La música en nuestro pueblo: Villa y
Puerto de Tazacorte.
Parte I.
Estimado lector.
Es navidad, tengo
tiempo y me he decidido a escribir para soltar ese bagaje que la vida nos adosa
a la figura haciéndonos parecer siempre el doble de nuestra sombra.
Pasó que uno de estos días atrás comenté en una red social una
reflexión de un antiguo compañero de clase con el que suelo debatir en torno al
polémico tema del independentismo canario y otras yerbas. El caso es que
publica un post en el que se ensalza la posición clasificatoria de un equipo de
la escuela de fútbol de Tazacorte. Tengo que reconocer que me duele porque
vengo sufriendo el mal que les cuento demasiado tiempo y tal vez por eso se ha
convertido en alergia: cada vez que me acerco a servilismos para con el fútbol
o, casi podría decir el deporte, en nuestro municipio, me “engrifo” como gato
enfadado y puede que me arañe a mi mismo, ese espíritu conformista que luzco
con demasiada frecuencia. Pero vayamos por partes, os contaré la historia de
esa gripe casual que el tiempo convirtió en asma.
Nací en Tazacorte y me crié allí, en el
Barrio de Marina. Fui siempre de libros, de tareas y ejercicios, de clases de
informática, de clases de matemáticas-fisica-química, de catecismo, de trabajo
con mis padres y sobre todo con mis abuelos (mis padres debían acometer otras
labores) y de música. Fui niño de música desde que conocí más profundamente al
mejor artista musical que ha dado nuestro municipio, mi primo David. Nuestras
madres son primas hermanas y se han llevado más como hermanas que como primas;
debe ser que ahí residió esa llamada sanguínea que nos unió entre partituras,
escopetas de balines, calzoncillos manchados del verde del agua de las charcas
(nuestras piscinas) y de los tantos ratos de charlas hablando de sueños. Así me
dejé embaucar por las notas que ya salían de su boca sin necesidad de poner un
instrumento en ella. David es arte porque sí, porque como Einstein nació con la
inteligencia del genio que adivina movimientos relativos en el tiempo para la
materia, David adivinaba melodías con sus manos sin necesidad de que la música
la escucharan otras; ya él la vivía por dentro. Alucinaba con la facilidad para
interpretar todo en cualquier cosa; dos palos eran unas claves, una vieja
guitarra y unas cuerdas pasaban a ser un tres cubano, un pequeño piano de
juguete soleaba canciones más propias de Clayderman que de un chaval de 14
años. Ya él estaba en la banda y hablaba maravillas de todos y de todo. De su
principal Juan Antonio, de su director Tomás, de sus profesores; David siempre
habla bien de todo el mundo porque no sabe ser peor, siempre es bueno. “Apúntate
a clases de solfeo, es lo más aburrido pero verás como te lo pasas bien;
estamos Juan Manuel (ejemplo para uno pues no sólo llegaría a ser un muy buen
músico sino que destacaba en todos los deportes), Rosendo (fuerte, empático,
agradable y protector de los suyos), Pedro, Miguel,..” podría seguir en un
eterno listado de amigos que hacían divertido lo menos agradable de la música.
Con David, los dos Jonás, Eva, Alberto, pasé tardes de ratos largos observando
el carisma de Juan, un líder nato. Te fijas en tus mayores y aprendes a
respetarlos; ellos tenían sus turnos y nosotros mirábamos para participar
cuando ellos lo querían y permitían. Luego ya tienes tiempo tú de tus momentos
cuando estés con los tuyos; y sobre todo, vendrán otros luego que te harán ser
mentor cuando, entre otras cosas, estés preparado y lo demuestres. Eso es la
música. Así aprendí solfeo de Néstor (que en la Gloria lo tenga Dios) y Toño;
sacrificio de tardes y tardes de lecciones, de repetir y de volver; de pasar y
sonreír. De reprimendas y de enhorabuenas. Un poco se podría entender como,
digerir la vida en un lugar santificado por la cultura, el esfuerzo y el
sacrificio. Y ya veías pasar a los aprendices de futbolistas mal encarados;
insultando y lanzando algún golpe sin malicia y sin perdón. A disfrutar de
carreras, de insultos, de sudor y patadas. No tengo nada en contra de eso; todo
aquello que no daña, beneficia pero lo que contagia un espíritu es la
complacencia de esos otros. Quiero decir que no notábamos nosotros la falta
porque aún no éramos conscientes de que aquel perro no tenía todas sus pulgas.
