiel, un poco achacoso pues los años a todos nos pesan; ligero, cuando la brisa amenaza con llevárselo todo, corre buscando que el aire no sople en sus orejas.  Es alto y debió ser mucho más apuesto hace algunos años pero es un guardián de los que nunca abandonan su vigilia más que para quizás un baño matutino, o con el sol puesto, o si acaso cuando la luna amenaza con sonreír la huida del astro rey.

       ¿Cómo hacer el esbozo de una vida a través de la de un animal? Me planteé este artículo después de tratar de cotejar algunas noticias recientes que me habían llegado desde mi pueblo. Vivir en la distancia te hace añorar aún más lo tuyo y te muestras más sensible a las fechorías que se perpetran con el salvoconducto de la democracia y el "gobierno para todos". Privatizar el colegio, cierre inminente de la única ferretería que tenía nuestro pueblo; así de desconcertante y triste como a algunos nos puede sonar, es el panorama bagañete. Aún pudiendo ser un bulo infundado, "no hay más"; pensé en ¿que son otras dos pulgas más para este perro que vive huérfano y abandonado? pero es un pensamiento muy liviano para tanto daño. Tal vez debamos buscar en su pelaje dos enormes garrapatas que chupan la poca sangre que le queda, que nos queda; deberán estar, porque nos desangramos sin remedio. Dejamos que hagan y no protestamos. No se sabe nada, no se anuncia nada y cuando queremos olvidar se nos obliga a recordar a fuerza de hacernos conscientes de en qué nos hemos convertido. No se puede gobernar en la soterrada clandestinidad de "aquello que hay que hacer porque hay que hacerlo" (alguien lo dijo y todos debemos creerlo sin más); sin contar con nadie, se explican motivos que optan a ser excusas de segundo plato servido frío y, sin postre, se termina en un julepe apostando siempre a caballo perdedor. Ya se nos fueron otros pequeños tesoros y ni nos dimos cuenta: empaquetados de plátanos (no nos queda ni uno), se nos fueron las zapaterías (recuerdo Tessa, Calzados Zenaida, …), se nos fue el Kiosko Cristal (sí sí, el de Toño “El bomba”, que en paz descanse), se nos fue la ferretería de Benito, luego se fue la de Pepe Síter (no hace tanto), se nos fue la panadería, se nos fueron los cines (han vuelto los teatros; queda por saber si han quedado teatreros o ¿éstos también se habrán ido?), se nos fue un Rent a Car/Concesionario de coches, se nos fue una gran constructora (¡¡menos mal que queda otra gigantesca!!) dejando asfixiados, absorbidos, enfermos crónicos de ese mal que propician las deudas impagadas; se nos fueron las orquestas (porque la música es arte y el artista es un ser sensible que muere por muy poco y vive con tanto más), se nos fue el Bingo, se nos fueron los churros del Puerto, se nos fueron las pequeñas ventas (sólo queda algún aguerrido superviviente incólume ante la amenaza de una ciudad próxima y su ingente oferta del "todo más barato" –sí, nos queda supermercado Nieves-), se nos fue la tienda de electrodomésticos… No voy a seguir porque me pasa a mi, no sé a ustedes, que cuanto más recuerdo lo que fuimos más me duele ver en lo que nos hemos convertido. Pesa pensar que es más fácil contar lo que queda que relatar lo que hubo.

