Ya empezamos a andar por la cuerda floja de un recién
estrenado 2014. Esta noche llegarán los Reyes Magos de Oriente, he pensado en
redactar mi carta y en haceros partícipes de mis peticiones.
Primero que nada pediré salud, he empezado agripado y el
deseo de mejorar es perentorio, egocéntricamente angustioso. Luego extenderé
ese deseo a los que me rodean y me leen; familiares, amigos y conocidos. Pero
llegados a este punto me urge la necesidad de hablar de otras cosas, tan
mortales y tangibles que nos preocupan y atemorizan a todos.
Anoche, en esas horas ociosas previas a la cena, decidí
encender la televisión, no lo suelo hacer (salvo para ver algunos programas
elegidos: Discovery Channel, partido del Madrid –juegue lo que juegue-, Callejeros
viajeros, equipo de investigación) , y zapeando encontré un programa debate en
la sexta. Un grupo de opinantes reputados: periodistas, economistas, sabios
todos ellos, diagnosticaban los males de nuestro país exponiendo sus puntos de
vista acerca de las bondades del gobierno de Rajoy o de sus maldades para con
nuestra economía. Yo les diré que no fui capaz de comprender cómo es posible
ver dos Españas tan distintas según la ideología de cada cual y no sé qué más
condicionantes. A unos les oías decir que todo iba ilusionantemente mejor que
nunca, mientras que los otros se empecinaban en hablar de las maldades de José
Luís Rodríguez Zapatero y de las faltas del gobierno actual. Logro asumir que
la opinión de cada quien es siempre subjetiva y que esa misma subjetividad
colorea el mapa de certezas, deslocalizando beneficios y mejoras económicas
según corresponda el mandato a unas siglas políticas u otras. Pero amigos,
egoístamente, a mi me interesa lo que pasa en Canarias y ese inframundo que
significamos en el todo panorámico español y que muerde nuestros ánimos. ¿En qué
influye esa visión bipolar del escaparate político y social de España a nuestra
tierra? Pues contribuye, según mi opinión, en la proliferación de posturas independentistas; sí,
créanselo porque es así. Contribuye en que nos aislemos ideológicamente de lo
que proponen nuestros dirigentes nacionales y, amigos, eso es muy pernicioso.
Contribuye en que creamos cada vez menos en lo que se nos cuenta desde Madrid.
En ese proceso, de desvalorización, de pérdida de puntos de referencia, de
amputación sangrienta de los lazos umbilicales que deberían proveernos de nutrientes
para alimentarnos y seguir siendo España, pobre o incluso mísera; se ha
extraviado la ilusión, la esperanza y la confianza.
En nuestros gobiernos locales el descrédito es una
enfermedad crónica e intratable. Casi es éste el regalo que, para nuestra
sociedad, pido a los Reyes Magos de Oriente (esos que sí son nuestros por
tradición). Pido que esos políticos de andar por nuestras calles, definan sus
ideales de partido y sean coherentes con ellos. Pido que en nuestros
ayuntamientos (mejor pedir poquito y siempre que mucho y de repente) haya
fidelidad a unos principios ideológicos y no se hable por boca de nadie. Como escribió San Mateo, “que no sepa
tu mano izquierda lo que haga tu derecha”. De ese epitafio hemos pasado al no
saber qué mano es la derecha y cuál la izquierda. Se mezclan ideales con el
único propósito de alcanzar el sillón de mando y las prebendas y beneficios
pecuniarios que ello comporta. Se convocan elecciones y no se respeta la decisión
popular enredando la verdad en vueltas y más vueltas llenas de traducciones
interesadas de lo expresado tácitamente por el pueblo al depositar su voto en las urnas. Sé
que pido demasiado pero no es menos que lo que merecemos. Necesitamos salir de
esta crisis con el trabajo de cada cual pero los políticos debéis entender que
sois el timón del barco. ¿De qué sirve el denodado trabajo de los remeros si el
barco se dirige sin remedio a los bajíos de la costa amenazante? Ese peligro
está muy definido, está muy delimitado porque ya se encargan de ponernos los pelos
de punta en: telediarios, revistas de finanzas, radio, periódicos y demás
medios de comunicación. Estamos alertados pero los escándalos de nuestros
políticos y su afán por desgarrar las valías propias y los méritos ajenos se
está convirtiendo en un yugo imposible de soportar sin sangrar mortalmente.
Es
mucho poner la radio o salir a la plaza para escuchar cómo hablan del pasado;
de un ayer que financia sus faltas de hoy y tal vez también las del mañana.
Entran a gobernar prometiendo el olvido; lo hecho, hecho está y sin embargo,
días después comienza la letanía de culpas ajenas, desastres impropios, costes
inasumibles, fracaso de otros… Es mucho para un simple pueblo y demasiado para
el conjunto de un país. En otro artículo hablaremos de cultura popular y de educación;
las faltas no son sólo de los gobernantes en este campo pero sí que se agravan por
la desidia y la despreocupación. Sí, lo haremos porque esta crisis tiene mucho de escasez cultural: también existe una cultura del esfuerzo.
Estamos agonizando, no soy catastrofista (aunque pueda
sonar así) quiero pensar pero urge un cambio ideológico que no pasa, por
supuesto, por imaginarnos en la soledad de un mar de independencia que, es muy probable, nos acabaría
engullendo (somos demasiado poco en tantos avatares que imaginarnos solos me
hace temblar). Debemos solaparnos a la oportunidad de una caída que se ha
quedado sin margen para empeorar y se va quedando sin motivos para hacerlo; actuar con la inteligencia del pulpo
y su apropiarnos su habilidad para escapar por la rendija más insospechada, esa por lo que
apenas pasa un casi indetectable hilo de luz, ese que augura alguna ilusión de mejoría en este nuevo año.
Pido esperanza para soportar otros calcetines o unas
babuchas como las de siempre porque abrigan los pies; para alegrarme con cualquier sonrisa; para soñar un despertar el día
de mañana con el pecho más despejado y la mente un poco más abierta. Este mundo
nos devora con la avidez del dinero que requiere cada detalle, con la docilidad
del oleaje que desgasta la roca a cada vaivén del destino, sin que se den cuenta los días y
deban ser los tantos años los que rescaten la obra inconclusa para la vista de
un espíritu descubridor. Seremos los mismos cuando acaben las horas del día de
hoy pero habrán, tal vez, otros sueños cumplidos, otros propósitos comenzados,
algunos finales desenvueltos y sobre todo: muchas miradas agradecidas y felices.
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