martes, 4 de marzo de 2014

Carnaval en Tazacorte.

Foto cedida, cortesía de D. Luis Miguel Martín Lorenzo.

Llevado el por el influjo pagano de esta época que transitamos; época de polvos, disfraces, excesos entre bromas y veras y sobre todo mucha música, vuelvo a mirar a nuestro pueblo y me auto-flagelan los recuerdos, aunque sean rememorados por otros. En esta ocasión la melancolía se aferra a mi espíritu al contemplar fotos del carnaval bagañete de ayer; un ayer no tan lejano (véase la fotografía en la que lucimos remozadas dependencias del consistorio municipal). Comparsas, murgas, disfraces por doquier y muchas almas preocupadas por buscar razones para ser y estar felices; eso y mucho más es lo que ha quedado atrás. No voy a criticar lo de hoy, no es el momento para reprocharle nada al presente aunque sea éste mismo el que no soporte la comparación con esplendores ocurridos y fijados en retinas algo más veteranas que las mías. En este artículo sólo pretendo dar enjundia a lo que fueron estas fiestas en nuestro pueblito costero y escribir sobre lo que ocurría antes de yo estar en este mundo; me vale por ahora con resaltar el orgullo que parece olvidado.

Miro esa foto del encabezamiento y se me pone el cuerpo nervioso, lo siento; yo cometo muchos errores, tengo un traspiés tras otro,  pero suelo tener reservada siempre una melodía para amenizar los chapoteos que me hacen salir de cada barrizal en el que incurro por mi humana y errática condición. ¿Estamos los bagañetes preparados para admitir nuestros errores?

Pido perdón, vaya esto por delante, por no citar a todos los que en la foto aparecen, pero creo que hay en ella un personaje con el que no he sido justo (yo y algunos tantos otros, me aventuro a creer) y no es otro que: D. Andrés Cabrera. Gran amigo de mi abuelo, es y ha sido toda la vida, la mía, la de algunos antes y la de tantos después de mi; sinónimo de “música” en nuestro pueblo. Es la música, según mi manera de ver las cosas, la manifestación cumbre de los sentimientos a través de la magia de los sonidos y merece anidar cómoda entre nuestros conciudadanos, henchida por el agradecimiento que tantos bagañetes le debemos. D. Andrés es música y con sus defectos y virtudes merece el reconocimiento que su labor ha obrado en forma de milagros: músicos reconocidos, espectáculos ofrecidos, enseñanzas impartidas y enemistades (espero que pocas) provocadas y burladas al socaire de un trabajo sacrificado en dedicación y sinsabores ocasionados por la crítica profana o entendida, a la par que excelso en el triunfo. Vaya por mi parte un sentido homenaje a su carrera musical y mi más sincero agradecimiento por la dedicación prestada a este noble arte en nuestro pueblo (y fuera de él).

