La sangre que corre por tus
venas.
Cuando el alma se hizo
corazón, ellos solos me miraron, les di
las gracias y tras unos tópicos saludos de manos, ingenuos y cargados de
protocolo, de buenas maneras pero sin sentimiento alguno, nos separamos. Luego llegaron más
formalismos, palabras que decían poco a riesgo de parecer tantas que no se
lograran ni siquiera entender, yo acerté a adivinarlos: cuentos. Así les conocí, uno ciego con vista y el otro
sordo de ruidos. Salí a la calle y me encontraron como desconocido, entre voces
amigas que mentían la propia casualidad; aquella que me había puesto en un mismo
lugar, en el mismo y preciso momento de su milagro diario. Navegaban en la mar de los rumbos
posibles pero casuales, esos que descubren nuevos continentes, aquellos que son
precursores de nuevos hallazgos, indescriptibles en valía e importancia. Así fue
todo, no hubo más. Comienza una historia sencilla y apasionante; de esas que nos narra la vida.
Yo
llevaba las canas ocultas bajo el sombrero de un carnet de identidad falso: no era el de todos los días; pudo ser domingo, fiesta de guardar, boda, bautizo o tal vez, funeral. El
otro personaje de nuestra fortuita historia peinaba mucho más pelo y creía en
el sueño del ser humano iluso; ese que canta a la Luna y habla sólo mientras deambula por calles atestadas de gentes. Ni la música, ni el sonido de pisadas podían con
el deseo de sentirse cercanos allende las sombras de otros pecados; así eran ellos. No había
más remedio que seguir bailando una misma melodía, la seducción era invitada de
aquel recuerdo de sueños perseguidos y por fin alcanzados o trocados por otros de emergencia vital.
Uno tras otro, a
golpes de suela, se sucedían las vueltas copadas de miradas y llenas de
silencios. Nada se oía más que el latir de unos corazones por fin derramados en
caricias. No eran solo manos las que se buscaban, eran cuerpos extraños ávidos
por conocerse, por entenderse, por comprenderse en la premura de unas horas que,
inexorables, buscaban el cansancio de las otras pasadas; y lo más extraño, sin ni siquiera tocarse. No hubo más, porque ya
sin quererlo, su lenguaje lo significaba todo. Y en ese tiempo nacían los sentimientos como podían,
cual si fueran papas en un huerto, amparándose en un poco de agua y algo de
abono,; yaciendo dormitados en la tierra. Horas de palabras, minutos de
silencio, segundos para pensar en qué no decir y por fin, eternidades para decidir qué contar.
“No
es por el hoy que se dice un ‘te quiero’, nació ayer, creció pasado el
solsticio del primer beso y morirá en el ocaso de algún sol que, tal vez,
alguno de los dos no acierte a disfrutar”. “No se desea el mañana por evitar el
momento de dejarse llevar, se pretende cuando al amparo de un impulso te sientes
libre y surge ese instinto que conduce más lejos, más alto, que te deja ser tú
mismo”. Maravillándose extasiados en la lectura de los pensamientos perpetrados
por el otro, así gastaban su existencia; tardes francas de ilusiones plasmadas
en folios vacíos.
Pero no hubo nunca uno solo,
siempre fueron dos y la conquista descubrió un territorio con muchos más
caminos anexos, con más cruzadas y más implicaciones. Y así, descubrí lo que escondían nuestros amigos. Caminando juntos se sentían tan libres como el mismo discurrir
que los mantenía unidos. Sin pretenderlo seguían así, violaban las leyes del
‘amor estipulado’ los preceptos de ese ‘buen amor’, el mismo al que dio nombre alguien
cansado de explicarse lo inexplicable. El uno calmo en el hierro de matar, en
la estocada que perpetúa lo que nace para ser natural y desenvolverse sólo; el
otro turgente en las formas que embriagan,
a la vez que solícito en el espíritu ávido por derrochar motivos. No hay
pautas, no hay clave encubridora de verdades cuando se quiere sin motivo,
cuando se ama sin razón y con el único argumento de sentirse bien por ser quien
se es.
