Estimados
lectores, hoy día de Reyes he evocado, en una conversación casual, la ardua
labor de los artesanos de mi pueblo. Los que me lean podrán llegar a pensar que
escribo mucho sobre un lugar muy pequeño pero es que, aunque a ustedes les
cueste imaginarlo, da para mucho este rinconcito palmero entre plataneras y mar
azul. Yo, ya se irán dando cuenta, escribo sobre lo que conozco y me abstengo
de hablar de aquellos asuntos que me son lejanos y sobre los que me falta
entendimiento. No soy docto en cuestiones de artesanía, sé lo que un amigo me
enseñó muy a vuela pluma, pero las valoro tanto como si fuese un experto en la
materia. Hoy le quiero contar una historia de azulejos, badana y caña rueca.
Él
es bagañete hasta donde yo acierto a recordar y ha sido un trabajador
incansable desde que tengo uso de razón y memoria para evocarle. Siempre junto
a su mujer y con una gran familia detrás (es lo que tiene el amor y sus deseos);
a alguno de ellos les conozco más que a otros. Me intimidaba pasar por su lado
porque su hija era de mi edad y mi juventud se me fue contemplándola, por
carismática y por guapa (no sé si a partes iguales); un padre impone y más si
es grande y fuerte como lo es él. Ahora que le he tratado, casi en similitud de
simpatías (creo que por mucha que él me pueda tener yo le tengo aún más) sé que
es mucho menos fiero que como yo le pinté; algunos retrato los dulcifica el
paso del tiempo. Bueno, no quiero liarme porque lo que importa es lo que hizo.
Maestro albañil hizo y aprendió a hacer, pero muy por encima; cultivó el gusto
por enseñar. No es baladí el asunto de la docencia pues no todo el que sabe
mucho logra tener el don de saber enseñar lo que conoce tan bien. Él supo hacer
y aún más enseñar. Con el paso del tiempo, mis idas y venidas y su arraigo, se
cruzan los caminos. Un día, mi padre me dice que le lleve material (áridos; mi
padre es transportista) y aunque sabía por una prima que aprendió y trabajó a
sus órdenes, donde estaba su ingenio artesano, pues, sinceramente, jamás esperé
encontrarme lo que mis ojos vieron después. Me esbozó un retrato somero con
esos pincelazos que restan importancia a los detalles pero que deleitan la curiosidad
con dudas razonables: con esto hago aquello, esto lo hago yo y lo otro se hace
así … Sin decir nada propuso tanto, que me sorprendí a mi mismo imaginando la
manera en que se obraba el milagro.
Siempre sin lograr apartar la vista de las muestras; aquellas obras de arte que
semejan pequeños milagros. “A partir de una muestra logré sacar una réplica
como ésta” –me enseñaba orgulloso el fruto de su ingenio, de su saber hacer, de
su paciencia con una vehemencia sólo achacable al que ama su trabajo-,
“vinieron unos alemanes y querían que les hiciera un piso a partir de este
azulejo” (me mostró un azulejo antiquísimo y carcomido por los años y los
lavados). Los moldes fabricados por él mismo, cada herramienta en su lugar y
sobre todo, estimados lectores, la sapiencia del que aprendió queriendo y se preocupó
por mejorar. ¿Y qué hace? Pues desde esquinas en piedra simulada (cuesta
diferenciar una talla en piedra de su reproducción), basas para pérgolas,
bancos, jardineras, fustes de columnas, mosaicos para jardín… Y luego las
pequeñas obras de arte: mosaicos de todos los colores, con todo tipo de
ilustraciones, con infinidad de formas geométricas y un acabado profesionalmente
artesano. No hay atisbo de fabricación en serie, se nota claramente que cada
nuevo mosaico es otro nuevo hijo, nacido en un parto doloroso y cuidado con el
esmero del padre preocupado por los mínimos detalles.
Me
encanta la mecánica y puedo apreciar el tiempo en un motor como el que
encuentra nuevos matices en un Rembrandt, un Matisse, un Renoir, un Picasso… Me
fascinan los motores antiguos (lo más modernos bastante menos porque hay poco
de mecánica en ellos y más de electricidad, fragilidad y sobre todo … nuevas
tecnologías –el progreso dicen-) y la fábrica de mosaicos la sustenta un
rudimentario motor que ya es por sí sólo merecedor de un museo exclusivo. El
sistema que posibilita la manufactura es hidráulico y es este motor antiguo
quien provee la presión requerida a través de un ingenio digno de mentes
prodigiosas. En cuanto pueda, si alguien me lo recuerda, trataré de subir
alguna fotografía que pueda haceros visionar lo que a mi me tiene aún
sorprendido.
Esto
es cultura amigos lectores, esto es labor de conservación del acervo cultural
en la persona de un ser humano. Como alguien a quien aprecio, ducho en
cuestiones de costumbres populares, me dice a menudo; no es necesario que lo
del pueblo nazca propiamente de él sino que crezca y arraigue para que lo
podamos considerar suyo (popular). Esta artesanía del azulejo fue bagañeta, y
con el permiso del lugar adonde haya ido, sigue siendo nuestra porque él,
nuestro amigo lo posibilita, aunque otros lo auspicien acogiéndolo y tal vez,
conspirando para que siga existiendo. ¿Por qué se fue? Por lo mismo que se fue
la cultura, porque también la artesanía es mimosa y requiere constantes
cuidados. No me pidan que cuente más porque me duele su ausencia.
