Su
conciencia no podría soportarlo, se decía mientras depositaba la jeringuilla
sobre el plato. Discutió una vez más con el ángel malo y optó finalmente por
tragarse la pastilla; no había más salida.
Primero las medias,
luego las zapatillas, calentar un poco en la banda, dialogar con los
compañeros; todo tenía que parecer rutinario.
Ese maldito maletín
negro reivindicaría toda una vida de sacrificios y espantaría los miedos; dejar
atrás los cartones y las noches bajo cero, la metadona y las recaídas. Merecía
la pena dejarse llevar.
¿Todo por un gol?
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