domingo, 5 de enero de 2014

Un nuevo año y similares ilusiones.

Ya empezamos a andar por la cuerda floja de un recién estrenado 2014. Esta noche llegarán los Reyes Magos de Oriente, he pensado en redactar mi carta y en haceros partícipes de mis peticiones.

Primero que nada pediré salud, he empezado agripado y el deseo de mejorar es perentorio, egocéntricamente angustioso. Luego extenderé ese deseo a los que me rodean y me leen; familiares, amigos y conocidos. Pero llegados a este punto me urge la necesidad de hablar de otras cosas, tan mortales y tangibles que nos preocupan y atemorizan a todos.

Anoche, en esas horas ociosas previas a la cena, decidí encender la televisión, no lo suelo hacer (salvo para ver algunos programas elegidos: Discovery Channel, partido del Madrid –juegue lo que juegue-, Callejeros viajeros, equipo de investigación) , y zapeando encontré un programa debate en la sexta. Un grupo de opinantes reputados: periodistas, economistas, sabios todos ellos, diagnosticaban los males de nuestro país exponiendo sus puntos de vista acerca de las bondades del gobierno de Rajoy o de sus maldades para con nuestra economía. Yo les diré que no fui capaz de comprender cómo es posible ver dos Españas tan distintas según la ideología de cada cual y no sé qué más condicionantes. A unos les oías decir que todo iba ilusionantemente mejor que nunca, mientras que los otros se empecinaban en hablar de las maldades de José Luís Rodríguez Zapatero y de las faltas del gobierno actual. Logro asumir que la opinión de cada quien es siempre subjetiva y que esa misma subjetividad colorea el mapa de certezas, deslocalizando beneficios y mejoras económicas según corresponda el mandato a unas siglas políticas u otras. Pero amigos, egoístamente, a mi me interesa lo que pasa en Canarias y ese inframundo que significamos en el todo panorámico español y que muerde nuestros ánimos. ¿En qué influye esa visión bipolar del escaparate político y social de España a nuestra tierra? Pues contribuye, según mi opinión, en la proliferación de posturas independentistas; sí, créanselo porque es así. Contribuye en que nos aislemos ideológicamente de lo que proponen nuestros dirigentes nacionales y, amigos, eso es muy pernicioso. Contribuye en que creamos cada vez menos en lo que se nos cuenta desde Madrid. En ese proceso, de desvalorización, de pérdida de puntos de referencia, de amputación sangrienta de los lazos umbilicales que deberían proveernos de nutrientes para alimentarnos y seguir siendo España, pobre o incluso mísera; se ha extraviado la ilusión, la esperanza y la confianza.

En nuestros gobiernos locales el descrédito es una enfermedad crónica e intratable. Casi es éste el regalo que, para nuestra sociedad, pido a los Reyes Magos de Oriente (esos que sí son nuestros por tradición). Pido que esos políticos de andar por nuestras calles, definan sus ideales de partido y sean coherentes con ellos. Pido que en nuestros ayuntamientos (mejor pedir poquito y siempre que mucho y de repente) haya fidelidad a unos principios ideológicos y no se hable por boca de nadie. Como escribió San Mateo, “que no sepa tu mano izquierda lo que haga tu derecha”. De ese epitafio hemos pasado al no saber qué mano es la derecha y cuál la izquierda. Se mezclan ideales con el único propósito de alcanzar el sillón de mando y las prebendas y beneficios pecuniarios que ello comporta. Se convocan elecciones y no se respeta la decisión popular enredando la verdad en vueltas y más vueltas llenas de traducciones interesadas de lo expresado tácitamente por el pueblo al depositar su voto en las urnas. Sé que pido demasiado pero no es menos que lo que merecemos. Necesitamos salir de esta crisis con el trabajo de cada cual pero los políticos debéis entender que sois el timón del barco. ¿De qué sirve el denodado trabajo de los remeros si el barco se dirige sin remedio a los bajíos de la costa amenazante? Ese peligro está muy definido, está muy delimitado porque ya se encargan de ponernos los pelos de punta en: telediarios, revistas de finanzas, radio, periódicos y demás medios de comunicación. Estamos alertados pero los escándalos de nuestros políticos y su afán por desgarrar las valías propias y los méritos ajenos se está convirtiendo en un yugo imposible de soportar sin sangrar mortalmente.
Es mucho poner la radio o salir a la plaza para escuchar cómo hablan del pasado; de un ayer que financia sus faltas de hoy y tal vez también las del mañana. Entran a gobernar prometiendo el olvido; lo hecho, hecho está y sin embargo, días después comienza la letanía de culpas ajenas, desastres impropios, costes inasumibles, fracaso de otros… Es mucho para un simple pueblo y demasiado para el conjunto de un país. En otro artículo hablaremos de cultura popular y de educación; las faltas no son sólo de los gobernantes en este campo pero sí que se agravan por la desidia y la despreocupación. Sí, lo haremos porque esta crisis tiene mucho de escasez cultural: también existe una cultura del esfuerzo.

Estamos agonizando, no soy catastrofista (aunque pueda sonar así) quiero pensar pero urge un cambio ideológico que no pasa, por supuesto, por imaginarnos en la soledad de un mar de independencia que, es muy probable, nos acabaría engullendo (somos demasiado poco en tantos avatares que imaginarnos solos me hace temblar). Debemos solaparnos a la oportunidad de una caída que se ha quedado sin margen para empeorar y se va quedando sin motivos para hacerlo; actuar con la inteligencia del pulpo y su apropiarnos su habilidad para escapar por la rendija más insospechada, esa por lo que apenas pasa un casi indetectable hilo de luz, ese que augura alguna ilusión de mejoría en este nuevo año.

Pido esperanza para soportar otros calcetines o unas babuchas como las de siempre porque abrigan los pies; para alegrarme con cualquier sonrisa; para soñar un despertar el día de mañana con el pecho más despejado y la mente un poco más abierta. Este mundo nos devora con la avidez del dinero que requiere cada detalle, con la docilidad del oleaje que desgasta la roca a cada vaivén del destino, sin que se den cuenta los días y deban ser los tantos años los que rescaten la obra inconclusa para la vista de un espíritu descubridor. Seremos los mismos cuando acaben las horas del día de hoy pero habrán, tal vez, otros sueños cumplidos, otros propósitos comenzados, algunos finales desenvueltos y sobre todo: muchas miradas agradecidas y felices.


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