En lo alto del cielo y desde siempre, vivió mirando el azul
del mar como quien observa la lejanía de un sueño que, mostrándose tan cercano,
a la vez se entiende como imposible. Por las noches miraba la Luna bañando con sus
rayos de luz el agua limpia y mansa de ese, su océano de deseos. ¡Cuantas
lágrimas en sus lloros; llanto de rabia e impotencia!. ¡Cuantos sueños de
aventuras!, en los que la claridad de su propio brillo como astro celeste
llevase alegría y jolgorio a un mundo que jamás lograría sacar de su alma.
Alma de estrella. ¡Qué ingenuidad! Otras como ella, aún más
lejanas, refulgían claras y le hablaban de lugares en los que ese mismo mar que
ansiaba era sólo una ilusión que por impensable ni siquiera podía imaginarse.
Pero, ¿quién era nadie para ser dueño de sus propios anhelos? Nuestra estrella
sabía de peces y de algas, de ballenas y delfines, de focas, de tortugas, de
tiburones, sabía de todo lo que en un mar habitaba. Por saber, supo que había
otras estrellas más afortunadas que vivían allí, bajo las aguas azules, entre
las rocas y los peces ¿Por qué debió ella nacer tan lejos de un mundo del que se
sentía tan cercana? ¡Qué injusto el destino que equivocó su lugar en el universo¡. Nunca
se pudo encontrar una perseverancia en los sueños tan descomunal como la de aquella
estrella de alguna galaxia de este u otro mundo.
Indagó sobre todos los trucos, las más
impensables tretas, los secretos más inconfesables de todos aquellos que podían
o sabían hablar de su mar; aquellos que con sus historias le permitían chapotear en sus transparentes aguas. Lo
aprendió todo y cuanto más supo más quiso ser lo que no era. Y un día, conoció
al Sol, ése al que, los que hablaban de su mar, siempre terminaban nombrando. Y con el respeto debido al sabio astro rey, se sorprendió al escuchar de su boca que habían otras tantas como ella y que fue la fortuna quien lo puso a él en esa
órbita de un planeta mucha agua y demasiada inconsciencia. Entonces quiso
ser Sol de más días o Luna de futuras noches, en el rumor de calma en aquel terciopelo azul. Oh, La Luna, esa gran
mentirosa, esa misma que tantas veces ocultó su cara y en tantas otras le habló
de amor, de idilios con el Sol, de historias humanas, de un sueño alcanzable. Aprendió a vivir ese sueño, lejos de conseguirlo pero muy cerca de
sentirlo suyo y de nadie más. Se volvió huraña y los planetas más alejados de
su galaxia quedaron en las tinieblas porque no quiso iluminar jamás cualquier otro rincón del universo que ese Dios de las estrellas, equivocado, le hubiera asignado sin reparo ni consideración alguna.
"No te resignes" le dijo su mentora, Orión, o ¿tal vez fue
una de sus amigas de la Osa Menor? Ya no podía resistirse más y en un abandono
total de si misma se olvidó de brillar. Y se apagó. Las visitas en el hospital
de estrellas se sucedían. Los médicos especialistas en brillo astral no hallaban la cura, todo estaba bien
pero aquella estrella soñadora y obstinada no alumbraba. Tantos y tantos
pidieron el favor de un último esfuerzo por que reconsiderase su decisión que al fin los doctores entendieron que simplemente quería dejar de ser estrella de
luz. En sus pesadillas, alborotada en las noches, despertaba entre peces
piloto, ballenas nodriza, coral y algas. Ya no podía disfrutar plácidamente de
sus agradables y refrescantes pensamientos
en azul porque en su fuero interno sabía que ese mundo no era el suyo y que lo
que ansiaba era una quimera, un total absurdo. Los mandamás de las estrellas la
relevaron de su puesto y fue desterrada al asilo de estrellas desahuciadas.
Por azar del destino, como ocurren los milagros, su vida
cambió y se apresuró hacia el desenlace de esta historia que les cuento. Una vieja
estrella chiflada le contó tantos cuentos de luz, tantas melodías de
seducción, tantos misterios de amor que por fin, encontró razones para brillar de nuevo. Y se
sorprendió a sí misma iluminando por encima de una querencia, de un motivo de
su propio y erróneo destino. Bailes de estrellas, risas y fiestas y en un
apartado lugar del universo de la alegría, un tímido satélite aburrido,
distante y despistado que sin pudor robaba rayos luz, sin pedir permiso,
otorgando el favor de un halago y el principio de un cuento. Un romance sin pudor,
sin más. El amor devolvió el sentido a su sonrisa de a veces convirtiéndola en carcajadas
de a menudo. Se hizo mujer en compañía de aquel furtivo cazador de estrellas y
quiso tener otra vez una galaxia que iluminar, un mundo que auspiciar. Se
olvidó de peces, de ballenas y delfines, de sus cuitas de siempre en pos del
bienestar de otras muchas esperanzas. Aprendió que era mejor ser estrella de
luz radiante sin un sueño que estrella amargada en un cielo que nunca podría
ser mar. Y así ocurrió.
El romance fue bendecido por todos y cada uno de sus compañeros
de asilo y en la conciencia de aquella joven estrella llena de ingenuidades
por soñar siempre despierta, se confabularon presente y futuro en aras de la
felicidad que merecían ambos, que merecían todos. Los sueños, sueños son. Un
nuevo satélite a su lado y un mundo cubierto de renovada claridad. Matrimonio
de intenciones y enlace de deseos. Así se juntaron para siempre la pobreza de
esperanzas y la abundancia de ilusiones y fueron felices porque ¿sabéis que? Lo
que nunca se imaginó lo puede hacer real el amor. Por fin, su mundo de mar, de
algas y corales, de delfines y sardinas, tiburones y pingüinos; por fin eso que
siempre ansió. Claro, pensaréis ¡es mentira, imposible!. Pues eso mismo creyó
ella cuando en el ocaso de su luz descubrió la sombra que nunca adivinó en su
satélite esposo. Y ya imaginaréis que en esa cara que un poco más tarde vería, brillaba
diáfano, al amparo de sus rayos de luz, un inmenso terciopelo azul. Creedlo,
aunque los cuentos, cuentos son.
En la playa y sobre la arena un mensaje. ‘A ti, estrella de
luz que has devuelto la vida a nuestro mundo de diario. Por olvidar tu sueño y
vivir el nuestro. A ti, que por sentirte querida sacrificaste un deseo. Ahora
nuestro mundo te dedica la oración de cada día, bendiciendo la luz de tu brillo
cada noche. Gracias’ Firmado: Una Estrella de mar.
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