viernes, 7 de febrero de 2014

La perversión de una infancia.

    
    He decidido escribir sobre un tema polémico, que lo es porque involucra el endiosado mundo del fútbol, nada más y nada menos. Escuchando las opiniones de gente comprometida con el deporte balompédico en sus categorías infantil-juveniles, en nuestra cercana isla capitalina, he terminado de consentirme a mi mismo con el "todo vale" que nos aúpa a esa atalaya desde la cual nos creemos: dioses, guías espirituales, ayatolás de algunas causas que no logramos asumir en toda la trascendencia que comportan. ¿Cómo es posible que busquemos reivindicar lo que fuimos, debimos ser, somos o pretendemos conseguir, en espíritus que deben ser libres en su ánimo e impolutos en cuanto a limpieza de sus intenciones? Yo no lo logro entender.

    La primera noticia que tuve de estas fechorías en contra de la infancia de nuestros jóvenes no me llegó directamente. Supe del tratamiento que se daba a los niños en los campos de entrenamiento a partir del testimonio de otros: padres preocupados, entrenadores indignados y sobre todo periodistas. No es cosa mía, son opiniones vertidas en programas de radio y datos recabados por aquellos que sí lo vivieron. Sí estimados lectores, les hablo del fútbol base. Ya no es un fenómeno aislado, extraño e increíble, para nuestra desgracia. No nos suena raro ni excepcional oír hablar de altercados en los campos de fútbol donde nuestra juventud e infancia debieran aprender valores beneficiosos para conseguir un mañana provechoso. La competitividad es insana, el respeto por el contrario es inexistente y lo peor: los escrúpulos de los padres quedan en la puerta del recinto o más allá. Progenitores insultando a árbitros y a otros padres, peleas a “piña limpia” entre ellos, consignas a los vástagos clamando mayor atención en cubrir los espacios, gritos para protestar la puntería de aquel, insultos para arengar la actitud conciliadora de algún inocente querubín e instruirle en la teología de la patada (“o pasa el balón o pasa el jugador”). Se vuelcan en conseguir de cualquier vástago que supere las propias expectativas que algún día se pudo proponer cualquier padre para u hijo cualquiera: y rechazan errores, patalean actitudes y propugnan barbaridades Como ha escrito Juan Cruz, en una opinión que he leído hoy mismo, “las cosas que nadie rompe pero se rompieron” (frase de  la oda a las cosas rotas de Pablo Neruda); nadie dice hacer nada, ni padres, ni entrenadores, ni allegados (directivos por ejemplo) pero bien por hacer, o por no hacer ahí estamos: en un lugar al que nunca debimos llegar.

    Las opiniones son muchas. Hablamos de fútbol, que pasa por ser el deporte nacional y sin embargo, es muchísimo más a mi modo de ver. Se ha convertido en la excusa para que todos sepamos mucho de algo: opinamos de éste y de aquel, insultamos a cualquiera por no ser lo que nosotros creemos que debería ser y buscamos la razón con cualesquiera argumentos. No me excluyo, soy seguidor de un equipo y también me muestro demasiado vehemente en muchas ocasiones, tantísimas más de las que quisiera porque créanme, me arrepiento un segundo después (cuando ya es demasiado tarde para callar). Por eso he querido analizarme introspectivamente y tratar de conseguir alguna explicación para lo que nos está pasando ¿Cómo nos hemos dejado contagiar por este virus que nos llega incluso a envenenar la conciencia? Yo tengo mi teoría.

