martes, 31 de diciembre de 2013

Una buena dosis de olvido.



Un año que termina es también una ocasión para perdonar. Todos hacemos recopilación de desgracias, de catástrofes personales más o menos cercanas, o de alegrías (esas que tanto se hacen querer). Nos encanta hacer resumen de lo vivido, de lo sufrido o disfrutado. Pero y ¿qué hay del perdón? Perdonar al que nos hizo daño, perdonar al destino que nos obligó a elegir la peor dirección en la encrucijada que nos suele proponer la vida; perdonarnos a nosotros mismos por ser menos de lo que debimos o querer ser más de lo que podemos. Sin embargo, siempre he creído que para perdonar es necesario primero olvidar.
Un año que se va es como un barco que se aleja. Sobre el muelle, pacientemente, observamos su lento discurrir hacia otro destino y, con la mano, a modo de visera, oteamos el horizonte en que se pierde inexorable. Pasamos una larga travesía de 365 días con una tripulación y un pasaje que rara vez elegimos. Nos parapetamos en nuestro camarote a ver pasar los meses entre ratos de risas y disgustos. Salimos a ver la puesta de sol y nos enamoramos de nuevo, cada cierto tiempo, de alguna estrella que pasa lejos; tan lejos que nos imposibilita sentirnos siquiera capaces de alcanzarla. Y se va, y volvemos a asomarnos a la barandilla algún otro día, para dejarnos conquistar por otro brillo titilante; así somos, tan humanos y carnales. La vida sigue aunque no haya peces en el mar, aunque el río discurra lento y casi sin agua; seguimos sin excusa para parar o detenernos.
Un día como otro cualquiera, el año termina; como se acaba un episodio, un libro, un viaje, una historia, un tabaco, una copa de vino. Sin embargo, nosotros le damos más enjundia porque la esperanza muerde fuerte el bocado de la necesidad cuando decidimos hacer recopilación. Nos aferramos a la ilusión de que lo nuevo sea mejor, más bonito, más alto, más delgado, más sano, más alegre, menos triste, más sincero, menos problemático, más rico, menos lento, mucho más veloz, más descansado, menos ridículo… Y lo nuevo no lo conocemos. Lo viejo es denostado por todo lo malo, feo, gordo, estúpido, nefasto que debimos tragarnos en seco o mojado; porque nos cuesta recordar que algo mejor existirá si ya hubo algo menos malo. Queremos mejorar y olvidamos, casi inconscientemente, en qué. Queremos que todo sea mejor aunque ya haya sido bueno en tantas facetas porque nos duele lo peor en algunas otras pocas. El inconformismo del vaso medio vacío. Sales a los centros comerciales y están llenos; la crisis procura billetes de mentira y las tiendas los aceptan por estas fechas –es la única explicación que encuentro-, o será que esperan a cerrar para optar a los productos más frescos entre los más mustios, situándose los primeros en las colas. Los bares repletos de mesas cubiertas de copas vacías empujadas por otras llenas o a medio beber; supongo que también los bares aceptan letras o pagarés a 30 días –lo que duren estas fechas de feroz consumismo-. Si te acercas a una tiende de juguetes, el bolsillo vacío es la ilusión del mago por sentir la carta tan lejos de la manga que una camiseta no vale ya de comodín –el truco no saldrá-; te sentirás mucho más triste y con el alma pegada a las suelas de tus zapatos. Pagas lo que no tienes por tener lo que, muchas veces, no necesitan. Y ahí ocurre lo peor de todo; el costumbrismo consumista lo adjudicamos como herencia y embaucamos de este espíritu a quienes aún no saben que Los Reyes no regalan a quien no cree en ellos.  Malcriamos sin ser capaces de diagnosticar por qué somos así. ¿Por qué derrochamos cariño, consideración, amor ahora y lo racaneamos mañana o antes de ayer? Por lo mismo que gastamos lo que no debemos un día antes de que los precios le saquen la razón a nuestras prisas. Nadie podrá resolver nunca esta paradoja porque es connatural al ser humano; así somos.
Tengo mis maletas cargadas de buenos momentos. El mejor para un hombre, sin duda; ser padre. Y sí que debo, estoy obligado a olvidar todo lo que pasamos: los médicos que no nos entendieron, los que no se preocuparon y no ayudaron; aquellos enfermeros que no fueron conscientes de que el dolor y la preocupación de unos padres está por encima de casi todo; a los que no te quisieron cuando debieron; a los que heriste y debiste dejar en el camino habiendo debido cercenarte los apéndices que os mantenían unido y dejando, para siempre, un muñón fatídico que provoca espantosos episodios de dolores fantasmas.  
El olvido es más que un paracetamol, es morfina que necesitamos para poder seguir adelante; es remendar el neumático para continuar usándolo con un parche de perdón que no siempre pega ni sella como se espera. Tengo tanto que celebrar que no puedo dejarme afectar por esos clavos que encuentras en los caminos del hombre; las vías de agua no lograrán hundirme porque aún puedes achicar con medio cuerpo ahogado y la cabeza para pensar. Lo pasé mal, lo pasamos mal pero, quien no me debió dejar, se tomó la molestia de ausentarse o el sacrificio de acompañarme; los quiero a ambos porque querer no obliga ni elige. Aquí estamos y aquí está Aylén; contra demasiados pronósticos estamos celebrando tenerla.  Eso abrillanta cualquier opacidad que pudiera siniestrar la alegría por un año con otros tantos accidentes.
Este es el resumen porque el resto son, tan solo, daños colaterales, aguaduras de esas con que nos bromeaban de pequeños, tontos ahogamientos momentáneos; algún ataque de ese tiburón asesino llamado envidia, naderías que no deben importar. Y pasó casi 2013 para dejar lugar a otro trasatlántico recién calafateado y remozado en los astilleros de una humanidad que nos hace más sociables de lo que queremos. Que tengan feliz fin del 2013 y un muy próspero 2014. Compartid conmigo lo que queráis y cuando os parezca; a mi me ayuda aliviar esa congoja que provocan los días después de semanas y antes que meses; quizás a ustedes también os puede servir.

El día a día es más llevadero si, de vez en cuando, sueltas lastre.

Saludos.

No hay comentarios: