Hoy he escuchado
una entrevista al profesor Paco Ramos (economista y profesor de la ULL) y lo ha
dicho claro: la economía española ha dejado de caer y comienza a remontar. Es
un titular halagüeño, es una noticia esperanzadora y un magnífico brote verde
sino fuera por esa nefasta coletilla del tiempo necesario para que se convierta
en: más puestos de trabajo para nuestros parados, menos necesidades para nuestros
más necesitados, más alimentos para los que tienen hambre y sobre todo más
oportunidad de jugar con los sueños y/o realidades para esos que ocupan puestos
de responsabilidad gubernativa. Facebook,
una red social que ha sido también objeto de análisis en algún otro escrito por
mi parte, me permite seguir la actividad de algunos políticos retirados de la
vida política activa pero vigilantes del tejemaneje de ayuntamientos, cabildo,
gobierno autonómico y hasta central
(¡vamos¡ que están al tanto de lo que se cuece en esos palacios que surcan los
caminos de todos indirectamente). Me siento sorprendido y en ocasiones
atribulado por la vehemencia con que se defienden unos a otros; son como una
jauría de lobos (valga el símil, sin connotaciones negativas o peyorativas, más
allá de refrendar la fidelidad y el compañerismo que se guardan entre ellos,
también valga para definir su grado de compromiso con el partido). Atacan las
ideas de cualquiera por dar altavoz a las suyas, aunque éstas otras sean
válidas y las suyas, posiblemente, erróneas. Me siento, en esas ocasiones, como
en las gradas de un enorme estadio de fútbol, apretujado entre dos aficiones
rivales; unos se gritan a los otros sin reconocerse, padres e hijos
enfrentados, mentándose a las madres propias y augurándose enfermedades y
plagas por una simple pelota entre las redes de una portería. Nadie tiene nunca
la razón sino viste tus colores ideológicos, sino está en la plancha de tu
organización política, sino rema en pos del rumbo que marcan no se sabe bien
qué valores cacareados por, tampoco se sabe bien, qué personaje aglutinador de
voluntades; es un eslogan demasiado focalizado (individualista y egocéntrico)
para ser válido cuando se trata de tantos que conformamos los pueblos, las
autonomías y ulteriormente, las naciones. Un gobierno es del pueblo y para el
pueblo, lo aprendimos hace mucho tiempo; nos lo enseñaron las guerras, las
hambrunas, las crisis pasadas, los errores cometidos.
Y en este ambiente,
la complejidad de escenarios que nos pintan es demasiado estéril para que
crezca una brizna de hierba en ese campo arrasado por el calor y la devastación
de esta crisis que nos ha consumido las ilusiones. Hemos podido con demasiadas
cosas como para que no se resientan nuestras pocas fuerzas cuando nos
encontramos con comentarios cargados de egoísmo. No hablo de alguien en
particular, tengo a más de una buena persona que, con la confianza de su
“querer hacer el bien” se equivoca como yo; al llevarse por sus motivos y
olvidar los ajenos (la política es tan necesaria como difícil). Dorarse la
píldora entre ellos mismos por sus logros (“ya que nadie me quiere me voy a
querer yo”; está bien, como acicate para cada cual pero no como razón en la
forma de obrar de aquel que debe contentar a la mayoría) y olvidar que las
críticas no son para la persona sino para su acción compiten por ser las
costumbres "trending topic". Si mi pueblo engrandece lo grande y
empequeñece lo pequeño no hacen bien los que, desde su puesto de
responsabilidad, contribuyen a que esto suceda. Y si soy yo, un alguien más,
quien lo observa y denuncia, ¿paso a engrosar la lista de detractores/enemigos
de aquel grupo político, inclusive, de aquella persona?. Siendo esto así,
evidenciamos no haber comprendido el argumento básico de un estado de derecho
democrático: pluralidad de opiniones y respeto a las mismas. Puede que no sea
correcto mi planteamiento, pero si mis formas son adecuadas, se le debe
permitir a mi idea la posibilidad de vivir un segundo de existencia en ese
terreno de la duda razonable. ¿Y si tiene razón? Es sencillo. Plantearse que un
vecino pueda tener razón y por tanto, el dirigente estar equivocado. Pero no,
el que manda no yerra; esto reza el epitafio de tantas tumbas de políticos que
creyeron estar por encima de los que lo eligieron.