Yo que los observo los siento humanos,
erróneos por momentos y cargados de razón cuando son lo que les place aún sin
pretender serlo. Y si le pones puertas a su campo, las saltan , las evitan, no
las consienten y se obstinan en derrumbarlas. Ellos que siendo uno son más por
pura elección, quieren y disfrutan con su esencia aunque tú y yo no les
entendamos. Porque el pobre envidia el dinero del rico pero no sus
preocupaciones; porque el coche lujoso del vecino queremos verlo aparcado en
nuestro garaje pero sin letras en el banco ni cambios de aceite o roces que
pagar. Porque lo mundano les aburre pero es el mismo mundo que les cobija el que los consiente, el que los mima y les permite ser esa otra cosa que todos quieren y nadie consigue. Así les miramos, sin la responsabilidad de sus sufrimientos por ser
felices, sin sus cuitas por ser privilegiados en un mundo de penurias. Y yo,
que les miro y me limpio las babas propias y las envidias ajenas, zanjo mis inquietudes con un ‘no me
interesa’ que me duele más que me sana. Si quieres vivir así puede que aciertes,
aunque si fuera tú lo haría de otra manera, me digo. Y , ¿para qué pensar en lo
que no eres? Ellos que me hablan con sus ojos tan solo me susurran al oído, en
la intimidad, sus ganas de ser anónimos en su propia inconsciencia. A ti, que
puedes tener alguien a tu lado que sea mucho más que yo, te cuento, sin querer
o pretender que me escuches: cuida lo que quieres, cuídalo, porque eso importa mucho más
que lo que piense tu propia persona al respecto. Valórate como ni tu mismo lo
haces y comienza por valorar lo que te rodea; ignórate a ti mismo cuando no te permitas pensar bien si lo mereces. Tienes suerte, lo sé yo porque lo
vivo, yo que les observo en la lejanía sé que un otro y su otra persona, sois
felices. Sé que lo que tiene al lado es lo más importante porque es su propia
vida, sé que merece tanto más que lo que puedan merecer sus dudas. El mundo no
conspira contra nadie, somos nosotros mismos quienes nos amargamos la
existencia pensando en que todo va en nuestra contra, lamiéndonos heridas que
no nos han destruido, huyendo de problemas que no han sucedido, saliendo de
atolladeros que tal vez nunca deberán preocuparnos. Somos cobardes pero sin la
propia conciencia de serlo, lo que nos convierte en atribulados pasajeros de un
avión que volará sin peligro y aterrizará en algún aeropuerto de otras
experiencias. Deberán tener más secretos pero si les sigo observando, ellos no me los dirán pero yo los intuiré y como la suerte es de quien la persigue puede que me sonría su sabiduría.
Hazme caso lector, esta pareja apresó mi suerte. Un día me parecieron mucho menos y cuando los subestimé, en ese
preciso momento, fueron tanto que
sobrepasaron mis más ilusas pretensiones. Lo sé porque los he conocido un
poco, de tanto observarlos, perseguirlos, ansiarlos y da gusto sentirse unido
aunque sea en la más íntima y confiada cercanía. Adiviné algún misterio, el más simple quizás. Ellos, que son lo que son sin
querer serlo, se duelen de males sin tenerlos y ambos sufren en silencio los
errores del otro. Son así, nadie los puede cambiar, ¿lo pretendo yo acaso?. Siguen adelante y se
reconstruyen así mismos, se quieren porque nadie les ha enseñado otra cosa. Se ríen cuando deben y lloran sin
razón, porque nadie les ha pautado el cariño, porque alguien les dijo que
amarse es compartir, quererse un lujo y ser hermanos un tesoro. Se buscan
cuando están lejos, lo sé porque algún invento es alcahueta de sus azares, y hace
y deshace entuertos con la misma facilidad; pues sí, se anhelan estando cerca
pero sintiéndose solos. Lo sé, me consta. Yo que tú, les entendía porque no
hacerlo es sospechar que la vida no tiene explicación y eso es una realidad y
jamás ha estado en duda. Puedes intuir que mañana lloverá pero jamás lo sabrás hasta
que comience un nuevo día; de la misma manera, su sangre será idéntica y les
correrá por las venas cuando tus dudas y las mías hayan alcanzado respuesta. Créeme
si te digo que ellos como tú y como yo
nos iremos, pero su amor no se irá jamás. Y, por favor, debes hacerme caso
cuando me atreva a decirte que mereces entenderlos porque si es así, cuando eso
ocurra, tendrás el mayor de los privilegios, tendrás un hermano cerca y
comprenderás lo que es querer casi sin darte cuenta.
La Laguna. 2011.
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