jueves, 23 de enero de 2014

Estrella de mar.

En lo alto del cielo y desde siempre, vivió mirando el azul del mar como quien observa la lejanía de un sueño que, mostrándose tan cercano, a la vez se entiende como imposible. Por las noches miraba la Luna bañando con sus rayos de luz el agua limpia y mansa de ese, su océano de deseos. ¡Cuantas lágrimas en sus lloros; llanto de rabia e impotencia!. ¡Cuantos sueños de aventuras!, en los que la claridad de su propio brillo como astro celeste llevase alegría y jolgorio a un mundo que jamás lograría sacar de su alma.

Alma de estrella. ¡Qué ingenuidad! Otras como ella, aún más lejanas, refulgían claras y le hablaban de lugares en los que ese mismo mar que ansiaba era sólo una ilusión que por impensable ni siquiera podía imaginarse. Pero, ¿quién era nadie para ser dueño de sus propios anhelos? Nuestra estrella sabía de peces y de algas, de ballenas y delfines, de focas, de tortugas, de tiburones, sabía de todo lo que en un mar habitaba. Por saber, supo que había otras estrellas más afortunadas que vivían allí, bajo las aguas azules, entre las rocas y los peces ¿Por qué debió ella nacer tan lejos de un mundo del que se sentía tan cercana? ¡Qué injusto el destino que equivocó su lugar en el universo¡. Nunca se pudo encontrar una perseverancia en los sueños tan descomunal como la de aquella estrella de alguna galaxia de este u otro mundo.

Indagó sobre todos los trucos, las más impensables tretas, los secretos más inconfesables de todos aquellos que podían o sabían hablar de su mar; aquellos que con sus historias le permitían chapotear en sus transparentes aguas. Lo aprendió todo y cuanto más supo más quiso ser lo que no era. Y un día, conoció al Sol, ése al que, los que hablaban de su mar, siempre terminaban nombrando. Y con el respeto debido al sabio astro rey,  se sorprendió al escuchar de su boca que habían otras tantas como ella y que fue la fortuna quien lo puso a él en esa órbita de un planeta mucha agua y demasiada inconsciencia. Entonces quiso ser Sol de más días o Luna de futuras noches, en el rumor de calma en aquel terciopelo azul. Oh,  La Luna, esa gran mentirosa, esa misma que tantas veces ocultó su cara y en tantas otras le habló de amor, de idilios con el Sol, de historias humanas, de un sueño alcanzable. Aprendió a vivir ese sueño, lejos de conseguirlo pero muy cerca de sentirlo suyo y de nadie más. Se volvió huraña y los planetas más alejados de su galaxia quedaron en las tinieblas porque no quiso iluminar jamás cualquier otro rincón del universo que ese Dios de las estrellas,  equivocado, le hubiera asignado sin reparo ni consideración alguna.

"No te resignes" le dijo su mentora, Orión, o ¿tal vez fue una de sus amigas de la Osa Menor? Ya no podía resistirse más y en un abandono total de si misma se olvidó de brillar. Y se apagó. Las visitas en el hospital de estrellas se sucedían. Los médicos especialistas en brillo astral no hallaban la cura, todo estaba bien pero aquella estrella soñadora y obstinada no alumbraba. Tantos y tantos pidieron el favor de un último esfuerzo por que reconsiderase su decisión que al fin los doctores entendieron que simplemente quería dejar de ser estrella de luz. En sus pesadillas, alborotada en las noches, despertaba entre peces piloto, ballenas nodriza, coral y algas. Ya no podía disfrutar plácidamente de sus agradables  y refrescantes pensamientos en azul porque en su fuero interno sabía que ese mundo no era el suyo y que lo que ansiaba era una quimera, un total absurdo. Los mandamás de las estrellas la relevaron de su puesto y fue desterrada al asilo de estrellas desahuciadas.

Por azar del destino, como ocurren los milagros, su vida cambió y se apresuró hacia el desenlace de esta historia que les cuento. Una vieja estrella chiflada le contó tantos cuentos de luz, tantas melodías de seducción, tantos misterios de amor que por fin, encontró razones para brillar de nuevo. Y se sorprendió a sí misma iluminando por encima de una querencia, de un motivo de su propio y erróneo destino. Bailes de estrellas, risas y fiestas y en un apartado lugar del universo de la alegría, un tímido satélite aburrido, distante y despistado que sin pudor robaba rayos luz, sin pedir permiso, otorgando el favor de un halago y el principio de un cuento. Un romance sin pudor, sin más. El amor devolvió el sentido a su sonrisa de a veces convirtiéndola en carcajadas de a menudo. Se hizo mujer en compañía de aquel furtivo cazador de estrellas y quiso tener otra vez una galaxia que iluminar, un mundo que auspiciar. Se olvidó de peces, de ballenas y delfines, de sus cuitas de siempre en pos del bienestar de otras muchas esperanzas. Aprendió que era mejor ser estrella de luz radiante sin un sueño que estrella amargada en un cielo que nunca podría ser mar. Y así ocurrió.

El romance fue bendecido por todos y cada uno de sus compañeros de asilo y en la conciencia de aquella joven estrella llena de ingenuidades por soñar siempre despierta, se confabularon presente y futuro en aras de la felicidad que merecían ambos, que merecían todos. Los sueños, sueños son. Un nuevo satélite a su lado y un mundo cubierto de renovada claridad. Matrimonio de intenciones y enlace de deseos. Así se juntaron para siempre la pobreza de esperanzas y la abundancia de ilusiones y fueron felices porque ¿sabéis que? Lo que nunca se imaginó lo puede hacer real el amor. Por fin, su mundo de mar, de algas y corales, de delfines y sardinas, tiburones y pingüinos; por fin eso que siempre ansió. Claro, pensaréis ¡es mentira, imposible!. Pues eso mismo creyó ella cuando en el ocaso de su luz descubrió la sombra que nunca adivinó en su satélite esposo. Y ya imaginaréis que en esa cara que un poco más tarde vería, brillaba diáfano, al amparo de sus rayos de luz, un inmenso terciopelo azul. Creedlo, aunque los cuentos, cuentos son.

En la playa y sobre la arena un mensaje. ‘A ti, estrella de luz que has devuelto la vida a nuestro mundo de diario. Por olvidar tu sueño y vivir el nuestro. A ti, que por sentirte querida sacrificaste un deseo. Ahora nuestro mundo te dedica la oración de cada día, bendiciendo la luz de tu brillo cada noche. Gracias’ Firmado: Una Estrella de mar.


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