Te conocí, te recuerdo con tus gafas de pasta y tus ojos agigantados detrás
de gruesos cristales, con el sombrero tapando las marcas del tiempo, cuentos de
mar y sueños de pesca. Aún hoy, al enterarme de que ya no estás, rememoro
alguna tarde en la caseta que tenías a la entrada del muelle. Allí esperabas
los días, los años, manteniendo el
universo entre rollos de alambre, redes, hilo de hacer paños, anzuelos, apaños
de sabio; cansado de la experiencia. ¡Cuanto hemos cambiado, maestro!
Un pequeño barco, y tú bogando a
remo cruzado, paciente, arrastrando en la mar tranquila el mirafondos, tal como
un padre acompaña de la mano a su hijo y
le enseña, poco a poco, golpe a golpe, a vivir. Así logro no olvidar, así
consigo que algunas tardes de mar me devuelvan a la juventud o la propia niñez
en que cantabas a las morenas y ellas, confiadas, acudían solícitas a la
llamada de algún plato humeante, de alguna boca hambrienta. Eran las mañas
decías o quizás la abundancia comentan, aunque, tal vez la perseverancia aconsejan.
Yo seguiré creyendo en la magia del buen hacer. Quizás sea por esto que me
conservo niño en las noches navideñas, pidiendo a los Reyes Magos de Oriente
una memoria que se obstine en recordarte , a ti y a otros muchos que se han
ido. ¡Que no permita el destierro al olvido de lo que fueron otros tiempos¡
‘Pescador que atrape en sus redes
la magia de los sueños empeñados en hacerse realidad’. No da para castillos, ni
fortalezas, no hay imperios construidos al auspicio de tan poco, lo sé.
Tal vez sólo pudiste cambiar el sombrero una vez cada pocos años y cuando
algún nieto te lo quiso regalar le esgrimiste un:”¿Pa’qué? si este aún me vale?”
Aún merecía tu cabeza y la extrañaba al dejarte arrastrar por sueños a otros
mares.
A la salida del sol, tras unos ojos oteadores
del menor atisbo de mar tranquila, el día de pesca. Al agua. Unos maderos para
la quilla, engrasados y carcomidos por los tantos barcos soportados y los
voluntariosos brazos del que asomara su gorra por el varadero. ‘Eje eeeeee,
eje eiiiiiiii’. Equilibrio y fuerza
bruta a la par, mientras con un salto en el último instante se subía el jinete
a su cabalgadura, marino y embarcación, prestos para acometer una nueva
singladura. Remos, agua en los toletes y brisa en la cara. Esos que protestan
con sus chirridos merecen el agua de tus manos y el esfuerzo de tus brazos; te
animan el bogar. ‘Más vale maña que fuerza’. Mi abuelo siempre lo dijo, el todo
está en acompañar al remo con el cuerpo y tú eras la imagen del saber hacer.
Enfilabas rumbo a la Baja Grande. ¿Cuántas veces me habían relatado esas
jornadas de pesca en la Baja Anegada? Una caña y un balde con la carnada y algo
de engodo por equipaje. Pero tú no, tú Benigno le echabas el trozo: un combate
más digno.
Te vi mucha
veces, antes de ponerse el sol o poco después de salir, persiguiendo las
viejas, entendiéndolas antes de rascarte el hambre la barriga y de poder
convertirte en sólo un recuerdo. Yo te disfruté, mi abuelo también, contándome
sus pejes y los tuyos; aún mi padre, insistió después que él y ¿sabes qué?:
todos me enseñaron que la sabiduría se atesora con los años y se pierde con ese
viento suave del olvido.
Gracias maestro porque sin el reclamo
de tu pacífica existencia no habríamos llegado a echar de menos lo que fuiste y
todo aquello que representa ese pasado que arrastramos. <>, socorrido tópico con el
que estoy de acuerdo pero ¿y el que olvida lo bueno, sus aciertos, sus logros?
Hemos perdido mucho profesor, no te fuiste como simple pescador dejando ese
hueco vacío, me preocupa mucho más el hondo abismo en que se pierde el eco de
los valores que representan tu paso por este nuestro pueblo. Yo te nombraré
alguna vez cuando cuente alguna batallita a mi recién estrenado primito y quien
sabe si a un sobrino o incluso a un hijo pero y el resto de bagañetes, ¿sabemos
lo que vamos perdiendo? ¿lo valoramos?
Maestro, mi adiós es sincero, mis
palabras sólo quieren recordarte en una plácida tarde de verano, con el sol en
su ocaso, el suave rechinar de los remos en la paciente boga que encamina tus
tardes de pesca allende el paraíso de los muertos. Allá donde estés te soñaré y
clamo porque nos ayudes a persistir en lo que siempre hemos sido, es que nos
resulta ahora tan lejano. Se nos fue una persona; no olvidemos su labor y
hagamos útil el sacrificio de sus días. Saludos.
Gran maestro
desconocido, descanse en paz.
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