    El mundo conspira siempre para darnos la razón cuando la tenemos pero serpentea en mil vericuetos cuando, de castigarnos el mal proceder, se trata. Todo caminó bien hasta que los campos se llenaron de padres. En mi juventud e infancia, los familiares que acompañaban a sus hijos a los campos de entrenamiento eran minoría: unos pocos incomprendidos. Ahora no hay aparcamientos libres los días de entrenamiento y lo que antes ocurría en días de derbi ahora pasa casi a diario. ¿Por qué? Ahí van mis elucubraciones. La crisis ha golpeado cada hogar convirtiéndolo en caldo de cultivo de un síndrome de “lunes al sol” para los martes, miércoles y demás días de la semana. El padre no tiene trabajo y a la madre, la casa se le hace pequeña: no hay tanto que limpiar. El deporte surge como excusa para educar a un hijo porque aquel otro padre lo hace y está de moda; y el resultado, la solución encuentra esa excusa del “mens sana in corpore sano” pero pervertida. La imperfección de la receta no está tanto en el <<leif motiv>>, que es loable y rotundo en cuanto a razón, sino en el subrepticio propósito que persigue el arreglo. Al niño le gusta, salvo raras excepciones, darle patadas al balón desde que aprende a erguirse siquiera, luego el fútbol es placer y diversión hasta que deje de serlo. Ocurre que no todos pueden ser Messi y esto, que ya es de por sí frustrante para el propio crío, resulta ser lacerante para el ego herido de un padre maltratado por las cuitas de esta sociedad que nos soporta y sus imperativos socio-económicos. Pasará, que con el tiempo, al niño le guste cada vez menos el noble arte del balompié porque tendemos a dejar de lado todo aquello que se nos da peor (salvo honrosas y sacrificadas excepciones). ¿Qué habremos conseguido? Un frustrado jugador que por el camino provocó alguna trifulca de su padre o incluso de su madre, protegiendo lo suyo y malcriando tanto lo propio como lo ajeno. Le he echado la culpa a la crisis pero creo que no sólo es causante de ellas el dinero y por pueblos, en ocasiones, las pequeñas catástrofes sociales no relucen en billetes de 100 o monedas de 2 euros. Se vislumbra un vacío moral y en valores que yo he notado en mi pueblo, no hay que mirar pajas en ojos ajenos cuando el nuestro se desangra por una inmensa y gigantesca viga, sin ir más lejos. El deporte, sea fútbol o tenis de mesa, no tiene la culpa; la culpa es del padre que quiere un Messi en el campo, un Einstein en la escuela y un Ghandi en la casa. Hay cosas que la naturaleza nos enseña y una de ellas es el valor de lo imperfecto. El fútbol propone un magnífico oasis lleno de compañerismo, espíritu de sacrificio, constancia, etc.: pero hasta la rosa más bella tiene espinas. Si dejamos que entren en ese oasis cualquier plaga del desierto de necesidades en que se ha convertido la sociedad el siglo XXI (en muchos sentidos) no quedará sombra de palmera que cobije y ampare todo lo bueno que propone el deporte.


    Ya lo he analizado en algún otro escrito pero hemos encumbrado al futbolista y depauperado la labor del simple lector (por poner un ejemplo). Esa lectura parsimoniosa, solitaria y mal-entendida es ahora criticada por diferentes causas a las de antaño. Hubo un tiempo en que el ocio, el tiempo libre eran signos de riqueza: “disfrutas porque tienes” y abandonarse a la lectura de un libro era privilegio de millonarios o defecto del pobre; una invalidante cojera de la emprendeduría, una parálisis del ánimo y la virtud del proletario: ”¡deja de leer y trabaja gandul¡”. Desgraciadamente ahora hay tanto o más ocio que nunca y los libros están muy solitarios, olvidados en las estanterías de nuestras bibliotecas. Si miramos nuestra cultura entenderemos que el trasvase de cabezas es ingente en caudal por años, ¿el destino?, los remozados estadios de césped artificial. ¿Diferencias? Pocas o ninguna vez vi altercados en una sala de lectura y ahora las radios deportivas se hacen eco de la preocupación por la escalada de violencia en el fútbol de base. Nada extraña, estos lodos que aún están húmedos viene de aquellos polvos; me duele intuir que aún no haya pasado esta tormenta.   

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