No soy nadie para
corregir a nadie pues navego por esas aguas procelosas en las que un cambio de
rumbo es crítico y esencial en demasiadas ocasiones, consumo una etapa en que
me labro el porvenir mío y de los míos y me falta tiempo; mi edad no da para
hablar de experiencia, mis conocimientos no sobran ni bastan y mi grado de
compromiso no se acerca al requerido para cargar con culpas. Con todo y con esto, no puedo respirar
tranquilo viendo como se habla de mala gestión de otros livianamente. Todo es
culpa de aquel, “¿falló mío? Usted sí que tiene culpa por dejar de hacer … o
por haber hecho …” -se dicen-. Es complicado leer o escuchar a un político
entonar el mea culpa; imposible salvo que la sentencia le obligue a transigir
de su empecinamiento y buscar el perdón irredimible. Imposible salvo que la
cárcel ya se hayan convertido en algo más que esas rejas delante de la
conciencia, salvo que el juez haya dictaminado culpas y condenado. En este
nuestro país, las conciencias públicas son demasiado privadas y los
comportamientos privados se han hecho demasiado conocidos. Todo el mundo tiene
la razón para sí y a la misma vez, todos los demás o están equivocados de cabo
a rabo o la razón que les asiste es muy poca o intangible. Con una facilidad espantosa
se destapan delitos y se erigen monumentos en defensa de la persona que los ha
cometido. Al presidente de un club de fútbol le han convertido en mártir y
organizado una campaña para pedir votos en pos de su indulto. Sentenciado, el
propio e ínclito mandatario asume su culpa después de haberse defendido como
gato panza arriba y enarbolado la bandera de la inocencia. Debió gastar nuestro
país el dinero, que tantos necesitan, para demostrar que era culpable y
posteriormente, la prole de dignatarios y seguidores guiados por no se sabe
bien qué fanatismo deportivo, piden que se le exonere de su pena aduciendo,
prefiero no saberlo, qué motivo. De vergüenza. Hablar de la casa real sonroja o
produce arcadas simultáneamente. A la entrada en juzgados de infantas y
consortes miles de policías custodian los insultos e improperios (no hemos
llegado a los zapatazos, aún); un pandemónium que hemos disfrazado de
normalidad obligados por la actitud de aquellos que nos deben enseñar con su
ejemplo. Ya no son escándalos de prevaricación, de soborno, de tráfico de
influencias por parte de los políticos; ahora se han unido a la troupé de
funambulistas del delito, aquellos que enaltecen a la nación con la corona
sobre sus cabezas. Un
escándalo de país que pide hurgar en el desértico suelo en que han convertido
nuestros campos de sueños, en voces de niños huérfanos de educación, y
hambrientos de alimentos y de un futuro cuando menos posible; después de cavar
un pozo demasiado profundo y en la oscuridad más negra algunos creemos entender
que una planta ha podido sobrevivir. En eso nos han convertido. Lo siento pero
yo creo en los brotes verdes, no me queda otra; necesito creerme esta posible
mentira porque la verdad tal vez, heriría de muerte la esperanza con que miro
el futuro de mi familia.
Si oigo a Paco
Ramos, gran comunicador y mejor didacta (disfruté sus clases y aprendí un poco
de economía) me siento feliz por el brote y angustiado por el verdor de su
lozanía. Muy joven resulta ser la planta, demasiado pequeña como para alimentar
el hambre de ilusiones que tenemos todos. No da para tanto y esa es mi
conclusión; pero es una planta y está viva me digo a mi mismo para conformarme.
