Era yo muy pequeño cuando el cine de nuestro pueblo no era aún un refugio para ratones: créanme, los que no lo recuerdan lleno de cicatrices del tiempo y en ruinas. Películas que no recuerdo, "bagañetes"
Un lugar para hablar de lo que el
camino nos ha hecho olvidar: eso pasa por ser el cine en el Tazacorte de hoy. Antes
de seguir quiero que quede claro que no echo culpas a nadie en particular. Ni
la responsabilidad la tiene un partido político ni siquiera creo que la tenga la
ideología de un grupo o sector y tanto menos la manera de pensar de un
individuo. Es algo mucho más complejo: nos hemos dejado llevar por no sé bien
qué corriente, hasta que la distancia, entre lo que somos y lo que fuimos, es tan
sideral que no atisbo manera de lograr recortarla. “París chiquito”.
París sigue siendo una referencia de la moda, de “lo chic” o lo “inn” en sociedad y sus interrelaciones; nuestro pueblo hace tiempo que no es referencia en nada (o tal vez sí pero a nadie le interese). Tazacorte, mi terruño, y nosotros, todos los que nos sentimos "bagañetes", hemos olvidado
el cine y las películas y, lo peor, hemos pasado de ser lo que fuimos a tan sólo
poder conformarnos con el recuerdo que de ello conservamos. Esa sesión de cine que
justificaba el trabajo duro para invitar “a la parienta” (perdónenme esta
vulgaridad pero quiero tratar de ser cercano, eso sí, sin ser zafio), que nos hacía lavar el coche del vecino y conseguir así "unas perras" para la entrada y una chocolatina Tirma en ca’ de Ventura; que nos
obligaba a rascar el bolsillo para tener preparada una ropa con que vestirnos
cada sábado o domingo y salir a la calle: esos fotogramas son de una vida pasada. No crean, no era sólo la sesión semanal, ni los “chochos” (altramuces para los más educados y bien hablados –mal-pensantes-),
ni tan siquiera los manoseos de las parejas en la oscuridad de las butacas del
fondo: había una sociedad afanada por ser sociable o esforzada en parecerlo.
Hay que reconocer que también los tiempos eran otros,
épocas de estrenos recién estrenados y no de esos que ya puedas tener en el
disco duro de algún ordenador de amigo o vecino. Las sesión semanal era un salvoconducto para ser
feliz una vez por semana (pues no había para más). No tenía enemigos el séptimo arte
y la sociedad se juntaba en torno a la tele o a la gran pantalla (ya había
pasado esa época de transistores e hijos por media docena; se acercaba la
modernidad y sus achaques). El cine era una excusa para salir de casa y disfrutar de buen sonido y mejores
imágenes; excusa para ver a los vecinos, para salir con la novia, para buscar
una novia, para pretender una novia, para premiar a tu mujer, para alegrar a
tus hijos, para disfrutar con los amigos.Era una inmensa excusa para presumir de pueblo.
París sigue siendo una referencia de la moda, de “lo chic” o lo “inn” en sociedad y sus interrelaciones; nuestro pueblo hace tiempo que no es referencia en nada (o tal vez sí pero a nadie le interese). Tazacorte, mi terruño, y nosotros, todos los que nos sentimos "bagañetes"
En mis años de infante hubo uno,
tiempo atrás hubo varios y ya no hay ninguno: esa es la realidad y no otra. No estoy reclamando un cine para nuestro pueblo, no me crean tan ingenuo. Los
Llanos tiene el suyo y yo, que soy un apasionado de este noble arte, he ido a
sesiones en las que compartí divertimento con un par de espectadores: si allí no es rentable aquí, entre nosotros, sería ruinoso posiblemente (o no?). Un
mal generalizado que acosa y asesina esta industria con los puñales de las
descargas ilegales en internet. Quizás sea la crisis pero no la de todos; nuestra crisis "bagañeta";
esa que es otra y distinta. Asusta recordar lo que hubo porque está olvidado, en paradero desconocido y parece imposible pretender un
rescate; si no de los náufragos sí de sus tesoros.
Hace días debatía con algunos
otros conciudadanos y nos enredábamos en una controversia relativa a la vía de circunvalación que
ha cicatrizado mortalmente nuestro paisaje rural: su supuesto beneficio y su
malograda y benefactora intención inicial. Nos hemos empeñado en atender mil frentes,
hemos diversificado tanto nuestros intereses que ya no sabemos lo que queremos ahora
o prentendimos en su momento. Quisimos ser un “Los Cristianos” en el Oeste de la Palma sin
darnos cuenta que en el Oeste de nuestro Oeste, sólo está el inmenso océano que
nos separa o acerca (al Oeste de los Cristianos de Tenerife está la Gomera, un
destino que hace rentable cualquier puerto –amén del Hierro y La Palma, como
otros reclamos-). Quisimos ser la Marbella arquitectónica: hoteles, más
hoteles, y bloques de viviendas por doquier sin ton y con no se sabe bien qué
son. Quisimos olvidar el verde de nuestra vida, de nuestra infancia y
adolescencia; de la mía, de la tuya y de la tantos otros "bagañetes",
para dar otra visión de futuro a nuestros hijos o nietos y sin embargo, muy posiblemente les
hayamos birlado el paisajismo que nos hizo únicos entre cemento y plástico de
invernaderos. Quisimos desarrollarnos tanto que nos olvidamos de alimentarnos,
olvidamos que para crecer hace falta comer. Comenté en esas discusiones educadas
y mesuradas, al socaire de esos veleros de ilusiones que navegan por algunas
mentes con forma de tupido manto verde de 18 greens, bancales de arena y pozas
de agua; que para tener un plato en la mesa, aún hoy, necesitamos el agua que
riega esas ilusiones (aún ligeramente fantasiosas, a mi modo de ver) para
saciar la sed de nuestras plataneras. Muy bien todo eso del cambio en la
economía sectorial y única palmera, lo aplaudo, pero habrá que propugnar
medidas que posibiliten el trocar plátanos por palos de golf. ¿O de repente
tendremos que comer pelotas de golf y usar los putt como tenedores? Todo lo que
sea renovarse de una manera comedida y ajustada a la evolución que podemos
permitirnos debe ser bienvenido pero desde la cordura y la razón más lógica y
argumentada. No estamos preparados para albergar ingentes hordas de turistas;
apenas sí soportamos esos grupos armados de cámaras y apetito voraz por saber
de nuestra cultura e idiosincrasia cuanto más podremos pensar en tolerar ese
turismo que nos permita vivir en base a bailar el folclore que tenemos también olvidado,
o las ropas que sacamos para algunas romerías. Pero esto es harina de otro
costal, carne para preparar otro plato que servirles en este blog, para futuras
entradas.
Algo deberemos hacer con nuestro
cine, con esa película que todos recordamos y ninguno logramos identificar con
las escenas de la vida diaria de hoy en Tazacorte. Algo que nos haga sentir
orgullosos hoy y pletóricos mañana, al pensar que con cada día el guión mejora
las escenas y todos parecemos más guapos, más altos y más jóvenes aún cuando
los años pasen sin remisión alguna, sin perdonar culpas ni errores.
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