Érase una vez una ramita de pino, un
trocito del vestido intemporal que otorga la naturaleza a ese árbol tan nuestro. Un día cualquiera cayó nuestra ramita al suelo, arrancada por el
soplo inoportuno de alguna brisa y viajó lejos, hasta un suelo repleto de
pisadas. Cambió del mundo su visión, cambiaron los cantos de los pájaros; ahora
se escuchaban desde abajo y provenían desde arriba. Cambió el panorama del
cielo azul y también la compañía.
Un día al sol y otro día haciendo silbar al
viento, esa era toda su monótona vida. Meciéndose al compás de un dueño que,
por años y experiencia, se sentía cansado de aparentar fortaleza y sabiduría.
Nadie lo podía sospechar siquiera, era un secreto muy bien guardado, pero aquel
pino lloraba a lágrima viva. Un llanto desconsolado que le hacía estremecerse y mientras, de sus brazos
enramados por gruesas corchas, dejaba caer piñas cual si de lágrimas se tratase; todo el fruto
de su existencia en el suelo, cubierto del pelaje que desechaba cada cierto
tiempo para lucir nueva vestimenta. No era alopecia lo suyo, era esencia en
exceso, eso sí, de pino; soberbia de
gran árbol. Todo esto venía acongojando a nuestra ramita pues allá abajo habían otras demasiado parecidas a ella.
Tal era la tristeza, que por momentos abrumaba a nuestro gran trozo
de madera, que oprimía su avejentado corazón de ser vivo, y le hacía derramarse por sobre el suelo en
pedazos que eran suyos y de nadie más. Mucho silencio, tanto que sentía la
sabia fluir por su interior y regar de ilusión unas partes, a la vez que dejaba
morir tantas otras. La injusticia, la malsana providencia del azar quiso que
aquella ramita dejase de ser propia para convertirse en ajena. La sospecha se tornó en realidad.
Un corto viaje.
Unas hormigas llegaron a su lado y cuando quiso clamar piedad, muchas patas le ahogaron el grito tantas veces silenciado. Nunca pudo hablar, estaba prohibido interferir el aullido del amo y señor, y cuando quiso intentarlo ya era demasiado tarde. Encaramada a la espalda de un ejército de soldados diminutos viajó el tiempo suficiente para alejarse del pasado, del suyo más reciente. Unos metros, no fueron más que eso, os lo aseguro. Unos pocos metros que, sin embargo, la hicieron sentirse más sola que nunca. Allí estaba, abandonada en un páramo de piche y pinocha (pinillo), desamparada ante la lluvia que se extrañaba y el sol que despuntaba queriendo descubrir todos sus miedos. Saber de horas y de días era menester de otros: de pinos, de pájaros o ramas con el privilegio de un pequeño río de sabia en su interior, de vida al fin. Ella ya poco tenía de todo eso. Dejó de sentirse parte de algo cuando en su interior le dejaron de rugir las tripitas. Ya no sentía rellenarse la corteza, ni el llanto del pino la obligaba a temblar. Ahora se estremecía sola, en su propio temor y por el total abandono.
Vio ocultarse el sol y contemplaba como
salía de nuevo muchas veces o ¿quizás lo imaginó?, pues es consabido que una
rama no tiene ojos; aunque pensándolo bien, ¿hacen falta los ojos para ver?.
Los interrogantes se conjuraban y mantenían en vilo su paciencia. La retórica de sus preguntas
amplificaba el sonido de su mente por sobre los pasos que la circundaban. Aterrada,
construía teorías sobre su existencia, con las misma facilidad que las desechaba
poco tiempo después. Ese continuo y molestoso dudar le sobrevino por
casualidad, como ocurren las desgracias. Siempre se dijo así misma que fue por tener demasiado tiempo libre. Pensar en qué era el mundo para ella, pensar en qué lugar estaba y qué le
deparaba el mañan eran sus apesadumbradas preocupaciones. Las conversaciones de la naturaleza le llegaban claras
aunque de ellas entendía muy poco y aún así, lograban anestesiar sus sentidos para
ilustrar aquellos cuentos de otros. Un día se puso a cavilar sobre tanto enigma
que la acosaba y quiso encontrar respuestas. Tal vez envidiaba al canario o a algún
capirote, el caso es que se empecinó en saber y necesitó aprender. No siempre
se consigue todo lo que se pretende.
¿Adonde podría ir una rama seca y pequeña
en un mundo de gruesos troncos de buena madera? Se lo preguntaba también
nuestra ramita, como tú y como yo; le atormentaba el sólo pensar en el fuego de la dejadez.
Prefería morir calcinada a vivir olvidada y a su manera lo intentó. El viento,
de nuevo, fue la excusa para conjurar el destino. Y entonces sobrevino un aire
seco y cálido que la apartó del silencio de los que no viven. Nunca le gustaron
las lágrimas del pino, cuanto menos podría pretender ahora disfrutar del efímero vuelo por el
aire que separa una rama de altura del suelo inmundo. Demasiada pena, demasiada
tristeza. Ella quería la alegría de saber qué pasaría luego, esa era su ilusión,
su motivo: conocer del mundo su devenir. El futuro tiene a su enemigo casual,
la providencia, siempre reclamándole atenciones.
No todo acaba bien.
Sepan que nuestra ramita desapareció
y no se supo más de ella. ¿Acaso no era demasiado pequeña para soñar con
grandezas? Si tus sueños superan la realidad son imposibles y para cuando se hayan
cumplido ya no serán sueños: nuestra ramita tardó en aprenderlo y sin embargo,
allí donde una ráfaga de viento del Sur sopló para forjar un destino, nació
otro brote que albergó el nido de un canario y su prole. Un nido construido con ramitas y
pinocha; un hogar de ilusiones en el mismo sitio en que desparecieron las
preguntas para surgir las respuestas. Una pena que quien, con su dudar retórico,
originaba dudas, el tiempo no le otorgase el privilegio de escuchar las
explicaciones. Caprichos del destino.
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