Éramos cachorros y aún no nos habían crecido los dientes como para participar en
la pelea por vivir.
Creces y sigues estudiando, lo tuyo y lo de otros, porque no
tienes suficiente o porque te sientes obligado contigo mismo. El caso es que
hoy, año 2013, a momentos de cerrar sus puertas y abrir las del 2014; llevo
unos 24 años vinculado a la música en mi pueblo. Se dice pronto, 24, un número
más. He tenido momentos malos, en que no estuve, pudiendo estar, porque la vida es como es y en el combate a
veces, perdemos la visión de lo que importa y de lo secundario (acepto y asumo
mi error) pero son muchos años. No hablo de mi, me nombro porque prefiero
hablar siempre de lo que sé y si no puedo, o callo, o me informo. La música en
mi pueblo es un crío enfermizo que nadie ha cuidado casi nunca. Enferma y
agoniza siendo entonces cuando le insuflan el suficiente oxígeno para que siga
vivo pero aún así, sigue sin interesar la cura. ¿Por qué? Porque la cultura no
importa. La leyenda popular versa sobre un París Chiquito que ahora sería
minúsculo su concepto y microscópicas las esperanzas de que resurja algún día.
En virtud de este deterioro yo me he planteado un estudio en el que trabajo
denodadamente y del que más pronto que tarde veréis el resultado. La hipótesis
es sencilla y nace de esa gripe fortuita que aquejó a nuestro pueblo hace ya
mucho tiempo. Ser deportista, luchador y futbolista (principal y casi
exclusivamente) era sinónimo de excelencia en el terreno personal. No es nada
que tenga que corroborar con hechos pues, este escrito nace de una visión
personal que será constatada con hechos estadísticos relativizados al estudio
que os comento. No es crítica es simple realidad subjetiva. Si luchabas, si
engordabas y entrenabas a la lucha podías permitirte crecer en dimensiones y
aspiraciones. Un puesto aquí más un salario allí y el reconocimiento en todos
lados. Allá donde ibas no sólo eras quien más fuerte dabas sino que dabas
primero y casi te debían el saludo (ese que se da por respeto y educación). Del
fútbol casi hablaríamos en términos idénticos, eso sí, no podías engordar;
mismo guión. Aparecías en fotos por todos lados, y las prebendas eran tan
parecidas que se confundían los donantes. A ti un contrato en el pueblo
haciendo lo que fuera, al otro un puestito allí; y no me fijo en la persona por
encima del motivo, para nada. El problema nunca estuvo en quien recibió, el mal
surgió de quien propició y posibilitó que algo injusto fuera principio ético y
causa de júbilo popular.
El músico ya empezaba a palidecer, valía menos y se daba cuenta
porque para el pueblo sólo era el que salía de procesión o disfrutaba en los
caballos Fufos. Los conciertos no ilusionaban a nadie, ni al músico siquiera;
los pasacalles eran fechas de calendario señaladas y borradas con más presencia
de moscas que de afluentes. Un río sin vida lo es cuando se secan sus nacientes.
Sin embargo la academia aún funcionaba, ahí estábamos tantos
pugnando por entrar y dar relevo o unir ansias. Y entras y entonces ya te das
cuenta que de fuera, te miran por el espejo haciendo mohines irrespetuosos,
gestos malencarados, burlas, etc. La cultura se ha ido y no quiere residir en
aquel lugar; ahora sólo gusta de posar su vuelo en migración obligatoria. La
buena temperatura, el sol casi perpetuo ya no es principio tácito y razón de
una estancia longeva, ahora es sólo una excusa para volver. Así se fue la
cultura. Las rendijas del armario en que la bibliotecaria guardaba las fichas
de cada libro en préstamo ya dejaban pasar los rayos de luz con mayor
extrañeza. La presencia de estudiantes era obligada y la de lectores se
convirtió en sorpresa. Los libros aún circulaban pero esa otrora autopista
colapsada, era una carretera convencional de un único carril y poco transitada.
La casa de la cultura no sólo no existía sino que no se echaba de menos. Y nos
fuimos yendo hasta que no quedó recuerdo del camino para volver.
