lunes, 30 de diciembre de 2013

La sociabilidad de una mentira.





!Cuánto leo cada día y con cuánto me quedo cada vez más perplejo¡ Todo vale. Te dejas llevar un rato por la inactividad y entretienes tu curiosidad por las publicaciones de cada cual. Vale que cada uno es rey en su reino y deja ver de su castillo lo que le viene en gana. Vale que está de moda mirarse el ombligo cada día y hacerlo noticia para gratificar los ánimos curiosos de éste y aquel. Vale que formo parte de ese mundo de egolatrías, por elección personal, que en suma casi infinita rellenan el aburrimiento con imágenes, videos y frases. Pero, ¿merecemos tanto? Tanta mentira o tanta verdad. Veréis, este es un blog que ideé hace mucho tiempo, que no es muy visitado, que no es muy leído y que casi alimenta más mi necesidad por expresarme que la de otros por saber de lo que pueda aquí contarse; pero trata de liberar endorfinas que la mente produce al alucinar con tanta desvergüenza disfrazada de sociabilidad. Creo que se ha malentendido el progreso internáutico y el fin de una red social. 
He hecho amigos a través de facebook pero pocos, porque si ya es difícil contar con brazos que alimenten las necesidades sentimentales (no del corazón) de cada uno en cada momento; asumí hace tiempo que, por un canal de libre circulación de palabras sin alma, no tienen porqué desplazarse las emociones. Y no os quepa duda de que por una red social circula en dirección contraria y a toda velocidad, mucha palabra inanimada. Esos bólidos, kamikazes de la felicidad, colisionan con los estados de ánimo del que con su corazón utilitario, conduce por su derecha (o su izquierda según sean las ideologías o los momentos de cada cual) prudentemente, atendiendo a las señales que emiten los demás seres humanizados; y reciben más pronto que tarde un golpe mortal. ¿Cuántos habremos sido los que, dejándonos llevar por ese engañado instinto humano de la confianza, hemos topado con insultos, amenazas, improperios? La lejanía de la mirada propicia que se inflen los egos y se envalentonen los instintos más violentos. Crecemos, desde hace un tiempo, al socaire de las nuevas tecnologías pero con el viento en popa de una mala costumbre: la crítica destructiva. Y aquí, entre bit que suman para convertirse en Megabytes o, tal vez, Terabytes, todo es posible; incluso que un corazón solitario pierda el rumbo y se despeñe por el precipicio de la incomprensión. No es mi caso el que cuento, ni siquiera es una constatación que se haya podido ver refrendada en telediarios pero, nuestra sociedad consume almas de la misma manera que el tabaco amarillea los dientes y destruye los pulmones. Soy derrotista en cuanto a la manipulación que nuestra sociedad hace de lo bueno que pueda tener el desarrollo tecnológico, porque no se palpa en los colegios, donde los críos asumen que futuro es una nueva consola de videojuegos que cree un mundo virtual para compartir goles con Messi. No se siente en las calles, vacías de niños por entretenerlos, el progreso, en sus hogares detrás de la televisión o delante de la tableta, entre juegos y palabrotas. No se disfruta en las escuelas de música, otrora motivos de juegos, de risas, de compañerismo; ahora convertidas en desiertos donde algunos nómadas resisten el embate de las hordas de pequeños urbanitas, seducidos por los millones del fútbol o las complacidas rutinas del usuario del sillón y el mando. No hay lugar para la verdadera relación humana, esa que es errónea muchas veces, que duele, que ilusiona, que hace reír, que provoca llanto inconsolable; no hay lugar para las verdades del barquero, o las mentiras sin pretensiones, esas que buscan la ironía de la provocación como vía para instigar la reacción hacia una mejoría que todos necesitamos, que a todos nos hace falta. Aquí no la hay.

