domingo, 12 de enero de 2014

Cuando los anzuelos no sólo pescan peces.


Te conocí, te recuerdo con tus gafas de pasta y tus ojos agigantados detrás de gruesos cristales, con el sombrero tapando las marcas del tiempo, cuentos de mar y sueños de pesca. Aún hoy, al enterarme de que ya no estás, rememoro alguna tarde en la caseta que tenías a la entrada del muelle. Allí esperabas los días, los años,  manteniendo el universo entre rollos de alambre, redes, hilo de hacer paños, anzuelos, apaños de sabio; cansado de la experiencia. ¡Cuanto hemos cambiado, maestro!
             Un pequeño barco, y tú bogando a remo cruzado, paciente, arrastrando en la mar tranquila el mirafondos, tal como un padre acompaña de la mano a su  hijo y le enseña, poco a poco, golpe a golpe, a vivir. Así logro no olvidar, así consigo que algunas tardes de mar me devuelvan a la juventud o la propia niñez en que cantabas a las morenas y ellas, confiadas, acudían solícitas a la llamada de algún plato humeante, de alguna boca hambrienta. Eran las mañas decías o quizás la abundancia comentan, aunque, tal vez la perseverancia aconsejan. Yo seguiré creyendo en la magia del buen hacer. Quizás sea por esto que me conservo niño en las noches navideñas, pidiendo a los Reyes Magos de Oriente una memoria que se obstine en recordarte , a ti y a otros muchos que se han ido. ¡Que no permita el destierro al olvido de lo que fueron otros tiempos¡
 ‘Pescador que atrape en sus redes la magia de los sueños empeñados en hacerse realidad’. No da para castillos, ni fortalezas, no hay imperios construidos al auspicio de tan poco, lo sé.
Tal vez sólo pudiste cambiar el sombrero una vez cada pocos años y cuando algún nieto te lo quiso regalar le esgrimiste un:”¿Pa’qué? si este aún me vale?” Aún merecía tu cabeza y la extrañaba al dejarte arrastrar por sueños a otros mares.
         A la salida del sol, tras unos ojos oteadores del menor atisbo de mar tranquila, el día de pesca. Al agua. Unos maderos para la quilla, engrasados y carcomidos por los tantos barcos soportados y los voluntariosos brazos del que asomara su gorra por el varadero. ‘Eje eeeeee, eje  eiiiiiiii’. Equilibrio y fuerza bruta a la par, mientras con un salto en el último instante se subía el jinete a su cabalgadura, marino y embarcación, prestos para acometer una nueva singladura. Remos, agua en los toletes y brisa en la cara. Esos que protestan con sus chirridos merecen el agua de tus manos y el esfuerzo de tus brazos; te animan el bogar. ‘Más vale maña que fuerza’. Mi abuelo siempre lo dijo, el todo está en acompañar al remo con el cuerpo y tú eras la imagen del saber hacer. Enfilabas rumbo a la Baja Grande. ¿Cuántas veces me habían relatado esas jornadas de pesca en la Baja Anegada? Una caña y un balde con la carnada y algo de engodo por equipaje. Pero tú no, tú Benigno le echabas el trozo: un combate más digno. 
Te vi mucha veces, antes de ponerse el sol o poco después de salir, persiguiendo las viejas, entendiéndolas antes de rascarte el hambre la barriga y de poder convertirte en sólo un recuerdo. Yo te disfruté, mi abuelo también, contándome sus pejes y los tuyos; aún mi padre, insistió después que él y ¿sabes qué?: todos me enseñaron que la sabiduría se atesora con los años y se pierde con ese viento suave del olvido.

         Gracias maestro porque sin el reclamo de tu pacífica existencia no habríamos llegado a echar de menos lo que fuiste y todo aquello que representa ese pasado que arrastramos. <>, socorrido tópico con el que estoy de acuerdo pero ¿y el que olvida lo bueno, sus aciertos, sus logros? Hemos perdido mucho profesor, no te fuiste como simple pescador dejando ese hueco vacío, me preocupa mucho más el hondo abismo en que se pierde el eco de los valores que representan tu paso por este nuestro pueblo. Yo te nombraré alguna vez cuando cuente alguna batallita a mi recién estrenado primito y quien sabe si a un sobrino o incluso a un hijo pero y el resto de bagañetes, ¿sabemos lo que vamos perdiendo? ¿lo valoramos?

          Maestro, mi adiós es sincero, mis palabras sólo quieren recordarte en una plácida tarde de verano, con el sol en su ocaso, el suave rechinar de los remos en la paciente boga que encamina tus tardes de pesca allende el paraíso de los muertos. Allá donde estés te soñaré y clamo porque nos ayudes a persistir en lo que siempre hemos sido, es que nos resulta ahora tan lejano. Se nos fue una persona; no olvidemos su labor y hagamos útil el sacrificio de sus días. Saludos.


Gran maestro desconocido, descanse en paz.

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