El fútbol lo ocupó todo, incluso riñó con la lucha canaria, y con
malas mañas, agarrando en mala posición de brega, con las cabezas henchidas de
egoísmo, se disputaron el pastel de un dinero menguante y un reconocimiento
cada vez más lascivo; y la doblegó, la hizo hincar la rodilla. Desapareció la
lucha porque el dinero mueve montañas; olvidaos de la fe, también se perdió,
entre fieles de siempre y curas como nunca. La falta de espíritu, eso mató al
conejo; se cansó de guardar la madriguera y llegó el ratón y se comió su prole.
De luchadores pasaron a futbolistas o viceversa, ya no lo recuerdo pero no eran
del pueblo; ahora eran ciudadanos de la aldea global que conjura el dinero.
“Donde más me paguen ahí estaré”. Simple y llano. Y mientras tanto, el aula de
música con algunos de siempre y otros un poco más nuevos. En búsqueda de qué:
entrar en la banda y ser músico. Me dirán que es imposible por lo que les vengo
contando pero es lo único a lo que puede aspirar un músico en nuestro
municipio. Tener un lugar donde ensayar y, con sacrificios (demasiados para
cualquier que vea lo fácil que es optar a una equipaje de fútbol o a un campo
casi enteramente suyo -nunca ha sido nuestro-) un profesorado mínimo para
sostener la cantera que surte de piedras ese opulento monumento de vanidades
que quieren ver nuestras autoridades en Navidades, Fiestas del Patrón, Semana
Santa y Día de Canarias. Para ese viaje no son necesarias estas alforjas. La
cultura no puede ser ese niño enfermizo que se cuida a ratos, cuando interesa y
se le oye toser y escupir sangre por la boca.
No puede serlo porque si se descuida se va, porque si no se quiere se
encela y se deja acoger en otro lugar, porque luego es muy difícil que vuelva,
porque vale demasiado como para permitir que no la valoren. Y se ha ido; hace
mucho tiempo que voló. Ahora se deberá luchar contra el tiempo y las
mentalidades; y, esto es muy personal, a Tazacorte en lo que me resta de vida,
no volverá. Nosotros que nos gusta tanto mirar a otros lados para querer lo de
otros sin valorar lo nuestro, deberíamos aconsejarnos, cada uno a cada quien,
observar lo que la cultura es en otros sitios. No quiero más que pincelar lo
que he visto en otros pueblos: divinos entronizados como espectáculo de interés
público, Banda de música con escasos 15 miembros acometiendo conciertos y
actuaciones con bastante menos calidad musical (que la de Tazacorte) y mucho
más reconocimiento gubernativo y, por supuesto, popular. Se dejaron y las buenas costumbres pasaron de
ser leyes a ser milagros.
Me extiendo y en otro capítulo lo retomaremos porque no quiero
resultar pesado, a sabiendas que en gran medida lo soy. Ser músico ya no es popular, para nada, ser
músico es lo que se atisbó en esas muecas de mayores y sobre todo, de niños
aprendices de futbolistas o luchadores; ser el Quasimodo de la Bella y la
Bestia con la constatación que no permite atisbar el cuento, de que la realidad
supera siempre a la ficción. El feo no se va con la guapa y el corazón suele
estar muy adentro para llamar casi siempre la atención de los ojos, sólo ocurre
a veces. No nos queda casi nada estimados lectores. Eso quise decirle a cierta
representante gubernativa de nuestro municipio en un escueto comentario: ¿Y la
escuela de música? Busquen en las necrológicas (el recorte sobre la escuela de
fútbol y sus éxitos venía en un periódico). Se me relataron, como todo “buen”
político hace, las verdades del barquero. Sus logros, suyos y no se sabe de
quién más, los tienen que publicitar en los
cuatro vientos de sus Cajas de Pandora particulares; y me tocó porque
osé hablar sin “saber”. Ya tenemos nuevas clases, ya tenemos no se sabe bien
cuántas cosas pero seguimos sin tener aprecio por la cultura, por la música.
Estimado Tazacorte, algunos han llegado a creer que representan algo más que
una posibilidad con duración definida, tuya es la potestad para reclamar lo
tuyo, lo mío, lo nuestro. No es mejor padre quien concede caprichos a sus hijos
y se olvida de educarlos; quizás sean más plausible las maneras del que sin
posibles financia los buenos modos con preocupación denodada, atención
permanente y cariño. Tal vez el aula no hiciera falta, tal vez ni siquiera más
instrumentos, incluso puedo que la misma ropa pudiera valer, lo que es seguro
que no vale es la desatención, desafección y despreocupación con que se trata
del músico.
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