Si escuchas a Europa cuentan un cuento parecido, aunque allí el brote parece
ser más bien un líquen vestigio de humedad (donde hay agua hay vida, me
congratulo en pensar). Si escuchas al gobierno: el de Hacienda nos alegra los
bolsillos con una bajada de impuestos muy cercana y no por ello creíble hasta
el mismo momento en que ocurre, el de Economía ya ve una pradera de brotes que
darán una cosecha de alimentos para dentro de nada. Me quedo con Paco y su
calma pero no olvido que aún hay esperanza para mi bolsillo (pronto según el
ministro) y para mi futuro. Las reformas del mercado del trabajo (no sé bien
qué trabajo ni de quien) que permiten este atisbo de esperanza son a largo
plazo. Y es aquí amigos donde reside mi angustia. 15 años no es nada, dice la
canción, pero la mirada es muy febril, el enfermo necesita medicinas y aire
para poder abrir los pulmones y vivir porque lleva mucho tiempo en cuidados
paliativos. 15 años es mucho y hablar de pleno empleo, para mi, que no soy
economista y de esto sé poco, es una auténtica quimera. Me conformo con que en
5 años el campo siga floreciendo y de los almendros podamos varear almendras;
echarnos algo a la boca cada día y dejar atrás los préstamos e hipotecas para
comprar casa, coche y barco. Esa fue nuestra desgracia: creernos tanto siendo
bastante menos.
No quiero ser
pesado y me despido pero debo referirme a aquello que nos toca más de cerca. Si
la educación está en crisis, algo constatable (lean las opiniones de Pérez
Reverte) el futuro está hipotecado y no hay posibles para hacer frente a las
letras que desahucian piso a piso los hogares para la cultura de todos. Wert es
un muerto con careta de muy vivo que pulula por nuestras vidas sin dejar
indiferente a nadie y que va enfadando a todos. Aquí vino y provocó violencia,
allá va y provoca lágrimas de impotencia y feos gestos de nuestros más educados
cerebros; demasiado para un cargo que debería encumbrar la idea de mesura y
prodigarse en gestos de inteligencia, cuando menos, social. ¿Puede valer tanto
una poltrona como para afear de esta manera la permanencia en una idea? Yo creo
que no. A nadie le gusta su empecinamiento y si todo un rebaño se aparta del
camino que marca el líder de la manada puede ser que su liderazgo esté
equivocándose o que ya no es líder de nadie; en cualesquiera de los dos casos,
el sacrificio es abandonar los humos de cabecilla y volver al redil con la
cabeza bajada. Alguien me contó una vez, a colación de esa descarga de culpas
tan característica en nuestros tiempos, que estando un conocido en un grupo
musical y afrontando una actuación ocurrió que un músico (bajista) equivocó su
interpretación por un momento y los otros le miraron y espetaron: te fuiste.
Él, malencarado y abrumado por tantas miradas inculpatorias les contesto: ¿me
fui, me fui? No, nos fuimos. Pues eso señores, nos hemos ido, abandonados por
las excusas que son infinitas cuando de exculpar errores se trata. España
sufre, Canarias sufre y La Palma se desangra pues somos muy pequeños. No soy
pesimista, este escrito es prueba de ello pero, primero que nada soy bagañete y
palmero; da pena y sentimiento de impotencia ver en qué se ha convertido la
labor de algunos cuyo poder debiera residir en favorecer la vida de sus
conciudadanos. Por eso de estos lodos, porque todo han sido polvos; echarse
pestes, pringarse unos a otros. Ahora tampoco me saquen, entre muchos, ese
ingenuo sentimiento de ilusión por lo que nos ha de ocurrir. No todo es malo
pero para mejorarlo deben haber otros: otros motivos, otras personas, otros
mandatarios, otros proyectos y otras esperanzas quizás, el tiempo lo dirá.
Mientras eso ocurre la normalidad se hace esperar en algunos lares; lo que las
urnas decidieron que ningún hombre ose trocarlo en su propio interés. Algo así
debería rezar la leyenda de cada papeleta que deposita el electorado para que a
fuerza de leerla y releerla a algunos políticos se les grabe en su mente y en
su código deontológico. Aquí en la Palma aún no hemos aprendido esa lección,
una pena.
Mientras todo esto
ocurre les pido la paciencia que ninguno tenemos para esperar que todo mejore;
sé que es pedir mucho porque hasta para mi, que creo en ello a pies juntillas,
es demasiado.
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