Tazacorte era feliz, sonaba alegre aunque las caras no fueran todas, por la fotografía digo, un reclamo de carcajadas. Eugenio, Tip y Col, D. Miguel Gila, Buster Keaton –cuando el cine era mudo-, provocaban la risa sin alentar en sus caras ni el más mínimo atisbo de felicidad, incluso se diría que se tomaban demasiado en serio eso de hacer reír a los demás. Conocí, por esa afición mía que me acerca a la gente mayor, a un par de personajes cuyo nombre no citaré, que interpretaban el papel del Carnaval bagañete de ayer a la perfección; desmelenados justo antes de Cuaresma e incólumes ante la vida y sus agravios el resto del año. D. Menganito y D. Fulanito aguardaban en sus casas, en sus trabajos, en su anodina existencia, a que llegara el lunes de carnaval y era entonces cuando se explayaban sus corazones, llenos del mejor ánimo y de las más eufóricas ganas de fiesta. Ni siquiera era necesario refrescar el gaznate con el ron de Cuba o Venezuela (que algún pariente trajo en sus maletas de indiano), no hacían falta polvos de sinrazón para adornar la adustez y la seriedad de a diario; salían a la calle, se calzaban los pies con zapatos de tacón, se enfundaban un par de medias con varias carreras, una peluca que tape faltas y gafas para no ver nada y ya todo era una broma. La diversión brotaba del manantial de sus vidas en pausa y les empujaba a reírse de todo, aunque hubiera motivos para estar de duelo, porque amigos, las crisis no son exclusivas del siglo  XXI, ya las hubo antes. Las carcajadas era un empuje para retomar las tragedias de cada cual al final de la fiesta con renovadas esperanzas. La peña de la alegría o el grupo de amigos de la diversión, los conoceremos por sus actos y tal vez olvidaremos sus nombres, dijo alguien un día, y así han llegado a nuestros días sino en el esplendor de su pasado sí en el empeño de su presente testimonial.  El descaro casual e irreverente que convertía el aburrimiento de muchos en alegría para tantos, era su excusa y su preocupación. En aquellos tiempos hubo más de un D. Menganito y un D. Fulanito en nuestro trocito de Edén terrenal, que disfrazaban su seriedad de cómica farándula: mucho antes de que los Indianos significasen “Carnaval Palmero” y copasen de excéntrica singularidad la fiesta de todos. Muchas peñas para tantas alegrías, ¡qué tiempos aquellos¡. Nos hemos dejado comer terreno pero no se equivoquen, el mar que suele quitar lo suyo a los demás, a nosotros nos ha dado lo nuestro y ha templado demasiado el ánimo dejándonos ir libertinos que no liberados. Han sido otros los que han recorrido más rápido el camino, tomando ventaja y obligado a que nos convirtamos en el vagón de cola de un tren que ya no tiene como para obligatoria, en su ruta, a Tazacorte.

Lo peor de todo es que no es crítica falaz, es la más aterradora realidad. Hablando recientemente, en Facebook, con algún conocido bagañete en el exilio, hacía referencia al consabido hecho (que también he tratado en algún otro escrito de este blog) constatado por los habitantes de nuestra isla y allende los mares, de que este pueblo nuestro está cargado de melodías. Me contaba que su padre le inculcó la música y ésta le permitió incluso vivir y labrarse un porvenir y un nombre desde esa otra faceta tan bagañeta. ¿Comprenden por qué hago tanto énfasis en que los balones nos han robado el futuro? En algún recodo del camino optamos por la pelota y desechamos las partituras, las letras y sus libros. Uno entre cada cien de los tazacortenses de ayer habrá adquirido notoriedad dándole patadas a un balón (alabo y aplaudo a los que han llegado muy lejos, se me ocurre citar al que posiblemente haya conseguido mas logros personales en el mundo balompédico, D. Lope Acosta “Lopito” –tengo la suerte de compartir estrecha relación de amistad con la mayoría de miembros de la conocidísima y respetadísima familia “Carracote”-) pero ¿cuántos otros han obtenido honra y provecho a partir de los acordes aprendidos en la escuela municipal de música? Abogados, matemáticos, físicos, pedagogos, maestros, filólogos, biólogos, informáticos, empleados de banca, gestores de empresas y un largo etcétera. Todos ellos han tenido un inicio y encontrado un motivo para su progreso personal, (y para el del municipio por ende)  entre las notas de un pasodoble o los acordes de una guitarra. Esa música ya casi no suena o peor aún, casi nadie la escucha.

            Quizás he debido mencionar otros tantos personajes, y pido perdón,  relacionados con el carnaval y su notoria y pasada trascendencia pero, siguiendo con ese merecido homenaje que he ido ofreciendo a ilustres (según mi parecer) de nuestro municipio, he decidido destacar a D. Andrés Cabrera porque está vivo (creo que los homenajes como las flores, tanto mejor si son en vida) y porque colea aún el mérito de su labor musical para con nuestro pueblo. Porque ante cientos de actuaciones en el pasado, aún está fresco en la memoria el recuerdo de la penúltima, con motivo  del día de los enamorados. D. Andrés colaboró en una gala musical con otros músicos notables del municipio y ¿sabéis qué?, el virtuosismo musical volvió a perder la pelea en favor del gusto popular. Ese gusto por acudir en tropel a las gradas del estadio municipal con motivo de un partido en otro fin de semana, de entre los tantos que repiten triunfo de asistencia. No tuvieron problemas de aparcamiento, no estaban incómodos los asistentes a la velada musical organizada desde la concejalía de cultura y fiestas (entiendo, o tal vez, de cultura) por no conseguir una butaca bien situada, no se estorbaban o se dirigían peyorativamente al árbitro de enfrente porque a su hijo le hubieran sacado una tarjeta, o dejado de pitar una falta. No miraron el reloj preocupados porque llegaban tarde al principio, a la subida del telón; volvió a ganar el fútbol y a perder nuestra cultura, la que nos hizo ser lo que fuimos, la que hemos olvidado. Es obvio que en algo fallamos todos.