Tengo que ser crítico con el gobierno actual, muy crítico, porque considero mucho más trágico cometer errores sabiendo cuáles son y cómo se llevaron a cabo otros similares en tiempos no tan lejanos, que haberlos consentido en la primera experiencia, en una primera vez. Debimos aprender que el pueblo es soberano y que, como he leído a algún político insigne de nuestra isla, se debe escuchar la voz del que vota porque es el que en primera instancia decide y gobierna. ¿Privatizar un colegio público? Espero que respondan y me lo nieguen, pero esa esperanza tiene fecha de caducidad y trazas de ser una posibilidad aberrante con demasiado poso de cruel realidad; incluso el simple rumor. Lo de la ferretería de “Capote” tiene mucho más que ver con esa epidemia que nos ha momificado. Miramos lo que nos rodea con la vista perdida: las gentes que pasan, los negocios que se hunden, los pueblos cercanos que florecen; nuestra historia nos consume y no hacemos nada, (no hemos hecho nada) encorsetados en un entramado de vendas que curan demasiadas heridas, unas antiguas que aún supuran y otras que no nos hemos ni siquiera hecho. Los alzados de la Palma, un título para una obra que nos obliga a hacer injerencias basadas en personajes que en la represión decidieron adentrarse en los montes, en los recovecos y luchar; tan sólo, y es mucho, pasa que a nosotros se nos olvidaron las armas, el espíritu guerrero y todo eso lo decidimos, en algún desgraciado momento de nuestra historia reciente, trocar por el equivocado pensamiento de que aquellos montes nos servirían para ocultarnos de las miradas furtivas y poder dormir así en cualquier echadero, cual bestias inocentes sin reparos y sin querer parecer personas de provecho. Al menos nos van quedando iluminados fogonazos de genialidad, miremos la botella medio llena aunque no tenga ni gota,  porque somos mucho más de lo que parecemos. Hemos equivocado el camino eso sí y hiere pensar que no hay gente capaz de redirigirnos pero valemos, que nadie se siga empeñando en vernos como simples donantes de patadas a un balón o parranderos en tertulias de bar; somos eso pero también mucho más. Hoy de otra manera que ayer, alejado del mundanal ruido bagañete, me doy cuenta del tesoro que puebla nuestras calles; grandes músicos, grandes pensadores, gentes cultivadas y un pueblo que sólo necesita que le digan qué hace mal, que le enseñen el camino y eduquen esos malos modos que el acomodamiento, la actitud pasota y el olvidado espíritu de sacrificio han convertido en rémora que no permite nadar a nuestro pez.  

No estoy de acuerdo con la manera de llevar las cosas (en algunos aspectos) que se estila en nuestro consistorio pero todo pasa y en ese transcurrir hay cosas que cambian y con suerte lo hacen para mejor. No remo hacia atrás (no me carguen con ese sambenito atribuido a aquel que molesta cuando habla o hiere cuando ríe), ni siquiera lo hago de lado; tal vez puede que ni siquiera reme pero es porque no cuentan conmigo, ni tampoco se cuenta con tantos otros que, como yo, se preocupan por el devenir de las cosas.  En alguna ocasión, llevado por el ánimo constructivista que piensa que un comentario, una crítica bienintencionada arregla desperfectos sobre la marcha, respondí a un alto cargo de nuestro ayuntamiento (sigue siendo el mío porque allí sigo empadronado y será allí donde deposite mi voto en las próximas elecciones europeas) que la bulla en las redes puede no ser la mejor manera de atender requerimientos pero también ocurre que el silencio, para según qué cosas, sí que evidenciaba un espíritu conspirador, solaz en demasiadas ocasiones, anacrónico y traicionero  que hace poco bien a la hora de afrontar las obligaciones para con el ciudadano. Fue un comentario, una simple opinión e inmediatamente ocurrió que el perro se rasco las pulgas y siguió su camino sin atender a llamadas de nadie, sin reparar en si aquel ciudadano se podría sentir ninguneado o desatendido, sin saberse responsable de matar el picor exterminando la plaga. Hay que escuchar para aprender; no lo sabemos todo y es el pueblo quien enseña al gobernante a ejercer su labor; de la misma manera que el profesor aprende a enseñar escuchando y recibiendo el feedback de su alumnado. Salir a las calles, atender y escuchar ruegos y preguntas en foros sociales (es la modernidad, lo actual y guste o no guste, es lo que mueve al mundo ahora mismo; como persona privada puedo alejarme cuanto quiera de Facebook y de Twitter pero como personaje público va en mi sueldo atender peticiones vengan de donde venga o por el medio que se comuniquen). ¿Qué ocurre, que está pasando? Hago esta suposición porque no sé lo que pasa y nadie tiene la deferencia de resolver mi duda tantas veces comentada: pasa que gustan los halagos (todo está bien y es color de rosa siempre) y molestan y mucho las críticas. Si se piensa diferente o se hacen apreciaciones ya se es un vestigio del pasado político, o se tienen animadversiones, o se reclama algo, o se pretende algo… Se piensa mal casi siempre y demasiado poco en ese hecho mil veces constatado de que una crítica es el empujón más efectivo para conseguir mejorías. Seguimos caminando mal y no me queda más remedio que decirlo, aunque duela, a mi el primero.