Decidí escribir con un motivo. Leí en mi facebook que un concejal había hecho fotografías de otro cargo principal de nuestros ayuntamientos por un simple despiste. Dejó su coche en un lugar de aparcamiento no permitido y, cual enemigos enfrentados por clarísimos intereses, se dispararon instantáneas. ¿Adonde fueron a parar? Al lugar donde todo es posible; donde los sueños se pueden convertir en pesadillas y cada cual es famoso a su manera. La red social, el último invento del proceso de socialización de todo el mundo; quien no posea un perfil no existe o no cuenta. Se enzarzaron en comentarios, disparos de andanadas con objetivo claro y definido; herir la honestidad del otro. Zaherir es necesidad cuando dependes de que los demás te encuentren lógico y cabal siempre; aunque sólo lo seas un ratito cada día, debes aparentar ser cuerdo, ecuánime, humano, imparcial, honesto, sincero, todo el tiempo. Tantos ideales que juntos no los soporta un ser humano. ¿Por qué? Porque quien estuvo en la poltrona del poder quiere seguir y quien la abandonó quiere volver, simple y llanamente por esto. Valen insultos y sobre todo vale la mentira. Una mentira sociabilizada, una mentira publicada y aplaudida que deja de ser falsa porque tantos se afanan en buscarle visos de certeza. Es decir, si logras que tu mentira le guste a mucha gente, al final, se convertirá en la gran verdad; una razón de peso para disculpar errores.
¿Por qué parar donde no se puede parar? No entremos en si es posible detenerse, parar, aparcar. Si a ti o a mí, conductores sin prebendas políticas, sin beneficios por la vista gorda, nos hacen una foto similar; no ponemos el grito en el cielo o, al menos, no llegan a las nubes nuestras quejas, ni se ciernen amenazadoras estelas de negra bruma rastrera en forma de cotilleos. Nada, no pasa nada, absolutamente nada; eso es lo que pasa. Y es que, lectores, la mentira es tan servil y despiadada que no conoce dueño y muerde la mano de quien la use, ya sea con o sin cuidado en su direccionada manipulación. ¿Por qué mentir? No es necesario adornar de excusas el error; se asume y se promete uno fustigar el ánimo fuertemente con cada atisbo de redención. No hay que convertirse en plañideras viudas desquiciadas por la muerte del espíritu más hidalgo y caballeresco; ese que pregona que somos perfectos. Somos humanos, eso es lo que somos la mayor parte del tiempo y cometemos errores. Ya está bien de hacernos creer a los demás que todo es cuestión del color del cristal con que se miren los defectos; ya los sabemos.
Para mi, querido lector, todo nace de un hecho constatable: no hay valores; faltan en la sociedad y el intento de sociabilizarlo todo lo hace aún más palpable, más tangible y demostrable. Como faltan y ahora aquellos a quienes nos faltan, estamos más en el espejo público, pues hay más espectáculo gratuito y global. Los políticos que saben de lo útil que resulta el escaparate social, utilizan las palabras, imágenes y vídeos para lavar la sucísima ropa propia sin darse cuenta de que esa agua en la que limpian, luego lo sucia todo a nivel global, en relación al inframundo político y el resultado es una sucursal del infierno en la tierra. No tenemos por qué ser testigos de ese escarnio en que han convertido algo tan esencial como es la política; porque perdemos todos, no sólo los políticos. Se insultan, se persiguen, se amenazan, se enzarzan en descalificaciones, se vuelven carroñeros de las heridas ajenas, se convierten en animales de la jungla social que los encubre con excusas. Disculpados por razones de familia, de intereses, de ideales, de conveniencias acomodaticias; preocupados casi exclusivamente por los errores de otros y exculpados por fallos de forma, son la prueba del delito último; el que perpetra un agente social contra la propia razón última que lo convirtió en protagonista. No hay una fidelización del doctrinario político; y campan a sus anchas los tránsfugas, las coaliciones para derrocar a quien no gusta, los acuerdos y la falta de ideario asentado en alguna relación de ideales más o menos convenientes. Todo vale: “…y tú más” es eslogan de cada campaña, de cada acción, de cada intento de refrendar con rigor lo que se pretende llevar a cabo en aras de un “lo mejor para el pueblo” que cada día tiene más aroma flotante y resiliente a ese “sin contar con el pueblo”. ¿Enmascarar el despotismo más anacrónico, ahora, en las puertas recientemente traspasadas del siglo XXI?

Merecemos otra cosa.

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