La música insufla ánimos, produce estupor, provoca sonrisas, alegra la existencia, provee motivos para la esperanza, agudiza el ingenio, atempera los ánimos exaltados, fortalece el espíritu de sacrificio, aúna esfuerzos, obliga el trabajo cooperativo, arrasa con las diferencias, no tiene ideología, ni es partidista ni sabe de política, no es racista, no discrimina entre el rico y el pobre, homogeneiza los egos, esculpe el silencio, con los justos sonidos acordes sin restarle, importancia, es de amigos y enemigos, es de los pueblos y de los hombres, de las mujeres y de nuestros hijos. Y todo eso cuesta, no se logra con cansadas carreras, regates y patadas, necesita mucho estudio, muchas horas y mucho sacrificio. No  le robemos el porvenir a los que la han de aprovechar para ser mejores personas.


No crean, no tengo nada en contra del fútbol, aunque pueda parecerlo,  (ni siquiera hablo de deporte en general porque la lacra sólo tiene un nombre) pero es que ha delinquido en favor de nuestra desgracia y algo tenemos que hacer para que juntos nos demos cuenta primero y luchemos en su contra después. Tampoco tiene toda la culpa el balompié porque es, quizás, sólo la punta del iceberg, pero las malas costumbres comienzan por pequeños gestos irreverentes, fatídicos a la larga pero complacientes con la acomodaticia actitud de hacer lo que más nos gusta y no lo que más nos conviene; como el árbol debemos tratar de enderezarlo cuando es joven aprovechemos las más verdes hornadas de juventud, son nuestro futuro. Creo que con el fútbol ocurrió que comenzó con unas patadas ayer y se adueñó de nuestra voluntad hasta hoy confundiéndonos en la idea de que deporte es lo único bueno o lo más bueno entre lo trivial. Quizás sea así, siempre lo he pensado, es mucho más fácil, más ameno y divertido darle patadas a un balón que estudiar solfeo. Por favor, el que me lea que entienda que no hablo en general. Hay, yo conozco muchas personas y tengo muchos amigos que han usado el fútbol como lanzadera de su progreso personal, ellos han sabido separar la paja del grano y quedarse con los valores que inculca y los réditos que provoca pero otros tantísimos no y por ellos quizás hemos convertido un medio en el fin.  Opinad ustedes que tal vez penséis diferente pero es mi manera de analizar lo que nos ocurre. La cultura se ha ido ensombreciendo bajo la copa de un árbol dañino, lleno de insultos, balones fuera, goles a la sinrazón y malos ejemplos de sociabilidad. Debemos salir de su sombra o podarlo para que lo circundante pueda florecer como debe. Yo abogo por la cultura, por la música; otros lo harán por los estudio sin más, por la educación en las aulas y fuera de ellas. El caso es que algo debemos hacer para que nuestra vida vuelva a ser un carnaval cuando proceda y nuestro pueblo se alegre cuando lo merezca.

Porque los carnavales pasan , la alegría debe dejarnos un poso de sensatez entre baile y música para apreciar lo que hubo, analizar por qué lo perdimos y tratar de descubrir la manera de recuperarlo. Me gustaría que los que leyesen este artículo lo comentaran y por ejemplo, dijeran qué les recuerda en sus casas por estas fechas al Carnaval de antaño en nuestro pueblo. Yo comenzaré por citar las sopas de miel y haré un esfuerzo, sobrehumano casi, por olvidar la "guayabera" , el sombrero y los polvos porque eso no es "bagañete" ni quiso serlo nunca.

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