No
quiero terminar, sin embargo, sin hacer mención a D. Baudelario, otro insigne
artesano. Hita, su mujer, nos dejó un poco antes de que notásemos que su casa
ya estaba vacía porque se vació tan rápido que no nos dio tiempo a recordarla
llena de niños y plantas frondosas, labores de bordado. Una pila rebosante de
agua fresca entre helechos colgantes, una silla y labor de paciencia y esmero.
Tardes de dula y ropas manchadas con la savia del plátano y educación exquisita
entre piñas y garepas. Baude es otro artesano, a la vez único en su entrega sin
límites: paseaba con mi primo y nos enredaba con palabras calmas y cuentos tan
reales que parecían mentira. Supe mucho más tarde de su labor porque antes
conocí la de Hita; supe que las horas sentada hilvanando sueños eran otra
manera de coger lapas, de pescar viejas, de atrapar pulpos, de subir y bajar
riscos, de plantar papas y cultivar yuca, de filtrar almidón, de proteger la
identidad con el ejemplo y la práctica. Nos dejaste tan en silencio como
aparecías por nuestras vidas. Tardes de bicicleta rondando el mirador;
pendientes del mar y sus caprichos. “Hoy hace bueno, toca bajar y probar suerte”:
unos pulpos (comenzó sus pericias mi primo con careta y aletas por equipaje),
unas viejas y algún sargo o tal vez, unas lapas si la marea y la suerte las
proveían. Y Baude sobre el risco, pendiente a sus tornas, al abono, a la flor o
al deshije pero sin quitar el ojo al asomar de una aleta en el tranquilo mar
azul. Nos decía que le anunciáramos cuando bajábamos, por si nos pasaba algo en
el risco (siempre nos anunciaba lo mejor o peor que estaba; pues habían
desprendimientos por lluvia o por simple paso del tiempo –la vejez tampoco
perdona a los riscos-) estar pendiente y poder socorrernos. Por él supe de la
cueva del Perdido, por él de sus años mozos en la playa de los Guirres, supe
del ayer en nuestra Costa bagañeta y del trabajo de otros porque el paisaje se
parezca a lo que es ahora. Y se fue Hita y con un poco más se fueron sus
flores, porque los dueños de todo a veces son conscientes de casi nada. La
añoranza que me embarga, ahora que escribo sobre ello, inundó aquel lugar,
otrora arsenal de ilusiones en Mini Cooper desvencijados, convirtiéndolo en
cementerio de recuerdos corroídos por la maresía. No hay nada como alejarse de
los lugares en el tiempo o en la distancia para rememorarlos en sus matices más
agradables.
Se
fue con Baudelario pero nos quedó su obra; nos dejó a sus hijos para extender
el recuerdo de su persona allende los hogares que los hayan de cobijar, nos
dejó sus tapizados, sus cestos, sus canastillas, sus arcones. ¿Sabremos
perpetuarlo? Yo no me puedo arriesgar a hacerme cómplice de una duda tan
perniciosa; ¡hay tantas cosas que el olvidó relegó al pasado que las engulló¡
que me siento incapaz de algo más que de sugerir la necesidad de que, aquellos
a quienes enseñó y aprendieron, continúen con algo tan nuestro que no pertenece
a nadie en particular.
Yo
era joven, calzaría un 38 en aquella época y con esas pisadas tan inseguras y
livianas a la vez, cruzaba las líneas de céspedes de la Plaza del Morro.
Baldosas grandes de cemento y una gran fuente; en el centro un monolito de
hormigón con placa y busto. No me pidan que recuerde la leyenda pues la placa
era a la plaza mucho menos que lo
significaba aquel señor orondo de gestos pausados y cara agradable; del
flamboyán colgaban trozos de caña torcidos en intricados trenzados, tambores a
medio acabar, y tantos cachivaches que el mismo caos se repugnaba de aquel
desorden. Si no he nombrado culpables o inocentes hasta ahora, permítanme que
los continúe ocultado en la luz de sus personas, allende las etiquetas de sus
apellidos o motes.
Habrán
sido tantos más y lograrían hacer poco menos que todo lo que os he contado. Si
no me extiendo es porque urge que lean sin que se cansen. Pretendemos descansar
del trote cansino de la vida de cada día y no relatar una novela en cada nuevo
escrito. Lo que he querido exponer hoy es un esbozo sencillo de lo que nuestro
pequeño paraíso ha propuesto desde que fui pequeño hasta que añoro, en nuestros
días, rememorarlo en cada oportunidad. Se han ido tan cosas, se han extraviado
en la memoria, se han cambiado tantos hábitos que me cuesta reconocer que jamás
podamos reencontrarnos con un trocito al menos de ese ayer. Creo que estamos a
un paso de sentirnos más cerca de la identidad que tantas veces nos ufanamos de
haber tenido; sólo nos queda por desterrar esas vaguedades que nos han
confundido. No me cansaré de repetir que a nuestro pueblo le sobran futbolistas
y le faltan lectores; lo siento pero en el equilibrio está el milagro.
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