Goofy come, micciona y defeca; se escabulle cuando nadie lo mira y se da un chapuzón en la playa de Puerto Espíndola o llega al varadero del muelle y se remoja las patas para luego dejarse secar al sol (que tan poco brilla por estos lares) mientras la brisa le espanta las moscas. Un animal que soporta alguna pulga y tal vez alguna que otra garrapata puede vivir con un cuenco de pienso, royendo alguna papa o mordisqueando un mendrugo de pan duro. Su vida es ligera, como el viento que le impele a dejarse llevar cual vela de un navío. Desgraciadamente Goofy es un animal, un estupendo, fiel y valeroso animal, del que un pueblo poco tendría que aprender sino fuera por la acuciante escasez de valores que muestra el nuestro. Tazacorte no puede ser más tiempo un Goofy cualquiera, ni siquiera nuestro gran Goofy. No pueden hacer con él lo que quieran, no pueden mandarle callar, ni darle comida en un cuenco para que calle su estómago y luego su boca. Tazacorte no puede dejarse llevar por ese libre albedrío que le encamina de aquí para allá sin concierto ni razón, no puede querer algo hoy y mañana lo otro tan distinto. Tazacorte debe proyectar una vida más allá del día a día, debe proponer una meta en el corto plazo que justifique el largo plazo, el futuro  y para eso ya es tiempo; ayer fue muy tarde y mañana ya es hoy.

Volviendo al presente más desangelado. Si hoy se nos va la ferretería luego se irá la tienda de ropa o la de deportes (las que nos quedan) y nos quedaremos encerrados en nuestras casas viendo fútbol en miércoles santo, provocando y consintiendo que no haya nadie para cargar las imágenes en una procesión de fé entre las más bonitas de la isla. Se nos va nuestra idiosincrasia por el sumidero de los fregaderos, lavando vasos de cerveza, los tenedores manchados de salsa Ketchup, mostaza o tal vez, platos manchados con el aceite de esas papas fritas que nos alivian los nervios mientras, mirando fijamente la tele, dejamos que nuestras neuronas se asfixien con el fanatismo del balón y los uniformes coloridos. ¿Se nos va o ya se nos fue? En esas andamos creo, mirándonos los unos a los otros para excusarnos la falta de recuerdos cercanos en el tiempo, para mentirnos diciendo que así va bien todo, que no pasa nada, que esperando, las nubes se van y el sol regresa, que la felicidad anida sola y es caprichosa, que a los santos se les puede hacer un carromato y ser empujados por un furgón, que en las noches de semana santa siempre hace más frío o llueve, que la banda toca hoy y mañana, pero el fútbol es sólo un día (cuando todos sabemos que son demasiados). Y contando mentiras nos convertimos en sospechosos habituales, como lo es Goofy de su playa y de sus baños, de sus idas y venidas, de sus aventuras de un par de horas. Cansados de oír como todo el mundo dice que Goofy es buen perro, hastiados de consentirle que se agarre a la pierna de cualquiera cuando las hormonas suben mucho más arriba de las ganas ; así nos involucramos en la farsa que nos permite vivir hoy sin pensar en mañana, en hacer lo que nos place y no lo que nos conviene. Porque fuimos un sueño y ahora sólo un capricho por todo eso Goofy nos recuerda que no merecemos la vida de un perro por muy bueno que éste sea.


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